La verdad, una bandera.

Por Milagros Aguirre.

Fotos: Juan Reyes.

Edición 436 – septiembre 2018.

“Hemos pasado diez años siendo llamados sicarios de tinta, una cosa tan fuerte como esa, y paradójicamente, terminamos poniendo los muertos”.

 

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El 26 de marzo de 2018 cambió su vida. Ya no es la misma persona desde aquel día en que se supo del secuestro de su novio, el fotógrafo Paúl Rivas, y sus compañeros de trabajo, Javier Ortega y Efraín Segarra. Fueron secuestrados en la frontera norte, en la población de Mataje (Esmeraldas) y luego, ejecutados por las llamadas disiden­cias de las FARC. Yadira Aguagallo, desde entonces, tiene un propósito en la vida que se resume en tres palabras: verdad, justicia y reparación. No es un propósito particular ni obedece a intereses personales: el país debe enfrentar esa verdad que implica no solo saber qué pasó durante el secuestro, sino qué hicieron o dejaron de hacer las instituciones y qué tanto ha penetrado la violencia y la corrupción en el país. Esa, la consigna familiar en la que ahora milita.

Yadira Aguagallo tiene 33 años. Estudió Comunicación Social, pero sus primeros trabajos estuvieron en la línea de los pro­yectos de cooperación para el desarrollo. En 2009 ingresó a trabajar en diario Hoy como redactora de cultura y, sin pensarlo, apenas llegó a su nuevo empleo, le designa­ron otra tarea como periodista de salud. Así aprendió que hay que lanzarse a la piscina para aprender a nadar.

En 2012 entró a trabajar en diario El Co­mercio, primero, en la sección “Seguridad y justicia”; luego estuvo a cargo de la coordina­ción de revistas, con Laura Acosta de Jarrín, que dirigía entonces la revista Familia. Ahí empezó a soñar con el periodismo como una posibilidad de contar historias. Hizo también una maestría en Comunicación y Cultura en la Flacso, Argentina. Tiene un blog que está quieto desde hace años, con un lindo nombre: Un búho con teclado, donde ha publicado algunas crónicas en las que muestra una pluma sensible en noches de insomnio.

Hasta ese 26 de marzo, Yadira no ha­bía pensado en el periodismo como una profesión de alto riesgo. Lo que pasa en Colombia o México, donde periodistas mueren haciendo su trabajo, le parecía le­jano, imposible de que ocurra en este país. Ahora sabe que no es así. Hacer periodismo en la frontera entre el Ecuador y Colombia resultó ser como estar en una ruleta rusa, entrar a un campo minado y nadie estaba consciente de ello. Lo que ocurrió el 26 de marzo —el secuestro y muerte del equipo periodístico de El Comercio— lo puso en evidencia y pudo pasarle a cualquiera de los periodistas que han hecho cobertura en la zona, al menos, desde noviembre de 2017, cuando se empezaron a calentar las cosas.

“No quiero ser injusta con el oficio”, dice, convencida de que el periodismo es una vocación y uno de los más lindos ofi­cios del mundo, aunque se hable muy mal de él. Paúl, Javier y Efraín murieron por ha­cer su trabajo y eso no es fácil de asimilar. El periodista normalmente va tras la no­ticia, pero en esta ocasión se convirtieron en noticia y eso no debe suceder. “Hemos pasado diez años siendo llamados sicarios de tinta, una cosa tan fuerte como esa, y paradójicamente, terminamos poniendo los muertos”, dice. Su mirada entristece al decirlo, porque, entre las cosas más duras que ha enfrentado en estos meses han sido los reclamos de una sociedad en la que se ha construido una imagen monstruosa del periodismo, un imaginario del periodista como un ser maligno y corrupto, entregado a los grandes capitales y a los oscuros inte­reses, que merece lo que le pasa y ninguna empatía; al que se le endilga la responsabili­dad de lo que la sociedad no está dispuesta a declarar.

En contraposición a esa imagen de la prensa, Yadira Aguagallo ha encontrado en el gremio periodístico un apoyo enor­me en el caso: periodistas jóvenes que se unieron, que crearon el colectivo Nosfal­tan3, cuyas iniciativas y muestras de soli­daridad se dejaron ver desde el primer día. Los compañeros del equipo periodístico de El Comercio, junto a otros colegas de distintos medios, se dieron cita muchas noches, bajo la lluvia o el solazo, para acompañar, para gritar, para llorar, para abrazarse, para acompañar. Su voz fue tan potente que se unieron otras voces: de otros secuestrados, de desaparecidos, de mujeres, contra la violencia, por la paz, voces que han sido invisibilizadas y ahora se hacen escuchar.

Yadira Aguagallo es de esas personas que habla claro y fuerte. Su voz se escuchó en la Asamblea Nacional el 5 de julio de 2018. Inició su discurso con un ligero quie­bre de voz pensando en que Paúl estaría orgulloso de ella, fotografiándola mientras estaba en el podio. En su discurso, en la que ella llamó “Casa de la democracia”, puso en primer plano el sentir de las víctimas pi­diendo a las autoridades que asuman sus responsabilidades y relató una cronología de la pesadilla que habían vivido. Atónitos, los asambleístas tuvieron que ponerse de pie para aplaudirla pues el discurso sacudió su indiferencia.

Antes del 26 de marzo, Yadira Aguaga­llo era otra persona. Llevaba una vida más bien tranquila. Yadira vivía con su novio, despertaban juntos, desayunaban juntos y se iba cada uno a su trabajo. Muchas veces se encontraban al mediodía para almorzar y, a veces, iban juntos si tenían que cubrir el mismo evento. En la noche regresaban a casa. Les gustaba mucho ir al cine y hacían juntos las compras del supermercado.

A Paúl Rivas lo conoció en una cober­tura, en 2010, en el Yasuní, cuando el en­tonces vicepresidente Lenín Moreno daba una rueda de prensa sobre la iniciativa ITT, aquella de dejar el crudo bajo tierra, que empezaba por aquellos días. Ella trabajaba como periodista de diario Hoy y él era uno de los mejores fotoperiodistas de diario El Comercio. Paúl sería el amor de su vida. Juntos eran uno, llevaban una vida tranqui­la, sin mayores sobresaltos. Paúl había ido varias veces a coberturas de frontera y había realizado, además, trabajos gráficos de im­pacto como el de los desaparecidos, que le merecieron algunos premios.

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Hoy la rutina de Yadira es totalmente distinta a la de aquellos días tan felices y placenteros. Ahora se despierta a las cinco de la mañana, responde entrevistas des­de temprano, sale a reuniones ya sea en Fundamedios (Fundación Andina para la Observación y Estudio de Medios, una or­ganización no gubernamental concentrada en temas de medios y libertad de expresión que les ha dado asistencia en esta causa) o con el equipo legal que lleva el caso. Luego regresa al trabajo (trabaja en comunica­ción en crisis y entrenamiento a voceros), almuerza un sánduche o medio sánduche porque no tiene apetito, toma mucho café (y de repente, un cigarrillo), vuelve en la tarde a su oficina y se queda hasta la noche, cuando no hay alguna vigilia o algún evento al que hay que ir: que si una exposición, que si algún acto solidario, que si a otro plantón convocado por familiares de desaparecidos, que si a alguna exposición escolar donde los chicos han hecho algún dibujo sobre la his­toria de los tres periodistas.

Hoy los días son más largos, a veces parecen no acabarse nunca. El caso se ha convertido en su segundo trabajo, no solo para ella, sino también para los familiares de Efraín Segarra y de Javier Ortega. Cuan­do cierra los ojos e intenta descansar piensa en Paúl, en que estarían juntos en el cine, tomados de la mano, o en algún paseo en el campo, soñando despiertos. Lo extraña. Lo ve en las cosas cotidianas. Hay cosas que todavía no puede sola, como hacer las compras: se paraliza, no se siente capaz. Sí. El miedo paraliza. La ausencia paraliza. La tristeza paraliza.

A Paúl Rivas lo conoció en una cobertura, en 2010, en el Yasuní. Ella trabajaba como periodista de diario Hoy y él era uno de los mejores fotoperiodistas de diario El Comercio.

¿Ha recibido asistencia psicológica para trabajar el luto? Yadira Aguagallo sonríe de medio lado y su relato también paraliza pues muestra la indefensión de los ciudada­nos. Cuenta que, junto a su suegra y a la hija de Paúl, Carolina Rivas, acudieron a la “Di­rección Nacional de Delitos contra la Vida, Muertes Violentas, Desapariciones, Extor­sión y Secuestros” —solo el farragoso nom­bre de la entidad ya produce calosfríos—. Ahí debían acudir a la primera terapia psi­cológica en una oficina que decía Asistencia Psicológica, donde tuvieron que esperar en las gradas. La tragedia por momentos pare­cía una mala comedia, así que no volvieron a buscar esa atención.

Yadira Aguagallo sabe que ahora su vida tiene otro sentido. Que buscar la ver­dad, la justicia y la reparación no es una cosa sencilla y que tomará tiempo. Que deberá repetir varias veces la misma his­toria. Que deberá repasar una y otra vez lo ocurrido. Que el camino es largo y que no tiene regreso. Y que en el camino siempre se encontrará con enormes obstáculos o con pequeñas piedras de esas que lastiman los pies y que tienen que ver con la crítica malsana contra la prensa.

Muchas veces le preguntan si tiene miedo. Y lo tiene. ¡¿Cómo no tener miedo si está caminando sobre arenas movedi­zas?! Pero no quiere dejarse paralizar por el miedo, porque ya aprendió que no hay que callar. Por eso habla claro y su voz es con­tundente, con energía y firmeza, pues está alimentada por el amor, por ese amor que le dio días felices y que hoy la empuja a seguir, aunque a veces sienta desmayar.

No había fumado nunca tantos ci­garrillos como en estas tensas jornadas: recuerda en Washington, haciendo lobby (porque hay que hacerlo para conseguir atención sobre estos temas), ella y Christian Segarra, hijo de Efraín, también periodista como ella, agotados ya de la indiferencia y presionados, salieron a fumar un cigarrillo tras otro, tentados a botar la toalla, pues no solo les ha tocado cargar con el sufrimiento sino llenarse de paciencia y comprobar, una y otra vez, que las instituciones no se compadecen con el dolor de las víctimas. Pero sabe que dejar el caso no es una posibilidad. De eso está convencida, igual que su cuñado Ricardo, la hija de Paúl, Carolina; los hijos de don Segarrita, y don Galo Or­tega, para quien Javi, su hijo periodista, era motivo de orgullo. Tres familias a quienes el destino ha unido en un reclamo, en una misma voz.

A Paúl le decía “mi cielo” y él le decía “mi estrella”. Soñaban juntos en hacer un día un libro, a dos manos, con textos de ella y las fotos del “fotógrafo de la luz”. A Paúl lo ve todos los días ahí, en las pequeñas cosas co­tidianas y siente que no lo puede defraudar.

A los pocos días de empezar la pesadi­lla, a Yadira le llegó un correo electrónico con un mensaje escrito del puño y letra de su compañero y, además, un video. En la nota, la última carta, estaba el pedido de los captores al Gobierno ecuatoriano: difundir este video a la mayor cantidad po­sible de medios de comunicación para pedir al gobierno el cese al fuego y el acuerdo de paz que tienen con Colombia. Quieren el intercambio detenidos. Sigan presionando a las autoridades.

El mensaje era una prueba de vida. Era un grito desesperado. Era un mensaje de náufrago en una botella. Yadira no puede dejar que el mensaje flote en el mar o sea arrastrado al son de la corriente. El mensaje tiene que llegar a buen puerto pues es lo que ella puede hacer por él, por su memoria y también, por supuesto, por la paz y la liber­tad.

 

 


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