La mejor serie.

Por Francisco Febres Cordero.

Ilustración: Mario Salvador.

Edición 442 – marzo 2019.

Firma--Pajarito

Es una serie que no admite desperdicio. Está en la segunda temporada. Los actores principales han sido reemplazados por los secundarios de la primera temporada. Sin embargo, el argumento mantiene el mismo esquema capítulo a capítulo, sin desviarse del eje.

Si no la han visto, háganlo, no se arrepentirán. Lo bueno es que puede ser vista por toda la familia, porque allí no hay violencia. Ni sexo. Ni maldad. Es pura bondad, tanto que uno se pregunta cómo, sin esos elementos cruciales en cualquier serie, esta ha podido mantener cautiva a la audiencia a lo largo de todos los muchos años que ha durado.

Para ser hecha en el Ecuador, la iluminación me parece el mejor logro. ¡Qué luminosidad! Todo es claridad, sol, un aire transparente propio de un país que por algo está en la mitad del mundo. Ni una nube que pudiera, ¡Dios no quiera!, amenazar tormenta. Al contrario, nunca llueve y, sin embargo, los campos lucen verdes; los árboles, frondosos y floridos. Es tan real, que hasta los animales parecen animales. Y sí han de ser.

En la primera temporada, el actor principal, que era malísimo, hacía el papel de buenísimo. En la segunda temporada, el actor principal asume su papel de buenísimo desde el principio. Sin embargo, el rol que a ambos les asignó el guion permite que su sola presencia en cualquier escena transforme el mal en bien, la tristeza en dicha, la pobreza en riqueza.

¡Qué maravilla! Capítulo a capítulo, los que no tenían casa, ya tienen. ¡Y qué casas! Hasta con paredes y techo. Y con ventanas que se abren. Y con puertas que se cierran.

De pronto, y para pasmo del espectador, que no puede ni parpadear para no perderse los milagros que se suceden vertiginosamente, con la sola presencia del actor principal los ciegos comienzan a ver, los mudos hablan, los paralíticos caminan (en sillas de ruedas nuevecitas, por siaca). Los enfermos van a unos hospitales maravillosos donde unos médicos especializados y unas enfermeras solícitas les atienden y les curan ipso facto; los que estaban desempleados, trabajan; los que estaban trabajando se jubilan; los hambrientos comen full.

Todos los niños van a la escuela donde, de pronto, acude también el actor principal para verlos jugar, acaricia sus tiernas cabecitas y les regala la mejor de sus sonrisas, que son muchas porque siempre le filman así, medio riéndose. Y les habla con unas palabras que la mayoría de las veces no son las que están en el guion y por eso no se entienden bien, francamente. Pero, en todo caso, se intuye que el sentido de sus frases es muy profundo.

El gran cambio entre la primera y la segunda temporada es que, en la primera, el actor principal parecía que no estaba casado porque nunca salía con su mujer y, en la segunda, el actor principal sí sale con su esposa, a quien se le reconoce enseguidita porque usa sombrero y también es buenísima y al que no tiene casa, le da casa, y al que no tiene ropa, le arropa.

Lo único malo de la serie es que se proyecta antes de las noticias, donde sí hay asaltos, desempleo, hambre, robos, corrupción, prófugos y todas esas cosas horribles.

Pero bueno, aparte de eso, no se perderán la serie. Dan los lunes a las ocho de la noche y, como todo es propaganda, no hay cortes comerciales, por suerte.


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