Museo Nacional de Colombia: las formas de la historia.

Por Roberto Rubiano Vargas.

Fotografías cortesía del Museo Nacional de Colombia.

Edición 442 – marzo 2019.

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En una tarjeta informativa, pegada a una pared del museo, se lee que “los aerolitos son probablemente fragmen­tos dispersos de la gran explosión, el Big Bang que dio origen al universo”. Es parte de la información sobre el meteorito que cayó en Santa Rosa de Viterbo, en Bo­yacá, en 1810, que fue la primera pieza científica donada al Museo Nacional de Colombia y a partir de la cual se crearon sus colecciones científicas. Es una pieza de metal de 670 kilogramos, expuesta a la entrada de los salones del primer piso, que los colombianos hemos observado con estupor desde que somos niños y los visitamos en excursiones escolares. Por tanto, podría decirse que este museo na­ció como resultado del Big Bang y desde entonces le ha dado forma a la historia de Colombia mediante cerámicas prehispá­nicas, joyas, pinturas, esculturas, objetos cotidianos, ropa, uniformes, armas y dio­ramas informativos.

Fue fundado en 1823 “como museo y escuela de minería”, para lo que se contra­taron profesores extranjeros que debían formar a los técnicos que encontrarían las riquezas del subsuelo de la nueva nación. Entonces, como ahora, los funcionarios colombianos creían que la riqueza esta­ba en los recursos no renovables, oro y plata en aquel tiempo, petróleo en la ac­tualidad. Afortunadamente, esta limitada visión del país no fue la misma con la que se impulsó una institución que desde su primer día ha vivido grandes transforma­ciones.

El espíritu del pasado

El Museo Nacional abrió sus puertas un año después de su fundación, en 1824, bajo la dirección del científico y anticua­rio peruano Mariano Eduardo de Rivero y Ustariz. La sede inicial fue la Casa Bo­tánica, donde estuvo la escuela de la Real Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada. Lugar en el que —vale la pena mencionarlo— trabajaron grandes ilus­tradores ecuatorianos. De aquella fecha a 1948 ocupó diversas sedes hasta llegar a su edificio definitivo: el panóptico de la ciudad, que había dejado de funcionar como cárcel dos años antes.

Un museo nacional en cualquier país corre el riesgo de caer en una visión ofi­cialista. Un espacio aburrido donde el Estado construye la narrativa de un pa­sado ideal. El reto consiste en equilibrar la reflexión sobre la identidad ciudadana con un relato ameno que dialogue con las nuevas percepciones culturales y los cam­bios tecnológicos, aspecto al que este mu­seo presta gran atención. Pero su mayor riesgo es el de permanecer estático. Que su exhibición no cambie. Que alguien que lo visitó en 1992 lo encuentre igual en el siglo XXI.

Obviamente hay piezas y montajes que permanecen expuestos, que no pue­den desaparecer por veleidades de moda. Pero, al mismo tiempo, las tres curadu­rías del museo, la de arte, la de historia y la de arqueología, trabajan con un fondo que contiene cerca de veinte mil piezas, para aportar a la renovación periódica del guion museográfico. De esta manera sa­len piezas para resaltar otras que merecen una segunda mirada. De la misma for­ma, las exposiciones temporales son otro oportuno refresco para las colecciones.

El Museo Nacional es un lugar para sentir la nostalgia por tiempos que no vivimos, por objetos que no usamos, esa locería colonial, esos artefactos de preci­sión en cobre y madera: telescopios, baró­metros, sextantes que sirvieron para me­dir el territorio, las alturas de los Andes y las riquezas de los ríos. Esos hermosos mapas que parecen levantados por manos infantiles, que recuerdan la fisonomía de esta verde tierra calcinada, como llamó a Colombia un gran cronista reciente.

Sala histórica del Museo Nacional.

Sala histórica del Museo Nacional.

De Bogotá a Quito

Ubicado en el centro de Bogotá, ade­más de contener piezas de arte y de ca­rácter histórico de gran valor, el edificio donde funciona es una de sus principales piezas de colección. Su diseñador, Thomas Reed, hizo carrera en Venezuela, Colom­bia y Ecuador, entre 1843 y 1875, en un momento de formación de estas tres na­ciones: algo significativo para un arqui­tecto.

Nació en las Islas Vírgenes británicas en el Caribe. Entre sus obras destacadas, además del panóptico o cárcel nacional donde actualmente funciona el Museo Nacional de Colombia, están la cárcel de La Guaira, Venezuela; el Capitolio Nacio­nal de Colombia, sede del Congreso; la casa del poeta Rafael Pombo en Bogotá; la casa García Moreno y el penal del mismo nombre en Quito, actualmente en desuso.

Los trabajos en el Capitolio Nacional de Colombia fueron interrumpidos du­rante más de veinte años. Por tal razón Reed se trasladó al Ecuador, donde el pre­sidente Gabriel García Moreno le propuso modernizar la arquitectura local. Este fue un viaje definitivo: terminó viviendo sus últimos años en una hacienda cacaotera y fue enterrado en Guayaquil.

Resulta curioso que el presidente Ga­briel García Moreno, conocido por su acen­drado espíritu religioso, haya contratado a Thomas Reed, que era un masón recono­cido. De todos modos esto ilustra el afán modernizador del contradictorio político conservador. Gracias a esta decisión, Tho­mas Reed fue considerado Arquitecto de la Nación en el Ecuador; fundó la Escuela de Arquitectura y su rastro permanece en mu­chas de las obras de sus discípulos.

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20 de julio, Fernando Botero Angulo, 1984.

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La niña de la columna, Ricardo Acevedo, 1894.

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Los suicidas del Sisga III, Beatriz González, 1965.

La guerra y la paz

Durante la Guerra de los Mil Días, el panóptico de Bogotá tuvo gran ocupación y en 1900, entre sus prisioneros políticos, se hallaba el famosísimo poeta centenarista Ju­lio Flórez, encarnizado opositor al Gobier­no conservador. Los vestigios de esa cárcel, donde los adversarios eran castigados, se conservan en el tercer piso del museo.

La guerra y la paz son dos grandes temas de la exhibición. Porque son dos grandes te­mas del país. De manera curiosa, antes de la existencia de la República, la organización social estaba tan sólidamente estratificada por la encomienda y la hacienda que el Go­bierno español casi no tenía destacamentos militares en el centro del país, lo que facilitó que desde esta región comenzara la libera­ción de América encabezada por Simón Bolívar. Sin embargo, con el advenimiento de la República, fue en estos territorios tan poco vigilados por las autoridades colo­niales donde surgieron las más enconadas guerras civiles. Guerras cuyo rescoldo sigue encendido y su huella se percibe en diversos salones del museo. Salas como Tejido social, voces y confrontaciones así lo atestiguan.

El actual proceso de paz, que también está registrado aquí, es solo el lado B del conflicto que ha marcado la historia de la República colombiana. Por tanto, el museo muestra ese lado: la guerra como un vector que atraviesa la civilidad y la cultura, y la paz como una esperanza inasible.

Las contradicciones entre la guerra y la inteligencia también están reflejadas en es­tas salas. Un ejemplo de ello es la exposición temporal Ojos en el cielo, pies en la tierra, dedicada al científico Joseph Francisco de Caldas. Un hombre que, de forma un tanto ingenua, puso su conocimiento al servicio de la lucha política. La guerra independista lo llevó al cadalso junto con toda la intelec­tualidad de su tiempo; solo sobrevivieron los guerreristas y los hacendados escondi­dos en la espesura. El país no fue mejor tras aquellas muertes.

Pescadores del Magdalena, Alipio Jaramillo, ca., 1940.

Pescadores del Magdalena, Alipio Jaramillo, ca., 1940.

El retrato de la tierrita

La ciencia, la historia y el arte hacen una amalgama que define muy bien la cultura colombiana. A través de sus cuatro coleccio­nes básicas ofrece una buena aproximación a esa otra personalidad nacional, la que no comulga con la violencia. No es un museo de arte pero tiene arte, no es una bibliote­ca pero tiene manuscritos y publica inves­tigaciones académicas. No es la sede de la Academia de Historia, pero le pone forma y volumen al pasado de este territorio. No es un instituto arqueológico, pero ofrece una visión comprensiva de la sociedad que habitaba este territorio antes de la llegada de los europeos.

En la sala de arte colombiano sorpren­de lo que fue sorprendente en otras tempo­radas. Es un recorrido por vanguardias de otro tiempo, que tienen el valor de haberse negado al conformismo. Por eso el museo las recoge, porque permiten mantener vivas las novedades que en otro tiempo expandie­ron la sensibilidad de la sociedad colombia­na. Al revés de lo que sucede con las galerías de arte que archivan lo que expusieron la semana anterior, el Museo Nacional ofrece testimonio de aquellos pintores que se ne­garon a transitar por los caminos conocidos y cómodos. Están por supuesto Obregón, Villamizar, Botero, Roda, Caballero, Beatriz González, Alipio Jaramillo… (como esta crónica va destinada a la Galería de la revis­ta Mundo Diners de Quito, esas son sobre todo las obras que ilustrarán sus páginas).

Pero también hay espacio para la gráfica política de izquierda de los años setenta y para los artistas conceptuales como Antonio Caro. Además, el panóptico gentrificado, como dirían ahora, nos muestra el camino de los pioneros del cine colombiano, de los escritores y los fabricantes de ropa, loza o muebles, de los fotógrafos y los impulsores de la televisión. Esa otra manera de registrar la vida del país, y redondea una visita im­prescindible para los ecuatorianos curiosos que pasan por Santa Fe de Bogotá.

Sin título, Luis Caballero Holguín, 1967.

Sin título, Luis Caballero Holguín, 1967.


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