Un vicio y oficio solitarios.

Por Huilo Ruales.

Ilustración:e Miguel Andrade.

Edición 436 – septiembre  2018.

Firma---Huilo1
Estoy en el ángulo sombrío de un bar-café. Sobre la mesa tengo mi Mac, la libreta de anotaciones, un lápiz, una taza grande con té de manzanilla. La música —Piazzola, en sus “cuatro estaciones porteñas”— impide que se oiga el rumor de la lluvia lavando las calles. Paulina, la guapa venezolana servidora, charla y ríe con el cubano alto de la barra. Dos parejas, cada cual en su mesa distante de la otra y de la mía, comen en completo silencio y con cierto aire de estar en otro mundo. Un par de agitados estudiantes entran y piden, el uno café, el otro chocolate, se sientan en una mesa frente a la mía y abren sus mochilas, sus cuadernos, sus computadores. Detrás de ellos, huyendo del súbito chapuzón, entra un tropel de sedientos turistas. Nadie sabe que en pocos minutos, detrás de un vendedor de gafas que sale enseguida sin haber logrado vender nada, entrará un hombre calvo y barbado que sin abrir la boca, o más bien apretando los dientes, convertirá en una carnicería y en un estallido de vidrios este café. Solamente yo quedaré intacto, como todo ser invisible, como todo dios, sencillamente porque el loco de la metralla y sus víctimas, incluso la lluvia y Piazzola, son anotaciones para el primer capítulo de mi nueva novela negra.

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Estoy clavado ante mi Mac, en un ángulo sombrío de un bar-café. En menos de dos horas debo entregar al diario la crónica sobre el doble femicidio del viernes último. Pese a que tengo un cúmulo de datos y un buen lote de fotos en mi smartphone, no logro avanzar en el texto. Lo empecé con mucha fuerza —casi mil caracteres destinados al sobrecogedor silencio de una piedra untada en sangre, junto al cuerpo desnudo y con el rostro destrozado de una de las víctimas— pero, de pronto, el teclado y yo nos hemos quedamos mudos. Me fascina el hecho de que la piedra haya sido arrancada de su letargo eterno por la mano de un hombre desquiciado para convertirla en un animal feroz, en un arma mortal. Y es de ello que me obstino en escribir. Eres un cronista negado, me digo, y ello es tan cierto, pues de manera sistemática me dejo atrapar por aquello que no corresponde a la crónica roja, en la que el arrebato poético es casi un delito. Me han llamado ya del diario, con amenazas del ogro. Me duele el pecho de la angustia. Dejo de lado el té de manzanilla y pido un doble whisky a las rocas. Me lo empino de un sorbo. Me cambio de mesa, enciendo un cigarrillo y reanudo el texto desde otro ángulo: la llamada telefónica que la guapa estudiante de diseño, una de las dos futuras víctimas, había recibido de su prima, la segunda víctima, para invitarle a una velada de karaoke. Pero, absurdamente, la piedra ensangrentada, silenciosa, inerte, sumida en su atemporal existencia, atasca nuevamente la maldita crónica. Pensar que ese tipo de delito cometió el gran Thompson, padre del periodismo gonzo. Gracias a su talento y osadía, y también gracias a la existencia de un periodismo ávido de lo nuevo, su deformación profesional le disparó a la invención de una nueva crónica. De pronto, el bar empieza a llenarse de gente que se saluda con abrazos, palmoteos y risotadas. El mesero une varias mesas para hacer una sola, extensa, como para un festejo. Este asunto sería un simple detalle si no se tratase de una treintena de hombres viejos como yo, algunos irreconocibles, otros intactos, que hace unas cuatro décadas fueron mis compañeros de colegio. Guardo mi computadora sin apagarla y me escabullo hacia la calle. Mientras camino, llamo al diario. Me contesta la secretaria del ogro a quien le digo con todo respeto que, salvo ella, todos se vayan al carajo.


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