Yo elegí la vida.

Por Ana Cristina Franco.

Ilustración: Luis Eduardo Toapanta.

Edición 440 – enero 2019.

“Odio la realidad, pero es el único sitio donde se puede comer un buen filete”.
Woody Allen

Firma---Franco

Siempre elegí, antes que a la realidad, el universo que existía en mi cabeza. De niña, mis cuadernos de matemáticas estaban llenos de dibujos de extraterrestres o astronautas. Cuando empezaban las clases, también empezaba una película en mi mente. Puede que en parte haya sido por la miopía, es cierto, pero prefería el mundo interior al exterior.

Recientemente, en una clase de inglés a la que asisto, tuve que hacer un ejercicio que consistía en describir acciones a partir de una imagen. Utilicé perfectamente la gramática requerida, pero hubo un detalle: no usé el dibujo; es decir, me inventé otra historia. Creo que esta anécdota podría resumir mi historia académica. Allí donde los otros miraban el borde, yo veía el vacío; si todos veían la isla, yo veía el agua. Tal vez sea una mirada extraña o simplemente dislexia, pero eso, que me hace ser quien soy, es lo mismo que llevaba a los profesores a hacerme bullying, porque todos sabemos que son ellos los inventores de esta práctica. Hoy en día me reconozco completamente inútil en varios aspectos de la vida práctica y no me importa, pero en esa época, en la infancia, sí que me molestaba, como una pequeña espina en el corazón. Tal vez haya sido eso lo que me llevó a buscar un mundo que fuera más habitable. Tal vez haya sido un mecanismo de defensa, nunca lo sabré, pero los libros, los cuadernos en blanco, las pinturas, los sueños, las películas, se convirtieron en el único lugar seguro para mí.

Podría afirmar que vivía en las nubes. Allá, en ese reino que se parece al del agua, el tiempo pasa más lento, pero no existen los buenos filetes ni las experiencias. Además, ese mundo se empieza a agotar si en el otro (en la realidad) no pasa nada.

Llegué a la Tierra por voluntad propia, no debido a un “golpe brusco” o a una circunstancia externa. Yo admiraba y anhelaba ese mundo fantástico en el que mis amigos hacían cosas maravillosas e imposibles como tener relaciones sentimentales, hornear pasteles de vainilla o fabricar nuevos seres humanos. Para mí esas tareas terrenales resultaban lejanísimas y por lo mismo eran un reto. Entonces, en un punto de mi vida, abandoné un poco las nubes para infiltrarme, como una agente secreta, en los dominios de la realidad. Desde entonces voy tambaleando. Es difícil caminar en la Tierra cuando una solo se ha movido por los terrenos acuáticos/espaciales del interior. Solo en la realidad se pueden conseguir un buen filete y una buena cerveza, sí, pero solo en la realidad está ese afán de la gente por llegar más rápido a ninguna parte y por “alcanzar la perfección”. Es curioso, pero muchas veces esa sed de trascendencia se opone a la vida.

Un brazo me jala hacia el cielo mientras el otro hacia la Tierra, y quizá sea ese el que me lleva a pensar que debería leer más, hacer más ejercicio, conseguir un trabajo fijo. Debería publicar un libro, debería…

Pero son las nubes las que me salvan. La semana pasada estuve en el hospital debido a una intoxicación severa. Mientras el suero llegaba a mis venas, el cerebro (o el corazón) evocaba imágenes para resistir. Lo curioso es que ninguna de estas imágenes tenía que ver con las preocupaciones que suelo tener a diario. De las tinieblas de la memoria emergía despacio la mano de mi hijo sujetando la mía en medio de la oscuridad, el olor del mango en diciembre, una mañana de agosto en el páramo, la presencia de mi madre en un viaje a la playa: de repente, sin razón, ella se volteaba y, desde el asiento delantero del carro en el que viajábamos, me miraba. Mi madre sonreía como si solo ella y yo supiéramos algo. ¿De qué éramos cómplices? De nada más que de ser compañeras en esta nave.


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