Libertad o alcoholismo o: para aburrirme (ya no) prefiero sufrir.

Por Ana Cristina Franco.

Ilustración: Luis Eduardo Toapanta.

Edición 436 – septiembre 2018.

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Decido salir, a los años. Necesito conversar y tomar un trago. Pido un Uber y paso por la casa de mi excompañera de juergas. Mi amiga se sube al taxi hablando por teléfono. “Te digo que no, Andrés. ¿Otra vez vas a hacer lo mismo? ¿Qué eres, bipolar? Basta, me tienes harta”. Cuelga, pero su celular vuelve a sonar y ella, en lugar de apagarlo, contesta de nuevo, fingiendo tedio. “Es una relación imposible. Terminamos el domingo y volvemos el lunes. El man es artista, ¿cachas?, un tipo raro, camina por la vida como bordeando la muerte. Llevo varias noches sin dormir. Siempre nos amanecemos hablando de cine latinoamericano o de Bukowski, y siempre terminamos discutiendo, pero luego nos reconciliamos, en la cama, claro. Está loco”. Me dice ella, entre cansada y orgullosa.

Tengo algo de envidia: ellos, en tan solo un minuto, ya han terminado y han regresado unas tres veces, y yo lo más extremo que he hecho en una semana es comer ají rocoto. Llegamos al bar. Pedimos dos cervezas mientras ella me cuenta que su nuevo amante ve a sus amigas como una potencial amenaza y se pone celoso cada vez que ella sale sin él. “¿Ahora mismo debe estar desesperado porque has salido conmigo?”, le pregunto, no sin ilusión. “Qué va, a ti no te odia, de hecho, siempre prefiere que salga contigo que con la Carla”. ¡Plop! Sabes que estás envejeciendo cuando dejas de ser la mala influencia de tu amiga. Para este sujeto yo era algo así como una tía a la que hay que visitar por rutina. No representaba ningún peligro. Claro, es que mientras mi amiga pasaba jornadas intensas de sexo, literatura y lágrimas, yo pasaba jornadas intensas de cambios de pañal y Netflix. ¿Es este el final de mi juventud?

Hace unos años, otra amiga (mayor que yo) puso en Facebook, parafraseando a Sabina, “Yo no quiero un amor civilizado”, a lo que respondí: “Yo sí”. Porque en esa época era yo la que se amanecía bebiendo con algún poeta desquiciado. Esa frase de Charly García, “para aburrirme prefiero sufrir”, era mi lema en ese entonces. Y hasta recuerdo que, cuando mi vida era demasiado “plana”, yo misma me encargaba de producir una escena para darle sabor. Por ejemplo, si una relación whatever iba a terminar así en seco, yo prefería llorar o romper algo para que termine como debe de ser. Si ya va a terminar, que termine bien, con escena y todo, pensaba yo. ¿Era amor o patetismo?

Mientras mi amiga sigue hablando, dejo de escucharle y me invade la nostalgia. Recuerdo esos tiempos en los que escapábamos de los bares robándonos las copas. Qué hermoso era ir de bar en bar con la posibilidad de otro bar. (¿Qué es la felicidad sino la posibilidad de un bar abierto?). Me doy cuenta de que en todas mis fantasías de libertad hay siempre un trago. Es que no se puede ir “de café en café”, un café se toma una vez, ¿no? Hay que estar siempre ebrio, había dicho Baudelaire. Pero esto, ¿es libertad o es alcoholismo? ¿Hay alguna diferencia?

Mi amiga sigue hablando del novio loco, su celular suena, y ella contesta y putea y cuelga. Empiezo a sentir pereza. Y frío. El friki tiene razón, no represento ningún peligro. Lo que quiero es regresar a mi casa a dormir. Pido otro Uber, regreso pensando en la vejez, en el amor, en el alcohol, en cómo hacer para estar siempre ebria sin alcohol. Miro por la ventana. La noche quiteña sigue ahí. Y seguirá. Como me dijo un amigo en el chat: “Ya vendrán días en que quieras salir corriendo, y entonces el mundillo te recibirá con su bella frivolidad”. En la cama, metidos entre las cobijas y con una luz suavita, duermen el Mario y el Lucas. Me saco los zapatos, me acuesto a su lado.


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