Yo, el eterno.

Por Jorge Ortiz.

Edición 444 – mayo 2019.

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Fue, como la inmensa mayoría de esos gobernantes convencidos de su iluminación y su infalibilidad, un comunista de hoz y martillo, que siempre despreció esas absurdas extravagancias burguesas de la división de poderes, los derechos ciudadanos, la prensa independiente y las libertades públicas. Por eso al asumir el poder, en 1989, cuando Kazajistán era todavía una de las quince repúblicas de la Unión Soviética, concentró en sus manos todo el poder y, con auténtico realismo socialista, se libró de sus adversarios, aplastó cualquier brote de oposición y se preparó para una larga, tal vez perpetua, estadía en la presidencia.

Pero hoy, treinta años después de su ascenso triunfal, Nursultán Nazarbáyev ya no está en la presidencia. Está en todas partes, eso sí, pero no en la presidencia. Decidió retirarse a comienzos de este año, sin que nadie se lo pidiera, después de haber ganado una elección tras otra, con votaciones de entre 95 y 98 por ciento. En su última victoria electoral, en 2015, obtuvo 96,3 por ciento de los votos. Que sus críticos (la mayoría de los cuales viven lejos, en el exilio) aseguren que todas las elecciones fueron fraudulentas es un detalle menor. Él las ganó, y punto.

Como presidente de plenos poderes, con un congreso en que todos los diputados son oficialistas, Nursultán gobernó sin contratiempos en un país (el más grande de Asia Central, con 2,7 millones de kilómetros cuadrados) que desde los ya lejanos tiempos de Lenin y Stalin se acostumbró al autoritarismo sin límites de sus gobernantes y al silencio humilde de sus gobernados. Y como dinero no le faltó (las reservas kazajas de petróleo son de 30.000 millones de barriles), construyó carreteras, dispensarios y escuelas, que es lo que siempre seduce a las masas. Y, como ya se sabe, la corrupción a casi nadie le importa. Tampoco las libertades.

Cuando habla de la Unión Soviética, de su esplendor imperial y su poder militar, a Nursultán se le escapa un suspiro de añoranza. Comunista afiliado desde muy joven, su lógica de Guerra Fría lo acompañó muchos años. Por eso, según parece, se entiende tan bien con el presidente ruso, Vladímir Putin, y lo acolita en su proyecto de crear la Unión Euroasiática, para que sea el contrapeso de la Unión Europea. Y por eso, a pesar de que el socialismo ya desapareció y también Rusia adoptó el capitalismo, Nursultán fue siempre un admirador y un émulo del poder fuerte y el mando total de su par ruso.

Pero como todo cansa, incluso los honores y boatos de la presidencia, Nursultán se cansó y se fue. Hasta que se realicen las próximas elecciones, en 2020, será el presidente del senado, Kazim-Zhomart Tokáyev, quien ejercerá la presidencia. Cuando asumió, en marzo, el nuevo presidente no perdió el tiempo: había que honrar al “líder de la nación” (que es su título oficial y vitalicio), perpetuando su nombre. Y, para empezar, cambió el nombre de la capital: ya no se llamará Astaná, sino Nursultán. Así se llamará también la avenida central de cada una de las ciudades de Kazajistán. Y su aeropuerto internacional. Y las escuelas mayores. Y las plazas principales, en las que serán levantadas estatuas enormes del padre de la patria.

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Astaná.

Y si bien ya no es el presidente, Nursultán seguirá siendo el líder del partido de gobierno y presidirá el consejo de seguridad y el consejo constitucional. El poder detrás del trono. Y así seguirá al menos hasta la próxima elección, cuando Kazajistán seleccionará su próximo presidente. ¿Quién ganará? Nadie lo sabe, por supuesto. Pero con los resultados electorales previos a la vista, los kazajos pueden tener una sospecha: la próxima presidenta será Darigha Nazarbáyeva, de 55 años, actual vicepresidenta del senado y, por cierto, hija de Nursultán… En fin: que todo quede en familia.


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