Rob Wynne, la belleza no buscada.

Por Daniela Merino Traversari.

Fotografías: Cortesía Brooklyn Museum.

Edición 436 – septiembre 2018.

ECHO 2, 2016.

ECHO 2, 2016.

Sus obras están llenas de glamour. Pa­recen diseñadas para esas mansiones lu­josas de Palm Beach o para un penthouse exuberante de Nueva York. Pero ese gla­mour puede ir más allá de las apariencias y estar ligado al misterio más oscuro y la poesía más translúcida. Sin embargo, exis­te una delgada línea que divide lo cursi de lo poético, la sensiblería de lo profundo, lo esencial de lo superficial. A Rob Wyn­ne (Nueva York, 1950) le gusta provocar desde estas fronteras. El artista juega con las formas para despistarnos de los conte­nidos, muchas veces existenciales. A pesar de que utiliza una variedad de técnicas y medios como pintura bordada, collage, escultura y fotografía digital, el vidrio fun­dido es central para su proceso creativo. La maleabilidad de este material le ha per­mitido transformarlo en objetos absurdos pero exquisitos, en frases y palabras, y en amplias instalaciones hechas de pequeños círculos que, al juntarlos, forman inmensas galaxias palpitantes.

Su trabajo con el vidrio fue casi un acci­dente. Al comienzo de su carrera, trabajan­do en una serigrafía de gran formato, Wyn­ne quiso incluir una escultura de vidrio. Sin querer, dejó caer el vidrio fundido (por su inexperiencia con el nuevo material) y accidentalmente se formó una especie de composición jacksonpolleska sobre el suelo: manchas y puntos derramados espontánea­mente sobre la superficie del estudio. Esta composición haría de su arte todo un éxito en museos y galerías alrededor del mundo, pues Wynne creó figuras lúdicas y visual­mente hipnotizantes hechas a partir de este material.

Es fácil perderse en los laberintos vi­driosos de estas obras, que muchas veces reflejan nuestra propia mirada en un pe­queño pedazo de espejo insertado en la mitad de la pieza (Echo, 2017). Entonces ya no se trata de arte ornamental, como pue­de parecer a simple vista. No existe más un universo superficial. Ese pequeño reflejo lo cambia todo. Está escondido, pero no per­dido. Para los que se buscan a sí mismos, es fácil encontrarse. Para los que no, la bús­queda puede pasar desapercibida hasta que se encuentran con tres lágrimas gigantes (3 Glass Drops).

Silver Horizon, 2015.

Silver Horizon, 2015.

OH2/H2O, 2017.

OH2/H2O, 2017.

Este solo es el comienzo de una peque­ña búsqueda filosófica. Wynne nos llevará tras bastidores del universo (Backstage of the Universe, 2014) para luego mostrarnos una variedad de galaxias desconocidas (Garden of Earthly Delights, 2011 – Vortex of Orpheus and Narcissus), haciéndonos viajar a través de una bellísima marejada de pájaros negros que, a su vez, sobrevuelan una multiplicidad de hongos de cristal (The Heartbeat of a Bird, 2006).

Entre sus obras artísticas más destacadas están aquellas piezas que forman palabras o frases. A primera vista estos textos de vidrio muestran una estética divertida; sin embargo, hay un origen personal que les da un signifi­cado más profundo: de pequeño, Rob Wyn­ne sufría de dislexia, condición que generó una manera distinta de pensar en las palabras y el lenguaje. Wynne utiliza la sintaxis visual para explorar las implicaciones y la ironía del lenguaje, dándole un nuevo significado en un nuevo contexto.

Flotando en el tiempo

Hasta enero de 2019, el Brooklyn Mu­seum de Nueva York presenta dieciséis insta­laciones de vidrio en diálogo con obras his­tóricas del arte americano, que pertenecen a la colección permanente de esta institución.

La muestra se titula Float (Flotar), en alusión directa al carácter liviano y quizá efímero de la imagen y la palabra.

La exhibición invita al espectador a embarcarse en un viaje estético diferen­te. Gracias a la combinación de obras que contrastan, se genera una disrupción en la experiencia del espectador como producto de un colapso de distintas eras. La idea es resaltar el arte americano mediante las pie­zas de vidrio que actúan como objetos que iluminan el pasado. Wynne utiliza su arte para penetrar en la historia del arte y borrar las fronteras de tiempo y espacio. De esta manera, las obras dialogan unas con otras generando nuevos significados culturales, artísticos y museográficos. A través de su mirada, por medio de su ingenio y trabajo, las obras del pasado están vivas, no son es­tériles ni tampoco inmóviles, ni permane­cen ocultas en alguna sala de algún museo. Los tiempos se superponen, se mezclan, el arte del pasado nos habla del arte del pre­sente y el presente, del pasado.

Float 3, 2018.

Float 3, 2018.

“Para esta muestra del Brooklyn Mu­seum, mis trabajos están destinados a pro­porcionar un espacio de respiración reflexi­vo para los espectadores que absorben la complejidad y la variedad de las obras de la colección americana”, dice Wynne.

En el quinto piso del museo, que da la bienvenida a los visitantes con su gran ilu­minación, encontramos la bellísima instala­ción Extra Life (2018). Se trata de un vórtice que comprende cientos de piezas de vidrio que enmarcan cuatro esculturas de mármol neoclásicas del siglo XIX, incluyendo The Lost Pleiad (1874-1875), en representación de una de las siete estrellas de la constelación de las Pléyades. El vórtice insinúa una gran galaxia plateada que sirve como el telón de fondo para las piezas de mármol. La poesía de esta instalación nos hace olvidar el verda­dero tiempo al que pertenecen las esculturas. También la mezcla del vidrio y el mármol en una misma instalación parece ser una deci­sión totalmente contemporánea.

Extra Life, 2018.

Extra Life, 2018.

En otra galería está la instalación I saw myself see myself (2018), una frase inspirada en el título de la autobiografía de Beatrice Wood (pintora y ceramista norteamericana identificada con el movimiento dadaísta). La frase está situada arriba de la peinadora y el taburete del diseñador industrial Kem Weber titulada Vanity with mirror de 1934. Wood fue una artista muy importante de comienzos del siglo XX, por lo tanto, la intervención de la pieza de Wynne en una galería dedicada al ascenso de la mujer mo­derna es particularmente impactante. La obra también hace uso del espejo cóncavo de la peinadora de Weber para resaltar la naturaleza mediadora del propio acto de mirar, ya que los espectadores se verán re­flejados en el espejo, con ciertas distorsio­nes inherentes a este.

Los trabajos de Wynne en esta muestra incluyen signos de puntuación —de excla­mación y de pregunta— al igual que insec­tos, posando como pequeños chistes en las paredes cerca de las pinturas o como alusio­nes a las alimañas existentes en el corazón de la historia de Estados Unidos. Estos signos o insectos nos obligan a detenernos en seco para luego mirar unas gigantescas lágrimas misteriosamente montadas en una de las úl­timas galerías para reflexionar sobre el papel de la historia y de la historia del arte en la ac­tualidad. El recorrido por las galerías ha ilu­minado aquello que fue; sin embargo, estas lágrimas sugieren lamento, tristeza o melan­colía, como si lo que existiese en un museo fuera realmente un asunto del pasado, un fragmento de una realidad para siempre per­dida o diluida en el tiempo.

Las obras de Wynne nos seducen por su belleza. Desde sus brillantes galaxias hasta sus exóticos insectos; desde sus osados tex­tos hasta sus hongos multiformes y multi­colores, este artista simplemente no puede evitar construir un mundo ampliamente estético. Lo bello se le hace fácil, se le hace natural. El misterio, la melancolía y las pre­guntas existenciales vienen como conse­cuencia de esa belleza no buscada.

El otro Wynne

Investigando sobre esta muestra de Rob Wynne en el Museo de Brooklyn, me encontré con Robert Wynne. Rob Wynne es de Nueva York y Robert Wynne es de un pueblo rural de Victoria, Australia. Su nombre no es la única coincidencia. Ambos son artistas y los dos trabajan con vidrio.

Galería-6

Galería-7

 

Galería-8El australiano inició su carrera artística desde la cerámica. Fue hace poco que descubrió las maravillas del vidrio y desde entonces se siente cautivado por la maleabilidad y el dinamismo del material. Digamos que las piezas de Robert Wynne se caracterizan por sus líneas audaces y limpias, por sus formas escul­turales de proporciones clásicas y la pureza de la forma. Exquisitos recipientes de colores brillantes, frutas gigantes y misteriosos pájaros que se alimentan también de frutas de encendido vidrio son algunas de las temáticas que aborda con su­tileza y maestría.

Aunque el trabajo del Wynne de Australia es más decorativo que el trabajo del Wynne neoyorquino, que apunta más a lo conceptual, ambos manipulan el vidrio incandescente de una manera misteriosa, que involucra riesgo, tensión y contraste. Ubicados en las antípodas del globo terráqueo, ahora se encuentran en las páginas de esta revista.

 

 

 


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