Upano, los secretos de la selva culta.

Por Milagros Aguirre.

Fotografía – Cortesía INPC.

Edición 441 – febrero 2019.

La Amazonía es como la caja de Pandora para los arqueólogos. El INPC y la Senescyt siguen la  pista de importantes hallazgos. La tecnología Lidar permitió escanear la selva y lo que hallaron en Upano es sorprendente.

 

Hace veinte millones de años el área oc­cidental de la Amazonía estaba cubierta por un gran lago que recibía aguas de los Andes y del mar. Con el paso de los tiempos se fue formando la gran planicie amazónica. La selva es excepcionalmente diversa y her­mosa, pero su exuberante cubierta es una frágil capa que cubre una base empobreci­da y erosionada. Grandes inundaciones y lapsos de sequía han modificado ese paisaje y también el modo de vida de sus ocupan­tes. Por esas condiciones no resulta fácil en­contrar vestigios, pero los arqueólogos han hallado restos que datan de entre diez mil y ocho mil años en la selva venezolana o la cueva de Santarem, en la selva brasileña. Es decir, la selva estuvo ocupada en diversos momentos de la historia.

La Amazonía ecuatoriana no es solo importante por su especial biodiversidad, por ser el pulmón del mundo o por sus reservas petroleras o mineras. Es, en rea­lidad, un lugar de sorpresas. Cuando se fomentó su colonización, en la segunda mitad del siglo XIX y primera mitad del siglo XX, se decía que “era una tierra sin hombres para unos hombres sin tierra”. Pero las investigaciones arqueológicas, históricas y antropológicas demuestran lo contrario. La Amazonía que hoy cono­cemos es producto de la intervención hu­mana, fuente de innovación social y tec­nológica. Hay vestigios arqueológicos que lo demuestran y que nos conducen a verla como una región muy poblada, organi­zada y poseedora de una enorme riqueza cultural precolombina.

Hay evidencias de hace cinco mil años de sistemas indígenas de adaptación y apropiación de recursos en el territo­rio nacional. Esos sistemas incluyen a la Amazonía, que guarda bajo sus selvas, en su tierra y subsuelo, noticias de los pue­blos originarios. En la Amazonía se han encontrado petroglifos con rostros o figu­ras enteras en las laderas, saltos o chorros de agua en los ríos. Esos vestigios, que emergen cuando el río mengua, han de entenderse como marcas territoriales en­tre etnias diferentes o lugares que remiten a espíritus ancestrales.

Entre los precursores de esas investiga­ciones, quienes siguieron las huellas de los amazónicos, están Emilio Estrada, Jacinto Jijón y Caamaño, el padre Pedro Porras. A ellos les debemos algunos de los hallazgos más importantes en la región amazónica. Estrada sostenía que “el conocimiento de la historia de un pueblo es necesario para establecer la tradición sobre la cual se basa una nacionalidad, y unifica, aunque solo fuera espiritualmente, a sus componentes. Mientras más se remonta la historia de un país, más se eleva el civismo de sus habitan­tes, fuente de su fortaleza”.

En el nororiente de la Amazonía se han encontrado vasijas y urnas bellamente pintadas en donde los antiguos omaguas enterraban a sus muertos. La mayoría son hallazgos fortuitos, sea por el derrumbe de las orillas o en las cercanías de las vivien­das de los actuales naporunas que, al hacer sus chacras, encuentran estas piezas. Esas piezas delatan a un pueblo culto, navegante de grandes distancias (esas piezas son muy parecidas a las de Marajó de Brasil), comer­ciante, de ocupaciones estables que vivía en grupos grandes o relacionados entre sí. El matrimonio Evans-Meggers, a finales de los años cincuenta del siglo pasado, descu­brió vestigios arqueológicos y, de acuerdo a sus interpretaciones, hallaron tres fases: cultura Yasuní, con cerámica de hace 2 050 años; cultura Tivacuno, entre los siglos V y X, con cerámica similar a la del río Ucali, y la Fase Napo, entre los siglos XII y XV, con llamativa cerámica, en las orillas del Napo y Tiputini.

Parte de la historia de uno de esos pue­blos cultos que habitaron la Amazonía, lla­mados omaguas o encabellados, se puede ver en el Museo Arqueológico y Centro Cultural de Orellana (Macco), donde se exhiben cerca de 300 piezas de la llama­da Fase Napo que han sido rescatadas por la misión capuchina y puestas en valor en un museo construido especialmente para su exhibición, regentado por el Gobierno Autónomo Descentralizado de Francis­co de Orellana. Lamentablemente, en los hallazgos fortuitoso o en la huaquería, se pierde el contexto, es decir, todos los da­tos históricos y culturales que se podrían obtener con estudios científicos y excava­ciones técnicas.

En el suroriente, arqueólogos como el padre Porras y Ernesto Salazar dieron las primeras pistas de los tesoros escondidos en la región de Upano. Algunos de sus ha­llazgos son parte del Museo Wilbauer, en la Pontificia Universidad Católica del Ecua­dor (PUCE).

¿Cómo se relacionaron esos pueblos, de dónde les llegaban los influjos y hasta dónde llegaban sus dominios? Falta mucho por saber, sin embargo, ahora, con la ayuda de la tecnología, se ha destapado una caja de Pandora, según cuenta Fernando Me­jía, arqueólogo del Instituto Nacional de Patrimonio Cultural (INPC). Para Joaquín Moscoso, su director, la tecnología utiliza­da actualmente permite no solo determinar con precisión los hallazgos, sino que puede ser la herramienta indispensable a la hora de trazar políticas públicas para precautelar el patrimonio y evitar el saqueo y la hua­quería.

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Pueblos amazónicos precolombinos

En Santa Ana-La Florida en Zamora Chinchipe, cerca de Palanda, cuando se abría una carretera, se encontró un com­plejo funerario y de culto de más de 4 500 años de antigüedad. Está a orillas del río Valladolid. El arqueólogo Francisco Val­dez es quien ha recabado más información de esta zona. La calidad de los objetos en­contrados (cuencos artísticos y elaboradas estructuras de arquitectura funeraria) es tal, que los investigadores se preguntan si esta cultura no ha sido la matriz de las pri­meras civilizaciones andinas, entre ellas, la de Chavin. Los registros arqueológicos su­gieren sociedades jerárquicas con un sim­bolismo cosmológico complejo y eviden­cia de producción de artefactos fabricados con material lítico y conchas marinas pro­venientes de la costa.

En el otro lado, valle del río Quimi, en El Pangui (cordillera de El Cóndor), se han registrado sitios arqueológicos cuya carac­terística principal es la presencia de terrazas artificiales y vasijas de estilo corrugado.

En el cantón Gualaquiza también se han encontrado restos de asentamientos que demuestran un proceso económico so­cial complejo, con la construcción de mon­tículos de tierra y piedra, horticultura de roza y quema, caza y pesca en los ríos, entre 4600-4400. Las gentes que allí habitaron transformaron el paisaje, construyeron te­rrazas de cultivo, muros de piedra en la base de algunos cerros, se establecieron en cejas de montaña, lo que demostraría un sistema social muy organizado. Desde hace cuatro mil años parece haberse introducido el maíz en el área del lago Ayauchi, al oriente de la provincia de Morona Santiago. Y des­de hace 3 200 años, y en siglos más recien­tes, se encuentran vasijas con decoración roja en toda la región austral del Ecuador, desde Sangay a Chorrera y más tardíamente al noreste de Tiputini.

En Pastaza, a orillas del río Huadaga, cerca de la frontera con el Perú, se desa­rrolló la cultura Pastaza, desde hace cuatro mil años. Junto al lago Ayauchi, en Morona Santiago, se practicó la horticultura desde muy temprano. Por el estudio de sus sedi­mentos se ha sabido que hubo desde hace 2 500 años cultivos de maíz, que se habrían intensificado en ese tiempo. Sus habitantes habrían cultivado y domesticado raíces y palmas. La selva es, en buena parte, un in­menso huerto cultivado en distintas etapas y sus frutos son testimonio de ello.

Lidar o escanear la selva

Upano--4Uno de los avances más importantes en tecnología para investigar vestigios ar­queológicos en el país tiene que ver con una nueva tecnología. Gracias a ella se han podido verificar algunas hipótesis de uno de los sitios más enigmáticos encontrados en la Amazonía ecuatoriana: Upano. Ya el padre Porras y Ernesto Salazar, en los años ochenta, hablaban de montículos de tierra, plazas, canales y caminos distribuidos en un modo espacial preciso, que apenas po­dían notarse por estar cubiertos de vegeta­ción. Stephen Rostain, a cargo del proyecto arqueológico Sangay-Upano/río Blanco, realizado entre 1996 y 2003, establece una secuencia cultural del valle del Alto Upano, desde 700 a. C. hasta nuestros días. “Los primeros habitantes del valle pertenecie­ron a la cultura Sangay. Entre 500 y 200 a. C., las comunidades de la cultura Upano edificaron complejos de montículos a lo largo de los barrancos. Progresivamente, la cerámica Upano, caracterizada por la decoración de bandas rojas entre incisio­nes, fue reemplazada por la cerámica de estilo Kilamope. Hacia 400-600 d. C., los habitantes huyeron del valle a causa de una fuerte erupción del Sangay. Entre 800 y 1200 d. C., grupos de la cultura Huapula ocuparon algunos de los montículos pre­existentes. Son los antepasados de los jíva­ros actuales que siguen viviendo ahora en la región”, publica en el boletín del Instituto Francés de Estudios Andinos.

Más recientemente, el INPC y la Secreta­ría de Educación Superior, Ciencia, Tecnolo­gía e Innovación (Senescyt), han liderado esta primera fase de investigación con tecnología de punta y sus hallazgos son asombrosos.

Lidar (Light detection and ranging) es una tecnología originada en los años sesen­ta, que hoy está revolucionando el mundo de la arqueología. Funciona con pulsos de luz que penetran en el bosque y la vegeta­ción que cubre la superficie de la tierra y nos permite dar una idea bastante precisa de la topografía. Esta herramienta, que ha sido empleada en investigaciones arqueo­lógicas en países con áreas de vegetación frondosa como Belice, Guatemala, México o Camboya, permite no solo detectar cons­trucciones cubiertas por la vegetación, sino también restos de carreteras, terrazas agrí­colas, acueductos, vallas e incluso las fron­teras entre antiguos vecindarios.

Gracias a Lidar se ha descubierto todo un mundo en Upano. Se han escaneado 300 kilómetros de selva y se ha podido ratificar información importante sobre la región. Luego, dice Fernando Mejía, hay que ir al terreno, caminar sobre él, pero lo que se ha­ría en diez o veinte años, con esta tecnolo­gía se ha podido hacer en días.

Uno de los descubrimientos más im­portantes, de acuerdo al INPC, es Kun­guints, al norte de la cuenca del Upano, en la red hidrográfica del Pastaza, entre los ríos Nejembaime al norte y Kunguints al sur.

Se trata de un macroasentamiento ar­queológico que abarca cerca de diez kiló­metros cuadrados, es decir, el área actual de la ciudad de Macas. En él se ha identifi­cado un total de 1 071 plataformas, cuatro colinas truncadas, diez montículos, catorce plazoletas y una red de caminos y fosos.

Estas estructuras se agrupan en 176 complejos arqueológicos, con diversa tipo­logía y dimensiones. Esta variedad podría ser indicadora de funciones diferenciadas en el espacio: unas ceremoniales (políticas, religiosas) y otras habitacionales.

Las características anotadas hacen de este asentamiento el referente de un nuevo modelo de asentamientos en la alta Amazo­nía, tanto por el número como por la con­centración y diversidad de estructuras.

Otro hallazgo es Wapula, que se ubica en la margen izquierda del río Upano, entre el barranco y el río Wapula. Fue estudiado por el padre Porras entre 1978 y 1984, y por Ernesto Salazar y Stephen Rostain en el proyecto IFEA-PUCE (Instituto Francés de Estudios Andinos-Pontificia Universidad Católica del Ecuador).

Ahora, los estudios efectuados por el INPC han identificado un total de 446 plataformas, trece colinas truncadas, siete montículos, plazoletas y una red de cami­nos y fosos. Estas estructuras se agrupan en 76 complejos arqueológicos que son rodea­dos por un sistema de fosos y terraplenes.

Mediante el análisis de los datos de Lidar, se ha observado que Wapula es uno más de una serie de asentamientos sobre los barrancos del Upano (Wapula, Junguna, Jurumbuno Bajo, Jurumbuno Alto). Estos ocupan una extensión de 10,5 km de largo: 971 estructuras en su interior que forman 156 complejos arqueológicos.

Hay otros hallazgos y complejos en los alrededores. Se ha destapado una verdadera caja de Pandora que requiere más investi­gación. Pero de estos primeros hallazgos se puede decir que en la selva había numero­sas sociedades, con poblaciones de decenas de miles de personas, organizadas de un modo distinto a las del resto del continente, con poder cacical. Como afirma Francisco Valdez, sistemas tan complejos que reque­rían de sociedades muy organizadas y de una estructura social de poder.

Los estudios del INPC y la Senescyt determinan 7481 estructuras arqueológi­cas de tierra en 300 kilómetros escanea­dos. Además, 457 estructuras lineales: red vial, sistemas de drenaje, fosos, terraplenes; asentamientos como Kunguints, Wampin, Ampush, Jurumbuno, Junguna, Wapula, Mashun, en el Alto Upano.

En esta etapa participaron la aviación del Ejército Nacional y un equipo de ar­queólogos extranjeros en una investiga­ción que ha costado cerca de 500 mil dóla­res. Esta tecnología, explica Joaquín Mos­coso, ha sido adquirida por el Instituto Geográfico Militar. Lidar permitirá, por ejemplo, insertar a los municipios en el cuidado del patrimonio y podría evitar que se hagan daños sobre estructuras pre­colombinas amazónicas. El INPC espera tener los recursos para una nueva fase que permita precisiones que ayuden a respon­der más preguntas: prospecciones, exca­vaciones y estudios multidisciplinarios, porque en la historia amazónica aún que­da mucho por contar y por descubrir. Hay páginas que están por escribirse. Es hora de romper algunos mitos que han sido ne­fastos para la Amazonía pues han oculta­do la riqueza de sus pueblos y permitido su destrucción.

 


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