El hombre que desapareció y ahora está en todas partes.

Por Jorge Ortiz.

Edición 439 – diciembre 2018.

El “caso Khashoggi” aislaría a Arabia Saudita y rompería todo equilibrio en Oriente Medio.

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Todas las cámaras apuntaban esa tar­de, la del martes 23 de octubre de 2018, al imponente heredero del trono de Arabia Saudita, el príncipe Mohamed bin Salmán, un joven de 33 años aplomado y seguro de sí mismo, incluso arrogante, que a pesar de lo que en esos días ocurría en el Reino del Desierto —de todo lo cual él era el centro de miradas suspicaces y comentarios mor­daces— se las arregló para no perder ni un solo instante la tranquilidad y la sonrisa. Pero cerca de allí, en el Palacio Real de Riad, donde a la misma hora se realizaba una reu­nión de emergencia y sin cámaras, no había ni tranquilidad ni sonrisas.

En efecto, el rey Salmán bin Abdulaziz, como soberano absoluto y también en su condición oficial de Guardián de los Santos Lugares, había convocado a los príncipes más relevantes de la extensa familia real saudita y a los ulemas más representativos del islam sunita del reino para analizar la situación de convulsión, casi de catástrofe, causada por el tan desquiciado e inaudi­to “caso Khashoggi”, que de pronto había puesto a su país —y, en especial, al podero­so príncipe heredero— en el ojo de un hu­racán de críticas, reprobaciones y hasta des­precios. Incluso sus adquisiciones de armas (Arabia Saudita tiene el tercer gasto militar per cápita del mundo, con 69.400 millones de dólares en 2017) habían quedado en pe­ligro de interrumpirse por un embargo que podría serle impuesto en medio de sus ro­ces cada vez más ásperos con Irán.

Todavía no se sabe qué fue resuelto en esa reunión repentina y sigilosa: la prensa saudita, controlada por el gobierno, no in­formó nada. Más aún, intentó que la aten­ción dentro y fuera del país se centrara en el foro de inversionistas de Riad, una reu­nión anual por lo general agitada e inten­sa, en que se mueven caudales enormes de dinero, pero que esta vez pasó sin pena ni gloria porque la turbulencia política lo re­volvió todo. Y si bien nada fue revelado de la reunión del rey con sus príncipes y sus ulemas, es previsible que tarde o temprano será ejecutada la decisión que en ella haya sido tomada.

Parece que, por ahora, el rey y sus con­sejeros esperarán hasta saber cuáles son los daños duraderos del “caso Khashoggi”. En concreto, ¿sobrevivirá al escándalo el prín­cipe heredero o su desprestigio internacio­nal será de tal magnitud que el monarca saudita tendrá que prescindir de él y desig­nar otro sucesor? La estrategia inicial de la Casa Real, que controla todo en el Reino del Desierto (los jueces y fiscales, los medios de información, los resortes del poder), ha sido respaldar sin fisuras al príncipe Moha­med bin Salmán para tratar de disuadir al mundo de sus sospechas rotundas y gene­ralizadas de que él tiene las manos mancha­das de sangre. Pero no le será fácil, porque la pregunta crucial aún no tiene ninguna respuesta creíble: ¿pudo ocurrir algo así, tan brutal y con tantas repercusiones polí­ticas, sin que lo ordenara, o lo autorizara, o al menos lo supiera el hombre que desde junio de 2017 maneja todos los poderes, sin excepción?

Una emboscada perfecta

El martes 2 de octubre, tres semanas antes de las dos reuniones simultáneas en Riad, el periodista saudita Jamal Khas­hoggi, un crítico conocido y constante del príncipe Bin Salmán, acudió al consulado de su país en Estambul, Turquía, para re­tirar un certificado de su estado civil y así poder casarse con su novia turca. Khashog­gi, quien unos días más tarde iba a cumplir 60 años, había salido de Arabia Saudita un año antes, temiendo por su seguridad, y había dejado su trabajo en un canal árabe de televisión. Como articulista de opinión del diario estadounidense The Washington Post, había seguido denunciando los exce­sos y las arbitrariedades del gobierno sau­dita y reclamando el inicio de un proceso de democratización genuina, con eleccio­nes, pluripartidismo, división de poderes, periodismo independiente e igualdad de derechos. Y esa tarde fue al consulado sin guardaespaldas ni malos presentimientos.

El trámite debía ser rápido y sin com­plicaciones, porque Khashoggi había pedi­do el certificado con anticipación suficiente y sin omitir ningún requisito. El día ante­rior, lunes, cuando llamó a averiguar por su documento, le dijeron que ya estaba lis­to y que podría ir a recogerlo el martes. Y, en efecto, las cámaras de video de la calle del consulado, en el centro de Estambul, lo grabaron bajándose del auto de su novia y entrando con paso resuelto en el edificio, sin ningún gesto que pudiera hacer pensar que estuviera inquieto o temeroso. Pero lo cierto es que Jamal Khashoggi nunca más salió del consulado. Había caído en una emboscada perfecta.

Por indagaciones posteriores de la fis­calía turca llegó a saberse que un comando de quince agentes de la policía secreta sau­dita, cuyos nexos con el príncipe Mohamed bin Salmán parecen obvios, había viajado de Riad a Estambul unos días antes del 2 de octubre para cumplir alguna misión reservada y urgente. Uno de esos agentes, con cierto parecido físico con Khashoggi y vestido como él, salió del consulado en un automóvil una hora después de que hu­biera entrado el periodista, en un intento bastante tosco por hacer creer que había completado el trámite y se había ido sin novedad. Sin embargo, la aterradora verdad era que de Jamal Khashoggi no había que­dado nada: lo golpearon, lo estrangularon, lo descuartizaron y lo disolvieron en ácido. No quedó nada.

En los días posteriores, las autoridades sauditas se enredaron en una telaraña de versiones sucesivas, todas disparatadas y contradictorias: que Khashoggi había sa­lido sano y salvo con su certificado en la mano, que en realidad había estallado una discusión a gritos que derivó en una pelea en la que el periodista resultó muerto, que la verdad es que sí hubo una confabulación criminal para asesinarlo y hacer desapare­cer su cadáver… Y, por supuesto, que en nada de lo ocurrido había tenido ninguna participación, y ni siquiera ningún conoci­miento previo, el príncipe heredero, quien, según la desprolija versión oficial, se decla­ró horrorizado por el crimen y ordenó una investigación inmediata y a fondo, a cargo de la fiscalía del reino, que él mismo con­trola, desde luego.

A la madrugada siguiente al crimen, los quince integrantes del comando saudita ya habían regresado a Riad, donde, de acuerdo con el anuncio solemne del gobierno, ha­bían sido detenidos, junto a otras tres per­sonas, entre ellos un asesor de la Casa Real y un general del ejército. Reaparece, enton­ces, la pregunta insidiosa: ¿se creyó alguien que en verdad esas dieciocho personas co­metieron por su cuenta y riesgo, en un país extranjero, un crimen de repercusiones po­líticas tan estruendosas sin que el príncipe Mohamed bin Salmán, que dirige y con­trola todo en Arabia Saudita, lo ordenara, lo autorizara o al menos lo supiera? ¿Es esa una versión convincente para alguien?

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Un reino poderoso

Arabia Saudita se sintió siempre el líder inevitable del mundo musulmán. Y es que es allí, en medio del desierto infinito de la Península Arábiga, donde están La Meca y Medina, es decir dos de los tres lugares sa­grados del islam (el tercero es Jerusalén). Y también es allí donde nació, predicó, gue­rreó y murió Mahoma. Por eso, incluso en los momentos más duros de las disputas entre sunitas y chiitas, las dos ramas en que se dividió el islam a la muerte del Profeta, nadie puso nunca en duda la supremacía de La Meca, la ciudad hacia la cual los creyen­tes deben peregrinar al menos una vez en la vida y hacia donde deben dirigir la mirada al cumplir con sus cinco oraciones diarias.

Quien manda en Arabia Saudita es la familia Saud. Todo empezó en 1744, cuan­do Mohamed bin Saud, hijo de un cacique tribal del desierto que se había proclamado rey, firmó un acuerdo con un teólogo impe­tuoso y carismático, Mohamed ibn Abdul Wahab, iniciador del ‘wahabismo’, la ver­sión más radical del credo musulmán. De esa unión de los poderes político y religioso surgió un emirato, con la familia Saud al frente. Pero recién en 1932, al cabo de una serie de conflictos tribales y de disputas de tierras, fue fundado el Reino de Arabia Saudita, con Abdulaziz ibn Saud como so­berano. Su ascenso a la cúspide del mundo musulmán empezó en 1945, al final de la Segunda Guerra Mundial, cuando el Reino del Desierto logró un pacto estratégico con Estados Unidos, que le garantizó su integri­dad y estabilidad a cambio de una provisión segura de petróleo.

No obstante, la supremacía saudita en el mundo musulmán fue desafiada por el Irán surgido de la Revolución Islámica de 1979. Ya en este siglo, la ‘Primavera Árabe’ amenazó (antes de su fracaso estrepitoso) con arrasar con todas las monarquías de la región. Y hoy Arabia Saudita está com­batiendo en varios frentes para no perder su liderazgo. Pero no está ganando la con­tienda. Fue por eso que en junio de 2017 el rey actual, Salmán ibn Abdulaziz, nombró heredero del trono a su hijo Mohamed ibn Salmán y, en la práctica, le delegó de inme­diato todo el poder. Y lo ejerció muy pron­to: en noviembre emprendió una purga de las élites sauditas vinculadas con casos de corrupción, al mismo tiempo que anunció un proceso de apertura que incluyó el per­miso para que las mujeres condujeran au­tomóviles. Se supuso, entonces, que Arabia Saudita había empezado a modernizarse y liberalizarse.

Pero a medida que consolidó su poder sobre las estructuras estatales, el príncipe Ibn Salmán multiplicó la censura y la repre­sión: cientos de opositores, críticos y perio­distas fueron perseguidos, muchos de ellos incluso fueron arrestados, incluyendo once príncipes de sangre real, cuatro ministros y decenas de funcionarios. Ordenó también expropiaciones de bienes de más de tres­cientos miembros de la familia real y de de­cenas de empresarios, todos por acusacio­nes de corrupción. Mantuvo secuestrado durante veinte días al primer ministro de Líbano, Saad Hariri, y después rompió rela­ciones con el emirato de Qatar y llegó hasta a bloquearlo. Y, por último, intensificó la guerra en Yemen, donde los ataques aéreos incluso contra objetivos civiles han llegado a ser rutinarios y devastadores. Todo lo cual fue visto por el mundo con una indiferencia y un desentendimiento abrumadores. Has­ta que…

El cambio de rumbo

Hasta que, después de haber esperado en vano durante todo el día que regresara a su casa en Estambul, su novia denunció que Jamal Khashoggi estaba retenido en el con­sulado saudita, a donde había ido por un trámite burocrático corto. Supuso que esta­ba siendo interrogado, tal vez incluso tortu­rado. Al tercer día, sin embargo, circularon versiones cada hora más insistentes de que el periodista había sido asesinado y de que había grabaciones clandestinas de sus gri­tos de dolor y de sus llamados de auxilio.

Cuando el gobierno de Riad se enmarañó en un laberinto de argumentaciones con­fusas y de comunicados incoherentes, para terminar admitiendo el asesinato, la repro­bación mundial fue clamorosa. Incluso el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, cuyas pautas morales y visiones his­tóricas no son muy dignas de admiración, tuvo que decir unas palabras de censura en contra del proceder de sus aliados de Ara­bia Saudita.

Hasta que explotó el “caso Khashoggi”, la diplomacia mundial se había desentendido del hecho innegable de que, por el pacto de 1744 entre el rey Mohamed bin Saud y el clérigo Mohamed ibn Wahab, el Reino del Desierto no sólo es la cuna de la versión más extrema e intolerante del islamismo sunita, sino también la mayor fuente actual de difusión del integrismo radical y violen­to, aquel que inspiró a movimientos tales como Al Qaeda y el Estado Islámico. En Arabia Saudita fue organizado y financia­do el ataque terrorista contra Nueva York y Washington del 11 de septiembre de 2001, que fue perpetrado por dieciséis comba­tientes, de los que quince eran sauditas, a quienes reunió, entrenó y organizó el tam­bién saudita Osama bin Laden. Y son los emires sauditas, multimillonarios gracias al petróleo, quienes proveen las montañas de dinero con que en medio mundo son ins­taladas mezquitas y madrasas en las que se enseña y difunde el fundamentalismo islá­mico detonador de la cadena de atentados sangrientos cometidos en los mayores paí­ses occidentales, e incluso en Rusia, desde comienzos de este siglo.

Pero ahora el “caso Khashoggi” amena­za con aislar a Arabia Saudita y convertirlo en un paria del mundo internacional. Ya la Alemania de la canciller Ángela Merkel le impuso un embargo a la compra de armas y otros líderes de grandes países occidentales exigieron que el crimen sea aclarado sin en­gaños ni subterfugios. La Turquía del presidente Recep Tayyip Erdogán, que mantiene una pulseada incesante con Arabia Saudita por la supremacía en el islam sunita, está aprovechando el escándalo para arrinconar a su rival, quitarle aliados y, de paso, expiar sus propios pecados de autoritarismo, in­tolerancia y represión. Todo dependerá, al final, de cómo emerja el príncipe heredero de este episodio siniestro.

Si el príncipe Mohamed bin Salmán termina apaleado y maltrecho, sin haber podido disipar las sospechas terribles que lo acosan, es posible, incluso probable, que el rey Salmán ibn Abdulaziz tenga que desig­nar otro heredero de la corona, lo que sería un triunfo rotundo para el ‘frente antisau­dita’, lleno de intereses en pugna pero todos ellos adversarios del Reino del Desierto. Ahí están Turquía, el bloqueado emirato de Qatar, Siria y su presidente Bashar al-Assad, los rebeldes chiitas huthi que aún controlan una parte del territorio de Yemen, el mo­vimiento palestino Hamás, la Hermandad Musulmana todavía activa en varios paí­ses de la región y, por supuesto, Irán, con su flamante aliada, la Rusia del presidente Vladímir Putin.

En un escenario con esas característi­cas, ¿podría desestabilizarse todo el Oriente Medio y acercarse a una confrontación mi­litar? Podría ser. Parece improbable pero no imposible. Ni demasiado lejano. Es eviden­te, ante todo, que el mundo islámico está viviendo una época de nuevas disputas en­conadas entre las dos ramas mayores de la fe islámica: los sunitas encabezados por Arabia Saudita y los chiitas dirigidos por Irán. El petróleo, que abunda en la zona, ha multiplicado el número de los países ricos, fuertes, bien armados y con crecientes inte­reses geopolíticos. Es, además, una región tensa e intensa, donde las pasiones profun­das y las animadversiones milenarias tien­den a desbordarse y a estallar. Y cuando el telón de fondo es un asesinato brutal y de­safiante como el cometido el martes 2 de octubre en el consulado saudita en Estam­bul toda predicción política se vuelve in­cierta. Sí, Jamal Khashoggi es el hombre que desapareció y que ahora está en todas partes.

HAMBRE, CÓLERA, MISERIA, MUERTE…

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La cuenta del número de víctimas ya se per­dió en medio de la calamidad de la guerra. Aho­ra, cuatro años después de iniciado el conflicto, con los intereses cada día más enrevesados y con las potencias regionales ya interviniendo de ma­nera abierta, el peligro que amenaza a Yemen (el legendario país de la Reina del Saba y emporio en la Antigüedad de oro, ébano, marfil y seda) es más silencioso y masivo: el hambre, que está a punto de afectar a doce de sus veintisiete mi­llones de habitantes, y el cólera, que se propaga con una rapidez de espanto.

El desastre, derivación directa de la turbu­lenta y fallida ‘Primavera Árabe’, empezó en septiembre de 2014, cuando los rebeldes chiitas huthi, aliados con el viejo dictador Alí Abdullah Saleh, atacaron y tomaron la capital, Saná, para derrocar al presidente Abd Rabbu Mansour Hadi. A los tres meses, en diciembre, la alianza se rompió, Saleh fue asesinado y los huthi siguie­ron avanzando y ocupando territorios. Detrás de los huthi, apoyándoles con logística y armas, está Irán.

Alarmada por los éxitos de sus rivales en el mundo musulmán, Arabia Saudita formó en marzo de 2015 una coalición árabe, del islam sunita, con Kuwait, los Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, Egipto y Jordania en primer plano, y Marruecos, Sudán y Senegal en un segundo ni­vel. E intervino en la guerra civil yemenita, con armas, primero, y más tarde lanzando ataques aéreos contra las posiciones huthi. Pero de los objetivos militares, día tras día la aviación saudi­ta fue pasando a los objetivos civiles.

Y la guerra sigue. La coalición árabe, a pesar de la potencia aérea saudita, no consigue do­blegar a los huthi al cabo de tres años y medio de conflicto. Irán, a su vez, ayuda a la resisten­cia y, al hacerlo, gana influencia política en la región. Y, claro, Al Qaeda y el Estado Islámico ya se involucraron en la lucha, cada uno por su lado, ocupando territorios en el sur del país y reclutando combatientes para sus otras guerras. Mientras tanto el Occidente, con el agrio y extra­viado liderazgo del presidente Trump, no sabe qué hacer. Y, claro, no hace nada. La matanza, pues, continuará.


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