Justiniano y su Teodora.

Por Jorge Ortiz.

Edición 437 – octubre 2018.

 

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El emperador era un hombre pruden­te y moderado, no sobrado de inteligencia pero siempre atento a los buenos consejos. Había llegado al trono bizantino en una edad avanzada, cercana a los setenta años, pero su carrera larga y distinguida al servi­cio de la corte y su habilidad para rodearse de consejeros sabios habían hecho de él un gobernante justo y sereno. Bizancio vivía por entonces tiempos tormentosos, en que los bárbaros que venían del Oriente trata­ban de acabar con lo poco que ya quedaba del viejo y exhausto Imperio Romano. En su reinado, Justino había tenido que tomar muchas decisiones complejas y difíciles. Pero el dilema que ahora tenía que resolver era el más duro de todos.

Bizancio, en efecto, sufría el asedio sofocante de sus enemigos y, sobre todo, padecía un desgarramiento interno cau­sado por las pugnas enardecidas entre las diferentes interpretaciones de la doctrina cristiana. Y es que, al empezar el siglo IV, Constantino el Grande había llevado la ca­pital del Imperio a su ciudad, Constantino­pla, y había permitido la libertad de cultos, lo que abrió el camino para que el cristia­nismo se convirtiera en el credo oficial del Imperio. Pero doscientos años más tarde, al empezar el siglo VI, las disputas teológi­cas eran más intensas que nunca.

El nuevo emperador, el que re­emplazaría al anciano Justino, tenía, por lo tanto, que ser un hombre esclarecido, en capacidad de reunificar el Imperio y devolverlo a su era de esplendor. El elegido por Justino era su sobrino y más cercano consejero, Flavius Petrus Sabbatius, cono­cido como Justiniano, persona de buena fama por su inteligencia, su reflexión y sus conocimientos. Pero Justiniano, para des­concierto del emperador y alboroto de la corte, estaba encaprichado con una actriz joven y vistosa, de ingenio rápido y risa alegre, que en algún momento de su vida ajetreada y turbulenta había trabajado en un burdel: Teodora.

¿Qué podía hacer Justino: escoger otro sucesor, alguien menos capaz, preparado y confiable, pero bien casado, o confirmar a Justiniano, aun sabiendo que, al hacer­lo, estaría permitiendo que un día, tal vez muy cercano, una prostituta se sentara en el trono de Bizancio? El dilema era cruel. Tras muchas cavilaciones, el emperador se resolvió por Justiniano: él era quien mejor podría llevar la púrpura imperial. Y para que no quedaran dudas de su decisión, Justino promulgó una ley permitiendo el matrimonio —hasta entonces prohibi­do— entre aristócratas y actrices. Con lo que Justiniano pudo casarse con Teodora.

Justiniano fue emperador desde 527 hasta su muerte en 565, treinta y ocho años en cuyo transcurso se empeñó en restaurar las grandeza del Imperio Roma­no. Y no estuvo lejos de conseguirlo: sus legiones reconquistaron extensos territo­rios de la porción occidental del Imperio, incluso Roma, Sicilia y el norte de África. Fue, además, un constructor ambicioso y fecundo, que dejó un legado magnífico de caminos, puentes, acueductos y templos, entre ellos la catedral de Santa Sofía. Y fue, en especial, el autor del Corpus Juris Civilis, la asombrosa recopilación del De­recho Romano que todavía hoy, quince si­glos después de Justiniano, sigue siendo la base del derecho civil en el mundo latino.

¿Y qué fue, a todo esto, de Teodora? Hasta su matrimonio con Justiniano, en 525, se sabe poco de su vida: pudo haber nacido en el año 500 o en el 501, en Chipre, Siria o Anatolia, pues su padre era doma­dor de osos en un circo trashumante. A la muerte del padre, la familia se estableció en Constantinopla, donde Teodora trabajó en un burdel para malganarse la vida mien­tras trataba de emprender una carrera de actriz. En 522 conoció a Justiniano, quien se prendó de ella y pronto quiso casarse. Se casaron, en efecto, gracias a la ley que pro­mulgó Justino. Y en 527 Teodora se convir­tió en emperatriz de Bizancio.

Pero Teodora no fue sólo emperatriz: lle­gó a ser la mujer más influyente y trascenden­te de Bizancio, cuya actitud valiente durante los llamados “Disturbios de Niká”, en 532, impidió la destrucción de Constantinopla y la caída de la dinastía. Además, impulsó con fuerza los derechos de las mujeres y promo­vió la construcción de iglesias y monasterios. Fue, también, quien convenció a Justiniano de que debía convocar un concilio ecuméni­co, el quinto, para avanzar en la consolida­ción de la doctrina cristiana. El concilio se realizó en Constantinopla en 553, cundo Teodora ya había muerto, pero su influencia había sido tan poderosa para la unificación del cristianismo que fue proclamada santa de la Iglesia ortodoxa. Su festividad, conjunta con la del emperador Justiniano, se celebra el 14 de noviembre. Nada menos.


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