Doble vida en el Olimpo.

Por Huilo Ruales.

Ilustración: Miguel Andrade.

Edición 438 – noviembre 2018.

Firma--Huilo

El Olimpo es un inmueble de diez pisos, con ocho apartamentos de un dormitorio en cada piso. Sus habitantes son mujeres y hombres solos, situación obvia, ya que es uno de los principales requisitos. Desde luego, algunos viven acompañados y otros hacinados. Por ejemplo, en el cuarto y quinto pisos hay varias familias rumanas que incluyen tres generaciones: parejas, abuelo, nietos y algún otro adulto recién llegado. O familias africanas con retahíla de niños que brincan y cantan y bailan y no descansan sino hasta medianoche.

A veces y sin anunciar, como es propio de su trabajo, llega el inspector del Servicio General de Vivienda (SGV). Es un hombre cetrino, alto y esmirriado, de notable parecido con Bill Murray, sobre todo en Lost in translation, que es donde más pone en juego su aire de hombre solitario a un pelo de salvarse. Si se lo tiene cerca, el inspector es más triste, más distante o, como el Mersault de Camus, parece un tipo curtido en soledad, en desesperanza, en inercia existencial. Lo curioso es que a distancia no se lo percibe de esa manera sino todo lo contrario. El mentón altivo, la espalda recta, el ceño severo, el traje gris y el portafolio del SGV le otorgan un aire de autoridad implacable. Y es así como lo sienten y hasta lo presienten en el Olimpo. Basta con que su figura irrumpa en el edificio, para que de manera instantánea, como si ante su presencia sonara una alarma, el silencio se expanda de la planta baja hasta el décimo piso. Un silencio que tiene más de vacío, de tensión y de miedo. Al mismo tiempo, en el interior de muchos de los apartamentos va ocurriendo un extraordinario número de magia: con una velocidad aprendida en la guerra y el suficiente sigilo para no romper el estruendoso silencio, los arrendatarios esconden bajo la cama, en el baño, en el clóset y hasta en el aire a su gente y sus tereques. (Cierta vez que llegaba a casa, vi desde la calle a dos niños y una pareja de ancianos izados en la cornisa contigua a una ventana, con el cráneo adherido al muro y las punteras en el vacío). Hijos, padres, abuelos, amantes, se esfuman antes de que los pasos del inspector lleguen hasta su puerta, de tal manera que, si la deben abrir, no encuentre sino uno o dos migrantes sobreviviendo bajo techo.

Se podría decir que el inspector lo sabe todo y prefiere hacerse de la vista gorda y nada más llega a cumplir su obligación de visitarnos. Los inquilinos más antiguos cuentan de otros inspectores que irrumpían incluso en la madrugada y a esa hora desalojaban los apartamentos sin dejar siquiera a sus ocupantes legales. Pero el inspector actual viene en horas inmejorables. Cargando el estigma propio de todo inspector de Vivienda, llega con su aire desolado y quién sabe si necesitado de algo próximo al afecto. Debe ser por ello que sube las escaleras de cada piso con una lentitud de zombi, como dando tiempo para que la gente organice sus escondites. Al azar, timbra en cualquier puerta con la incertidumbre de un vendedor fracasado y se lo ve aliviado cuando la puerta escogida corresponde a la habitación de alguien como yo, que soy solitario. Plácidamente, acepta entrar, beber un café, comentar un par de jirones sobre la crisis actual, el último atentado, las travesuras de su decrépita madre y su caterva de gatos vagos e insaciables. En cambio, cuando la puerta se abre y su vista se choca con una hacinada familia, se ensombrece, endurece el ceño, saca como un arma su teléfono y al instante irrumpen los desalojadores del SGV.


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