La vara más alta.

Por Milagros Aguirre.

Ilustración: ADN Montalvo E.

Edición 438 – noviembre 2018.

Firma--Aguirre

Cuando estudiábamos, sí, en el siglo XX, quien salía de bachiller tenía ya las herramien­tas para trabajar. O para trabajar y estudiar al mismo tiempo. Terminar el bachillerato y tener la mayoría de edad era sinónimo de independencia y sinónimo de independencia era la palabra libertad: dejar el nido, volar, no depender de nadie, no pedir permiso, hacer la vida propia, ocuparse de sus propias cosas.

Los jóvenes del siglo XXI la tienen más difícil. No basta el bachillerato para trabajar (el 49,9 de los desempleados son bachilleres). Pero tampoco les interesa: quieren entrar a la universidad para ser alguien en la vida porque así lo exige ahora la sociedad. Quienes lo lo­gran tampoco encuentran trabajo. El 27,6% de los desempleados en el Ecuador tiene títu­lo de educación superior. Pero no encuentra trabajo o porque no tiene la experiencia o porque necesita el posgrado, sea el máster o el doctorado.

Un joven que termina el bachillerato a los dieciocho necesita cinco o seis años más para estudiar una carrera universitaria y necesita de padres generosos que se la paguen, pues el costo promedio de una carrera es de 5 500 dólares al año en una universidad privada, es decir, al menos veinticinco mil dólares (así, sin contar con intereses, si para ello hay que ad­quirir alguna deuda de crédito educativo en un banco).

Un joven, de veintitrés, recién salido de la universidad, no consigue trabajo pues necesi­ta mínimo tres años de experiencia que, por supuesto, no tiene. O necesita el masterado, para lo que requerirá otros diez mil dólares y dos o tres años más, si no son cuatro, ade­más, claro, de la experiencia. Posiblemente a los veintiocho esté listo para buscar empleo y listo también para dejar el nido. Si tiene suer­te, trabajará en aquello que ha estudiado e invertido, si no, trabajará de cualquier cosa hasta adquirir el requisito de la experiencia. Así… le darán los treinta hasta que tenga ex­periencia. Recién ahí empezará a cotizar en la seguridad social, así que de jubilarse ni hablar. A los 35 ya se considerará demasiado mayor para aspirar a cualquier cargo.

La vara cada vez está más alta y los re­cursos son cada vez menores. No los recursos económicos solamente, sino los recursos que un joven pueda tener para afrontar la vida. Dependencia, miedo, inseguridad forman parte de esa falta de herramientas.

El bachillerato ahora es casi como la edu­cación básica (y sí, bien básica si se ven los resultados de las pruebas Ser Bachiller o las faltas ortográficas de la mayoría). La universi­dad, como el bachillerato. Y los estudios de cuarto nivel —maestría, doctorados— vienen a ser como eran los universitarios hace veinte años. ¡Qué paradoja! ¡A más posibilidades de estudio, menos posibilidades de aprender so­bre la vida! ¡A más ofertas de educación es­pecializada, menos posibilidades de salir de casa antes de los treinta años! La vara cada vez más alta, para una sociedad que parece ofrecer cada vez menos posibilidades.

 


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