La prehistoria ya no es lo que era.

Por Gonzalo Ortiz Crespo.

Edición 440 – enero 2019.

En el último año y medio hubo una serie de descubrimientos que cambiaron sustancialmente lo que sabíamos sobre la aparición del Homo sapiens y el linaje humano.

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Parecería que, por referirse a hechos del pasado, la historia, sobre todo la que consta en textos escolares, está allí, dor­mida y sola, inmutable y permanente. Pero no es así: los detectives del pasado, paleontólogos, paleobiólogos y arqueólo­gos, continúan dándonos nuevas pistas, fechas, actores, procesos.

Un ejemplo notable es lo relativo al pasado más remoto de la humanidad. En el último año y medio hubo cambios sus­tanciales en la comprensión de los tiem­pos y formas de la evolución humana. Y no en aspectos secundarios, sino en temas centrales: la antigüedad del ser humano, por ejemplo; si el linaje hasta llegar al Homo sapiens vino en línea recta: ¿cómo salió de África ya como Homo sapiens o en una etapa anterior? Y, por lo que res­pecta a América, la propia antigüedad de la presencia del ser humano, su linaje y su expansión.

¿Cuándo apareció el Homo sapiens?

Hasta mediados de 2017 se creía que el Homo sapiens apareció hace 200 mil años. Pero hoy se sabe que es 100 mil años más viejo, según restos hallados en Ma­rruecos. “Este descubrimiento representa el origen de nuestra especie, se trata del Homo sapiens más viejo jamás hallado”, explicó Jean-Jacques Hublin, director del departamento de Evolución Humana del Instituto Max Planck de Leipzig.

Afirmación tan rotunda solo puede provenir de una investigación muy se­ria y de un equipo interdisciplinario. En efecto, desde 2004 Hublin y su equipo investigan en el sitio Jbel Irhoud, en el noroeste de Marruecos, donde han en­contrado los restos de al menos cinco individuos: tres adultos, un adolescente y un niño, en excelente estado de con­servación.

“La cara de uno de estos primeros Homo sapiens es la de cualquiera con que podríamos cruzarnos en la calle”, afirmó Hublin. Su cráneo, no obstante, es bastante diferente del hombre actual. “Todavía hay una larga evolución por delante antes de llegar a una morfología moderna”, precisó este profesor, cuya investigación fue publicada en junio de 2017 en la revista Nature.

La datación de estos restos fue ob­tenida por Daniel Richter, experto del Instituto de Leipzig, mediante la termolu­miniscencia, una técnica muy común utili­zada desde los años ochenta.

De dónde provenimos

Cada descubrimiento lleva a revisar las teorías sobre la evolución humana. Por ejemplo, como los restos más antiguos has­ta ahora conocidos provenían de Etiopía (los descubiertos en Omo Kibish y datados en unos 195 mil años), se había pensado que el hombre actual descendía de una po­blación localizada en África del Este. Pero con el hallazgo de Jebel Irhoud esa teoría queda completamente cuestionada.

Además, los utensilios hallados en ese lugar junto a nuestros ancestros —raspa­dores, picos— son típicos de lo que se co­noce como la Edad de Piedra Media.

“Ya se había hallado este tipo de ob­jetos, igualmente datados de 300 mil años, en varias partes de África, pero no se sabía quién había podido fabricarlos”, explicó Richter.

Ahora, los investigadores estiman que se puede asociar la presencia de los uten­silios de la Edad de Piedra Media a la del Homo sapiens.

Y entonces se puede concluir que antes de 300 mil, antes de Jebel Irhoud, ya hubo una dispersión de ancestros de nuestra especie en el conjunto del con­tinente africano. Es decir, el conjunto de África participó en ese proceso.

Coexistencia con otras especies

Y es más, como hay constancia de la existencia de otras especies en la misma época, se está llegando a la conclusión que Homo sapiens arcaicos, Homo erectus, neandertales, etc. podrían haber coexisti­do no solo en regiones lejanas sino tam­bién en zonas cercanas entre sí.

“Por lo tanto, durante mucho tiem­po hubo varias especies de hombres en el mundo, que se cruzaron, cohabitaron, intercambiaron genes…”, explicó a la AFP el paleontropólogo Antoine Balzeau, que no participó en el hallazgo de Marruecos.

“Nos alejamos cada vez más de esta visión lineal de la evolución humana como una sucesión de especies”, coinci­dió Hublin.

La supervivencia, ¿fruto del azar?

Por otra parte, Balzeau advirtió contra la tendencia de creer que el Homo sapiens sobrevivió al resto de las especies por ser superior: “Durante mucho tiempo, exageramos las características del Homo sa­piens, sobre todo las capacidades de nues­tro cerebro”.

Pero estudios recientes mostraron que “no había grandes diferencias en términos de valor, comportamiento o complejidad entre el Homo sapiens y el neandertal… Es frustrante, pero no sabemos por qué seguimos existiendo y los otros desapare­cieron. Creemos a menudo que somos un logro evolutivo, ¡pero que sigamos aquí también se debe al factor suerte!”.

Sexo y adaptación local

En efecto, hay nuevas evidencias de que entre neandertales, Homo sapiens y denisovanos (que vivían en Siberia hace 50 mil años) hubo cruces, lo que tuvo consecuencias evolutivas.

Y esto se deduce no de los fósiles sino de otra arma potente de investigación con que cuenta la ciencia hoy: el ADN. Según la última investigación de 1 523 genomas de personas de todo el mundo, los nean­dertales se cruzaron no una, sino tres veces (en tres épocas distintas) con diversas po­blaciones de humanos modernos. Solo se libraron los africanos, por la sencilla razón de que los neandertales no estaban allí. Y los melanesios actuales llevan ADN tanto de neandertales como de denisovanos.

Como premio consuelo, los gene­tistas dicen que al menos los genes de la evolución del córtex, la sede de la mente humana, sí son enteramente nuestros, de los Homo sapiens, según un artículo que diecisiete científicos de universidades de Europa, Estados Unidos y Papúa Nueva Guinea, publicaron en la revista Science.

Que los genes implicados en las altas funciones mentales estén limpios de tra­zas neandertales o denisovanas no puede ser casual, según los análisis estadísticos de los autores. Tal vez se debe a que du­rante los últimos 50 milenios tener ADN arcaico era desventajoso y, por tanto, la se­lección natural lo ha eliminado.

Entre los genes modernos se encuentra el famoso gen del lenguaje, FOXP2, lo que vuelve a plantear dudas sobre la capacidad de lenguaje de los neandertales.

Pero estos hallazgos refuerzan indi­cios anteriores de los numerosos cruces de nuestros ancestros sapiens con las especies arcaicas que encontraron durante sus mi­graciones fuera de África, lo que también sirvió, dice Javier Sampedro en El País, para adaptarse a las condiciones locales: clima, dieta y resistencia a infecciones fre­cuentes en cada zona.

¿Y el poblamiento de América?

Otro de los consensos científicos que se había tenido por cierto tiempo es que los primeros habitantes de América vinieron hace diez mil años utilizando el puente de hielo generado en una épo­ca glacial entre Siberia y América. Pues bien, a inicios de 2018 se estableció que ese cruce pudo haber sido no diez mil sino veinte mil años atrás y que no fue un solo grupo el que llegó y pobló Amé­rica sino que fueron varios grupos y, a veces, desconectados entre sí.

Todo esto surge de la investigación genética. El genoma de una niña que mu­rió en Alaska hace 11600 años, a los dos meses de nacer (y a la que los paleontólo­gos han llamado Pequeño Amanecer), ha contado una historia asombrosa: primero, que todos los nativos americanos, desde los esquimales iñupiat de Alaska, pasando por los indios sioux de las llanuras de Dakota, hasta los mayas de Yucatán, los aztecas de Veracruz, los quechuas de los Andes y los indios haush de Tierra de Fuego, provie­nen de una pequeña población asiática y que esta cruzó esa lengua de tierra (Berin­gia) hace unos veinte mil años.

Mejor dicho, que empezó a cruzarlo entonces, pero que una historia comple­ja de glaciaciones y deshielos probable­mente dejó aislados a aquellos humanos pioneros durante milenios. Tras la última glaciación, la fusión de los hielos y la con­siguiente subida del nivel del mar sumer­gieron a Beringia para formar el actual estrecho. Parece probable, por tanto, que las evidencias fósiles de aquella época se hallen bajo el agua.

En cualquier caso, aquella travesía milenaria desembocó en la conquista de América. Pequeño Amanecer es uno de los restos humanos más antiguos encon­trados en el Nuevo Mundo. Pero lo que dice el genoma es que su tribu no es la antecesora directa de los nativos america­nos, porque su linaje se extinguió sin de­jar rastro en los humanos actuales (ni en otros restos antiguos que se han secuen­ciado). Pero que sí estaba genéticamente muy próxima a los ancestros auténticos. La comparación del genoma de Pequeño Amanecer con todos los demás genomas humanos del planeta cuenta una historia pasmosa sobre los orígenes asiáticos de aquellos conquistadores, de su primitivo aislamiento en su continente de origen, de sus ocasionales encuentros sexuales con otros asiáticos, y de la diversificación, ya en América, que experimentaron los descendientes de aquellos pioneros.

Entre sus muchas aplicaciones, la genómica está resultando muy útil para aclarar la historia de la humanidad. Te­niendo en cuenta mecanismos de dife­renciación como la deriva genética, el flujo de genes entre grupos o la tasa de mutaciones, los investigadores lograron un reloj biológico muy preciso cuyos re­sultados publica la revista Nature.

En este caso nos ilumina un episodio crucial de la prehistoria, pero la genómica también puede enfocar su microscopio de precisión a la historia propiamente dicha, que solemos acotar a los últimos milenios.

Ya hace un par de años el Museo de Historia Natural de Dinamarca (con la colaboración, entre otros, del investiga­dor en paleogenómica mexicano Víctor Moreno Mayar) había establecido que los nativos americanos entraron en una única oleada desde Siberia y que fue en América donde divergieron en dos grandes ramas. Aquel trabajo, publicado en Science, seña­laba que la división americana se produ­jo hace unos trece mil años, cuando los hielos de la última glaciación estaban en retirada. Ahora, el nuevo estudio liderado por Moreno desvela que la niña de Alaska, Pequeño Amanecer, era una nativa ameri­cana “pero su ADN nos dice que formaba parte de una población externa, diferente de las otras dos ramas”.

El yacimiento donde se encontró el cuerpecito de Pequeño Amanecer, en las cercanías del río Upward Sun, en la parte central de Alaska, también es el registro más antiguo de consumo de salmón en suelo americano. Su datación por radiocarbono la sitúa como uno de los fósiles humanos más antiguos localizados más al norte.

Así, los investigadores confirmaron que los ancestros de los primeros ameri­canos empezaron a diferenciarse de otros pueblos asiáticos hace más de 36 mil años. Doce milenios después, el aislamiento era completo, reforzado porque fue entonces cuando la Edad de Hielo marcó su máxi­mo glacial, quedando muy pocas regiones del hemisferio norte libres de hielo y con presencia humana. “La niña nos dice tam­bién que hace veinte mil años los nativos americanos ya eran americanos”, comenta Moreno. Estuvieran donde estuvieran (en Asia, América o en el medio), para enton­ces eran genéticamente diferentes de los asiáticos.

“Lo que no sabemos es dónde se origi­nó el linaje americano”, reconoce Moreno. Pero Pequeño Amanecer vuelve a dar pis­tas. Después de su separación inicial, los genes de la niña muestran que sus antepa­sados mantuvieron el contacto (hubo flujo genético) con las otras poblaciones ameri­canas. Y para ello debían estar en la misma región, probablemente al norte de la gigan­tesca capa de hielo que cubría casi todo el actual Canadá y buena parte de Estados Unidos. Por entonces, la corriente del Pací­fico norte convertía a Alaska en un lugar más habitable y libre de hielo perpetuo.

Hallazgo de los restos de la niña en el yacimiento de Upward Sun River, en Alaska.

Hallazgo de los restos de la niña en el yacimiento de Upward Sun River, en Alaska.

La niña, nombrada Pequeño Amanecer, solo vivió entre seis y doce semanas y fue enterrada en las cercanías del río Upward Sun, en la parte central de Alaska. El yacimiento ya ha dado algunos frutos, como el registro más antiguo de consumo de salmón en suelo americano. Su datación por radiocarbono la sitúa como uno de los fósiles humanos más antiguos localizados más al norte.


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