Sumergirse en Klimt.

Por Anamaría Correa Crespo.

@anamacorrea75

Edición 436 – septiembre 2018.

Firma-Anamaria-Correa

Friedrich Nietzsche decía de modo olímpico que solo a través del arte se redime la vida. Que solo mediante su experimentación profunda se justifican todos los horrores y los éxtasis de la existencia. Y de entre las diferentes formas artísticas, no cualquier arte podía cumplir esta función: él era un amante apasionado de la música. La música, que siendo abstracción pura y sin tener referencia alguna del mundo exterior, resulta que nos revela algo sobre la existencia. Ese “poder” para existir, esa fuerza vital que está presente a lo largo del universo y que mantiene las cosas en su eterno movimiento —recordemos el ateísmo militante del filósofo que encontraba solo en lo terrenal la razón de ser—.

La fuerza de la música era, en la visión nietzscheana, poderosamente dionisiaca (haciendo referencia al dios griego Dionisio, dios del vino, la orgía, el exceso y la experimentación). El arte dionisiaco era, para el filósofo, profundamente experiencial. En él, el espectador no permanecía pasivo frente a la obra de arte, sino que formaba parte de ella a través de todos sus sentidos y sensaciones, y esto constituía lo que él llamaba una experiencia de “unidad primordial”. Olvidarnos de la ilusión de separación en la que se empeña nuestra mente racional y permitirnos sentir la unidad que recorre a la humanidad entre los seres humanos y con la naturaleza. Un paradójico encuentro entre una espiritualidad sin dios atada a los límites de la experiencia orgiástica, extrema, extática, al tiempo que profundamente reveladora de aquello que pasa desapercibido en nuestra vida cotidiana, cuando no reparamos en lo que quizá el viejo filósofo aludía. Una profunda espiritualidad atrás.

Experimentar a Gustav Klimt, el artista austriaco (1862-1918) en el Atelier de Lumières en París, me conectó con la pasión efervescente y juvenil del viejo Nietzsche cuando hablaba del arte dionisiaco. Resulta complejo encontrar una palabra que describa exactamente la experiencia. Si nos ponemos modernos, quizá lo más apropiado sería hablar de una experiencia 4D: experimentar a Gustav Klimt con todos los sentidos y en una especie de inmersión total en su obra. Montar un viaje a través de sus pinturas en el que sus obras cobran vida propia mediante inmensas proyecciones (en paredes de diez metros de altura) cambiantes y que ocupan cada resquicio de espacio posible: techos, pisos y retablos de un gran hangar, acompañadas de un soundtrack maravilloso: Beethoven, Mozart y otros grandes compositores clásicos.

Esto no se trata de ir a un museo europeo o en cualquier otra parte del mundo y observar una colección de obras de arte de cualquiera de los más grandes artistas del mundo occidental. Eso es en sí mismo maravilloso. En esencia, no haría falta experimentar nada más que la obra de arte original.

Pero resulta que, desde hace algunos años en Europa, las obras de arte de algunos de los más grandes pintores se llevan un paso más allá, a través del arte digital que recurre a la tecnología más sofisticada para conseguir la inmersión total.

No es lo estrictamente ortodoxo, y ciertamente muchos de estos artistas enloquecerían un tanto más viendo su obra desplegada de esta forma, pero es maravilloso si uno busca una experiencia del tipo que describía Nietzsche: aunque él estaba pensando en la tragedia griega del siglo V a. C. y sus montajes en los anfiteatros de las polis griegas y no en proyecciones del siglo XXI que combinan tantos elementos artísticos para secuestrar al espectador en este viaje de ensueño, espiritual y estético.

Las obras clásicas de Klimt, como El beso (1908) y Judit I (1901), cobran nueva vida gracias a esta puesta en escena, aunque son más de tres mil imágenes las que en su conjunto conforman la experiencia. La exposición en París se exhibe desde abril de este año, si usted está en la ciudad y logra verla, le aseguro que atesorará la experiencia para siempre.


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