El otoño del apátrida.

Por Huilo Ruales.

Ilustración: Miguel Andrade.

Edición 440 – enero 2019.

Firma---Huilo

En una estación casi abandonada sube una pareja de ancianos. Hay un solo asiento libre, así es que les cedo el mío. Al cruzarnos las miradas levemente sonrientes, me quedo estupefacto: el rostro del anciano es el mismo que mi memoria guarda de mi difunto padre. Durante el viaje no hago otra cosa que mirarlo prolijamente. Las manos venosas de anchos dedos, el cabello castaño y ondulado (mi madre tenía guardado un doble rizo en un minúsculo sobre de seda lila. Ella nunca se enteró que yo solía hurtármelo con el fin de llevarlo a la escuela como un amuleto palpitando en mi bolsillo de pecho. Una mañana, después de la hora de piscina, encontré en mi vestidor el sobrecito tirado en el suelo y terriblemente vacío. Con la sensación de que venía de perder a mi padre nuevamente y esta vez por mi culpa, deambulé por las calles buscando la salida, hasta que mis hermanos mayores me encontraron adormitado en el andén del ferrocarril), los párpados levemente hinchados, los ojos plomizos, las mejillas ajadas y, más que nada, ese gesto inolvidable de la boca que de niño me inquietaba tanto. Un leve mohín con el que escondía y a su vez mostraba el intenso dolor que le producía su enfermedad.

En la gare de Bordeaux bajan pocos pasajeros y sube una multitud que instala el caos general, sobre todo a causa de una mujer proveniente de otra película. Es un esqueleto gótico forrado de cuero vetusto, tatuajes y una ráfaga de piercings en orejas, labios y nariz. Con voz pedregosa anuncia a todo pulmón que tiene sida y se pasea por el andén pidiendo dinero con una jeringuilla clavada en el antebrazo. Una mujer con aire de Catherine Deneuve la mira de soslayo y con evidente repudio. La supuesta sidosa desprende la jeringuilla del brazo y la levanta amenazante. La mujer, aterrada, la esquiva casi empujándola pero al segundo siguiente se desata en chillidos porque en su cuello, como una banderilla, tiene clavada la jeringa. El vagón se llena de gritos, suena la alarma, los controladores auxilian a la víctima e inmovilizan a la victimaria. En la siguiente estación las dos mujeres son recibidas por una ambulancia y un piquete de policías. En la barahúnda, el anciano ha desaparecido. Recorro todos los vagones accesibles y no lo encuentro.

Al bajarme del tren en la estación de Montparnasse, me encamino hacia el primer bistrot. Pido un doble whisky en las rocas y me lo empino de un tirón. Voy al baño, me lavo la cara igual que si la tuviera pintada y después la observo detalladamente como si me la viera por primera vez. Pido un segundo doble whisky, dosis que el médico me tiene prohibida. Aquel octogenario, de ninguna manera, podía parecerse a mi padre, si él dejó este mundo cuando tenía 42 años, me digo. Aunque la memoria suele hacer su trabajo a fin de que en sus hijos los padres sigan viviendo y, por lo tanto, envejeciendo, me contesto. Y así, conforme avanza la noche, me voy encogiendo y distanciándome del mundo. Al pedir el quinto vaso me lo niegan porque ha llegado la hora de cerrar.

Nada es más desolador que una estación de trenes hundida en la inercia de la noche. Una clocharde me invita a beber de su botella de vino y a sentarme a su lado, junto a sus tres perros obesos y dormidos. Con detalles incluso de la infancia le cuento mi incidente. Sus ojos bellos y ebrios se abren, como también su boca a medias desdentada: así suele empezar la locura, me dice compartiéndome el bareto. Junto a ella me quedo, incluso después de que su rapada cabeza se desmorona pecho abajo.


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