La cámara invisible.

Por Ana Cristina Franco.

Ilustración: Luis Eduardo Toapanta.

Edición 444 – mayo 2019.

Firma---Franco

Cuando nació mi hijo descubrí otra ciudad. En realidad, descubrí dos. La primera era silenciosa, cubierta de neblina, lenta, olía a rocío. Y sí, me refiero al puerperio. Pero cuando eso “supuestamente” terminó (entre comillas porque hay algo de neblina que nunca se va del cerebro), conocí otra ciudad, una que había estado siempre ahí, solo que antes no la podía ver. Las mismas rutas, que antes eran automáticas, se volvieron desconocidas.

Cuando Lucas aprendió a caminar, salimos de la mano a investigar las calles de La Floresta. Antes yo caminaba poco, tal vez por esa idea subconsciente de que debía llegar “rápido” a mi destino, así no llevara prisa. Entonces, cuando caminaba, lo hacía rápido y mirando al frente, pensando en la lista de compras o en las deudas, pretendiendo soberbiamente ser yo quien lleve al camino, sin alcanzar a entender que las cosas solo pueden pasar (adentro y afuera) cuando permites que sea el camino el que te lleve.

Con el Lucas esa direccionalidad no es posible. Él va despacio, hace andar su carrito por una pared y me obliga a volver a verla y descubrir que es blanca con manchas verdes. Las deformaciones de la vereda son para él fascinantes relieves de un mundo extraterrestre. Recuerdo que la última vez que vi las cosas por primera vez fue a los doce años, cuando jugaba a ser espía y anotaba en un cuaderno “El extraño comportamiento de los vecinos”. Podría decir que tener un hijo es, también, volver a la infancia o, más que eso, cambiar de perspectiva. Entender (un poco, a veces) que sin viaje, sin movimiento, no puede existir ninguna experiencia que provoque una revolución interna.

En la plaza el tiempo transcurre de otra forma. La gente, al margen del ajetreo, espera o lee o mira el cielo. Una chica lee una carta. Dos colegiales se besan. Y por un momento da la impresión de que sus besos algo tienen que ver con las nubes naranja. En la banca de al lado está un hombre solitario, un vagabundo. Se nota que esa banca es su lugar. Ningún otro podría serlo. La oficina le quedaría grande, se vería poco ergonómico con el entorno; una fábrica tampoco sería lo suyo, sus dedos demasiado anchos lo estropearían todo. ¿Regar plantas?, quizá, pero no. Parece que a cierta edad esa sola actividad es ya bastante: estar. Este hombre demasiado grande se limita a respirar. Malhumorado. Con el ceño fruncido y los ojos entrecerrados, un poco por la luz, otro por hastío, o la falta de estímulo para abrirlos y comprobar que la mejor opción siempre será cerrarlos. Y estamos nosotros: una madre y un niño persiguiendo palomas. Las plazas son lugares (o más bien no lugares) para gente que no encaja. Desempleados, enamorados, niños.

Lucas se acerca al vagabundo que me recuerda a un personaje de Kaurismaki. Mira su cara como quien mira por primera vez un rostro humano, sin miedo. Temo que el hombre reaccione mal, pero se deja inspeccionar como un buen paciente. Lucas le extiende la mano, el Gigante Egoísta duda, pero extiende también la suya. Una sonrisa se dibuja en su rostro, una sonrisa que parece derretir ese palacio de hielo en su interior.

Lucas agarra un puñado de maíz y lo lanza al aire. Las aves (que de lejos parecen inofensivas y hasta son símbolo de paz, de cerca revelan su animalidad salvaje, sus garras y sus picos me hacen pensar en los ancestros y en Los pájaros de Hitchcock) revolotean sus alas y forman esa imagen tan fotografiable del tiempo. Pero no tengo cámara. Así que guardo esas imágenes inútiles en mi memoria. El color del cielo, los colegiales y sus besos que hacían nubes naranja, la mujer leyendo la carta, el vagabundo. Pienso que en esa plaza hemos estado solos y al mismo tiempo acompañados. Pienso en mis fotografías invisibles y no entiendo bien por qué me interesa retenerlas. No son importantes, pero tal vez, al menos para mí, son bellas.


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