Alfonso Ortiz conservación (y destrucción) de Quito.

Por Pablo Cuvi.

Fotografía: Juan Reyes y archivo A. Ortiz.

Edición 438 – noviembre 2018.

Alfonso Ortiz es uno de esos pocos qui­teños que conoce al dedillo no solo la arqui­tectura del Centro Histórico, sino también las pinturas, esculturas y grabados que, desde la Colonia hasta el siglo XX, rinden testimonio de una identidad que se vino forjando con remezones terribles como la lucha por la Independencia, la dominación garciana y la Revolución liberal.

Arquitecto, restaurador, profesor uni­versitario y gestor cultural, Alfonso ha es­crito mucho sobre Quito y se ha metido en muchas polémicas, como corresponde al apellido Ortiz, pero su trabajo más dura­dero lo realizó como responsable de las pu­blicaciones en la época dorada del Fonsal, institución que el correísmo disolvió como disolvió tantas cosas, incluidos edificios del Centro Histórico. Sin embargo, decido em­pezar esta entrevista por algo que está más a la mano.

Entrevista---1

—¿Por qué esta ciudad se empeña en destruir desde hace años barrios que eran muy lindos, como La Mariscal y La Flo­resta, y no hay conservación allí?

—Porque no se puede conservar todo. Y porque actúan sobre la ciudad las fuerzas de las grandes compañías constructoras. Pero también está la voluntad de la gente de disponer y sacar provecho de sus pocos bie­nes: si es que a mí me declaran patrimonial mi casa, me joden. Eso me ocurrió hace poco porque el municipio y el Colegio de Arquitectos están intentado crear concien­cia sobre la conservación del patrimonio moderno.

—Pero tú decías que más de la mitad de los premios Ornato habían sido derruidos.

—Sí, porque no había una protección. Ese premio se creó para premiar al dueño de casa, no al arquitecto, porque él era el de la iniciativa y así fue durante los primeros veinte años o más. Después se acordaron que detrás de eso había una idea y comenzó a premiarse al arquitecto y, por último, al constructor. El arte de construir es algo que merece la pena ser reconocido porque hay edificios muy complejos.

—¿Pero cómo pueden permitir la construcción de una torre en el patio del castillo Larrea, un bien patrimonial?

—Porque permitieron debajo de la mesa. Los edificios se construyeron allí con permiso de la Administración municipal, sin pasar por la Comisión de Áreas Históri­cas. Igual que se derrocó la Casa Coloma y otros edificios por orden presidencial.

—¿Los del centro que botó Correa?

—Y los que botó Febres Cordero, como el antiguo hospital Baca Ortiz, que hacía esquina en la Colón y 6 de Diciembre y que la familia había donado. (Irónico). Pero ta­paba “otra obra de León” que se construía detrás.

—¿Cómo puede un presidente ordenar o intervenir en cosas del municipio?

—Fueron decisiones unilaterales, vio­lando la ley, las normas…

—¿No puede el municipio salir por sus fueros?

—Podría ser. Como cuando se derrocó la Casa de Navarro. Con una autorización ilegal, el ministro de Educación autorizó el derrocamiento porque ahí se iba a cons­truir un edificio diseñado por Sixto Durán. El problema es el poder.

—Hablando de Sixto, él construyó tam­bién el edificio Guerrero Mora (frente a la iglesia de San Agustín) botando casas antiguas.

—Sí, claro, pero no estaban patrimo­niadas. Quito comienza a conservarse en 1940, cuando se dicta una ordenanza que delimita un área del Centro Histórico don­de va a actuar una Junta de Defensa Ar­tística que va a asesorar al municipio para que se conserve la imagen de la ciudad. No importa que se derroque una casa auténti­camente colonial; lo que se debe hacer es, en ese lote que queda vacío, construir un edificio moderno pero que parezca colo­nial; era consagrar el neocolonial. Eso dura hasta 1950, que se libera completamente y comienzan a construir edificios como el Guerrero Mora, la Casa López, el Edificio Bolívar donde está el cine Atahualpa.

—También hicieron la barbaridad de derrocar el Palacio Municipal. ¿Pero quién da permisos para construir los ho­rrores que avanzan hacia el norte, por la América, por la 10 de Agosto? Eso es un caos arquitectónico.

—Es un caos porque las normas muni­cipales van variando y porque las normas permitían que los ingenieros firmaran pla­nos arquitectónicos. De ahí las luchas del Colegio de Arquitectos por crear una ley de ejercicio profesional y una defensa que debería redundar en beneficio de la ciudad porque los diseños los hacen los arquitec­tos. Ahora, no es ninguna garantía que te­ner un título de arquitecto te permita hacer cosas buenas, podemos hablar de muchísi­mos adefesios, como uno que está cerca de la Mitad del Mundo.

—Otra cosa extraña es cómo se mue­ven las estatuas. Cuando yo era niño, La lu­cha eterna estaba en el parque de El Ejido.

—Así es, fue donación de la colonia ecuatoriana residente en Francia para la celebración del centenario de la batalla de Pichincha. Igual que se puso la fuente de La insidia (apodada Las focas) dentro del par­que; después pasó a la Patria y 10 de Agosto y después pasó a la 12 de Octubre y Patria.

—Donde ni siquiera se ve (junto al es­pantoso mural de la Fiscalía).

—Ahí está perdida. Ahora, ¿quién de­cide eso?, los planificadores urbanos que mueven las estatuas y destruyen, como en la remodelación de la 24 de Mayo se destruyó la columna a los Héroes ignotos, que se había inaugurado en 1922, obra de Francisco Durini, coronada por un cóndor con las alas abiertas. Cuando se decidió re­poner la columna, una vez que se terminó la nueva 24 de Mayo, se habían robado el cóndor. Y tuvieron que hacer uno de fibra de vidrio.

—¡Un cóndor chiveado! Al arzobispo González Suárez también le han tenido paseando por Quito.

—En 1931 se inauguró el monumento en San Francisco, cuando se adoquinó la plaza que antes había sido parque. De ahí se lo movió a San Blas, donde se quedó un tiempito, y a la plaza Chica, ahí está…

—Por ahora.

—Espero que no lo muevan más. Pero fíjate las cosas que ocurren: la Biblioteca Nacional estaba en San Blas. Originalmen­te, una empresa privada construyó un edifi­cio donde se hacía patinaje, era el coliseo, se hacían bailes en Inocentes…

—Hay fotos de los años veinte, con el presidente Gonzalo Córdova.

—Después, el Gobierno nacional saca un aviso: “Se busca edificio para la Biblio­teca Nacional”. El Estado compra el antiguo coliseo y lo convierte en Biblioteca Nacio­nal. Era un espacio enorme y funcionó per­fectamente como biblioteca durante años hasta que el giro de la calle Montúfar hacia San Blas estorbaba para que los buses die­ran la curva con comodidad y, por un me­tro cincuenta que molestaba, derrocaron todo el edificio.

— ¡Qué barbaridad!

—Se derrocó porque les dio la gana. Además, la cubierta metálica enorme, que cubría todo el espacio del antiguo coliseo, fue desarmada con la idea de reutilizar­la para cubrir la piscina del colegio Mejía. Pero cuando el Fonsal quiso hacer realidad ese proyecto, no encontró ni una arandela, se robaron toda la cubierta.

—¿En qué ayudó la declaración de Quito como Patrimonio de la Humani­dad en 1978?

—En principio, en nada: la noticia sa­lió cuatro días después en las páginas inte­riores, mereció un par de editoriales de El Comercio y se acabó; no hubo una respues­ta de la ciudadanía ni de la municipalidad para mejorar el estado del Centro Históri­co. Recién el sismo de marzo de 1987 hizo que dos diputados por Pichincha, Patri­cio Romero y Juan Cueva, propusieran al Congreso un decreto para crear un fondo de salvamento del patrimonio cultural de Quito, que fue aprobado a finales de ese año.

Cuando llegó a la alcaldía Rodrigo Paz, con la sagacidad que tiene como administrador, se dio cuenta de que ahí tenía una herramienta muy importante que podía dar recursos económicos. Al principio era una exigua cantidad; luego, el Ministerio de Finanzas asignó recursos más importantes para el Fonsal, que per­mitieron al Municipio de Quito emplear cerca de 600 millones de dólares a lo largo de veinticinco años en el Centro Histórico.

La familia en pleno: Alfonso y María Fernanda al centro con sus hijos, hijos políticos y nietos. De izquierda a derecha: Sebastián, Francisco, Belén, Ana, Carlos Andrés, Juan Pablo, Juan Manuel, Matías, Ana María, Renata y Sebastián.

La familia en pleno: Alfonso y María Fernanda al centro con sus hijos, hijos políticos y nietos. De izquierda a derecha: Sebastián, Francisco, Belén, Ana, Carlos Andrés, Juan Pablo, Juan Manuel, Matías, Ana María, Renata y Sebastián.

LAS HUELLAS DEL TÍO HERNÁN

—¿Perteneces a una familia de rai­gambre conservadora cuencana?

—No totalmente. Tengo ancestros del sur de Colombia y del sur del Ecuador. Mi padre, Ortiz Bilbao, nació en Quito, su pa­dre en Tulcán y su abuelo en Popayán; y por el lado Bilbao son de vieja raigambre qui­teña. Mi abuelo paterno, don Manuel Ortiz Argoti, tenía un negocio en Quito y una tienda en Tulcán, y tuvo mucho éxito con la llegada del ferrocarril a Quito, que per­mitió meter mercaderías desde Guayaquil al sur de Colombia: estaba desconectado de Bogotá hasta los años 1950-60. Mi padre, diputado por Pichincha, visitó Cuenca y se conoció con mi madre, se enamoraron, se casaron y mi madre vino a vivir a la casa de mis abuelos en la Junín.

—¿Cómo así te dio por la arquitectu­ra?

—No soy un artista, pero me gustaba el dibujo, me gustaba la construcción, la arquitectura en general. Comencé a hacer fotos a los doce años porque mi padre era fotógrafo aficionado, yo le cargaba la ma­leta donde llevaba las bombillas de flash, porque no había flash electrónico, el trípo­de, y me deslumbraba viendo las iglesias de Quito.

—¿Qué papel desempeñó tu tío Her­nán Crespo Toral en el Museo del Banco Central que había empezado allá por el año 69?

—Él era arquitecto y regresó de Fran­cia especializado en Museografía. Al entrar al Banco descubrió el acervo que había y después fueron comprando colecciones ar­queológicas diferentes. Me acuerdo haber visitado a Hernán, que era mi profesor, en la casa que ocupaba el museo, donde había miles de piezas arqueológicas. Él consiguió que el banco destinara para el museo dos pisos del edificio que se construyó en La Alameda.

—¿Cuándo entraste a trabajar allí?

—Después de haber hecho cursos de posgrado en el Cusco y en Florencia, me dediqué a sobrevivir haciendo pequeñas chauchas hasta que Hernán me dijo que la Junta Monetaria había aprobado una inver­sión para la restauración de la Recoleta de San Diego, “y queremos que tú seas director técnico de esa restauración”. Ahí me encaré por primera vez con la realidad de la con­servación arquitectónica.

—Recuerdo que el banco auspiciaba una serie de proyectos culturales.

—Hernán me encargó esa oficina. Te­níamos arquitectos en Manabí, Guayas, Loja, Azuay, que estaban haciendo proyec­tos de restauración; había una actividad frenética en Ibarra, Latacunga, Riobamba, Ambato, en todas partes, rescatando bienes patrimoniales arquitectónicos; además del trabajo de investigar arqueología, adquirir obras de arte, restaurar, etc.

—¿O sea que el banco era una especie de Ministerio de Cultura?

—Sin duda, no creaba políticas pero actuaba. Cuando llegó el neoliberalismo y cambiaron las organizaciones del Estado, el Banco Central comenzó a disminuir de manera sistemática la inversión en cultura.

—Ahí fue cuando Febres Cordero los calificó de “sociólogos vagos”. ¿Y cómo fue tu trabajo en el Instituto Nacional de Patrimonio Cultural?

—Fueron épocas muy difíciles, arren­dábamos un departamento en el piso alto de una casa del centro, y en la planta baja había una fritadería, un salón de belleza y un sitio de venta de flores. Un día me enteré que La Circasiana estaba de venta, la casa que había sido de Jacinto Jijón y Caamaño, y le propuse al alcalde Rodrigo Paz que se comprara esa casa con fondos del Fondo de Salvamento para entregarle en comodato al Instituto Nacional de Pa­trimonio Cultural. Al alcalde le interesó mucho la idea, negoció la compra y se la entregó al instituto. Igualmente negoció el parque, que ya se había vendido a Francis­co Salvador Moral, que pretendía hacer un desarrollo inmobiliario. Para entonces yo ya había renunciado porque tuve muchas dificultades para entenderme con el mi­nistro de Educación, que era el arquitecto Vera Arrata.

—¿De ahí pasaste al municipio?

—Me quedé nuevamente en la calle. De repente recibí una llamada de Rodrigo Paz, “quiero que seas director de Museos Municipales”, y recibí todo su apoyo para ir creando unos equipos técnicos que iban adarle vida nuevamente al museo que esta­ba en el marasmo total. Estuve integrado a la Dirección de Cultura del Municipio hasta el año 2000, cuando la Junta de Andalucía me propuso hacer una guía de arquitectura de Quito. La junta cooperaba en temas de planificación del Centro Histórico, peato­nización, restauración y recuperación de vivienda.

IMÁGENES DE IDENTIDAD

—¿Cómo te relacionaste con las pu­blicaciones del Fonsal?

—Fue cuando Carlos Pallares llegó a la dirección del Fondo de Salvamento. Como consultor independiente manejé el progra­ma editorial a lo largo de diez años.

—¿Cuál era la idea de hacer esos li­bros de gran formato, tan bonitos?

—Creíamos que tanto los lectores como los autores y el tema merecían tener buenos libros, no se podía editar cualquier cosa, los libros podían ser buenos y tener un costo bastante más barato porque estaban sub­vencionados, porque era parte de la política de difusión del patrimonio, no es que se ha­cían libros lujosos por lucirse.

—Tú debes tener, como yo, un eterno agradecimiento a los pintores del XIX como los Salas, Guerrero y Joaquín Pin­to, a los grabadores, a fotógrafos como Benjamín Rivadeneira y José Domingo Laso…

—Claro, las imágenes, muchas veces dicen más que un texto, que es muy difícil de localizar porque los archivos no son fá­ciles de investigar. Mucho más me dice una foto de la plaza de San Francisco con jardín, o como mercado, o con el monumento de González Suárez, que montones de docu­mentos. Como profesor de historia de la arquitectura de Quito, fundamentalmente trabajo mis clases con imágenes. La parte visual es muy importante y, por eso, los li­bros que se editaron con el Fonsal tienen un alto contenido de imágenes.

—¿Cómo fue el hallazgo de ese álbum espectacular del siglo XIX?

—Estaba yo con una beca de corta du­ración en Madrid, para hacer estudios en el Museo de América, y al mismo tiempo estaba Nancy Morán, pero en otro curso. Un día me dice: “Alfonso, tienes que ir a ver en la Biblioteca Nacional de Madrid un ál­bum con acuarelas ecuatorianas que está en exhibición, en una página se ve la igle­sia de la Compañía de Jesús”. Hablé con la directora del área de estampas y grabados, ella me permitió estudiar todo el álbum: pasaba las páginas y me iba quedando sin aliento por la cantidad de imágenes que re­trataban un Quito que todavía era ese Qui­to colonial que no se había modificado por la República: la vestimenta, las tradiciones, los oficios y todo lo demás no habían cam­biado prácticamente. Y, claro, me sorpren­dió ver la fachada de la Compañía como la había descrito Caldas, como si fuera de mármol: era porque tenía un recubrimien­to que simulaba mármol. Al final conseguí las diapositivas de las 140 imágenes, y cuan­do ya estaba en el Fondo de Salvamento se hizo un estudio serio y salió el libro Imáge­nes de identidad que ha sido un elemento muy importante para entender la evolución de Quito en el siglo XIX.

—¿Y cuál fue tu experiencia como cronista de Quito?

—Se supone que el cronista de la ciu­dad debe resolver consultas que le haga la alcaldía o el Concejo Municipal, dirigir el Archivo Municipal y, por otro lado, for­mar parte de la Comisión de Áreas Histó­ricas y hacer informes respecto a los temas de nomenclatura de la ciudad. Pero lo que debería hacer el cronista de la ciudad, y es lo que yo propuse, es convertir al archivo en un verdadero centro documental que permita conocer la historia de la ciudad. Hoy se guardan ahí todas las resoluciones del Concejo Municipal, y no tiene presu­puesto, no tiene recursos técnicos, no tie­ne personal, no hay una sola página digi­talizada.

—Yo lo conocí cuando era cronista Salvador Lara, en la biblioteca de La Cir­casiana.

—Cuando se creó el puesto de cronista de la Ciudad, se separó el archivo del mu­seo y Jorge Salvador decidió trasladarlo a la que fue biblioteca de Jijón, que estaba vacía. Pero el municipio decidió, desgra­ciadamente, que el archivo histórico debía formar parte de todo su sistema de archivo burocrático y tiene la misma categoría que el archivo de la Dirección de Higiene.

Yo entré muy esperanzado, pero nunca pude reunirme con él para discutir algún tema de la historia de la ciudad y nunca re­cibí respuesta de las comunicaciones que le mandé. Entonces comencé a utilizar vías al­ternativas y las cosas estaban funcionando bien cuando me llamaron de la Adminis­tración General del Municipio, que tenían que comunicarme algo, llegué ilusionado y me pidieron la renuncia.

—¿Eso fue por el caso de Arturo Ja­rrín?

—Sí. A un concejal no le había gustado que yo hubiera dado un informe positivo para que se nombrara Arturo Jarrín Jarrín a una calle que había escogido la Dirección de Obras Públicas y había pasado todo el proceso. La intervención del cronista de la ciudad era solo una opinión técnica de si era o no un personaje histórico. Yo ponía en mi informe que el Congreso Nacional había reivindicado el nombre de Arturo Ja­rrín, que había pasado de delincuente a hé­roe popular por decisión del Congreso, que recomendaba a los poderes públicos que se honrara su memoria.

—¿Y por qué no te respaldaron los co­rreístas del concejo?

—Porque no les importa para nada, no sé si habrá algún correísta en el concejo que reivindique a Arturo Jarrín Jarrín. Me quedé en el aire, muy sorprendido de esta decisión del alcalde. Después entendí que uno de los concejales…

—¿Marco Ponce?

—(Asiente)… le había pedido y el al­calde, con la debilidad política que ya era evidente hace dos años, cedió a este tipo de presiones.

 

Los hermanos Ortiz Crespo fotografiados por su padre, Luis Alfonso Ortiz Bilbao, hacia 1952. De izquierda a derecha: Gonzalo, Ximena, Carmen, Fernando y Alfonso.

Los hermanos Ortiz Crespo fotografiados por su padre, Luis Alfonso Ortiz Bilbao, hacia 1952. De izquierda a derecha: Gonzalo, Ximena, Carmen, Fernando y Alfonso.

 

Al cumplir 25 años de ejercicio profesional, el alcalde Roque Sevilla, coloca el botón de reconocimiento del Colegio de Arquitectos, 2000.

Al cumplir 25 años de ejercicio profesional, el alcalde Roque Sevilla, coloca el botón de reconocimiento del Colegio de Arquitectos, 2000.

NI CARONDELET

NI ESCUELA QUITEÑA

—¿Por qué afirmas que el Palacio de Carondelet no debería llamarse así?

—Porque no tiene nada del barón de Carondelet, en absoluto. El palacio de la Audiencia era un edificio de una simpleza absoluta y se lo llamaba palacio simplemen­te por la dignidad de la institución.

—Se supone que Carondelet hizo al­guna remodelación.

—No hizo nada. No hay ningún docu­mento. Lo que hizo fue un plan de defensa del palacio, porque ya olía la independen­cia: dónde poner los cañones, dónde poner los soldados, etc. Cuando llegó Juan José Flores como intendente del Departamento del Sur, lo primero que hizo fue sacar los retratos de los presidentes de la Audiencia y de los reyes y ponerlos en la plaza Grande y, a caballo, con lanza, destruirlos. Por eso no tenemos retratos de los reyes, que sí hay en Lima, en Bogotá y en México. El furor anti­español lo llevó a eso.

Y en 1843, en su segunda administra­ción, contrató a Emilio Lavezzari, arquitec­to que trabajaba en la Legación de Francia, para que hiciera la fachada neoclásica del palacio, en el estilo que se asimilaba con la República, y se reformó toda la plaza, que dejó de tener la imagen atrasada de la Co­lonia. Ya no éramos españoles, teníamos que aprender a ser ecuatorianos. Un siglo después, en época de Camilo Ponce, se de­rrocó totalmente el interior del edificio y se construyó uno nuevo.

—Eso fue con Sixto Durán…

—Como ministro de Obras Públicas. Solo se mantuvo la fachada neoclásica.

—¿Qué estás haciendo ahora en el Pa­lacio de Gobierno?

—Trabajo en el área cultural del pala­cio, porque tiene un museo y tiene áreas de exposiciones temporales. Periódicamente cambiamos de exposiciones y presentamos al público. Se ha desmantelado la mitad del museo.

—Se ha descorreizado. ¿A dónde fue­ron a parar los honoris causa y los regalos que estaban ahí?

—Están guardados en una bóveda en el Banco Central, como debe ser, porque es responsabilidad del Palacio de Gobierno guardar esos objetos que fueron donados por el presidente Correa, no se los ha des­truido.

—(Con ironía). No hicieron lo que hizo Juan José Flores.

—Claro que no, están guardados. El museo de Correa en gran parte subsiste, una primera parte es una historia muy apresurada de la República, desde 1830 hasta Correa, con una visión bastante ideologizada porque había que estar den­tro de la tónica de la revolución ciudada­na. Pero el objetivo final del museo era exhibir los regalos que le habían hecho al presidente, forzando un discurso porque los objetos no pueden decir lo que se quie­re decir…

—Te he oído decir que nadie ha defi­nido a la Escuela Quiteña.

—Así es, no hay ningún historiador de arte serio que la haya definido y diga: es esto. Ni el padre Vargas ni José Gabriel Navarro ni Hernán Crespo Toral ni Hum­berto Vacas Gómez, nadie.

—Pero uno puede decir: esto no es cusqueño o esto no es de Potosí.

—Exacto, se puede decir, hay una for­ma de hacer las cosas características en el área de Quito, pero yo te puedo ense­ñar un cristo de Sangurima, el cuencano, y puede parecer quiteño. ¿O les vamos a quitar también a los cuencanos la oportu­nidad de…?

—No, pero hasta la Independencia todos éramos quiteños, incluidos tus paisanos cuencanos.

—Ellos eran cuencanos y los guaya­quileños no quisieron ser quiteños nun­ca. Pero la producción quiteña era muy característica dentro de América Latina y, por eso, tuvo tanto éxito la exportación de obras, especialmente en el siglo XVIII, a lugares donde no había talleres locales que suplieran con calidad esos objetos. En Chile, por ejemplo, hay mucho arte quite­ño; en Colombia, también, incluso en Bo­gotá y más arriba, porque tenía fama. Pero la escuela es una categoría que está ya en desuso.

—¿De qué se habla entonces?

—Se habla del arte producido en Qui­to durante la época de la Colonia, pero no se puede meter a Miguel de Santiago, del siglo XVII, con Bernardo de Legarda, del siglo XVIII, porque son conceptos total­mente diferentes.

La fotografía es uno de los placeres que se permite Alfonso cuando no está dedicado al patrimonio.

La fotografía es uno de los placeres que se permite Alfonso cuando no está dedicado al patrimonio.

—¿Cuál es el principal problema del Centro Histórico?

—La despoblación; es decir, un núcleo urbano vivo que tenía 80 mil habitantes hace 50 años, ahora tiene treinta mil. Se da entonces el abandono de las estruc­turas arquitectónicas, porque están con­vertidas en tiendas, la planta baja, y en bodegas de almacenes, la planta alta; lo que hace que la ciudad esté muerta a las ocho de la noche y que esos edificios no se conserven. El gran reto para la muni­cipalidad es devolver la habitabilidad al Centro Histórico. Por otro lado, no hay capacidad económica para reconvertir es­tructuras que están vacías, sin uso, como el hospicio San Lázaro, la casa de García Moreno en la plaza de Santo Domingo. Y edificios: el Guerrero Mora, el de la Sud­américa y otros edificios modernos están vacíos, porque ya no hay abogados que tengan despachos en el centro.

—¿Ayudará el metro a revitalizar el centro?

—La facilidad de acceso a través de una sola parada en San Francisco puede ser una buena inyección de vitalidad, pero la vitalidad no tiene que medirse en el número de visitantes, el Centro Histórico está colmado de visitantes, pero a las ocho de la noche no circula un alma.

—El panorama está medio tétrico.

—Sí, porque se necesitan inmensas inversiones y lo que hizo Correa bajo el membrete de rehabilitación del Centro Histórico fue gastar doce o quince mi­llones de dólares en obras de relumbrón como la plaza de las Conceptas, la plaza huerto de San Agustín y tres casas para embajadas, donde seguro que hubo ne­gociados también, cuando las casas au­ténticas, para que vivan los quiteños o no quiteños en el centro, se están cayendo a pedazos.

—Por último, cuando no estás en lo del patrimonio, ¿a qué te dedicas?

—Mis hobbies son la fotografía, la in­vestigación y la lectura. Soy bastante ajeno a los deportes, me gusta viajar, pasear, me gusta coleccionar monedas, no soy numis­mático propiamente, pero me gusta.

—Pero eso también les gustaba a los de la revolución ciudadana.

—Ah, claro que sí, pero coleccionar billetes verdes y guardarlos en bancos sui­zos.


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