Arde Francia.

Por Jorge Ortiz.

Edición 441 – febrero 2019.

 

La revuelta de los ‘chalecos amarillos’ confirma que las grandes democracias occidentales están débiles y acosadas.

 

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Todo empezó de la manera más inofen­siva e inocente: el 29 de mayo de 2018, Pris­cilla Ludosky, una joven microempresaria de ascendencia africana, publicó en un por­tal de internet una petición para que sean rebajados los precios de la gasolina y el dié­sel, cuyos aumentos (2,9 y 6,5 centavos de euro por litro, en su orden) estaban afectan­do a los pequeños negocios, en especial a los de las regiones periféricas, apartadas de las grandes ciudades. No hubo, en esa petición, ningún llamamiento a la insurrección o al tumulto. Sin embargo, seis meses después Francia ardía en unas protestas callejeras violentas e insistentes, que no pudieron ser aplacadas ni siquiera por la decisión del presidente Emmanuel Macron de suspender los aumentos y, más aún, de elevar el salario mínimo en cien euros mensuales.

Priscilla Ludosky.

Priscilla Ludosky.

En efecto, la petición fue consiguien­do adhesiones y tres meses más tarde, en septiembre, ya tenía 522 firmas de apoyo, que en las siguientes cuatro semanas su­bieron a 12.240. El 21 de octubre, Ludosky fue entrevistada por el diario Le Parisien y los apoyos se dispararon: al empezar no­viembre eran ya 226.809 y en la primera semana de enero pasaron de un millón.

En medio de este proceso (una típica ‘viralización’ en las redes sociales), dos camioneros convocaron a un “bloqueo nacional contra el alza de los carburan­tes”, que una semana después, el 17 de no­viembre, logró movilizar en toda Francia 285.000 personas. No era demasiada gen­te. Pero era, eso sí, gente muy enojada.

El enojo hizo que las protestas fueran violentas y, sobre todo, que continuaran sábado a sábado, con una persistencia que obligaba a deducir que el descontento tenía —y tiene— causas más profundas que el aumento de los combustibles. Pero, ¿qué causas? Francia es, al fin y al cabo, uno de los países con políticas redistribu­tivas más amplias y eficaces, que han con­seguido hacer de ella una sociedad de las más igualitarias del mundo, casi al nivel de los países nórdicos: el salario mínimo mensual es de 1.598 euros (1.850 dólares), sus servicios públicos son de alto nivel y tiene una red muy extensa de protección social, todo respaldado por un sistema capitalista eficiente y abierto. Más aún, a principios de diciembre el gobierno ex­pidió un paquete de medidas, cuyo costo fiscal será de 970 millones de dólares al mes, para incrementar el poder adquisiti­vo de la gente.

Para entonces, no obstante, la imagen del presidente Macron se había desploma­do: se lo percibía ya como “el presidente de los ricos” y, peor aún, como un líder arrogante y elitista, ajeno a las necesida­des y los anhelos del hombre común, cuya falta de experiencia política le había lleva­do a cometer un error tras otro, por lo que en tan sólo un año y medio (desde que asumió la presidencia, en mayo de 2017) había perdido gran parte de su aceptación y de su credibilidad. A lo que, desde luego, hay que sumar la férrea vocación francesa por las comunas populares y los tumultos callejeros, que ha hecho de la historia de Francia una sucesión vertiginosa de cam­bios dramáticos, incluyendo vuelcos súbi­tos y totales de su sistema político.

El derecho a la rebelión

Desde 1789, el año de la Revolución Francesa y de su consiguiente Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciuda­dano, dos sucesos que cambiaron para siempre el mundo, Francia ha sido gober­nada por tres monarquías, dos imperios, cinco repúblicas, un Estado fascista y va­rios regímenes provisionales. Entre unos y otros, no sólo fue diseñada la guillotina para que las ejecuciones fueran más expe­ditas y menos escandalosas, sino que se la puso a funcionar muchas veces. Eran, claro, otros tiempos. Lo que no ha cam­biado es el convencimiento de que cuan­do el pueblo le confiere la autoridad a su gobernante (ya sea rey como Luis XVI, emperador como Napoleón Bonaparte o presidente como Charles de Gaulle) re­tiene el derecho a rebelarse, a derrocarlo y, si fuera necesario, a trastornar toda la estructura política.

Para los franceses, como lo han de­mostrado con reiteración durante su dura y asombrosa historia, existe una distin­ción evidente entre el “país real”, es decir la Francia eterna, digna de admiración máxima y de entrega sin reservas, y el “país legal”, que son las instituciones políticas, merecedoras de todo desdén y de descon­fianza permanente. Esa diferenciación ha estado en el núcleo de rebeliones y levan­tamientos, por la sospecha muy difundida de que el sistema político y sus líderes con frecuencia son indignos de su gran na­ción. “Francia no es Francia sin grandeza”, según proclamaba el general De Gaulle.

Ese derecho a la rebelión es reivindi­cado tanto desde la derecha como desde la izquierda, dos categorías que, aunque van perdiendo vigencia en el mundo, to­davía son muy distinguibles en Francia. La derecha, muy nacionalista y partidaria de un poder ejecutivo fuerte, que tiene por héroes a Juana de Arco y a Napoleón, y por su lugar emblemático al Arco del Triunfo, fue la causante de la caída de la Cuarta República, en 1958, por la crisis de Argelia. La izquierda, a su vez, que incluye desde socialdemócratas modernos hasta marxistas incorregibles, es favorable a un predominio parlamentario, se identifica con los próceres de las revoluciones de 1789 y 1848, y que ha hecho de la Bastilla la sede de sus acontecimientos mayores, estuvo detrás de una serie de revueltas poderosas, desde la Comuna de París de 1871 hasta los intentos por apoderarse del movimiento estudiantil de mayo de 1968. Símbolos distintos y hasta opuestos, pero procederes equiparables.

El movimiento de los “chalecos amarillos” (pren­da obligatoria en los autos franceses) empezó como una manifestación contra un impuesto a los combustibles, pero derivó en una revuelta contra las políticas del gobierno de Macron.

Fuente: www.tn.com.ar

Lo curioso de este movimiento es que no tiene lí­deres conocidos. Se les identifica por los chalecos amarillos e incluye a gente de todo tipo de eda­des y extracción social. Representan sobre todo a la Francia rural que se rebela contra las élites in­telectuales y burguesas de las grandes ciudades, que tienen en Macron a una figura de referencia.

Utilizan las redes sociales para las convocatorias y cuentan con la simpatía de tres cuartas partes de la población.

Fuente: www.heraldo.es

Desvaríos populistas

Los ‘chalecos amarillos’ actuales, tanto como al principio lo fueron los líderes de Mayo del 68, no parecen tener una ideolo­gía definida u objetivos políticos concretos. Dicen no ser de derecha ni de izquierda. Sus mayores apoyos están entre los desem­pleados, los obreros no calificados, los em­pleados de salarios bajos e incluso algunos pequeños emprendedores autónomos. Es decir un perfil social similar al de quienes votaron por la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea y al de quienes le dieron la presidencia de Estados Unidos a Donald Trump. Desvaríos populistas. Más aún, el respaldo más entusiasta a los ‘chalecos amarillos’ proviene de las zonas rurales y de las ciudades pequeñas y medianas, que también fueron las áreas fuertes para el ‘brexit’ y para el triunfo de Trump.

No parece ser una coincidencia: es en la periferia italiana, tanto del Mediodía y las islas como del norte industrial, don­de tienen su base política la Liga Norte y el Movimiento Cinco Estrellas, aliados en el gobierno populista y no europeísta que controla Matteo Salvini. Y es en la desaparecida Alemania Oriental, que fue empobrecida por cuatro décadas de socia­lismo, donde está resurgiendo la extrema derecha neonazi alemana. Algo similar ocurre en Hungría y en Polonia, países gobernados por un populismo xenófobo y radical. Es notorio, entonces, que hay un patrón de comportamiento debido al cual las grandes democracias occidentales es­tán débiles y acosadas.

Es la Francia periférica la que más sufría por el aumento del precio de los combusti­bles, pues la gente de las zonas rurales y de las ciudades menores necesita el automóvil para ir a trabajar o para sus labores de co­mercio y reparto, mientras que, en general, los habitantes de las grandes ciudades fran­cesas no dependen de sus vehículos gracias a la excelencia del transporte público urba­no. Por eso ninguna de las manifestaciones de los ‘chalecos amarillos’ llegó a reunir en París más de diez mil personas, sobre una población de 2,3 millones en la ciudad y de 12,3 en el área metropolitana. Y ante la esca­sa adhesión en las ciudades, la participación total de las protestas ha decaído (a menos hasta mediados de enero) sábado tras sába­do: 285.000 personas en toda Francia el 17 de noviembre, 160.000 el 24 de noviembre, 130.000 el 8 de diciembre y 50.000 el 5 de enero.

A pesar de ese decaimiento en la con­currencia, las manifestaciones de los ‘cha­lecos amarillos’ han llegado a tener casi ochenta por ciento de apoyo ciudadano, medido en encuestas. Y en los dos extre­mos del arco político, es decir la derecha dura del Frente Nacional de Marine Le Pen y la izquierda radical de la Francia In­sumisa de Jan-Luc Mélenchon, el respaldo es casi unánime. Populismo puro. Tal vez sea esa mezcla de populismo y extremis­mo lo que explica que manifestaciones sin mucha asistencia hayan derivado en violencia desenfrenada y en una respuesta policial excesiva. Los muertos ya son diez, los heridos son casi ochocientos, los autos incendiados pasan de cien y los destrozos han sido muy severos. Según la revista Le Débat, “en Francia hay un imaginario re­volucionario que sigue siendo muy fuerte y que es una constante de la vida política francesa. Por eso, a quien no rompe nada no se le toma muy en cuenta…”.

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Repulsión y adhesión

Según coinciden en asegurar los so­ciólogos franceses, fascinados por estos estallidos callejeros súbitos y espontá­neos que ocurren en Francia cada cierto tiempo, incluso en momentos de holgura económica y de sosiego social, el movi­miento de los ‘chalecos amarillos’ es “la expresión de un hartazgo”. En las demo­cracias occidentales contemporáneas, en su mayoría prósperas y dinámicas, ese hartazgo reflejaría dos desconexiones crecientes. La primera es entre las élites, que toman las decisiones en sus cenácu­los inaccesibles, y los ciudadanos comu­nes, que ya no aceptan que otros decidan por ellos. La segunda desconexión es en­tre las grandes ciudades, ya globalizadas y muy interconectadas, y las áreas rurales y las ciudades pequeñas, aún encerradas en sus ínfimas realidades locales. Allí, entre los afectados por las dos desconexiones, el populismo de cualquier color tiene el terreno abonado para crecer y multipli­carse.

En el caso francés actual, el filósofo político Pierre Rosanvallon considera que el fenómeno de los ‘chalecos amarillos’ se debe a que “el populismo germina cuando los sentimientos de repulsión, y no los de adhesión, son los que dirigen la acción”. La repulsión sería hoy, tanto en Francia como en otros países capitalistas avanza­dos, a la incertidumbre sobre el futuro, causada por la globalización, la revolu­ción tecnológica, la desindustrialización y la creciente sensación del ciudadano medio de que la inmigración —tanto en Europa Occidental como en los Estados Unidos— amenaza sus puestos de trabajo, su seguridad y hasta sus formas de vida.

No está claro, al menos por ahora, si los ‘chalecos amarillos’ perdurarán o si habrán sido nada más que un movimien­to circunstancial y efímero, que seguirá decreciendo sábado a sábado hasta con­vertirse en otro irrelevante episodio de comuna de la siempre agitada historia de Francia. Daniel Cohn-Bendit, ‘Dany el Rojo’, el líder de las protestas multitu­dinarias de París en mayo de 1968 y en la actualidad asesor presidencial, está convencido de que la revuelta actual está desfalleciendo porque no hay motivo de fondo para una explosión social. “Son mi­norías extremistas antisistema, de derecha y de izquierda, las que están instrumenta­lizando las protestas”.

¿Y Emmanuel Macron, a todo esto? Las manifestaciones inmensas de mayo de 1968 paralizaron Francia en una huelga ge­neral de nueve millones de trabajadores que cerró puertos, aeropuertos, estaciones de trenes y todos los servicios públicos. Nada de eso está sucediendo hoy. Y en 1968 la potencia del movimiento estudian­til forzó la renuncia del presidente y la con­vocatoria anticipada a elecciones. Pero por entonces el general De Gaulle tenía 78 años y todas sus metas personales estaban cum­plidas. Macron tiene 41 años y todavía no se ha labrado un lugar destacado en la his­toria de Francia. Más aún, la caída de Ma­cron le pavimentaría el camino al populis­mo atroz, el del Frente Nacional o el de la Francia Insumisa. ¿Querrán los franceses jugar a la ruleta rusa?

 Trump y Putin estarán felices…

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Para Emmanuel Macron 2019 era el año de la refundación de Europa: la situación eco­nómica general no era mala y pintaba aún mejor, no estaban previstas elecciones gene­rales en ninguno de los países de punta, el ‘brexit’ británico ya demostraba la magnitud de su error y los dos países líderes de la Unión Europea, Alemania y Francia, tenían gobiernos sólidos, prestigiosos y resueltos. El horizonte era el ideal.

Sí, el horizonte era el ideal y los planes franceses eran magníficos. Se trataba nada menos que del relanzamiento del proceso de integración de Europa, tanto porque el mode­lo ya había dado todo de sí, como por la ame­naza a la estabilidad geopolítica y estratégica del mundo que representan Donald Trump, con sus políticas erráticas y de visión pequeña, y Vladímir Putin, con sus ambiciones imperia­les y sus apuestas de alto riesgo. Europa ne­cesitaba consolidarse y fortalecerse. Debía ser, “hoy más que nunca, soberana, unida y de­mocrática”, según Macron había proclamado.

Para lograrlo se requería, ante todo, refor­zar los sistemas de defensa propios y, al hacer­lo, disminuir —tal vez, incluso, eliminar— la dependencia militar de los Estados Unidos. Se requería, también, pulir los procedimientos y mecanismos de seguridad interna para parar en seco al terrorismo y para blindar las fronteras a la inmigración ilegal. Y se requería, por último, avanzar hacia el presupuesto común de la ‘zona euro’ y hacia el parlamento único. Metas ambi­ciosas, desde luego, pero alcanzables.

De pronto, a finales de 2018, casi todo cambió. Primero, el populismo xenófobo y antieuropeísta siguió en expansión cuando más se esperaba su repliegue. Después, la canciller alemana, Ángela Merkel, emprendió el camino de su retirada política, al cabo de trece años de un liderazgo firme y consistente. Y, por último, el gobierno francés se encontró acorralado de un día para otro, con su nova­to presidente desacreditado y mal visto por la mayoría de sus electores. El horizonte se había obscurecido y llenado de nubes de tormenta.

Con Francia en turbulencia y Alemania en incertidumbre, los clarines de la refundación dejaron de sonar. Sus rivales habían adquirido una fuerza inesperada. Los peores rivales, los populistas, se encontraron al comenzar 2019 con que sus expectativas electorales eran más esperanzadoras que el año anterior y que la eventual caída de Macron y la anunciada parti­da de Merkel podrían llevarles al poder mucho antes de lo previsto. Mejor, imposible.

A su vez, los europeístas reticentes, que se cansaron de que el norte austero financie al sur derrochador, recibieron con una satis­facción poco disimulada la desaceleración del proceso de integración continental. Allí están Suecia, Finlandia, Dinamarca, Holanda, Irlan­da, Estonia, Letonia y Lituania, los ocho países de la Liga Hanseática.

Pero, por supuesto, la revuelta de los ‘cha­lecos amarillos’ podría terminar e incluso no dejar daños políticos significativos al gobierno francés. Aun así, la refundación europea pa­rece ya improbable. Y es que, en medio de la violencia callejera de principios de diciembre de 2018, el presidente Macron ofreció aumen­tos de salarios y otros gastos públicos que ele­varán el déficit fiscal por encima del límite eu­ropeo del tres por ciento. Los euroescépticos tendrán, así, el pretexto perfecto para quitarle impulso a la integración. Emmanuel Macron se habrá quedado sin su proyecto estelar. Y, claro, Trump y Putin estarán felices.


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