¡Ay, Nicaragua, Nicaragüita…!

Por Jorge Ortiz.

Edición 436 – septiembre 2018.

 

Daniel Ortega sigue aferrado al poder, a pesar del descontento, las protestas y las muertes.

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Miles de jóvenes, a pecho descubierto pero con la cara tapada, levantaron barricadas y lanzaron consignas día tras día, durante siete semanas intensas y agitadas, exigiendo “que se vaya la dictadura”, mientras a lo lejos resonaban en los altavoces las canciones de Carlos Mejía Godoy, convertidas en la referencia musical de las protestas entusiastas, tenaces y resueltas de los estudiantes nicaragüenses:

“Ay, Nicaragua, Nicaragüita,

recibe como prenda de amor

este ramo de siemprevivas y jilinjoches

que hoy florecen para vos”.

Las protestas empezaron el 18 de abril, al día siguiente de que el presidente Daniel Ortega anunciara una reforma al sistema de seguridad social (aumento del aporte laboral al siete por ciento de los salarios y al veintiuno por ciento el aporte patronal, además de un descuento del cinco por ciento en las pensiones de los jubilados), y fueron ganando en concurrencia e intensidad a medida que el gobierno redoblaba la represión, que desde el comienzo fue muy violenta. Las calles de Managua, Masaya, Matagalpa, León, Chinandega y Jinotega se llenaron de gente indignada, que de la queja inicial por el tema previsional fue pasando a la exigencia frontal de un adelanto de las elecciones, para dar una salida democrática a la crisis política que el régimen sandinista —partícipe del llamado “socialismo del siglo 21”— había desencadenado por su acumulación de abusos, desaciertos, fracasos, violaciones de derechos y una corrupción estridente.

Ortega, acorralado, propuso entonces un “diálogo nacional”, en el que no cedió nada, pero sobre todo se dedicó a hacer demostraciones de fuerza, no sólo desplegando el ejército y la policía, sino también recurriendo a grupos paramilitares nutridos y despiadados que disolvieron a tiros las protestas. Las cifras de víctimas son confusas y contradictorias, pero, según los organismos independientes de defensa de los derechos humanos, los muertos fueron más de 350 y los heridos al menos 1.200. Al final, Ortega logró su propósito: ante la enormidad de la matanza, las protestas cesaron, los estudiantes reconocieron su impotencia frente a la capacidad represiva del gobierno y el silencio volvió. A mediados de agosto no pasaba nada en Nicaragua. Pero, ¿por cuánto tiempo más? Y, en especial, ¿podrán el ejército, la policía y las bandas armadas seguir matando cuando se reanuden las protestas contra el gobierno, lo que, según parece, sucederá cualquier día?

Mientras tanto, las canciones de Carlos Mejía Godoy siguen tocándose día y noche, como un gesto resignado y privado de re-beldía contra el gobierno:

“Soy de un pueblo nacido

entre fusil y cantar,

que de tanto haber sufrido

tiene mucho que enseñar,

porque saben que aun pequeños

juntos somos un volcán”.

Al fin y al cabo, Mejía Godoy y sus “canciones a flor de pueblo” fueron en 1979 el símbolo de la lucha contra la dictadura de la familia Somoza: “Quincho Barrilete”, “El Credo”, “El son nuestro de cada día”, “María de los Guardias”, “Son tus Perjúmenes, mujer…”. Él fue “el cantor de la revolución”, de la que Daniel Ortega, como comandante del Frente Sandinista de Liberación Nacional, fue uno de sus portaestandartes. Pero Ortega ahora reprime como hace 39 años lo hacía Somoza. Y, claro, Carlos Mejía Godoy otra vez se rebeló. Por lo que, espantado por el espectáculo terrible de la represión sandinista y temiendo por su vida, el 3 de agosto salió de Nicaragua. Hoy vive en los Estados Unidos.

Guerras y dictadores

Ni la tiranía de Somoza ni la de Ortega son fenómenos aislados. Por el contrario, la de Nicaragua es una historia de vuelcos y sobresaltos, con guerras y dictaduras. Desde 1502 hasta 1821 fue parte del Imperio Español. La independencia fue efímera: de 1821 a 1823 perteneció al Primer Imperio Mexicano, de 1823 a 1824 a las Provincias Unidas del Centro de América y de 1824 a 1838 a la República Federal de Centroamérica. En 1838 se convirtió en el Estado de Nicaragua y en 1854 en la República de Nicaragua. Entretanto, su territorio, que va del Pacífico al Atlántico, se había convertido en ruta de paso de colonos, comerciantes, traficantes, mercenarios, aventureros y buscadores de fortuna norteamericanos que, usando el imperio de vapores y transbordadores del célebre empresario Cornelius Vanderbilt, se dirigían hacia California en plena fiebre del oro.

Por entonces, Nicaragua y sus cuatro vecinos centroamericanos (Guatemala, El Salvador, Honduras y Costa Rica) vivían una situación constante de guerras y anarquía, que terminó por un tiempo cuando la invasión de las huestes del filibustero William Walker, que pretendía incorporarlos a los Estados Unidos, les forzó a unirse para expulsar a los invasores. Después, otra vez separada de sus vecinos, Nicaragua inició en 1858 una de sus pocas etapas históricas de estabilidad y progreso, la llamada Primera República Conservadora, que duró hasta 1893, cuando la Revolución Liberal llevó al poder al general José Santos Zelaya, quien implantó una dictadura implacable, que suprimió el derecho a la disidencia y persiguió a sus detractores, aunque efectuó una serie de reformas que establecieron el estado laico, modernizaron el país y propiciaron el surgimiento de una burguesía exportadora.

Pero la inquina entre liberales y conservadores se mantenía viva, por lo que en 1909, cuando el régimen liberal perdió sustento popular, hubo un golpe conservador apoyado por el gobierno estadounidense. El desenlace fue la llamada ‘Nota Knox’, una comunicación que Philander Chase Knox, secretario Estado norteamericano, le envió al general Zelaya conminándole, con el más crudo de los descaros, a dejar el poder. El dictador, tan duro con sus adversarios, se allanó al ultimátum y se fue. Los americanos se habituaron a las intervenciones en Nicaragua e incluso enviaron tropas en 1912 y, otra vez, de 1927 a 1933.

En la resistencia contra los invasores surgió, como figura emblemática y héroe popular, Augusto César Sandino, cuya lucha logró la salida de las tropas extranjeras. Pero, para entonces, ya había sido creada la Guardia Nacional, con el general Anastasio Somoza García como comandante. El 21 de febrero de 1934 Sandino fue asesinado por orden directa de Somoza. Tres años más tarde, el 1° de enero de 1937, Somoza tomó el poder e inició una dinastía que, con altos y bajos, con entradas y salidas, perduró hasta el 17 de julio de 1979, cuando empezó la era sandinista.

Siempre los caudillos

Daniel Ortega en 1980, junto a Fidel Castro.

Daniel Ortega en 1980, junto a Fidel Castro.

Para la toma del poder, los sandinistas habían librado una larga lucha guerrillera, al estilo cubano, pero, a diferencia del castrismo, carecían de un líder unificador. Fue por eso que, cuando capturaron Managua, nombraron presidente a Daniel Ortega, un comandante sin carisma ni brillo que, por su perfil bajo, facilitaba el equilibrio entre las distintas fuerzas coaligadas en el Frente Sandinista, que se repartieron el poder en feudos, pensando que el liderazgo de Ortega sería transitorio. Pero se equivocaron: Ortega fue eliminando uno por uno a sus rivales y, con sagacidad y codicia, convirtió al sandinismo es un movimiento personal y centralizado, dirigido con puño de hierro por él y su mujer, Rosario Murillo.

Sus primeros años al frente del gobierno fueron prometedores, con una serie de programas de reforma social, alfabetización y redistribución de tierras, para todo lo cual contó con el apoyo de la mayoría de los países latinoamericanos e incluso de los Estados Unidos del presidente Jimmy Carter. Pero, tentado por soviéticos y cubanos, en plena Guerra Fría, radicalizó el proceso, socializándolo, y la economía se desmoronó. La inflación llegó al 33.000 por ciento anual. Tras otra guerra civil, en la que los ‘contras’ fueron entrenados y armados por los Estados Unidos del presidente Ronald Reagan, Ortega fue derrotado en las elecciones de 1990. Volvió a postularse en 1996 y 2001. Volvió a perder. Pero de las tres derrotas consecutivas sacó una lección: su techo electoral era del 35 por ciento y, por lo tanto, tenía que recuperar la presidencia con ese 35 por ciento.

Hizo, entonces, un pacto inconfesable: se alió con el presidente Arnoldo Alemán, quien dirigía un gobierno de una corrupción estratosférica (y quien más tarde sería juzgado y condenado por lavado de dinero), apoyo a cambio del cual Ortega logró una reforma constitucional para que en las elecciones de 2006 pudiera ser elegido presidente en la primera vuelta con 35 por ciento de los votos. Y así ocurrió. Reasumió el poder en enero de 2007 y se atornilló al sillón presidencial.

“El general Zelaya, el general Somoza, el comandante Ortega… Si echamos cuentas, Zelaya estuvo 16 años en el poder. El viejo Somoza estuvo también 16 años. Su hijo Luis, 7 años. Su otro hijo, Anastasio, el último de la dinastía, 10 años. El comandante Ortega lleva ya 21 años”. La recapitulación de los dictadores nicaragüenses pertenece a Sergio Ramírez, el brillante escritor (Premio Cervantes 2017) que fue sandinista y vicepresidente de Ortega de 1985 a 1990. Prosigue: “en su mundo enclaustrado tomó cuerpo la idea de que nunca más permitirá que lo derroten y que, a partir del triunfo de 2006, el poder le pertenece para siempre, el poder como sea y como se pueda, ahora convencido de que no tiene por qué ceder si está ganando la guerra contra el enemigo, que no es otro que un ejército de muchachos desarmados…”.

La “izquierda pragmática”

Más de cuarenta años después de haber empuñado las armas contra la dictadura somocista, Ortega ya no es un idealista, un luchador de izquierda que sueña con la justicia y la igualdad. Ya no. Sigue, por supuesto, lanzando las viejas consignas antioligárquicas y antiimperialistas, pero ahora, a sus 72 años, se declara un gobernante “pragmático”, que forjó una sólida alianza de intereses con los grandes empresarios privados y, también, con la jerarquía católica, a la que atrajo mediante la adopción de una dura posición en contra del aborto. Además, controla y manipula las cortes de justicia y la prensa y, como lo demostró en las siete semanas que empezaron el 18 de abril, está listo a reprimir protestas y disidencias con la misma rudeza con que lo hacían Zelaya y Somoza.

En su “pragmatismo” habría influido —según la versión sin oposición de quienes conocen desde adentro la política nicaragüense— su mujer, Rosario Murillo, quien desde enero de 2017 es también su vicepresidente, con quien tiene siete hijos. Ella es sobrina bisnieta de Augusto César Sandino, un parentesco del que Ortega supo sacar provecho político. Ortega tiene con “Chayo”, como la llaman sus seguidores, una deuda política inconmensurable: en 1998, Zoilamérica Narváez, hija del primer ma-trimonio de Murillo, denunció que Ortega, su padrastro, la había violado cuando ella era una adolescente y lo había seguido haciendo durante varios años.

Para sorpresa y desconcierto de todos, o casi todos, Murillo salió en defensa de Ortega: “me ha avergonzado terriblemente que a una persona con un currículo intachable se la pretendiera destruir y que fuera mi propia hija quien, por esa obsesión y ese enamoramiento enfermizo con el poder, quisiera destruir a esa persona cuando no vio satisfecha su ambición”. Según Dora María Téllez, camarada de Ortega en las filas sandinistas durante la lucha contra Somoza, “ese respaldo le dio a Rosario un enorme poder frente a Daniel, además de una gran cuenta por cobrar”. Al final, la denuncia llegó a los tribunales de justicia, que la desestimaron declarando que el presunto delito había prescrito.

Sea como fuere, Daniel Ortega y Rosario Murillo siguen mandando en Nicaragua y, tal como lo han advertido una y otra vez, se quedarán al menos hasta 2021, cuando terminará su mandato actual. Pero no parece fácil que lo consigan: este año se han perdido ya 215.000 puestos de trabajo y, al ritmo actual, sólo la economía venezolana tendrá en 2018 un desempeño peor que la economía nicaragüense. Y eso significa más pobreza, que abonará a un descontento que ya es muy amplio, pues incluso los grandes empresarios y la jerarquía eclesiástica se pasaron ya a la oposición. Le quedan el ejército y las bases sandinistas, pero es previsible que su lealtad tenderá a fracturarse a medida que la situación se deteriore y que se reanuden las protestas.

Lo dicho, dicho está

María Fernanda Espinosa, por entonces canciller del Ecuador.

María Fernanda Espinosa, por entonces canciller del Ecuador.

 

• “Ustedes, queridos hermanos nicaragüenses, son el ejemplo que sirve para romper el círculo de la injusticia. Ustedes han sabido conducir a su pueblo hacia el bienestar y la justicia social”.

• “Querida compañera y hermana Rosario Murillo: su presencia es, sin duda, un ejemplo para las mujeres de América Latina”.

• “Ustedes son un símbolo de esperanza y alegría para toda nuestra América”.

• “En América Latina, los valores y principios del progresismo están más vigentes que nunca, porque se inspiran en las luchas de quienes nos antecedieron, las acciones ejemplares de próceres como Ruiz Romero, Morazán, Bolívar, Sucre, Martí, el Che, Fidel, el comandante Hugo Chávez Frías, que nos conducen a puerto seguro”.

 

Dos izquierdas

A Ortega le queda también la izquierda latinoamericana más radical y obsesiva, no la que se sentía inspirada por los ideales de la revolución sandinista y se conmovía con la “Canción urgente para Nicaragua” de Silvio Rodríguez, sino la que hoy defiende a sangre y fuego sus poderes y privilegios y se niega a entender que el mundo cambió para siempre. Ahí están Nicolás Maduro, Evo Morales, Raúl Castro, Rafael Correa, Cristina de Kirchner y, englobándolos, el infaltable Foro de Sao Paulo, que a mediados de julio, en plena matanza de estudiantes, emitió una declaración alucinante: “denunciamos los graves actos de barbarie y violación de los derechos humanos cometidos por la derecha golpista y terrorista nicaragüense”.

La otra izquierda, la que el líder eurocomunista italiano Enrico Berlinguer describía como “aggiornata”, “actualizada”, ya no está con Ortega. “Siento que algo que fue un sueño se desvía, cae en la autocracia, y entiendo que quienes ayer fueron revolucionarios hoy perdieron el sentido”, de acuerdo con la interpretación de Pepe Mujica, el expresidente del Uruguay. A su vez, Leonardo Boff, el sacerdote que fue el mayor exponente de la teología de la liberación, dijo estar “perplejo por el hecho de que un gobierno que condujo la liberación de Nicaragua imite las prácticas de antiguo dictador”. Y hasta el líder de la izquierda colombiana, Gustavo Petro, aseguró que “en Nicaragua no hay socialismo, sino el uso de una retórica de izquierda del siglo 20 para encubrir una oligarquía que se roba el Estado”.

Parecería, a estas alturas del conflicto, que no hay otra salida que la convocatoria anticipada a elecciones. Que los ciudadanos decidan. El gobierno de Ortega ya no tiene ni la fuerza política ni la legitimidad democrática para prolongarse. Le quedan las armas y la decisión de emplearlas contra quien se ponga delante. Y esa decisión podría llevar a otra guerra civil. Reaparece aquí Sergio Ramírez: “Hay que abrir bien los ojos frente a lo que ocurre en Nicaragua, pues si logramos un cambio de la dictadura a la democracia sin guerra civil nos evitaremos el riesgo, tantas veces probado, de que sobre los escombros del país se erija un nuevo tirano triunfante, que se siente en la silla del tirano derrotado…”. Ay, Nicara-gua, Nicaragüita.

Y, por detrás, el chavismo

El régimen sandinista sobrevivió por el apoyo venezolano.

El régimen sandinista sobrevivió por el apoyo venezolano.

El colapso del régimen sandinista es otra de las consecuencias de la catástrofe política, económica y social del chavismo: fue el subsidio de Venezuela, que era posible gracias a los precios asombrosos a los que llegó el petróleo, el que ayudó a dar en Nicaragua una apariencia de prosperidad y buen gobierno. “Más de 3.000 millones de dólares venezolanos parieron la autocracia nicaragüense”, según el diagnóstico rotundo y descarnado de Joaquín Villalobos, el líder del Ejército Revolucionario del Pueblo, una de las organizaciones guerrilleras que en los años ochenta se levantó en armas en El Salvador. “Pero —agrega, al explicar la insurrección civil en Nicaragua—, cuando el subsidio terminó, el gobierno intentó un ajuste estructural y estalló el conflicto”.

En efecto, el sistema de subsidios a las ineficientes economías socialistas fue implantado por la Unión Soviética cuando quedó en evidencia que la economía cubana, tras la revolución castrista de 1959, no podía sostenerse por sí sola. Había que mantener lealtades y dependencias en los años más tensos e intensos de la Guerra Fría y, claro, los soviéticos volcaron sobre Cuba un torrente de dinero. A cambio, los jóvenes cubanos tuvieron que luchar las guerras soviéticas (“internacionalistas”, las llamaron) en África: Etiopía, Angola, Mozambique…

Pero en 1989 la Unión Soviética hizo implosión. Su economía socialista, forzada a competir en la ‘Guerra de las Galaxias’ con las dinámicas e innovadoras economías capitalistas occidentales, no resistió el esfuerzo. Y en 1991 la URSS se despedazó y desapareció. Cuba se quedó colgada de la brocha: al acabarse el subsidio le habían retirado la escalera. Pero entonces apareció Hugo Chávez.

Venezuela, con sus petrodólares, rescató a Cuba del abismo. Y, cuando hizo falta, auxilió a Nicaragua. “El dinero venezolano —revela Villalobos— construyó a través del ALBA una extensa defensa geopolítica, financió a Unasur, a los países del Caribe y a grupos de izquierda de Nicaragua, Ecuador, El Salvador, Honduras, Chile, Argentina, Bolivia y España”. Pero al bajar los precios del petróleo no sólo se acabó el financiamiento venezolano, sino que Venezuela toda se hundió en el caos causado por la ineficacia y la corrupción de su gobierno.

Villalobos, una vez más: “la salvaje represión que sufren los opositores venezolanos y nicaragüenses no es casual, pues no se enfrentan a un gobierno, sino a tres (Cuba, Venezuela y Nicaragua), y con ellos a toda la extrema izquierda. El destino de toda la mitología revolucionaria izquierdista está en juego. Los opositores sufren dificultades en el presente, pero los gobiernos a los que se enfrentan no tienen futuro. Son regímenes históricamente agotados, que pueden matar, apresar, torturar y ser cínicos, pero no pueden resolver los problemas económicos, sociales y políticos que padecen”.

La disyuntiva para los demás países latinoamericanos es ayudar a esos gobiernos, por tiránicos y opresivos que sean, con un sentido ciego de la solidaridad, o aislarlos y repudiarlos, para que, solos, colapsen lo más pronto posible y, así, sus pueblos le libren de su cruel realidad actual: represión, polarización, escasez de todo (comida, medicinas, combustibles, dinero circulante), criminalidad feroz, éxodo masivo y, en fin, la ausencia atroz y absoluta de esperanzas e ilusiones.


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