Teen angustia.

Por Juan Fernando Andrade.

Ilustración: La Moutique.

Edición 443 – abril 2019.

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Kurt Cobain, guitarrista y compositor de Nirvana, una de las bandas más importantes de la historia del rock, cambió el mundo con las armas que tenía a la mano: su voz, sus letras, su música. Murió hace veinticinco años — de soledad— y nuestro editor adjunto lo recuerda con este texto.

El cuarto de mi primo David era ba­canísimo, como otro mundo, el mundo en el que yo quería vivir. Tenía un televisor Sony pantalla gigante, un equipo de soni­do Toshiba con dos parlantes más grandes que yo y un ecualizador lleno de luces, un Nintendo y unos juegos que nadie más tenía y que yo ni sabía que existían, un futbolín con jugadores azules y amarillos a los que les habíamos puesto números en la espalda y a los que hacíamos jugar un montón de partidos en cada campeonato que nos pegábamos, un aire acondiciona­do que congelaba, pero así, congelaba, y un aro de básquet de los Chicago Bulls en la puerta.

David era hijo único y lo tenía todo; su cuarto estaba forrado con pósteres en todas las paredes: de Mötley Crüe, de Poison, de Guns N’ Roses, de Skid Row, de Bon Jovi, de Tesla y hasta de bandas como Slaughter o Scorpions, que hablando la plena no nos gustaban tanto, pero igual se veían bacanes. O sea, los manes se veían como nosotros queríamos vernos algún día, más claro. El papá de David, mi tío Mario, era piloto de Ecuatoriana, viajaba hartísimo a Estados Unidos y cada vez que regresaba le traía re­vistas Circus, Rolling Stone y Hot Parade. Y también discos. Discos en gajo.

David me llamaba para que lo ayuda­ra a sacar los afiches de las revistas; a veces con tijeras, otras con el estilete que usaba en las clases de dibujo técnico. El man parecía un doctor cuando cogía esas revistas, hacía todo despacito, y de ahí pegábamos los afi­ches en las paredes con cinta scotch. Una vez arranqué a la fuerza uno de Tommy Lee y se rompió y mi primo casi me caga, nunca lo había visto cabreado, nunca tanto como esa vez, pero igual me lo regaló. David siem­pre me regalaba par pósteres para mi cuarto porque sabía que a mis viejos no les gustaba que me gastara la plata en esas huevadas. David era horrendo dato.

Mi tío Mario y mi tía Vivi, la mamá de David, se divorciaron cuando yo todavía es­taba en la escuela y me parecía rarísimo, yo no conocía a nadie que se hubiera divorcia­do o que fuera hijo de padres divorciados. David era el único, pero yo nunca le pregun­taba nada porque a mí no me hubiera gusta­do que me preguntaran. Mi tío Mario vivía en Guayaquil, en Urdesa, y a veces David se iba para allá a pasar los fines de semana y me invitaba y pasábamos increíble. Íbamos a vagar al Policentro, nos metíamos al cine a ver cualquier película y después mi tío nos llevaba a comer Burger King.

Pero lo más bacán de estar en la casa de mi tío Mario era encerrarnos en el cuarto de David. No era igual al de Portoviejo, no tenía las mismas cosas, era más pequeño, como estrecho, pero tenía televisión por cable y pasábamos toda la noche, hasta que ama­necía, viendo MTV y grabando videos en VHS. A Portoviejo todavía no había llegado el cable, así que teníamos que aprovechar y aunque mi tío Mario nos jodía por pasar ahí encerrados medio como la gaver nunca nos castigaba ni nada. Yo llevaba casetes en blan­co y los llenaba con videos y algunos de esos los vendía en Portoviejo porque nadie más tenía esa música.

David tenía tres años más que yo, pero como que nunca me di cuenta. O sea, no pa­recía un man mayor. Lo único raro era que no le gustaba salir de la casa. Yo me podía pasar toda la tarde en la cancha o andando en bicicleta por la ciudadela o tumbando jo­bos y mangos de los árboles del patio de mi casa, pero él nunca quería, su huevada era escuchar música. Hacía como que tocaba la guitarra con una raqueta de tenis, cantaba mirando a la pared pero como si estuviera en un estadio lleno de gente, me tenía arma­da una batería con tarros de galletas y siem­pre me decía buena tocada, gordito, buena tocada.

Había álbumes que mi primo tenía en disco y en casete, y yo lo jodía por eso, le decía angurriento, crúzate ese material, re­gálame los repetidos, pero el man me expli­caba que los casetes los podía escuchar en su walkman y en el carro de mi tía Vivi, pero los discos no, y él solo escuchaba originales. En­tonces me grababa la música que yo quería en mis casetes y yo se la pasaba a los panas. Nos pasábamos días armando casetes, Da­vid era como un DJ profesional, pensaba mil veces qué canción poner antes que otra, y yo escribía la lista en el cartoncito ese con el que venían, primero el nombre de la canción y después el de la banda. Todo en orden y has­ta con los minutos que duraba cada canción. Éramos unos duros.

Un día pasó una huevada más tuca que cualquier otra que nos hubiera pasado hasta entonces. Yo había estado toda la tarde fue­ra de la casa, andando en bicicleta con los panas de la ciudadela. Me acuerdo que nos fuimos hasta la avenida del Ejército, lejísi­mos, y dimos vueltas por el parque del Niño hasta que los manes de ahí nos miraron mal. Cuando llegué a mi casa, como a las seis de la tarde —o capaz a las siete porque ya estaba medio oscuro—, me encontré a David acos­tado en la vereda, frente a la puerta, como muerto. Tenía un discman en el pecho, los audífonos en las orejas y la música a todo volumen.

Mi primo estaba como perdido en el espacio, como loco estaba el man. Dejé mi bicicleta en el suelo y me le acerqué. David tenía los ojos abiertos pero no me miraba. Era una cosa rara, miraba a través de mí, como si yo fuera un fantasma o un espíri­tu transparente o una de esas huevadas que uno ve flotando en las películas de terror. Le pregunté qué te pasa, pero no me respondió. Le volví a preguntar, oye, ¿qué te pasa?, y nada. Así que me senté al lado y me quedé ahí porque me parecía que había que cuidar­lo, que le podían robar el discman. Después de un ratote me pasó los audífonos y escuché lo que él había estado escuchando.

Ese día mi tío Mario le había traído a David el discman y un disco nuevo, el Ne­vermind. Me acuerdo que me quedé colgado viendo la portada, ese niño nadando en la piscina detrás de un billete de un dólar. No sabía qué hacer, me parecía maldita, pero también me hacía cagar de la risa. En Por­toviejo todavía no había cable, pero ya ca­zábamos que a la media noche, después del himno nacional, Ecuavisa ponía la señal de MTV Latino y desde que escuchamos Nir­vana nos quedábamos despiertos hasta que pusieran sus videos. Tomábamos Coca-Cola y hablábamos por teléfono, cada uno en su casa, para estar pilas. No importaba si al otro día había clases. El que se quedaba dormido perdía.

Nada fue igual después de Nevermind. Una tarde David me pidió que fuera a su casa a sacar todos los afiches de las paredes. Al principio, como el gran cojudo que soy, no entendí muy bien qué le pasaba, pero lo acolité de todas maneras porque era mi pri­mo y pensaba robarme cualquier cosa que el man fuera a botar. Sacamos los pósteres y los guardamos en cajas de zapatos y los más grandes los enrollamos y los metimos en un clóset, fue como un entierro. David tenía otros, todos de Kurt Cobain y Nirvana, y forramos el cuarto con esos y recién ahí entendí por dónde iba la jugada. Mi primo me ofreció algunos afiches viejos, pero ya no los quería, qué iba a querer a esos muertos.

Era invierno y hacía un calor recontra que hijueputa, pero nos poníamos camisas de manga larga de franela, a cuadros, como en Seattle, y andábamos con pantalón largo jeans con huecos en las rodillas; esa nota. Pa­sábamos todo el día encerrados en el cuar­to de David escuchando Nirvana y a veces teníamos que apagar el aire porque mi tía decía que se gastaba mucha luz y que mi tío, que era el que pagaba, se ponía bravo. David se trepaba en el escritorio donde hacía los deberes y se lanzaba desde allí a la cama y se revolcaba como Kurt Cobain. Todo el día. Todos los días.

Yo no me di cuenta porque era pelado, pero de ley que mi primo como que se trau­mó. Los panas del man salían a dar vueltas por la avenida, en carro, con peladas, pero David siempre estaba encerrado en la cale­ta, escuchando música, grabando casetes, escuchando las mismas putas canciones. Escuchaba música hasta en la mesa, cuando mi tía nos servía la comida, era un pobre hi­jueputa. Tenía un cuaderno donde había es­crito todas las letras de Nirvana, en inglés y en español. Un día me invitó a dormir y me hizo leerlas todas y escuchar todas las putas canciones como mil veces y después quería conversar pero yo le dije estás loco, primo, y me quedé ruco. Nunca más me invitó a dor­mir ni cuando pasaron un concierto de los manes en MTV, por año nuevo, creo.

David se volvió un enfermito y yo me cagaba de risa y le decía habla, Nirvana. Le pidió a mi tío Mario todos los discos que iban saliendo y, cuando le llegaban, me lla­maba y nos sentábamos a escucharlos y él me explicaba por qué cada uno era mejor que el otro. Son más salvajes, me decía, se nota que al man le cabrea lo comercial, va a destrozar la industria, vas a ver. Y yo me seguía cagando de la risa pero él nada, po­nía cara seria, como los grandes. Yo quería hablarle de una pelada que me gustaba, pero él quería escuchar otra vez el Incesticide. Yo quería contarle que ya me había amarrado con la man, que la había besado en la boca, con lengua, pero él ya estaba perdido en el In Utero, que, para qué, era la huevada más bacán que habíamos escuchado en la vida.

El 8 de abril de 1994, me acuerdo clarito porque faltaban diez días para que yo cum­pliera trece años, pasó otra cosa, peor que cualquiera que nos hubiera pasado antes. Era viernes y estábamos de vacaciones. Ese día me levanté temprano para grabar videos. En mi casa ya había cable pero mi viejo no me dejaba tener televisión en el cuarto, en­tonces tenía que ir a la sala y ahí me la pasa­ba, acostado en el sofá, roqueando. Vi la no­ticia apenas prendí el televisor, que siempre estaba en MTV. Habían encontrado a Kurt Cobain muerto en su caleta, se había volado la cabeza con una escopeta. Así dijeron: se voló la cabeza con una escopeta. Turrísimo, no lo podía creer. Llamé a la casa de David pero nadie contestó.

Lo llamé un millón de veces más, pero nada, y cuando fui a su casa mi tía Vivi me dijo que estaba encerrado en el cuarto y que no quería hablar con nadie. Igual entré y le toqué la puerta del cuarto durísimo, a veces siguiendo el ritmo de las canciones que es­taba escuchando, pero nunca me abrió. Me cansé y me fui donde mi pelada, que era un año mayor que yo. Me vio bajoneado y le conté de Kurt, de David, y ella me dijo que tenía una amiga que le podíamos presentar a mi primo y que capaz podíamos salir los cuatro a dar vueltas por la avenida y a comer en el Big Burger. Me alegré, lo juro. Quizá con la muerte de Kurt, pensé, David pudiera tener una vida normal.

Lo encontraron en la cocina, tirado al lado del fregadero. Se había tomado un frasco entero de Pinoklin y no sé qué otra huevada. Lo llevaron al hospital, mi tía Vivi me dijo que le habían lavado el estómago y puesto un suero. Cuando entré a verlo, pa­recía que estaba durmiendo. El man estaba pálido, pero yo creía que se iba a despertar porque estaba sonriendo. Sonreía, lo juro, y yo pensaba este man es el auténtico bacán, se va a despertar y nos va a mandar a todos a la mierda. El man estaba sonriendo y yo creía que se iba a despertar. Pero nada. De ahí mis tíos se lo llevaron en un avión-ambulancia a un hospital en Miami. Pero nada. Mi primo nunca se despertó. Era tres años mayor que yo, ya había cumplido los dieciséis.

Lo enterraron en el Cementerio Gene­ral, al lado del colegio Rey de Reyes. Eso siempre me ha parecido como la gaver por­que a David le botaron de ese colegio en tercer curso y el man siempre decía que los curas estaban enfermos. Yo lo visito todos los años, de noche, cuando sé que mis tíos ya se han barajado de ahí. Mi tío Mario ya no volvió a comprar discos pero mi tía Vivi me dejó todos los de David, el walkman y el discman. Llevo el discman y me pongo a es­cuchar Nirvana frente a su tumba. Escucho todos los discos y termino con el Unplu­gged, que fue el que mi primo nunca llegó a escuchar. Quién sabe, de pronto si veía a Kurt tan feliz como estuvo esa noche, el man se salvaba. Quién sabe. David todavía no se despierta, pero yo igual le hablo aun­que el man no me diga nada. Pasamos ba­cán. ¿Sí o no, primo?

¡FELIZ CUMPEAÑOS KURT!

Cobain-2Este febrero hubiera cumplido 52 años el ícono grun­ge y legendario vocalista de Nirvana. Un ícono de su generación. La voz y el espíritu de Nirvana. Para muchos, Kurt fue el último gran grito del rock. Vivió rápido y murió joven. A los 20 años, junto al bajista Krist Novoselic y al baterista Chad Channing, le dio vida a Nirvana, un grupo dotado de energía roque­ra, con influencias en leyendas como Led Zeppelin y Pixies, entre otras. Grabó con Nirvana, además de Bleach, el aclamado Nevermind (1991) y el también exitoso In Utero (1993). Kurt se casó con Courtney Love en 1992, año en el que también nació su única hija: Frances Bean Cobain. Adicto a la heroína y con un severo cuadro de depresión crónica, Kurt fue en­contrado muerto en su casa de Seattle, un 8 de abril de 1994, luego de haberse disparado en la cabeza con una escopeta.

Fuente: www.quarterrockpress.com


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