La bolsa o la vida.

Por Huilo Ruales.

Ilustración: Miguel Andrade.

Firma - HuiloA punta de palmadas y pitazos, el señor Albuja nos reúne y sin necesidad de pistola nos dispara: el miércoles próximo empiezan las clases de natación, el que no viene con pantalón de baño me nada como vino al mundo. El Vargas, hijo del portero de la piscina municipal, salta como canguro de puro contento.

Mamá está preciosa, de lo alegre, de lo pintada, incluso se le han triplicado las pestañas. Y todo porque va a cantar milongas y tangos en la feria de Ibagué. Mamá se despide con un beso volado y me promete volver el domingo, trayéndome de regalo nada menos que un pantalón de baño de marca colombiana. Todas esas noches practico natación en la cama hasta quedarme dormido. Después, sueño que me ahogo y fuera de la piscina no hay nadie, o que mis compañeros de grado se amontonan a carcajadas en torno a mi cuerpo hinchado de agua. Mamá no llega sino el martes y a medianoche. Entra en mi dormitorio, me da un beso en el pómulo y metiéndome su perfume en la oreja me susurra: ya estoy aquí, tesoro. Yo finjo despertarme. Aparte de galletas de chocolate y gelatinas de colores, me trae un paquete en papel regalo estampado de ratones Mickey. Rompo el papel y casi me salta a la cara una especie de placenta seca: es el pantalón de baño más horrible del mundo. No importa que sea color vómito verdoso con rayitas onduladas color pus. Ni siquiera importa que la piscina sea honda como el océano Pacífico ni tampoco que me ahogue y que nadie me salve. Lo único que importa es que el horrible pantalón es nada menos que de pura lana. ¿Dónde se ha visto un pantalón de baño de lana, mamá, es que estás loca?, le grito a voz en cuello, pero para adentro. Se me hacen agua los ojos y mamá cree que es la emoción, así es que me besa en la frente, me cobija y va a su dormitorio enrollada en los brazos peludos del nuevo tío.

Preferible muerto que metido en esa bolsa de lana con tres agujeros. Casi no duermo durante el resto de la noche imaginando la afrenta que me espera. Mi esqueleto al aire, que ya es para reírse, en pantalón de baño tejido con lana esponjosa, tiritando ante las risotadas de mis cuarenta compañeros. Recién al amanecer me quedo dormido y me despierto cuando los labios calientes de mamá se estampan en mi pómulo: te estás atrasando, tesoro.

Justo cuando suena la campana, mamá me deja en la puerta de la escuela. Me bajo del auto sin despedirme. Espero que se vaya, para voltearme y huir, pero una manada de alumnos atrasados me empujan y me llevan hacia adentro sin caminar ni pisar el suelo. Te cagaste, me digo, viendo en el patio al señor Albuja, arreando a pitazos a los quintos grados.

En el recreo previo a la clase de natación, subo al segundo piso, tuerzo hacia el corredor que conduce como un cadalso a la capilla y de allí subo la estrecha escalera del campanario. No hay sotanas a la vista, salvo la desteñida, casi andrajosa del hermano Hilario y su bastón. Desde esta altura no necesito más que cerrar los ojos, dar medio paso y saltar al vacío. Lo malo es que los ojos no se me cierran y siento vértigo y náusea y unas ganas de llorar arrancándome los pelos, porque de un golpe he decidido no matarme. Por los parlantes oigo la voz del hermano director y por poco me voy para abajo. Nadie me ha visto, por suerte, así es que esquivando al hermano Hilario, me deslizo de regreso hasta llegar al patio, sano y salvo. Desde allí veo en el filo del campanario el bulto de papel empaque con el monstruo adentro. Entre la bolsa o la vida, he decidido bañarme desnudo aunque se rían de mi esqueleto y de la minucia que es mi porongo.


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