Ariel Dawi, fiel a la pintura.

Por Milagros Aguirre.

Fotografía: cortesía de A. Dawi.

Edición 433 – abril 2019.

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Dawi, pintor argentino afincado en Cuenca, se mantiene en su campo, ajeno a las novelerías conceptuales. En mayo nuestros lectores podrán apreciar su obra pictórica en los salones de la Alianza Francesa de Quito.

 

La piedra mojada de la Calle Larga luce brillante mientras el vapor de agua forma un velo transparente. Ha pasado la lluvia. Las nubes grises que estaban apiñadas se disipan para abrir paso a un tibio rayo de sol. Luces y sombras crean una paleta de colores intensos: rosas, azules, naranjas y grises sobre el verde tapiz de la monta­ña. Es mayo en Cuenca. Es en ese paisaje donde el pintor Ariel Dawi encuentra su propia paleta y la plasma en el lienzo: cie­los turbulentos, la sombra de una vaca so­litaria pastando en el campo, la montaña y sus parches verde claros y verde oscuros y la neblina y los tejados ocres y ladrillos de casas blancas que emergen entre las vapo­rosas nubes.

Ariel Dawi es argentino, de ojos cla­ros, apellido polaco y que no canta como morlaco a pesar de vivir ya veintisiete años en Cuenca. Llegó al Ecuador mo­vido por la curiosidad. Luis Felipe Noé, un grande del arte contemporáneo, había estado por estas tierras de la mitad del mundo y le recomendó espacios y gale­rías. Dawi arribó a finales del 92. “Viaja­ba con unas obras y se me dio para hacer una exposición en la galería Larrazábal de Eudoxia Estrella. Yo venía de estar cinco años en Salvador de Bahía, Brasil. Cuenca era más tradicional, más provin­ciana: totalmente distinta a lo que es aho­ra. Hubo exposiciones en Galería Exedra, en Quito; donde Madelaine Hollander en Guayaquil; me hice amigo de los artistas cuencanos. Hubo química y… me fui quedando”, dice.

Aquí encontró el silencio y la calma para poder trabajar. En esos tiempos, es verdad, había muchos más espacios para exponer en las tres principales ciudades del país. Muchos de ellos cerraron sus puertas, dejando huérfanos a los artistas.

El paisaje ecuatoriano, las montañas y la luz fueron copando los lienzos de Ariel Dawi, pero de manera singular. El artista no hace retratos de la naturaleza que ve sino que el paisaje se queda en su interior y, cuando emerge del pincel, se vuelve más abstracto, las fronteras desaparecen, los colores se fun­den unos con otros, el lienzo se mancha, tie­ne textura y el paisaje va surgiendo.

Al principio, cuenta, salía a pintar afuera y desde ahí contemplaba el paisaje. Hoy trabaja mucho más con la memoria, con el recuerdo. “Con el paso del tiempo —ya tiene 60— uno se vuelve más obser­vador”, dice. Sus paisajes entran en diálogo con el espectador; al menos, eso pretende: que el espectador converse con el paisaje, lo interprete, juegue con él. “Creo que mi obra es de lectura abierta, es decir, frente al lienzo nada está dicho”.

Afrorueda, 1998.

Afrorueda, 1998.

La terraza.

La terraza.

Del Facebook al cine

Dawi ahora echa mano no solo de la memoria para pintar sus cuadros, sino también de la fotografía: una herramienta que le permite ver la ciudad y tener una nueva mirada sobre ella. En su taller tiene una ventana y, siempre, cuando está frente al lienzo, vuelve a la luz, a las montañas, a ese paisaje que tiene a su alcance.

A veces va al lienzo con una idea con­creta. Otras, sus cuadros son procesos largos, de telas enormes, que implican si­lencio, idas y vueltas, pausas, semanas o meses de trabajo, de descansar pintando otras cosas y luego volver a trabajar.

Le gusta pintar por la mañana. En su casa, ubicada en pleno centro histórico de Cuenca, en la Calle Larga, tiene su taller y una especie de galería en donde puede exhibir su obra, ponerla en contacto con el público y con otros artistas. Su casa es de puertas abiertas: “Viene gente al taller, ten­go la suerte de presenciar la conversación con la obra y el espectador. Es bueno tener un espacio donde puedo exhibir hasta mi obra de gran formato”.

Sabe que es una suerte pues ya no hay muchos espacios donde exponer. Las galerías cerraron y la Bienal de Cuenca ya no incluye pintura. Ante esa situa­ción, artistas como Ariel acuden a otras vitrinas. Facebook, por ejemplo, donde ponen su obra a consideración de otro público, reciben likes y comentarios y a veces pueden vender sus cuadros a través de ese canal. Ariel tiene su página web: www.arieldawi.com y su página de Face­book. Desde ahí comparte el azul del cie­lo y de los ríos de Cuenca: “Ahí te encuen­tras con miles de visitantes, y también con gente con quien alguna vez tuviste rela­ción y compartes, de manera virtual, tus propuestas; es una manera de mantenerse visible, de estar presente, de evitar el olvi­do”. Facebook suple los espacios culturales que tenía la prensa. Lo que no llena es el vacío de crítica especializada y eso es algo que se echa en falta.

Ariel está casado con Lethy Vernaza y les gusta montar en bicicleta y caminar por la ciudad. Dar clases no es lo suyo, más allá de algún módulo y algún taller; en cambio, le encanta viajar por el mundo. Siempre vuelve a su Argentina. Cada viaje es un reencuentro con el arte, con los mu­seos, con la cultura de cada pueblo, sea en Europa o América. De los viajes retorna con las pilas recargadas y con nuevas ideas y soportes.

“Tengo mucho que contar”, dice. Y su manera de contar es la pintura, en la tela, con la brocha o el pincel. Respeta mucho al arte contemporáneo y a los artistas que están en ello, pero no es lo suyo. Le gusta ver instalaciones y otras propuestas aun­que a veces siente que se agotan o que “de­jan de sorprender”. Está seguro de que el oficio del pintor no va a desaparecer. “Hay mucho que contar todavía”, repite, como la obra nueva inspirada en el cine. El abrazo de la serpiente, la película de Ciro Guerra, ha sido motivo para dos cuadros impre­sionantes en los que el espectador puede sentir la humedad de la selva y el descu­brimiento de sus personajes mientras na­vegan por un río amazónico.

Esto del cine siempre lo ha motivado: ha querido resignificar el contenido de al­gunas películas que le han impactado. Ha trabajado dos o tres obras sobre Fitzcarral­do, alguna escena de Sama, una película de Lucrecia Martel o de Sin muertos no hay carnaval de Sebastián Cordero. “Son obras que tienen que ver con un paisaje, con un vínculo afectivo de la selva, con películas que me han impactado”.

Aquella solitaria vaca, 2018.

Aquella solitaria vaca, 2018.

Cabeza en construcción.

Cabeza en construcción, 2010.

Éramos más unidos

A nuestro artista le interesan otros so­portes, como el azulejo, donde realiza una obra más intimista, más pequeña, de 20 x 20 cm, de 10 x 10. Así, puede trabajar algo en miniatura y confrontar luego con una tela de dos metros.

Y la fotografía, claro. Empezó con la fo­tografía analógica y siguió con la digital. Se siente cómodo pues puede desarrollar cosas creativas en el Photoshop y, sobre ello, ha­cer un trabajo con el paisaje urbano de la ciudad. Estos trabajos le hacen volver a los inicios de su carrera, al grabado en made­ra y litografía, técnicas que abandonó al no encontrar talleres para desarrollarlas.

Además, trabaja con pigmentos, y, en este momento, con acrílicos. Utiliza mucha agua y para ello camella con un compresor y con espátulas. Los efectos con el agua son muy importantes en su obra, a la par de otros efectos con granos, tramas y textiles.

¿Cómo se siente frente a su obra una vez que ha terminado un cuadro o cuando mira en retrospectiva lo que ha hecho en su carrera? Dice que evidentemente hay momentos personales, épocas de más luz, de más ideas. Hay obras que no se termi­nan fácilmente, que se complican y que, una vez terminadas, no las siente como si fueran suyas. En cambio, otras obras con­llevan una realización personal.

Cuando llegó al Ecuador, en 1997, su obra era más figurativa, las imágenes más tropicales, con colores primarios. Llegaba de Salvador de Bahía y se notaba esa in­fluencia. “Ahora como que me he soltado, me he ablandado, mi obra tiene más pun­tos abstractos”.

La semilla de las artes la sembraron sus padres y echó raíces en su espíritu creativo. Su padre, Enrique Dawi, fue director de cine. Pudo trabajar con él en algunas pelí­culas como ayudante de dirección y cono­cer el detrás de cámaras. Su madre, doña María Teresa Corral, tiene 87 años y es una música muy reconocida. Su hermano toca el saxo y su hermana, que vive en Brasil, es ceramista. Antes era gran lector y tiene mu­chos libros, pero cada vez lee menos. “Este mundo de Internet te absorbe y te lleva de un lado a otro con pequeñas dosis de infor­mación”, explica lo que nos pasa a todos.

Cuenca cambió y también su mundo cultural y el medio artístico. Los artistas cuencanos eran más unidos, “hoy vamos más separados”. En su casa aún se reúnen para conversar del arte y de la vida, pero antes había más intercambio. “En las bie­nales anteriores había una preocupación para que los artistas locales conociéramos a los visitantes, intercambiáramos expe­riencias y conversáramos de arte. Los co­nocías y tejías amistades. Hoy no. ¿O será que uno también ha cambiado?”, se pre­gunta, con cierta nostalgia. Y él mismo se responde: “Puede ser un problema gene­racional”.

Encuentro en celúreo, 2003.

Encuentro en celúreo, 2003.

Sabor de lo perdido, 2017.

Sabor de lo perdido, 2017.


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