Juan Villoro. “La literatura odia la contundencia”.

Por Damián de la Torre Ayora.

Fotografía: Garel Benalcázar.

Edición 438 – noviembre 2018.

El escritor mexicano Juan Villoro visitó el Ecuador. El autor de El testigo dejó su huella con una conferencia y una entrevista en vivo en la Casa Carrión de Quito.

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Juan Villoro está seguro de que se vol­vió escritor mientras leía De perfil de José Agustín, de que con esa novela nació su amor a primera vista por la escritura. Ese acto de conciencia, quizá, tiene un antece­dente. Tal vez, sin darse cuenta, ya nació es­critor y la única que lo vio fue su abuela pa­terna, María Luisa Toranzo —escritora de best sellers de autoayuda—, quien le heredó su diario. Ella aseguró, con puño y letra, que lo hacía por rifa; él cree que en la he­rencia hubo trampa y se lo dejó porque veía a un niño retraído y triste (prefiero pensar que se lo dejó porque la abuela tenía un ra­dar más agudo que el Nautilus y vio quién le tomaría la posta). Claro que la autoayuda está lejos del escritor mexicano, quien nada a contracorriente. Le daba la contra al si­lencio de su padre, el filósofo catalán Luis Villoro, desde el rock; o como buen hincha del Necaxa se formó en las menores de los Pumas como extremo derecho, y jugando por la derecha prefirió siempre irse por la izquierda en lo político.

Juan Villoro Ruiz (México, 1956), rockstar de la literatura con el disco Mien­tras nos dure el veinte, incluido en su libro Tiempo transcurrido; cronista telúrico de 8.8: El miedo en el espejo, sobre el terremo­to de Chile; blasfemo lleno de argumentos en Dios es redondo; testigo del éxito con su novela El testigo (Premio Herralde, 2004) y reciente ganador del Premio Jorge Ibar­güengoitia, fue el octavo Escritor Visitan­te del Centro Cultural Benjamín Carrión (septiembre, 2018), donde se dio tiempo para dar la conferencia La conciencia na­rrativa, ser entrevistado en vivo por Diego Cazar, comer unas empanadas de morocho, firmar autógrafos, charlar con distintos medios y su público, el cual deliró cuando emuló una narración de un partido de fút­bol como su héroe Ángel Fernández, des­pués de hablar sobre su ídolo Álex Agui­naga —quien presentó su Dios es redondo en el estadio Azteca—. Frente a un autor de estas magnitudes, había que arrancar desde el inicio.

—Juan, ¿cómo es la formación de un niño cuyo padre es filósofo y la madre psi­coanalista?

—Me costó mucho trabajo entender la profesión de mi padre. Yo le preguntaba sobre qué hacía, y él decía: “Busco el sen­tido de la vida”. En la escuela, mis amigos decían mi papá es piloto o abogado, mien­tras yo decía: “Mi papá busca el sentido de la vida”. Obviamente, pensaban que mi papá era un borracho que oía a José Alfre­do Jiménez, que dicho sea de paso era un filósofo. Se divorció de mi mamá cuando yo tenía nueve años. No fue ausente, pero sí distante. Me acerqué a él cuando me in­teresaron los temas culturales. De hecho, pienso que en parte escribo para tener una relación con él.

—¿Y con Estela, tu madre?

—Ella es emocional, sentimental y muy cercana. Siempre tuve más contacto con su mundo. Es una mujer volcánica y su explo­sión a todos nos llega. Ella está más pegada a mi mundo íntimo, mientras que mi papá está en el de las ideas.

—Con cuatro años te inscribieron en el colegio Alemán. Te tocó aprender a leer y escribir en esa lengua. ¿En el lenguaje encontraste tu primer espacio para rebe­larte?

—Sí, aquello me sirvió, justamente, para valorar el español. Me tocó estar en el grupo de los alemanes, entonces recibía todo en alemán, hasta matemáticas. El idio­ma fue un primer obstáculo en mis estudios y me sentía súper tonto. Fue una educación muy severa y, si bien nunca reprobé, me costó mucho. El español se convirtió en mi espacio de libertad.

—Y en la adolescencia llegó el rock

—Mi padre escribió el libro La significa­ción del silencio y, con la protesta típica de la adolescencia, me aficioné a lo contrario del silencio: al rock, que me interesa no como un artículo de notas en alto volumen sino como una forma de vida. Toda la contra­cultura, el cómo vestirte, amar e intoxicarte es lo que más me alimentó. Además, como no había audífonos, los LP se oían con los cuates. El rock fue un acto social.

—Un Juan Villoro, con doce años, es testigo de la masacre de Tlatelolco, del 2 de octubre de 1968. Con el tiempo, re­flexionas sobre el hecho, pero, ¿qué queda de la primera mirada?

—Lo más importante de una persona ocurre hasta los doce años. A esa edad ya conocí el miedo político, porque mi padre pertenecía a la coalición de maestros y apo­yaba al movimiento estudiantil. Recuerdo que le dijeron a mi papá que debía irse del país, porque estaba en la lista negra. Mi papá corría peligro, pero se aguantó para cumplirme el poder presenciar las Olim­piadas que fueron poquito después. Como filósofo, me decía que cuando creciera iba a entender de manera “libre y racional”. Yo no quería entender, quería una respuesta que me tranquilizara. Tenía mucha confu­sión, con decirte que llegué a sospechar que mi papá era un infiltrado comunista para boicotear las Olimpiadas. De esa primera mirada, la masacre y las Olimpiadas fueron mis primeros momentos de desconfianza.

—Para apaciguar te queda el fútbol. ¿Cuál es el mejor Necaxa: el campeonísi­mo de los Once Hermanos, el de Aguina­ga o el de tu calle de niño, cuando imagi­nabas que eras parte del equipo?

—Los tres son momentos inolvidables. No cabe duda de que el más ganador es el de la década en el que jugó Aguinaga. Me encanta el campeonísimo porque era un equipo muy solidario, que defendió el fút­bol amateur cuando ya había profesiona­lismo y hasta se negaban a cobrar sueldos. También está el equipo del que me enamo­ré, uno muy gitano, capaz de ganarle al San­tos de Pelé y perder con el colero de la Liga. El Necaxa es muy simpático, es el “equipo de los últimos diez minutos”, porque daba volteretas al marcador al final del partido.

—Y que te permitió tener amigos…

—Así es. Cuando mis padres se divor­ciaron nos fuimos para la colonia del Valle, donde conocí a otro hijo de divorciados en una época donde eso no era común. Me hice muy amigo de Jorge Mondragón, quien con sus hermanos eran fanáticos del Necaxa, por lo que terminé aficionándome del equipo, y eso fue el pasaporte a la amis­tad.

—¿Cuándo es el mejor momento para decir: “Yo le voy al Necaxa”?

—Don Ramón en El Chavo juega mu­cho con eso, porque en una polémica signi­fica “yo no me meto en problemas”. Pienso que el mejor momento está cuando aceptas que no dejas de ser el niño que fuiste, cuan­do no quieres perder tu infancia.

—¿Cuándo dices: “Pero no lo vuelvo a hacer”?

—Muchísimas veces, sobre todo en si­tuaciones románticas (risas). Es que uno a veces cruza una frontera que no debió cru­zar. No queda otra que echarle la culpa al tequila (vuelve a reír).

—¿Cómo un hincha del Necaxa estu­dia en la UAM y termina entrenando con los Pumas de la UNAM?

—Jugué ahí en las infantiles y juveniles y hasta me probé en reserva, aunque ya sa­bía que mis condiciones no me daban. Los Pumas, por muchos años, fue la cantera del fútbol mexicano, y además, estaba más cer­ca de mi casa y era el equipo de mi padre.

—Con México como anfitrión, ¿el Pelé del setenta o el Maradona del 86?

—Me quedaría con Diego, por una simple razón: Brasil, sin Pelé, seguro salía campeón. Por su parte, en la historia de los mundiales, ningún jugador ha sido tan determinante como Maradona en el 86: sin Diego, Argentina no era campeón. Es más, México, con Maradona, era campeón.

—¿Maradona o Messi?

—Dijo Jorge Valdano: “Messi es Ma­radona todos los días”, refiriéndose a lo estadístico. Si juzgamos el virtuosismo en la cancha y su constancia, Messi es mejor; pero el fútbol es caprichoso, porque la importancia no cae en la estadística sino en el grado de felicidad, y Maradona hizo feliz a Argentina en el momento preciso.

—¿A quién le quisieras marcar un gol?

—A Iker Casillas, a quien ya le hice un gol en un juego virtual. En Pachuca hay un simulador que se mueve como el portero que eliges. Casillas es un caballero de la cancha, lástima que jugó en el Real Madrid.

—¿A quién le tapas un penal?

—A Cristiano (Ronaldo), y mejor en una final (risas).

—¿A quién le haces una faltita de con­fianza?

—A Sergio Ramos le haría una falta técnico-táctica, como para darle “una sopa de su propio chocolate”.

—Vamos con el Villoro de quince años. ¿Cómo fue el encuentro con Miguel Donoso Pareja?

—Ha sido una de las experiencias más notables de mi vida. Yo tuve una infancia depresiva. Ese niño melancólico fue resca­tado por el fútbol, el rock, el teatro, los có­mics y la literatura, y ahí aparece Miguel. A los quince años leí una novela que me mar­có: De perfil de José Agustín. Me identifiqué con su personaje: ambos de colonias de cla­se media, padres divorciados, amantes del rock, que no saben lo que quieren. Esa no­vela fue un espejo que me permitió enten­der que una vida tan absurda como la mía podía ser un libro si estaba bien escrito. Por ahí llegó el periódico Excélsior y encontré un anuncio de un taller literario y gratuito. Me presenté, llevé el único cuento que tenía y como que Miguel me vio con cariño por mi juventud. Me preguntó cuántos cuentos había escrito y, por hacerme el prolífico, le dije “dos”. Me pidió que le lleve la siguiente semana para ver si me aceptaba. Los leyó, el segundo, el que hice de volada, pensó que era el primero por lo tan mal hecho, pero por ahí halló algo de chiste en mi verdadero primer cuento, y me aceptó.

—¿La mejor enseñanza que te dio?

—Miguel no solo es un modelo de escritura sino de vida. Verlo tan aventu­rero, capaz de tener bajo el brazo un libro complejo, un título de moda y el periódico deportivo, me hizo comprender que la inte­lectualidad va por otro lado. Me dejó la fra­se: “La literatura es un don pero, sobre todo, es una dificultad adquirida”, que comprendí con los años, al igual que su enseñanza más grande, aunque dolorosa: me dejó ir. Iba cuatro años con él, cuando un día me dijo que ya no podía recibirme porque era un tipo que llegó con muletas y ahora ya podía caminar solo.

Villoro--2“Miguel Donoso ha sido mi maestro y modelo de vida”

Miguel Donoso Pareja, escritor ecuatoriano (13 de julio de 1931 – 16 de marzo de 2015)

Un verdadero maestro no solo te brinda conocimientos positivos, sino que te ense­ña a pensar. En ese sentido, Miguel Dono­so no ha dejado de ser mi maestro. Cada texto que he escrito desde los 15 años, edad en la que entré a su taller, ha sido una forma de dialogar con él y tener pre­sente su mirada.

Fuente: www.elcomercio.com

—Te interesaban las letras y el periodis­mo, ¿por qué terminaste como sociólogo?

—En ese dar la contra, en ese querer ser diferente a tu padre, me propuse ser totalmente distinto. Recuerdo que me dijo: “Hijo, estudia cualquier licenciatura, que lo que importa es el doctorado”. Escogí Socio­logía y me negué a sacar el doctorado, algo que he cumplido. No estudié Literatura por­que no quería prostituir mi hábito de lectu­ra, no quería leer por obligación ni quería opinar por exigencia. Di con la sociología y me gustó, por ella conocí a otro gran ecua­toriano, Bolívar Echeverría, y estudié su seminario de El capital de Marx; además, entablé una amistad que me permitió hasta presentar uno de sus últimos libros.

—En tu conferencia de la Casa Ca­rrión hablabas de la conciencia intelectual que representa la frase de Hamlet: “Ser o no ser”. ¿Cómo nació el ser escritor?

—Al momento que leía la novela que te decía, De perfil. Con ella me convertí en el escritor más inculto que se podía ser. Esa fue mi epifanía, realmente ahí cambió mi vida.

—También decías que “uno escribe por inseguridad”. ¿Eres insegurísimo?

—Mucho. Si hacemos caso a los astró­logos, soy Libra; por lo que siempre me toca buscar un equilibrio. En ese intermedio soy muy indeciso y siempre tengo muchas du­das, lo cual es bueno porque la literatura odia la contundencia y depende de la incer­tidumbre.

—Citabas también a Oscar Wilde: “Den­le una máscara a un hombre y dirá toda la verdad”. ¿Tus libros son tus máscaras?

—Definitivamente. Creo que la litera­tura depende esencialmente de eso. En un carnaval te pones una máscara para hablar desde un personaje. Cuando escribes lo haces desde la piel de una mujer, desde la de un niño, puedes cambiar tu orientación sexual o puedes ser el peor de los hombres.

—¿El teatro es tu máscara en 3D?

—Amo el teatro. Fíjate que esa es mi primera aproximación a lo literario. A los catorce escribí una obra con mis cuates, Crisol, antes de que De perfil me revelara el terreno que me iba a ser más propio.

—¿La poesía nunca fue tu terreno? ¿Estaba destinada a Carmen?

—Sí, la poesía es el terreno de mi her­mana Carmen, quien escribe muy bien. Por ahí, he escrito algunas letanías y una que otra canción.

—¿El testigo fue testigo de tu consa­gración?

—No creo que exista la consagración. Es muy iluso, por parte de los latinoame­ricanos, pensar que por tener un premio ya estás en un punto de llegada.

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—Sergio Pitol solía decirte que tenías la estatura de Cortázar, que había que ver si alcanzabas su grandeza. ¿No hay consa­gración, pero sí grandeza?

—Creo que es bueno cuando los ami­gos de mayor edad te dicen cosas que no son cómodas. Sergio es mi maestro, fue un gran amigo y entiendo que hubo genero­sidad en sus palabras. Es como cuando el querido Poli Délano decía, de mis primeros cuentos, que escribía muy bien, pero que me faltaba sufrir. Bueno, con los años creo que he mejorado porque he sufrido muchí­simo (risas).

—¿Qué decir de los amigos contem­poráneos? ¿Bolaño?

—Roberto fue una persona importan­te en mi vida. Lo conocí con unos dieci­séis años, él de diecinueve, y nos hicimos amigos, aunque nos dejamos de ver. Unos veinte años después, cuando murió Ma­rio Santiago (Papasquiaro), retomamos la amistad y fuimos cercanos. Roberto es fundamental en mi escritura. Fíjate que hay veces que sueño con él y en los sueños habla con una voz que no tengo, con ideas que no son mías, que me han permitido escribir muchísimo. En lo inseguro que soy, Roberto me da seguridad cada vez que aparece.

—Volviendo a las máscaras, ¿sientes que la democracia ha disfrazado a la ex­plotación?

—En México, donde un partido como el PRI ha gobernado tanto y bajo una re­tórica muy igualitaria, parecería que sí. El PRI siempre fue como un coche que ponía direccional a la izquierda y curvaba a la de­recha. Desde un discurso de democracia, en mi país se consolidó la desigualdad e impunidad.

—En México, ¿qué ha sido más perju­dicial: los políticos o los narcos? 

—Me he preguntado: si tuviese que sal­var mi vida negociando con un narco o un político, ¿a quién elegiría? Probablemente, al narco. Hay que decir que la vinculación entre la política y el narcotráfico es tan grande, que difícilmente se ve una línea divisoria. La ma­yoría de periodistas asesinados no caen en las manos de narcos sino de sus cómplices: mili­tares, policías, políticos, empresarios.

—Les han reprochado a las televiso­ras mexicanas hacer de los Gobiernos una gran telenovela. ¿Con López Obrador se le pone fin?

—Híjole, pues no sabemos. Capaz que la telenovela continúa o empieza una dife­rente. La estructura da para una gran tele­novela: hablamos de un presidente todo­poderoso, con mayoría en el Senado y en el Congreso, que empieza a consolidar casi un único partido en México.

—¿Qué libro le recomendarías?

—López Obrador, a diferencia de Peña Nieto, es un gran lector. Le diría que relea El traje nuevo del emperador, de Hans Chris­tian Andersen, ahora que ha aparecido un montón de súbditos que antes le daban duro.

—Una vez mencionabas que, para cambiar un país, hay que primero imagi­narlo. ¿Qué país imaginas?

—Se está dando una sociedad civil or­ganizada que es ajena a los partidos políti­cos, un trabajo colectivo donde las mujeres jóvenes son protagonistas. Imagino un país con más presencia de mujeres, indígenas y de las minorías. Aún tengo confianza pues la realidad puede estar en bancarrota, pero nunca la esperanza.

 


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