John Silvers y el arte de la cirugía.

Por Pablo Cuvi.

Fotografía Juan Reyes y archivo de John Silvers.

Edición 442 – marzo 2019.

Entrevista--1

Con semejante nombre, John Silvers, pudo haber sido rival de John Wayne en una película de cowboys. Pero este patriarca de la cirugía plástica ecuatoriana, que creció en la Villa Flora y estudió en la escuela Espejo, el colegio Mejía y la Univer­sidad Central cuando la educación pública era de primera, se autodefine como un “longo gringo”, aunque en México les llamaban güeros a él y a los de su familia cuando vivían con las justas mientras él se especializaba.

La historia de su formación y sus infinitos días de guardia en clínicas y hospitales es una muestra de la mística y el sacrificio de los médicos de antes, que nunca olvida­ban su función social. 40 años después continúa arreglando cuerpos y rostros porque sus ojos y sus dedos no le fallan. Desenfundo la primera pregunta y veo que eso del Far West no estaba descaminado.

—¿De dónde viene su apellido?

Mi abuelo era inglés y vino al ferrocarril. Había estado varios años en México, también con ferrocarriles, en San Luis Potosí, pero se cansó de la guerra civil y vino acá, se casó con mi abuela, que era de origen riobambeño, Diocelina Tinajero, y ahí tuvo su familia. El segundo hijo fue mi padre, Tomás Enrique, que fue profesor de inglés, geografía y ciencias sociales en el Mejía.

—¿El famoso doctor Paltán, que se acaba de morir con 103 años, fue profesor suyo cuando entró al Mejía?

—Claro que sí, en anatomía. Muy buen profesor realmente. Muy estricto, hizo su libro para la materia. Y en la universidad también me tocó de profesor.

—¿Era rebelde el ambiente en el Mejía?

—No, estupendo. Cuando salíamos a las calles éramos forajidos, pero en el co­legio respeto absoluto a todos los profesores, nunca se les levantaba la voz; algo que no se ve ahora.

—Y tenían un gran equipo de básquet…

—Claro, lastimosamente hubo una pelea fenomenal en el coliseo con La Salle o el Montalvo, creo, y nos suspendieron cinco años.

—¿Por qué entró a estudiar Medicina?

—Tenía un ejemplo muy interesante, el doctor Arturo Zambrano, que era mé­dico pero no ejercía, fue profesor de bio­logía y ciencias naturales. Un gran fuma­dor y un hombre estupendo, me permitía entrar al museo, me prestaba libros de an­tropología y de los viajes que hizo Darwin y sobre la evolución de las especies. Así me fui interesando por la medicina.

—En su época, la facultad de Medicina era bien movida con la política. ¿Usted era chino o socialista?

—Ninguno de los dos. Me gustaba el socialismo como teoría, pero nada de extremos o de peleas, de boicotear esto, boicotear lo otro, que eso era la vida estu­diantil con la FEUE.

—Ahí le expulsaron al doctor Plutarco Naranjo…

—En mi año, mis compañeros y yo incluido. Era un profesional estupendo, pero como profesor nulo, muy difícil, por­que dominaba la farmacología y hablaba y hablaba y decía “mañana lección”, y el rato que íbamos a ver todo lo que había habla­do, era casi medio libro de lección, impo­sible siquiera ver o memorizar. Y no daba chance de hacer anotaciones porque era rá­pido, “para eso están los libros”, decía. Pero es un hombre a quien respetamos mucho los médicos, cuando salió nos hundimos en la parte farmacológica, los reemplazos que hubo no estaban a su altura.

—Luego vino la clausura con Velasco Ibarra, en 1970.

—Claro, yo estaba en quinto año y las revueltas estudiantiles hicieron que la uni­versidad fuera clausurada. Me fui a trabajar de enfermero en el Oriente con todas las peripecias que eso significa. La compañía se llamaba Geophysical Services Inc., era solo exploración, iba a los campamentos, instalaba los medidores y hacía explotar; era del grupo de sismográfica.

—¿En qué parte?

—De Misahuallí hacia el oriente, a lo largo del río Napo.

—¿El internado dónde lo hizo?

—Cuando me casé, en el año 67, es­tudiante de tercer año, ingresé al Hospital Militar sin sueldo, como interno. Y con­tinúe toda mi vida universitaria, pero ro­tábamos también por la maternidad, por el Baca Ortiz en Pediatría; Cardiología y todo eso lo hacía básicamente en el Hos­pital Militar.

—¿El año de la rural dónde le tocó?

—En Atacames. Con mi esposa como ama de casa, pues cargamos todos los hi­jos e hicimos el cambio. Fue estupendo, maravilloso, realmente con todas las pri­vaciones: ni agua ni luz ni farmacia, nada, tercer mundo.

—Recuerdo que era una playa muy lar­ga, no había casi nada.

—Tengo unas fotos de Atacames con kilómetros de palmeras y playa. Pero con todas las patologías que ahí se presentan. Me daba pena porque les hacía la receta, y no tenían dónde comprar y veía las recetas arrugadas y botadas en la calle. Felizmen­te tuve la ayuda de Life y de Hoechst Ete­co, ellos me dieron medicina a crédito y yo les vendía a precio de distribuidor, cero ganancia; ya fue algo. También ayudaba el párroco del pueblo, el padre Alberto, un italiano, de los combonianos, que recibía medicamentos europeos de primera cali­dad. Eso fue realmente estupendo.

 

El alcalde Carlos Andrade Marín le entrega el diploma de sexto grado en 1959.

El alcalde Carlos Andrade Marín le entrega el diploma de sexto grado en 1959.

 

EN MÉXICO FUE DURÍSIMO

—Ya graduado, ¿cómo entró de médico residente al Vozandes?

—Mis compañeros me dijeron: “John, hay un puesto para que hagas residencia en Cirugía”. El sueldo era modesto, pero suficiente como para que nuestra familia subsistiera. Y el trabajo era extenuante: turnos de veinticuatro horas, más doce horas de trabajo al siguiente día, y char­las hasta las ocho de la noche. Apenas me sentaba en el bus de regreso a mi casa, me dormía. Pero fue un año tremendamente provechoso porque César Cabascango era un médico formidable, cirujano de prime­ra, hecho en Estados Unidos, director del hospital. Él discutía y estaba al día en to­das las especialidades, era muy estudioso y eso quería de nosotros.

—¿Cómo empezó en la cirugía plástica?

—Me faltaba un mes para que se aca­bara el contrato cuando cayó el avión del general Morejón a pocas cuadras del aero­puerto, en la 10 de Agosto. A tres mucha­chos que caminaban por ahí, la onda ex­plosiva y el calor los quemó y los llevaron al Vozandes porque estaba cerca. No había cirujano plástico, dimos la atención básica y pedimos colaboración de cirujanos plás­ticos: los doctores Moreno, Bracho, Enzo Flor, Marcelo Gómez Barreto y Jorge Mo­reno Carrión, que ya me conocía del Hos­pital Militar. Él me dijo después: “Hay una plaza en Cirugía Plástica, ¿quieres ir?”. Ahí pasé poco más de tres años.

—¿Cómo fue aprendiendo la cuestión de la plástica?

—Estudiando, viendo, yo le ayudaba al doctor Moreno, él fue mi primer mentor. Había que estudiar, me gastaba en buenos libritos para estar al día y eso me sirvió mucho para México.

(Aunque su jefe no le apoyó, en el año 68 obtuvo una beca para ir al hospital de las Fuerzas Armadas de México, con tres compañeros más).

—¿Fue duro el estudio en el DF?

—Durísimo: no descansé un solo día durante los dos años que estuve, sába­do, domingo, no importaba si era 25 de diciembre o primero de enero. Tuve un maestro extraordinario, también hecho en Estados Unidos, muy conocedor, muy hábil.

—¿Era básicamente cirugía reconstruc­tiva?

—Primero la cirugía reconstructiva, porque la cirugía estética es un capítu­lo muy posterior, cuando uno se entrena bien. No es como en algunos sitios, Brasil a veces, que van a hacer sus ciclos de es­tética de seis meses y lógicamente tienen una mala preparación. Allá era quemados, reconstructiva, accidentes y todo eso el primer año, poco veíamos la parte estéti­ca. El entrenamiento era visual, de traba­jo, disección de cadáveres, ahí practicaba todas las cosas; por eso, cuando regresé al Ecuador, no sufrí en ninguna cirugía, ya todo lo había hecho allá. Además del estu­dio, llegaba a la casa y a los libros.

—¿Y su mujer y los guaguas?

—Viviendo y estudiando allá en una escuelita pública. Les tocó sufrir conmi­go, era difícil, sin dinero. A los 250 dóla­res de beca de acá, el general Durán nos dijo: “Ustedes no se pueden ir con eso” y nos dio 250 más, con eso teníamos que sobrevivir con las justas, pagar arriendo y esto y lo otro. A veces no llegaba la plata y no teníamos qué comer, mi esposa les llevaba al mercado el sábado o domingo, mientras yo trabajaba, porque son muy generosas las vendedoras: “Vea, güero lin­do, pruebe esto”.

—Claro, usted era güero allá.

—Y güeritos los hijos, todos son ru­bios, les brindaban, que la tortilla, que la naranja, y probando y probando regresa­ban a la casa con la barriga llena. Pero si no hubiera ido a México, no habría tenido esa formación realmente extraordinaria.

—Cuando regresó al Hospital Militar, ¿le tocó la guerra de Paquisha?

—Todos los días me despedía de mi esposa pero nunca me llegué a ir. Está­bamos en lista todos los médicos, pero preferían clínicos, cirujanos generales y traumatólogos.

—¿Llegaban heridos a Quito?

—Sí, y entrábamos nosotros a recons­truir, a hacer colgajos, eran heridas real­mente graves, muy graves, llegaban am­putados por esas bombas que uno pisa y vuelan las piernas, fue terrible.

—¿Y la parte estética?

—También hacía mucha cirugía esté­tica, que fue aumentando paulatinamente a través de los años, y en el Metropolitano fui el único durante algunos años.

—Usted estuvo entre los fundadores.

—Claro. Como en cirugía plástica no había nadie más, me tocó atender todos los días llamadas de emergencia, de lu­nes a lunes y de enero a diciembre todo el tiempo. Llegaba a la casa a las nueve de la noche apenas a comer, ya mis hijos dor­midos, nunca los vi crecer y a las once otra vez me llamaban al Hospital Militar o al Vozandes o a la clínica Pasteur, de modo que era una vida tremendamente dura.

—¿Cómo hacía para estar despierto, to­maba mucho café?

—No, se acostumbra el cuerpo, me dormía unas dos, tres horas y me recupe­raba, iba a atender las llamadas.

—A su mujer no le habrá hecho mucha gracia, ¿no?

—Ninguna gracia, pobrecita, toda la vida le ha tocado, hasta ahora, aguantar. Ella sacó adelante a los hijos porque yo no les vi crecer, yo era el proveedor, nada más, pero no estaba para los momentos importantes, los cumpleaños, los campeonatos de fútbol; me perdí la niñez de ellos trabajando.

Se casó con Paquita Godoy en 1967, cuando aún era estudiante de Medicina.

Se casó con Paquita Godoy en 1967, cuando aún era estudiante de Medicina.

PRIMERO FUERON LAS NARICES

—En esa época era famosísimo el doc­tor Ivo Pitanguy, de Río de Janeiro. Iban las actrices a operarse en su isla. ¿Usted le llegó a conocer?

—¿Cómo no?, un referente mundial muy importante, renovó mucho la cirugía plástica, muy dedicado; entre sus pacien­tes estaba la realeza europea. Hizo mucha cirugía mamaria, cirugía de abdomen; como investigador que era, tenía un gran equipo. Pablo Dávalos, cirujano plástico de aquí, fue alumno de él y llegó a conocer su isla, sus fiestas.

—¿Cuándo empieza a ponerse de moda acá la cirugía estética?

—Entre el sesenta y el setenta comen­zó con Jorge Moreno Carrión, con el doc­tor Bracho; ellos habían tenido su entrena­miento en el exterior.

—Al principio les pedían narices sobre todo, ¿no?

—Sí, porque nuestro mestizaje daba para eso: el mal ejemplo de las películas con sus artistas de narices bien respinga­das. Ahora ya no es un estilo, ha cambiado un poco la parte estética en ese aspecto.

—Además de la nariz, ¿qué pedían aquí?

—Estiramiento facial o rejuveneci­miento facial, cirugía de párpados. La li­posucción es posterior a 1982. Reducción y aumento mamarios, cirugía de abdo­men, era lo que más se hacía acá.

—¿Usaban la silicona?

—La silicona tuvo un resurgimiento muy importante a partir de 1960, pero en Estados Unidos y en Japón especialmen­te. Acá, desde los años setenta, fue mucho más común.

—¿Cuál es el perfil en Quito de la per­sona, hombre o mujer, que quiere hacerse cirugía, en edad, en aspiraciones?

—La cirugía nasal se comienza desde los quince o dieciséis años en la mujer y dieciocho o veinte años en el hombre…

—¿Quince?

—Es que la mujer alcanza pronto la madurez ósea, generalmente tres o cuatro años después de haber iniciado su mens­truación; el hombre, más tarde, aunque hay hombres que no maduran nunca (sonríe).

En 1983, en Cartagena, compré el equipo de liposucción, pesaba 60 libras, era un horror, y comencé a hacer la lipo­succión acá. Eran unas cánulas del grosor del dedo. Con el tiempo fueron mejoran­do los equipos, cada vez más finos, moto­res más livianos.

—¿Sus pacientes eran, sobre todo, se­ñoras?

—Especialmente mujeres, el hombre poco a poco fue entrando para quitar las llantitas, para mejorar la figura del abdo­men. Por supuesto, nada es mejor que el ejercicio, que debe suceder a la liposuc­ción para mantener la firmeza muscular. Dos o tres meses después, al deshincharse, ya se ven en el espejo y están todos muy felices. Hay que ser moderados en sacar grasa, no exponer a la paciente…

—Hay clínicas semiclandestinas donde se muere la gente.

—Claro, hay médicos que no tienen una buena preparación, creen que es fácil. Hace un año y algo más, aquí cerca falleció una muchacha, le perforaron el hígado, el pulmón, estaba boca abajo y el rato que le dieron la vuelta para terminar la cirugía, ya la muchacha estaba muerta y no pudie­ron hacer nada, fue terrible realmente.

—¿Cómo se fue desarrollando la profe­sión aquí, hay una facultad?

—No para la cirugía plástica, actual­mente hay cursos en Guayaquil, en Quito, hay un curso en la Universidad Católica, pero no estamos muy de acuerdo que en­tren veinte personas a hacer cirugía plásti­ca en un país como el nuestro. Fíjese que en México, con 160 millones de habitantes y tantas facultades y hospitales, no preparan más que unos quince especialistas al año.

—¿Los cirujanos vienen preparados de afuera, entonces?

—La gran mayoría, pero también el Andrade Marín se ha encargado de for­mar muy buenos especialistas, porque el doctor Enzo Flor y el IESS fueron los pri­meros que formaron cirujanos plásticos.

NO A LOS EXTREMOS

—Hay personas que quieren cambiar demasiado, el caso extremo es Michael Jackson, ¿por qué sucede eso?

—En el fondo hay un problema men­tal, porque lo normal sería que cada per­sona esté a gusto con lo que es, como sea, de la raza que sea. Las modificaciones es­tán para embellecer un poco más el ros­tro. Pero, ¿qué ha pasado con la población latinoamericana? Que busca un modelo anglosajón, quieren las narices así, los oji­tos asado, el mentón partido, un poco de cosas, pero no es correcto hacer modifi­caciones tan grandes. Hay que modificar solo lo que está mal. Hay personas que quieren operarse la nariz y, si está bien la nariz, yo me niego a operar, hay que tener ética, que es lo más importante.

—Rompen también los pómulos y eso.

—Sí, es una cirugía difícil. Aquí no hay muchos que lo hagan; uno de ellos es Ró­mulo Guerrero, fue alumno de Ortiz Mo­nasterio en México y es un excelente ciru­jano, él sí moviliza los huesos faciales para reconstruir, también por estética: a una de­formidad facial severa puede darle un trata­miento correcto, de avance, desplazamiento, injerto óseo, para que tenga características más naturales en la cara, más normal.

—Leo que a alguien le han trasplantado la cara entera. ¿Cómo funciona?

—Le quitan toda la musculatura, una parte ósea que está deformada y le trasplan­tan de otra persona. Funcionó muy bien en Francia, ha funcionado en China, pero no es una cirugía simple, toma más de un día de trabajo. Los candidatos a esto son perso­nas con grandes desfiguraciones, pérdida de nariz, pómulos, boca, que por alguna razón quedan hechos unos pequeños monstruos y con una reconstrucción logran realmente volver a la sociedad. Se necesita un equipo formidable, ahí la microcirugía tiene mucho que ver: unir cada arteria, cada vena, es un trabajo arduo, de muchísimas horas y con cambio de equipo, porque uno no puede trabajar más de seis o siete horas.

—¿Cuándo llegó el famoso bótox?

—El bótox, esta toxina antibotulínica, tuvo un primordial uso para combatir el bo­tulismo, que era una enfermedad que mata­ba a la gente, producida por el Clostridium botulinum, una bacteria que se encuentra en los alimentos dañados. Antes no había refrigeración y los que padecían esto eran quienes iban en los grandes barcos, en ex­pediciones a los polos, al África, y comían cosas guardadas, especialmente carne.

Al desarrollar la vacuna, vieron que producía una parálisis del músculo donde se inyectaba y fue extendiéndose el uso en personas con tics nerviosos muy severos o desvíos faciales por contractura múscular: se inyectaba y se relajaba el músculo, se paralizaba. A partir del año 90, en Estados Unidos y en Canadá, obtuvieron el permi­so para el uso en la parte cosmética, y en el Ecuador iniciamos siete años después, tomamos un curso en el exterior, unos distribuidores colombianos trajeron acá el producto y es lo que se sigue usando.

—¿Por qué hay personas, mujeres so­bre todo, que quedan con las caras infladas como pelotas?

—Eso no es por el bótox, sino por la ignorancia e irresponsabilidad de los mé­dicos o de la cosmetología, que ha hecho que usen productos para rellenar surcos que pueden ser nocivos para la salud, como los biopolímeros, que fueron prohibidos en Brasil, porque hay pacientes que nunca di­suelven el producto y quedan hinchados.

—¿Hasta que edad se hace cirugía esté­tica?

—Los pacientes de más edad que he tenido han sido de 86 y otro de 84 años; de ellos, un señor costeño al que le hice la nariz, los párpados y la cara, se quitó veinte años (sonríe): debe de haber estado bien entretenido y necesitaba una mejor apariencia. He tenido señoras mayores a las que he operado un busto muy grande, que debieron haberse reducido muchos años atrás para tener calidad de vida y no lo hicieron; también una plastia abdomi­nal para quitar toda esa barriga colgada y reconstruir el músculo, con pacientes de más de 80 años.

—¿El organismo reacciona bien con más de 80 años?

—Sí, lo importante es que la paciente no tenga ninguna patología, que no tenga diabetes, que no fume especialmente y que los controles cardiológicos, pulmonares y de sangre estén absolutamente normales. Con esos parámetros y operando en un buen sitio, con todas las normas de seguri­dad, no hay problema, más un tratamiento posterior con anticoagulantes para evitar trombosis; el médico que sabe prevé las co­sas que pueden ocurrir.

Entrevista--4

PARA RICOS Y POBRES

—Esta cirugía tiene fama de ser cara…

—Yo no estoy entre los caros. Algu­nos colegas dicen que tengo pacientes porque soy baratero. Tengo colegas, bue­nos cirujanos realmente, que cobran el doble de lo que cobro y se demoran mu­cho más; yo soy rápido para operar, no se necesita cobrar más para hacer el me­jor trabajo, la ética tiene que ser así. Hay médicos que buscan en lo económico su bienestar, quieren tener otro tipo de vida. Yo creo que la cirugía plástica debe dar a todo tipo de paciente su satisfacción, no porque es pobre o humilde no tiene derecho a mejorar o hacerse una cirugía; hay que ayudar.

—Hablando de ayudar, ¿usted iba al hospital de Ambato a hacer servicio social?

—Fui durante quince años todos los fines de semana. Hubo unas carreras de auto, de Baños a Ambato, y un muchacho se aplastó la cara en un choque, tenía frac­turada la nariz y los pómulos. Me llama­ron y le atendí, tengo todavía las diapositi­vas, tenía un fierro atravesado de aquí acá (señala los pómulos), tuve que quitar eso y reconstruir los huesos.

A raíz de eso, el prefecto de Tungu­rahua, que hacía obra social y tenía una fundación para gente pobre, me preguntó si podría colaborar, le dije que encantado, fui al hospital regional, me gustó, ya me es­peraban algunos pacientitos, en especial de labio leporino, que no debería llamarse así sino hendidura labial, hendidura palatina: nacen sin una parte del labio, sin una parte del paladar.

—¿Por una cuestión genética?

—Sí, o por problemas genéticos du­rante el embarazo. Se ve mucho en las mu­jeres que trabajan en las plantaciones, por lo químicos; en Cayambe y Tabacundo hay mucha incidencia.

—¿Está identificado cuál químico es?

—Hay algunos químicos que fueron prohibidos a nivel internacional, pero to­davía se usan. Entonces yo iba a Ambato, llevaba mi equipo, sufría por la falta de anestesia, algunas veces, muy gentilmen­te, el doctor Marco Zurita, que fue jefe del servicio por algunos años en el Metropo­litano, me acompañaba, “siempre que no maneje muy rápido”, me decía, porque yo hacía una hora a Ambato, como si fuera Fittipaldi. Me ayudaba en las anestesias y con él me sentía absolutamente seguro, de lo contrario era un martirio, a veces yo mismo tenía que pagar anestesiólogo.

—¿Pero… era gratuita?

—Sí, gratuita, gente muy humilde, al­gunos se demoraban tres o cuatro días en salir de la montaña para llegar al hospital, porque se hacía propaganda por la radio. Ahí tengo unas experiencias formidables: gente muy pobre que llegaba con un pan­cito a regalarme y tenía que comer delante de ellos; me dieron muchas satisfacciones personales y espirituales. Pero sufrí un ac­cidente en el carro y tuve que dejar…

—Por corredor sería, usted que arre­glaba tantos choques.

—Imagínese, pero yo no rebasaba en curva, nunca presionaba a nadie, me gus­taba; era la adrenalina que necesitaba para poder vivir mejor.

—¿No bastaba la adrenalina de estar operando?

—Sí, disfruto, es hermoso, nunca me molesto.

—¿Ha habido algún rato en que se le iba a morir un paciente?

—He tenido problemas muy rara vez ventajosamente y ahí sí la adrenalina. Tuve un niño de Ambato, de tres meses, que tuvo paro cardiaco antes de terminar­le el labio leporino, le reanimamos con el anestesiólogo, fue en la clínica Pasteur. El anestesiólogo me dice: “John, no le oigo el corazón”. No teníamos el aparataje que hay ahora, había que estarle oyendo: “¡un masajito, un masajito, dale más oxígeno, masaje y masaje, présteme adrenalina, señorita, epinefrina!” Hasta que volvió a latir. Terminamos y el niño regresó al año para operarle el paladar.

EVITAR A LOS NARCISISTAS

—Un hijo suyo siguió la misma carre­ra…

—Sí, pero yo no quería que ninguno se hiciera médico. Muy sacrificado, po­bres hijos, no. Eran otros tiempos. Pues Paul calladito se inscribió en la universi­dad. Paquita, mi esposa, sí sabía y no me dijo hasta pasados unos meses: “¿Sabes que tu hijo está siguiendo Medicina?”. “Si él lo quiere, perfecto”, le respondí. Cuan­do estaba en tercer curso, ya entraba a mis cirugías y yo le enseñaba, esto se hace así. Cuando fue a México a especializarse en Cirugía Plástica, ya tenía una preparación extraordinaria respecto de sus compañe­ros.

—¿Él trabaja con usted?

—En muchas cirugías. Tiene su con­sultorio aparte, pero tenemos una exce­lente relación. Me llama: “Papi, tengo esta cirugía, ayúdeme”. O yo lo llamo. Estamos juntos todo el tiempo, respetándonos, co­laborando. (Más aún, el hijo le hizo los mi­croinjertos de cabello que lleva con natura­lidad. “Lo único que me he hecho”, confiesa, su única coquetería).

—¿Usted es religioso, cree en Dios?

—He dejado de creer un poco. Creo que el hombre creó a Dios, viviera don­de viviera, en Australia o Nueva Guinea, crearon sus dioses. Con la religión católica sí tenemos una historia muy valedera con el Antiguo y más con el Nuevo Testamento, pero me es difícil creer muchos dogmas de fe que hay que creer al pie de la letra. Para un médico es difícil. Sin embargo, no dejo de ser respetuoso, mi esposa es muy religiosa, mis hijos igualmente.

—¿Fueron a colegios religiosos?

—Al San Gabriel los varones, a las Mercedarias las mujeres.

—Según el catolicismo, Dios creó al hombre a su imagen y semejanza. Quiere decir que usted le está enmendando la pla­na a Dios…

—(Ríe). Arreglo pequeñas fallitas que por atender a tanta humanidad se descui­da. Pero la religión es importante para la gente; quien quiera creer que lo haga.

—Seguro, eso ayuda. Más difícil es ser no creyente. ¿Me dice que aficionado a la fotografía?

—Sí, paisajes y tal, pero es parte de la profesión. Hay que tomar fotos de las lesiones, de los problemas del cuerpo. Como para el cardiólogo el electrocar­diograma es importante, para el cirujano plástico la fotografía, sobre todo para evi­tar protestas a futuro porque hay pacien­tes descontentos con todo, hasta con un buen trabajo: “Me ha dejado mal, doctor”.

—Esperaba quedar como Brad Pitt…

—(Hace el ademán). Vea, así esta­ba antes. “Ah, sí, discúlpeme”. Uno tiene que ser psicólogo y aprender a rechazar pacientes que tienen problemas psicoló­gicos, dismorfia corporal, que nunca es­tán conformes con nada. Y narcisismos: como el de Correa, por ejemplo, un mal candidato para cirugía.

—Las venezolanas ganaron varios rei­nados de belleza y se hacían muchas ciru­gías.

—Sí, además de su belleza natural, casi todas habían pasado por un cirujano plástico.

—Deberían compartir el premio entre el doctor y la miss.

—(Sonríe). Por supuesto que sí, pero al médico nunca lo nombran.


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