Entre la verdad histórica, el arte y un chaulafán.

Por Gonzalo Dávila Trueba.

Ilustración:  Camilo Pazmiño.

Edición 436 – septiembre 2018.

chaulafan

No siempre es saludable visitar aquellos monumentos históricos que aún denuncian lo que pudo haber sido y no fue. Sucede así al entrar a la Sala Capitular en la que Enrique Ayala Mora nos recordó, con sobrada claridad y lujo de detalles, que allí se firmó el Acta de la Independencia que daría origen a la masacre del 2 de agosto. Revuelta el alma por lo duro de la histórica verdad, entiendes, además, que al haber sido aniquilados todos nuestros próceres, perdimos con ello nuestra identidad histórica. A esto hay que sumar el asesinato de Antonio José de Sucre, en quien pusimos nuestra esperanza para que nos gobernase como nuestro primer presidente. Comprenderás entonces el porqué de nuestra catástrofe histórico-política republicana.

Si las ratas, hace muy poco, pudieron acceder al poder, seguramente la causa haya sido aquel asesinato rastrero que logró aniquilar el nacimiento de una auténtica y propia escuela política ecuatoriana.

Salimos a la “carrera” a la Chile y, entre transeúntes, buses, pitos y voces que pregonaban de todo, llegamos a la puerta de La Compañía.

Quito tiene obras impresionantes que constituyen los tesoros de la ciudad y del mundo. Su estilo barroco, como explicara Enrique, es aquel en el que no hay la posibilidad de que quede algún espacio vacío. Al ser esto cierto… ¿de dónde salió tanto dinero para cubrir el trabajo y todo el pan de oro que esta monumental obra demandó?

Los negros esclavos del Chota hicieron posible que su trabajo, en las haciendas de los padres jesuitas, se transformara en el dinero que cubriría los salarios de jornaleros y artesanos, mestizos e indígenas, durante 160 años.

Dios los tenga en su gloria, porque los ecuatorianos ningún reconocimiento les hemos dado.

Allí está impertérrita la iglesia como parte de la historia de la ciudad y debe albergar en sus naves millones de pecados absueltos e igual número de almas redimidas. Quizá también se haya logrado algún acuerdo político, ya que hubo ocasiones en las que sirvió para alojar al Congreso de la República. Esperarían tal vez que, a la luz de la religión y la fe, se abriese la testa de los diputados para que sus resoluciones tengan visos de autenticidad y armonía.

Por un momento, la tripa me apartó del asombro y vino a mi mente aquel platillo de arroz que fue parte de nuestro armamento revolucionario. Había que escarbar en él para encontrar infinitesimales camarones y trocitos de carne de cerdo, amén de otros arcanos que daban talla al memorable chaulafán. Lo preparaban en aquel chifa esquinero en el mismísimo Palacio Arzobispal.

Mantenía esta especialidad semioriental, perfecto maridaje entre nuestros bolsillos de estudiantes revoltosos e idealistas y su costo. Lo cual nos permitía mantenernos en pie, por horas, devolviendo a la policía aquellas bombas lacrimógenas de color café que no explotaban, mientras exigíamos la renuncia de la dictadura. Desapareció el chaulafán y los verde flex pudieron contravenir aquel ideal de cero tolerancia al dictador de turno y aquellos jóvenes revoltosos estamos ahora como el chaulafán: en vías de extinción.


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