Resistir hasta el final.

Por Jorge Ortiz.

Edición 440 – enero 2019.

El Partido Comunista de Portugal sigue fiel al marxismo-leninismo… a pesar de todo.

Pol-int

La desbandada fue atroz, vertiginosa: millones de comunistas convencidos y militantes, que durante décadas habían permanecido fieles a su doctrina e inamovibles en sus creencias, de un día para otro se pasaron a la socialdemocracia, o al ecologismo, o a los populismos, incluso a los más siniestros, como el ‘socialismo del siglo 21’. O, desengañados, muchos decidieron olvidarse para siempre de la política. Y también hubo quienes se rindieron a la evidencia y se movieron hacia el liberalismo. En fin. Lo cierto es que tras la caída del Muro de Berlín, en noviembre de 1989, la doctrina marxista-leninista perdió devotos en todo el mundo. Sí, en todo el mundo… excepto en Portugal.

“El capitalismo y su naturaleza explotadora, opresora, depredadora y agresiva están en el origen de los gravísimos problemas que afectan hoy a la humanidad”, según proclama Jerónimo de Sousa, un obrero metalúrgico que desde 2004 es el secretario general del Partido Comunista Portugués, quien se enorgullece de que “vamos a cumplir 98 años y nunca hemos renunciado al marxismo-leninismo”.

En efecto, creado en 1921, en medio de la crisis económica global que dejó la Primera Guerra Mundial y de la euforia que la Revolución Rusa despertó en los grupos de izquierda, el Partido Comunista Portugués se adscribió a la “vía revolucionaria, al socialismo” y, aferrado a su doctrina, subsistió a lo largo de todas las turbulencias del siglo XX, desde el auge del fascismo y la Segunda Guerra Mundial hasta la Guerra Fría y el desplome de la Unión Soviética y del mundo socialista.

Durante el ‘Estado Novo’, como denominó António de Oliveira Salazar a la larga dictadura que él encabezó de 1932 a 1968, los comunistas portugueses estuvieron en la clandestinidad, mientras su líder, Bento Goncalves, permanecía encerrado en un campo de concentración en la isla de Cabo Verde, por entonces una colonia portuguesa frente a las costas africanas, donde terminaría muriendo. Más tarde, tras la ‘Revolución de los Claveles’, en 1974, el Partido Comunista apoyó al gobierno revolucionario e impulsó la independencia de todas las colonias, incluidas Angola y Mozambique.

Por entonces, sin embargo, con las revelaciones sobre las atrocidades infinitas que había cometido el estalinismo, sumadas al repudio generalizado a la invasión soviética de Checoslovaquia en 1968, la fe en el socialismo marxista decaía en todas partes del mundo. La práctica se estaba demostrando muy distinta a la teoría. El ‘eurocomunismo’, eliminando del manual la dictadura del proletariado y admitiendo el pluripartidismo, fue el camino seguido por los partidos comunistas occidentales para mantener una apariencia de democracia y tolerancia. Pero los comunistas portugueses siguieron en su línea: “la lucha de las masas es la única vía hacia la justicia social”.

Incluso hoy, tras la desbandada que causó entre los comunistas del mundo entero la caída del Muro de Berlín como culminación del siglo de fracasos iniciado con la Revolución Rusa de 1917, el Partido Comunista Portugués se mantiene erguido y resuelto: “hay que doblegar al capitalismo, que es donde nacen las crisis económicas, los conflictos y las guerras”. Y aunque la realidad se empeñe en demostrar lo contrario, sus consignas se mantienen inconmovibles y sus dogmas no varían. Algo sorprendente, tal vez admirable, en una época en que la fe flaquea y las ideologías se retiran


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