Desencantada: el cuento del creador y su princesa.

Por Juan Fernando Andrade.

Edición 437 – octubre 2018.

 

En agosto pasado se estrenó en Netflix la nueva serie creada por Matt Groening, y digamos que el polvo de estrellas se derramó por todas partes.

 

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Hay que decir esto, aunque duela: hasta hace muy poco, Matt Groening, creador de Los Simpsons y Futurama, flotaba perdido en un universo que solo él parecía entender o disfrutar, un lugar remoto y solitario.

Treinta temporadas y más de 600 capí­tulos después, Los Simpsons se han vuelto incomprensibles, impermeables, elevados pero sin rumbo como, si haciendo un es­fuerzo por mantenerse relevantes y subsis­tir, caminaran hacia atrás, hacia el olvido. ¿O será que los que cambiamos, los que crecimos, fuimos nosotros y los nuevos ca­pítulos nos repelen porque están dirigidos a otra gente: a gente joven que vive en otro mundo? Por suerte nos quedan esas tem­poradas clásicas que repiten en la televisión hasta el infinito y más allá. Podemos estar tranquilos. Gracias por eso.

El caso de Futurama, por su parte, es distinto. La serie partió con el impulso de un cohete intergaláctico, abordado por le­giones de fans de Los Simpsons que todavía no la habían visto pero ya se la imaginaban y soñaban con ella: esperando, digamos, Los Simpsons en el espacio o algo así. Pero no. El entonces nuevo proyecto de Groening buscaba independizarse de su predecesora, matar al padre (a la familia entera), y pagó el precio: aunque logró mantenerse doce años en el aire, fue cancelada varias veces y per­dió la fanaticada que necesitaba para trepar al estatus de programación estelar. (Lo mejor de Futurama, dicho sea de paso, fueron los capítulos especiales que engendró, películas de una o dos horas que se podrían contar entre lo mejor del género de la ciencia fic­ción).

Y ahora, después de más de veinte años sin producir material original, aparece una nueva creación de Matt Groening: Desen­cantada, una serie animada que ocurre en una época medieval y fantástica. (Pausa). Yo también tenía mis dudas, mis resentimien­tos, mis rollos no resueltos con la obra de Groening, pero después de verla solo puedo decir que sí, aunque nos hayamos distancia­do en estos últimos años, aunque hayamos pensado incluso en arrancarlo del todo de nuestras vidas, aunque algunos hayan po­dido, de hecho, olvidarlo, Matt Groening sigue siendo un hombre en el que se puede confiar.

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Matt Groening

“Es una serie sobre la vida y la muerte, so­bre el amor y el sexo y sobre cómo seguir riéndose en un mundo repleto de sufri­miento y de idiotas, a pesar de lo que te digan ancianos, magos y otros tontos”.

Cuando uno lleva mucho tiempo ad­mirando a un creador, queriéndolo y has­ta preocupándose por él, cuidándolo y defendiéndolo, aprende a hacer concesio­nes, a perdonarle cosas, a mirar para otro lado cuando este se excede o se equivoca o pretende engañarnos; pero digamos que eventualmente, tarde o temprano y trátese de quien se trate, hay que mirarlo a los ojos, sacudirlo con fuerza y decirle una que otra verdad bajo amenaza de cambiar de canal. Groening venía caminando sobre la pan­talla del televisor como si fuera un río con­gelado, a punto de rajarse en cualquier mo­mento. Quizá por eso, el estreno de su nue­va serie fue discreto, casi virtual, solo para creyentes. Y sí, en cuanto supe que Desen­cantada existía, me sentí en el compromiso de verla y pensé en tres posibles escenarios: 1. Odiarla, decir cosas como “la época dora­da de Matt Groening ya pasó hace mucho”, y seguir riéndome con los viejos capítulos de Los Simpsons noche a noche. 2. Odiarla y hacerme el loco y responder “no, todavía no la he visto”, por solidaridad con el autor, por los buenos viejos tiempos. 3. Amarla y compartirla. Y aquí estoy, amando, compar­tiendo.

Al centro de la historia está Bean (me gusta pensar que le pusieron así por Fran­ces Bean, la hija de Kurt Cobain), una jo­ven adolescente que no quiere ser lo que es: una princesa heredera al trono. Su condición de monarca no le interesa en lo absoluto, es más, la deprime, la limita, la bajonea. Vive en un reino llamado La tierra de los sueños (su gran sueño, claro, es escapar de ahí), en lo alto de una torre, obvio, y en las  noches se escapa del palacio para emborracharse hasta la inconciencia, buscar broncas con vagabundos, besar al que se atreva a besarla sabiendo quién es (casi todos sus amantes salen corriendo) o inventar algún nuevo tipo de desastre. No quiere, como se supone, casarse con el príncipe de otro reino para extender los dominios de su padre, el rey; lo que quiere es pasearse ebria y desnuda por el palacio sin que nadie le diga nada. Y algo más: sus mejores amigos son un elfo, que está per­didamente enamorado de ella, y un demo­nio, que dice todas esas cosas que dicen los demonios cuando se nos paran en el hom­bro y nos hablan al oído.

Desencantada es una serie animada, sí, pero no una comedia en la que las bromas se detonan una después de otra cada cinco segundos, y sí, también, sucede en un am­biente de cuento de hadas, pero digamos que lo que ha hecho Groening es contar ese cuento como si no fuera para niños, sin filtros, como si se tratara de un reality show pero, ya saben, sin tanta mentira. Los capítulos, además, están entrelazados en­tre sí, sostienen una narrativa dividida en diez partes ordenadas cronológicamente, así que de nada sirve verlos al azar: es todo o nada. Aquí hay sangre, sudor, lágrimas, alucinógenos, hechicería, —quizá demasia­do— alcohol, criaturas enfurecidas o ena­moradas. Y todas las desventuras del caso.

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Durante una entrevista en la que le pre­guntaron cómo era trabajar con Netflix, Matt Groening, sonriendo y quizá hasta pu­doroso, dijo que todavía no lo podía creer del todo: ellos te entregan el dinero, tú te pones a trabajar, cambias de idea a medio camino y a ellos no les importa, te dan un poco más de dinero, luego les entregas el producto terminado, y ya, no hay ejecutivos encima diciéndote cómo hacer tu trabajo o cómo editar la serie para que llegue a la mayor cantidad de audiencia posible. Sin Netflix, todo hay que decirlo, fábulas alter­nativas como Desencantada no tendrían dónde vivir, o quizá sí, encerradas en lo más alto de una torre, donde pasarían la eterni­dad peinándose el pelo mientras esperan al príncipe que vendrá a rescatarlas de un cas­tillo para meterlas en otro.

A sus 64 años, Matt Groening pone en práctica la maniobra más ambiciosa y peli­grosa de su carrera (se la juega como si fuera un veinteañero que está comenzando en el negocio y piensa que todo es posible). Se nota, desde la primera escena, que Desen­cantada no vino a complacer a nadie ni a mendigar cariño de nuestra parte. Ahí está. Es. Existe. Tómalo o déjalo. Salió de las ma­nos de un artista al que creíamos perdido, pero no, solo tenía el caño del arma arrima­do a la sien, siempre dispuesto a morir en el intento de seguir viviendo.

PD: Ahora que sabes todo esto, saldrás corriendo detrás de la princesa Bean para ofrecerle un tarro de cerveza y un corazón hinchado, el tuyo.


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