Ultramarinos.

Por Pérez Ordóñez.

Ilustración: Tito Martínez.

Edición 438 – noviembre 2018.

“Hicimos una bella travesía del Bósforo, bajo la tormenta; hubo cabalgatas en la selva tracia, con el viento agrio que se engolfaba en los pliegues de los mantos; el innumerable tamborilear de la lluvia en el follaje y en el techo de la tienda”.
Marguerite Yourcenar,
Memorias de Adriano.

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De antiguo, el mar ha sido material literario de privilegio. Quizá sean su poderío, sus profundidades y entresijos, su capacidad de arrastre y su infinitud, los factores por los que tantos novelistas, ensayistas y poetas han enarbolado la pluma en su defensa, en su evocación o en su esbozo. Quizá no exista elemento o tema, desde el principio de los tiempos, tan aunado con la actividad humana como el mar, aunque desde ese mismo inicio seamos animales territoriales y telúricos.

Ya Ulises vio subordinado y dificultado su regreso a casa, producto de las condiciones impuestas por Poseidón —soberano y dominador de los mares— y, pongámoslo de alguna manera, por algo complejos problemas familiares. Y también son materia prima de la Odisea las historias de navegación, las tradiciones de los pueblos marineros, los monstruos míticos y los avatares de la navegación. El mismo Homero contó en la Ilíada que, cuando Aquiles se enteró de la muerte de Patroclo, lanzó un profundo y desgarrador gemido que llegó a oídos de su madre, la diosa Tetis, desde el fondo del mar. Siglos después, también se puede especular respecto de los efectos marinos en la existencia misma del Quijote, gracias a la victoria de la coalición cristiana sobre la flota turca en la batalla de Lepanto, en la que un joven Miguel de Cervantes Saavedra quedó con el brazo inutilizado. El Cervantes de a bordo precedió al hidalgo de a caballo, se podría especular. Y es también público y notorio el conocimiento de Shakespeare sobre lo marino, sobre el sentido de los vientos y sobre el espíritu de marineros y navegantes.

En el entendido de que las letras marinas son parte enhebrada e inextricable de la cultura occidental, bajo la premisa y el conocimiento de que la literatura marítima y oceánica es vasta e inabarcable, mis preferencias y mis alegatos van por Joseph Conrad. Con las debidas disculpas para Herman Melville, creo que nadie ha hecho una evocación como la de Conrad, que ninguna literatura está tan empapada de agua salada, atravesada por corrientes, acunada por mareas y lamida por las olas como la de este polaco, uno de los grandes prosistas, además, de la lengua inglesa. “El agua es aliada del hombre —defiende Conrad—, el océano, la parte de la naturaleza más alejada, en la inmutabilidad y majestad de su poderío, del espíritu y de la humanidad, ha sido siempre amiga de las naciones más emprendedoras del globo, y, de todos los elementos, es al que más propensos a confiarse han sido siempre los hombres, como si su inmensidad reservara una recompensa tan vasta como ella misma”. La prosa de Conrad, reflexiva y musical a un tiempo, casi no pierde fuste de la mano de la traducción de Javier Marías y de la edición del Reino de Redonda. Así, Conrad pontifica que “El amor y el pesar van cogidos de la mano en este mundo de cambios más veloces que el desplazamiento de las nubes reflejadas en el espejo del mar”. Es el mismo mar trémulo de la poesía de Gil de Biedma y el mismo mar mítico de los mundos remotos.


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