Dedalus.

Por Huilo Ruales.

Ilustración: Miguel Andrade.

Edición 444 – mayo 2019.

Firma---Huilo

 1. Van tres días y cuatro noches que no tomo el medicamento. O quién sabe es una semana. Los perros sienten el cielo car­gado de tinta negra y se escabullen. Casi no puedo dormir por la quemazón en los pies, como si ya los tuviera en el infierno. Camino con una lentitud de ciego por la calle a causa del dolor. La multitud me abre un pasadizo con miedo a mi tambaleo o a mi máscara. Nadie se da cuenta de mi escalofrío. Nadie sabe del peso insoportable de mi lengua.

2. Hasta ayer estaba sembrado en el sur, cerca del Matadero Antiguo, pero hoy me encamino hacia el norte. A me­nos que esté de espaldas. A menos que todos estén en contravía. En este triángulo de asfalto grasiento y tufo a Kito profundo, pernocta una bandada de zombis que se entrematan o se procrean y fundean cemento de contacto. Los detesto tanto como los señoritos detestaban al doctor Andrango. Él, sí, un auténtico funda­dor del Nuevo Camino. En este sitio ruin hace 90 años se erigió una joya de cristal y hierro, inspirado en Les Halles de París. La bautizaron de Coliseum. Tenía pista de hielo y suntuoso salón de baile con vestidor. Décadas más tarde, allí sentó sus reales la Biblioteca Nacional. Una maravilla que conocí cuando era un muchacho con la vista troglodita. A ese recinto sagrado con más de 50 mil obras acudían doctos, lee­dores de periódicos, roedores literarios, poetas y errabundos con frío y sueño.

3. Sería cuestión de entrar en la primera farmacia y pedir el medicamento mi­lagroso. Pero eso resultaría demasiado sencillo. Demasiado bochornoso, como un soldado que regresa de la derrota a casa con dos pies y una sola bota. Con el medicamento ya no soy nin­gún ángel de la gasolina en busca de sus hues­tes, sino un pobre animal embalsamado. Eso es lo que quiere hasta mi madre. Mantenerme quieto, colgado de una percha. No se diga mi padre, el Matarife, que si no fuera tan cobarde me hubiese estrangulado. Una madrugada, im­plorando como un crío por un juguete, le dijo a mi madre que le permitiera destaparme el crá­neo y chamuscar todos mis circuitos dañados. No seas despiadado. Con la lobotomía, todos, empezando por nuestro abrojo, tendríamos paz. Me oyes. Paz. Paz. Y lloraba el viejo puto mientras mi madre, que se llama Beba, bebía y fumaba en el balcón mirando el fuego que consumía esta ciudad maldita.

4. Fue un burgomaestre, más que facho ignorantón, quien movió el dedo al estilo Dios y, entre un viernes y un lunes, la Bi­blioteca Nacional fue reducida a escombros. Yo también, con mis dieciséis abriles, lloré junto a los poetas que escupían al cielo y comían tierra de biblioteca y bebían lágrimas y aguardiente de contrabando. Yo también bebí, mientras les oía la historia de las bibliotecas perdidas, como la de Alejandría, devastadas por la ignominia de la guerra y los desastres naturales. Ebrios y enajenados los poetas escarbaban hasta san­grar los dedos en busca de los libros sepultados en los escombros.

5. Como si me despegara el pellejo me arranco la máscara de Darth Vader. Tal es mi dolor en los pies, las rodillas y los codos, que entro acezante a una farmacia. Me atiende una chica dulcísima y uniformada de blanco que me recuerda a Emma Watson, aunque tiene la nariz achatada. Con una expresión de alarma y de compasión me pregunta qué medicamento necesito. La Beba estaría feliz si pidiera las píldo­ras verde oliva que son como la mano de Dios. Una pasta dental para bebé, sabor a pistacho, le pido. Además, dos vasos de agua, por favor. Bebo del vaso, me empapo la cara y pago. En la acera se me doblan las piernas y yo las obedez­co, antes de colocarme la máscara de Bran Stark con los tres ojos del cuervo.


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