El tiempo de los Rolling Stones.

Por Bolívar Lucio.

Edición 436 – septiembre 2018.

 

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Los altavoces en la estación de Stratford, al este de Londres, no anunciaban la salida o llegada de trenes. La instrucción que se repetía era esta: “Las personas que asistan al concierto de Los Rolling Stones suban la escalera y tomen su derecha”. El London Stadium queda a quince minutos de ahí. En los puentes de acceso había gente que sostenía vasos de cerveza y compraba camisetas. Al fondo, en las afueras del estadio, se veían carteles enormes anunciando la nueva gira: No Filter. La banda escogió ese nombre porque durante el tour tocarían con su formato básico, como el grupo de R&B que eran cuando empezaron: guitarras, batería y voz.

Los Rolling Stones son el mejor espectáculo en vivo de la historia. Millones de personas los han visto en vivo desde 1962 y esa noche otras 70 mil esperábamos que llegara el momento. El telonero, Liam Gallagher, conocido por su carrera con Oasis, sacó sinceros pero poco entusiastas aplausos hasta que, al fin, bajó del escenario para ver el concierto desde la cancha. Se encendieron entonces cuatro pantallas rectangulares y en ellas apareció la legendaria boca de los Stones sobre un fondo amarillo. Los miembros de la banda ocuparon sus lugares y el concierto comenzó como tenía que comenzar: con un riff del guitarrista Keith Richards.

Ser fan de los Stones es parte adicción a su música y parte envidia por una forma de vida inmune a la decadencia. La gente parecía y estaba atrapada en un trance, cantando “Cause in sleepy London town/ There’s just no place for a Street Fighting Man”. Las edades combinadas en el escenario sumaban increíbles 294 años, pero nunca como cuando comenzó la siguiente canción, “It’s Only Rock and Roll (But I Like It)”, el tiempo pareció tan relativo. Sí, es solo rock and roll, pero nos gusta. Alguien puede decir que a fuerza de repetición estos muchachos tocan de memoria, pero ahí estaban de nuevo, adueñándose de un mundo que inventaron cuando se convirtieron en sus satánicas majestades y que tal vez desaparezca con ellos. Tocarían temas de discos sagrados como Let it Bleed, Exile on Main St. o Sticky Fingers, y desde el principio estuve seguro de que volvería a escuchar esas canciones otras mil veces después del concierto.

Mick Jagger soltaba más energía que un ciclista de montaña, cantaba con voz impecable y bailaba conectado, fiel a sí mismo, invencible, tan flaco como siempre. Desde hace unos treinta años que lleva una vida muy sana, nada de drogas ni cigarrillos, corre diez kilómetros diarios y entrena de todo, desde yoga a kickboxing. Hasta las arrugas de sus 74 años han mejorado el acto que viene montando desde los sesenta. Y gran parte del secreto es el placer. Los Stones disfrutan tocar en vivo, y mucho, y han sido categóricos al decir que seguirán haciéndolo mientras sea divertido.

El guitarrista Ronnie Wood tiene 70 años y es el Stone más joven: hasta hace poco tocaba con un cigarrillo encendido colgándole de los labios, pero el año pasado le operaron el pulmón de una lesión cancerosa. Ronnie sigue teniendo esa manera de fundirse o separarse del patrón que toca Keith sin perder el camino, volviendo justo a tiempo, uniéndose en el complemento perfecto o alejándose hacia sus propias hazañas; desde hace 43 años que juntos suenan como una sola guitarra polifónica.

Charly Watts, el baterista, viste 76 años, es el mayor de todos y nunca se ha considerado una estrella de rock porque tal vez sea todo lo contrario: un auténtico caballero inglés. Esa noche tenía puesta una camisa azul sobre una camiseta oscura, y como en cada concierto los gestos de su cara no cambiaban en lo absoluto, imposible inferir si estaba cansado o no, si tenía frío o calor, si es verdad eso de que él espera que cada gira sea la última. Es desaprensivo y parece ajeno a todo lo que genera, pero hace algo que solo puede hacer un baterista de jazz como él: sigue al solista, toca con la primera guitarra, y muchas veces se convierte en piedra angular.

Y claro: Keith Richards. Para mí, el Stone esencial. Puede no ser el mejor guitarrista de la historia del rock, tampoco lo necesita, hasta puede no ser el mejor guitarrista de Los Rolling Stones, pero es el maestro absoluto de los riffs, esas frases que condensan acorde y ritmo y que sirven de plataforma para la melodía y los solos. Richards es el sonido que reúne todos los sonidos. Un tema de los Stones no arranca con Charly marcando los tiempos al golpear las baquetas, comienza con un acorde de la guitarra de Richards: bajo, batería y voz entran después, invitados a la naturaleza que se ha creado con el riff.

Cuando Los Rolling Stones aparecieron, a principios de la década de los sesenta, solo tocaban covers bluseros y se ha escrito que su imagen de malandros era más un montaje de prensa que realidad. Una mujer mayor con quien trabajé un tiempo me contó que los había conocido en un evento no relacionado con la música, y ellos, decía, resultaron ser unos educados y prudentes englishmen. La mujer no tenía los detalles de cientos de cabinas de avión y cuartos de hotel por los que la banda pasó como un huracán, causando terror y destrucción. La calma tardó en llegar y tuvo que ver con un breve encarcelamiento de Mick y Keith, además de la muerte de uno de los miembros originales, el guitarrista Brian Jones, que dicho sea de paso es considerado por muchos como el verdadero fundador musical de la banda. En todo caso, llegó el momento en que fue claro que los excesos no podrían alargarse para siempre y que lo importante era seguir tocando. En otra ocasión me dijeron que a los Stones les hizo bien sacarse la sombra de Los Beatles, porque, después de 1970, al librarse del peso de sentirse obligados a copiarlos, grabaron discos más fuertes e individuales. Puede ser. Pero para mí ellos siempre han sido ellos.

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El entusiasmo de la gente en el concierto no disminuía. Las pantallas fundieron a negro y los Stones aparecieron en alto contraste, era el blanco y negro de un cómic gótico. Jagger paseaba por el escenario como si le costara parar un segundo (no lo hizo en dos horas y media). Richards lo miraba de reojo, sin aprensión, 50 años bastan para conocer a alguien y comunicarse sin palabras; aunque sí se volvió a Watts, le dijo algo, se rio, la cámara hizo un plano de su cara y mostró los dientes blanquísimos y afilados y los ojos como mariposas negras. El baterista solo sonrió. Enseguida hicieron una versión más oscura y metálica del clásico “Paint in Black”. El siguiente tema fue un blues del año 37, “Ride Em’ on Down”, en el que Jagger tocó la harmónica y Woods los solos. Después vino otro himno, “You can’t always get what you want”, con Jagger en la guitarra acústica.

Cuando parecía que la mitad del concierto cerraría con ese ánimo reposado, las pantallas se enmarcaron en una luz naranja estridente. Richards, que llevaba zapatos verdes a medio camino entre botas de montaña y zapatillas de Peter Pan, volvió al escenario con un tabaco en la boca. La gente lo celebró como si verlo fumar fuera una escena imprescindible del show (tal vez lo es). Él se divirtió con la ovación, le dio una calada profunda al cigarrillo y luego lo desechó. Chuck Leavell, el tecladista, vio en eso la señal para marcar el tiempo de “Honky Tonk Women” y en ese momento, honestamente, la vida no podía mejorar demasiado. Después vino la presentación de la banda, otra escena imprescindible, y cuando volvieron a sus lugares fue para tocar más canciones esenciales, “Sympathy for the Devil”, con las pantallas teñidas de rojo, y “Miss You”, en la que el bajista Darryl Jones despachó un solo muy funk castigando las cuerdas con el pulgar. Fueron minutos prodigiosos.

Anocheció cerca de las diez. Mick Jagger se dio treinta segundos de descanso. Tomó agua, se volvió a nosotros y dijo: “Gracias por venir a vernos otra vez, y otra vez, y otra vez”. Tocaron en seguidilla “Midnight Rambler”, “Start Me Up” y “Jumpin’ Jack Flash”, canciones distintas entre sí pero características de momentos importantes en el tiempo de los Stones, quintaesenciales en su discografía. Hacía mucho que todo el estadio estaba de pie. Siguieron con “Brown Sugar”, Jagger agradeció otra vez y recordó que el primer concierto de la banda fue en el Marquee Jazz Club de Londres, en 1962. El tiempo vuela, ellos también.

Cerraron con “Gimme Shelter” y “Satisfaction”, ¿cómo más? Los Rolling Stones y los músicos acompañantes se forman en fila, entrelazan brazos y hacen una venia. Todos se van y los cuatro Stones caminan abrazados delante del escenario, sobre la plataforma que Jagger corrió decenas de veces, hacen otra reverencia y luego aplauden levantando los brazos. Se van. El único que queda es Mick. No sabemos exactamente haciendo qué. Seguía al resto, iba a salir por la derecha del escenario, pero dudó, se volvió, como si hubiera olvidado algo, se quedó solo en el escenario haciendo nada, como si le costara irse y quisiera cantar más, pero volvió a girar y se marchó.

Los Rolling Stones han tocado para unos veintisiete millones de personas y será difícil, para mí al menos, imaginar un tiempo en que ya no toquen más.

Todos los que estábamos en el estadio del West Ham salimos al mismo tiempo. La multitud compacta volvía muy despacio a la estación. Íbamos ordenados y felices, salvo cuando alguien que había estado tomando desde las tres de la tarde quería adelantarse y se encontraba con una pared humana: “¡Maldito infierno!” Seguimos a la Stradford Station, donde esperaban tres trenes vacíos. Subí al primero, iba repleto. Vi una chica maquillada y muy borracha acompañada de un tipo bastante mayor. Veían fotos del concierto en su celular. Estaban encima de mí pero yo evitaba ver la pantalla de su teléfono, en Londres nadie se mete con nadie. Yo compré un ticket barato, ellos habían estado debajo del escenario. Malditos

CURIOSIDADES

NOMBRE: Los Rolling Stones se llaman así por la canción homónima de Muddy Waters. La expresión viene de un proverbio latín que dice que “las piedras que ruedan no cogen musgo”.

LOGO: Su mítico logo de los labios y la lengua es un ícono pop y el diseño más famoso de la historia de la música. Lo ideó el diseñador Ernie Cefalu en 1971 inspirándose en los labios de Mick Jagger pero fue dibujado finalmente por John Pasche. La banda lo incluyó por primer vez en el disco Sticky Fingers.

DISEÑOS DE ANDY WARHOL: La portada del Sticky Fingers la diseñó el artista Andy Warhol. Por eso durante mucho tiempo se pensó que la lengua también era obra suya. La portada fue censurada en España y se sustituyó por unos dedos que salían de una lata de mermelada. Otra de sus portada diseñada por Warhol fue la de Love you Live, además del Some Girls, en la que también se utilizó material de Warhol.

UN MEGACONCIERTO: En 2006, en la fiesta de Año Nuevo organizada por la ciudad de Río de Janeiro, los Rolling actuaron con intención de hacer de ese evento el concierto más multitudinario en la historia de la música. A su pesar, no consiguieron ese récord, aunque entre 1,5 y 2 millones de personas acudieron a verles en la playa de Copacabana, colocándolo entre uno de los conciertos con mayor asistencia.

Fuente: www.eliberico.com

 

 


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