Buscadores del arca perdida.

Por Jorge Ortiz.

Edición 436 – septiembre 2018.

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Valter Juvelius en una de las excavaciones.

El hombre era curioso, inquieto y jamás se daba por vencido. En cada acto de su vida era terco y persistente. Con esa tenacidad de hierro había estudiado día y noche el Libro de Ezequiel, convencido de que allí, en ese documento profético del Antiguo Testamento, estaba oculto ‘algo’: una revelación, un misterio, una clave. Algo. Y Valter Juvelius estaba resuelto a encontrar ese algo. Al fin y al cabo, durante los veintidós años de su exilio en Babilonia, el profeta Ezequiel había tenido siete visiones en las que Dios se había comunicado con él. Algún secreto debía estar encerrado en su libro. Sólo había que descifrarlo.

Poeta, predicador y espiritista, nacido en Finlandia y con frecuencia vestido con túnicas bíblicas para compenetrarse mejor con las épocas de su investigación, Juvelius recurrió, en su búsqueda del secreto, incluso a las artes ocultas de un vidente sueco. Y, según relató, “una noche obscura se hizo la luz”: había encontrado el “Código de Ezequiel”. En efecto, Ezequiel sabía dónde estaba escondida la reliquia más preciada del pueblo judío, el Arca de Alianza, que guarda las Tablas de la Ley con los Diez Mandamientos que Dios le confió a Moisés, y ese lugar sagrado lo había revelado en su libro. Al encontrar el “Código de Ezequiel”, Juvelius había desentrañado el secreto.

Lo que venía a continuación era rescatar el Arca. Juvelius decía saber que, en vísperas de que Nabucodonosor destruyera el templo de Salomón, 586 años antes de Cristo, los sabios de Jerusalén habían ocultado el Arca en un túnel al sur del Monte del Templo para que no se la llevaran a Babilonia. Pero, ¿en qué túnel? Había, pues, que prepararse para una excavación larga y paciente. Sería una labor difícil y muy costosa. Pero Juvelius tenía la persona ideal para embarcarse con él en esa aventura grandiosa.

Por entonces, 1908, vivía en Jerusalén un noble inglés de veintinueve años, presuntuoso, elegante y gastador, que no tenía el respaldo necesario para satisfacer sus gustos caros y, por lo mismo, estaba siem-pre listo a lo que fuere para ganar dinero fácil. Se llamaba Monty Parker y, entusiasmado por Juvelius, puso manos a la obra para convencer a sus amigos, aristócratas ingleses, suecos y rusos, de que el hallazgo del Arca de la Alianza les haría a todos ricos, famosos y respetados. Y el dinero fluyó.

Con ese dinero, Parker repartió sobornos y regalos para conseguir, tanto de los jefes árabes de la ciudad como de las autoridades turcas del Imperio Otomano, los permisos necesarios para excavar incluso en los sitios más sagrados de Jerusalén. En agosto de 1909 empezaron las excavaciones. Perforaron en cuanto lugar se les ocurrió, pero no encontraron nada. Dos años más tarde, el 17 de abril de 1911, Parker, enardecido y siguiendo las instrucciones de Juvelius, decidió buscar furtivamente en la Explanada de las Mezquitas, incluso en el mismísimo recinto de la Cúpula, y con sus arqueólogos y excavadores disfrazados de árabes empezó a romper el suelo para llegar a los túneles secretos que había debajo. Pero fueron descubiertos.

Un guardia dio la alerta y, casi de inmediato, se formó una multitud de árabes y judíos, todos enfurecidos, que se lanzó detrás de los sacrílegos. Parker y sus excavadores huyeron hacia Jaffa a galope tendido, mien-tras la turba intentaba linchar a los jefes de la ciudad que habían dado los permisos. En Jaffa, la policía registró a los fugitivos y no encontró nada. Pero los rumores volaron: decían que se habían robado la corona del rey Salomón, la espada de Mahoma y, claro, el Arca de la Alianza. Jerusalén se conmocionó: miles de personas se concentraron en la Explanada de las Mezquitas, los comercios cerraron, los líderes musulmanes llamaron a vengarse de los cristianos y ocho mil peregrinos cristianos rusos se armaron para la trifulca inminente.

Entretanto, Parker había zarpado en su yate. La prensa internacional, basándose en cuanta versión había disponible, informó como pudo del suceso. El New York Times, por ejemplo, dijo que Parker “habría huido con el tesoro de Salomón”. Pero, a ciencia cierta, nadie sabía dónde estaba y si se había llevado algo. En Jerusalén, a pesar de los presagios, todo terminó en una estampida hacia el exterior de las murallas, que dejó unos cuantos heridos y contusos. Los furiosos eran, después, los inversionistas y los empleados de Parker, cada cual reclamando lo suyo. Los nobles ingleses, suecos y rusos se organizaron para buscarlo y enjuiciarlo. Y en esas estaban tres años más tarde, en 1914, cuando estalló la Primera Guerra Mundial. Parker y Juvelius se perdieron en el tumulto atroz de esos años trágicos. Cuando la guerra terminó, todo había quedado convertido en poco más que en una anécdota.


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