Carne.

Por María Fernanda Ampuero.

Ilustración: Maggiorini.

Edición 441 – febrero 2019.

Firma--75---AmpueroLlevo años posponiendo la columna que usted va a leer a continuación. No exagero. La primera vez que quise hablar de esto tenía unos veinte años, veinte menos de los que tengo ahora. Era joven y era cobarde, pero cuando todo lo demás se va volviendo frágil, la valentía se solidifica. Vamos allá.

Cuando yo era niña mi papá trabajaba en un matadero. Lo llamaban empresa comercializadora de carne. Eufemismo. Era un matadero. Mi papá no mataba a las vacas, pero sí se encargaba de que las vacas que mataban sus compañeros de trabajo llegaran a los supermercados y a las tercenas. Un día, un ternerito se escapó quién sabe cómo de la muerte. Cada cierto tiempo vuelvo a pensar en él y cada cierto tiempo le imagino nuevas formas increíbles de escapar. Ha sido mi fantasía toda la vida: él huyendo de la pistola de clavos (o lo que sea con que hayan matado a las reses en mi infancia). Un poco como Houdini, pero en ternerito.

Lo cierto es que el pequeño apareció en la puerta de la oficina de mi papá que estaba bastante lejos de la zona del camal. Su cabeza de niño grandote se asomó por el cristal, mi papá levantó la cabeza y ambos se miraron. ¿Han visto los ojos de un ternerito? Pues imagínense la sorpresa y la ternura de mi papá.

Hombre animalero como él solo, recolectó un poco de leche (la madre del ternerito estaría muerta o siendo ordeñada por succionadoras eléctricas para nuestro desayuno de leche y cereal) y se la dio como a un cachorrito. Fue un día de fiesta para mi papá. Lo acarició, lo alimentó, le puso nombre, lo dejó dormir en el suelo de su oficina y no le tomó fotos porque la cámara estaba en la casa, pero al llegar nos contó con lujo de detalles acerca de su amiguito y sus gracias. Es uno de los mejores recuerdos de mi vida, aunque yo no lo viví directamente.

Al día siguiente, cuando mi papá llegó a su trabajo, el animalito ya no estaba. Se lo habían llevado para convertirlo en carne y unos días después los compañeros de trabajo de mi papá le regalaron su piel curtida para que la usara de alfombra.

Yo no debería comer carne.

Tengo un amigo que trabajaba en cultura en Quito. En unas fiestas lo invitaron a sentarse en el palco de honor de la Plaza de Toros. En un determinado momento él escuchó llorar a un niño de pecho y se preguntó qué clase de idiota llevaría a un bebé a algo así. Buscó y buscó y no encontró ninguno. El llanto venía del toro. El toro lloraba de dolor y cuando mi amigo lo comprendió sintió que se moría. Se excusó y se fue de allí con la náusea y las lágrimas oprimiéndole el corazón.

Vivo en España, así que sobre comer carne y matar toros he escuchado de todo. Taurinos y antitaurinos, veganos y carnívoros: los conozco a todos y conozco, cómo no, sus posturas. Sé que, por ejemplo, los taurinos se defienden hablando de tradición, pero tradición también era comprar y vender personas negras o ejecutar a los presos en plazas públicas. Las tradiciones cambian. La sociedad evoluciona. Matar animales —previa tortura— por entretenimiento no parece ser sinónimo de fiesta.

“Si no te gusta no vayas”, dicen también los fanáticos de las corridas, pero es un poco como pretender que cerremos los ojos ante la homofobia porque no somos homosexuales o ante la xenofobia porque no somos extranjeros.

Yo como carne de vez en cuando y, para mucha gente, eso me inhabilita para opinar sobre la tauromaquia. Les doy la razón en parte. Mi incoherencia con este tema me genera una tristeza que no pueden imaginarse. Me gusta la carne y sé que para que esa carne llegue a mi plato tuvo que pasar por un matadero como aquel en el que trabajaba mi papá cuando yo era niña. Sé que cuando como carne como un poco del sufrimiento y del miedo de ese animal. Sé que la ganadería masiva destruye al planeta y a mí misma. Agacho la cabeza. Lo que no acepto es que alguien que come animales no pueda pronunciarse contra una práctica completamente evitable y, pido perdón, sangrienta y salvaje: las peleas de perros, de gallos y los toros.

Me resulta muy difícil entender cómo puede generar placer clavar espadas en el lomo de un ser vivo y verlo pelear por su vida y aplaudir cuando, exhausto de sufrimiento, cae en la arena. Tal vez soy muy tonta, ¿me lo explican?


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