Un ecuatoriano en el corredor de la muerte.

Por Óscar Vela Descalzo.

Ilustraciones Diego Corrales.

Edición 444 – mayo 2019.

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Un largo recorrido por las autopistas del estado de la Florida nos lleva desde Sarasota, una hermosa ciudad situada junto al golfo de México, hasta la localidad de Raiford, al norte del estado, en la que se encuentra la Union Correctional Institution, la prisión de máxima seguridad en la que está recluido desde hace dieciséis años Nelson Serrano Sáenz, un ecuatoriano condenado a pena de muerte.

Francisco, el hijo de Nelson Serrano, conduce el vehículo. También nos acompaña mi esposa, Stefanie. En total rodamos unas 300 millas, cerca de seis horas que aprovechamos para charlar de forma amplia y abierta sobre el intrincado caso de su padre.

Apenas dejamos Sarasota, Francisco empieza a contarnos la historia que cambió de modo radical el curso de la vida de su familia. Su relato, interrumpido en varias ocasiones por las preguntas que le hacemos, queda registrado en varias horas de grabación.

Los hechos —dice Francisco— se remontan a 1989, cuando mi padre, en ese entonces dueño de Garment Conveyor Sistems, Inc, suscribió un acuerdo comercial con George Gonsalves y Felice Dosso, dueños de Erie Manufacturing, Inc., mediante el cual se hicieron socios igualitarios de la tercera parte de ambas compañías. Un año después,trasladaron el domicilio de estas desde Nueva York a Bartow, Florida.

Todo fue bien con las empresas hasta el mes de mayo de 1997 cuando me percaté de que George Gonsalves y Felice Dosso habían retirado un millón de dólares de las cuentas corporativas de las compañías sin conocimiento del presidente, Nelson Serrano. (Francisco nos ha contado antes que trabajaba como contador de las dos sociedades). Esos días también descubrí una contabilidad
paralela en la que Gonsalves y Dosso desviaban fondos. En junio de 1997, mi padre presentó una acción civil en contra de Dosso y Gonsalvez por este hecho y se separó de las empresas.

Normalmente, a partir de las cinco de la tarde, en la empresa ya no quedaba ningún trabajador y solo el gerente, George Gonsalvez, permanecía en su oficina hasta alrededor de las seis de la tarde. Sin embargo, el 3 de diciembre de 1997, Frank Dosso, hijo de Felice, discutió con George pues este último, sin consultarle, había prestado a alguien más la camioneta de la compañía que Frank usaba habitualmente. Frank necesitaba la camioneta por la tarde pues tenía que volver a casa para organizar el cumpleaños de sus hijas. Al salir todos los empleados de la fábrica, a la cinco en punto, Gonsalves, Frank y George Patisso, yerno de Felice, se quedaron en las oficinas manteniendo todavía una fuerte discusión por la camioneta. En vista de que Frank y George Patisso no pudieron regresar a su casa en aquel vehículo, su hermana Diane se ofreció a recogerlos a las 17:30.

Los crímenes, según consta en el expediente judicial, se produjeron entre las cinco y las seis de la tarde. Cerca de las siete de la noche, Felice Dosso y su esposa, que estaban en la fiesta de cumpleaños esperando a sus hijos, se dirigieron a la fábrica. A su llegada se encontraron con los cadáveres de George Gonsalves, Frank Dosso, Diane y George Patisso que habían sido ejecutados con armas de fuego.

Durante la primera semana después del asesinato, la policía de Bartow nos interrogó a mi padre y a mí, emitió órdenes de registro de nuestros domicilios y nos intervino los teléfonos, pero luego de tres años de investigaciones infructuosas, el caso penal en Florida se detuvo por falta de avances. El detective principal asignado al caso, Tommas Ray, fue removido, pero un año más tarde fue reasignado cuando informó a sus superiores que había descubierto en una bodega de la empresa de estacionamientos del aeropuerto de Orlando un ticket de parqueo que supuestamente tenía una huella digital de mi padre. Con base en esa supuesta evidencia, el Gran Jurado de Florida ordenó que se lo detuviera.

Para ese momento, desde el año 2000, mi padre vivía en el Ecuador, su país natal. De hecho, sus negocios en Estados Unidos fueron vendidos, él se jubiló formalmente y regresó al país. En virtud de esa prueba que apareció extrañamente cuatro años después de los crímenes, Estados Unidos solicitó la extradición de mi padre, pero al enterarse de que era ciudadano ecuatoriano, el proceso se suspendió.

En agosto del año 2002, el fiscal subrogante Paul Wallace y el detective Tommas Ray viajaron a Quito. Wallace, con la ayuda de policías ecuatorianos, inició un proceso sumario de deportación ante el intendente de Policía de Pichincha a quien le presentaron documentos sobre la nacionalidad estadounidense de mi padre, pero en el expediente constaba también un movimiento migratorio en el que se demostraba que mi padre había ingresado por última vez al Ecuador en el año 2000 con su pasaporte ecuatoriano, pues tenía las dos nacionalidades y desde ese año residía otra vez en Quito. Por esta razón, mi padre fue secuestrado y ocultado en una perrera destinada a los canes de narcóticos del antiguo aeropuerto de Quito, sin que pudiera contactarse con nosotros ni con un abogado para que lo asistiera. Al día siguiente lo entregaron al detective Ray para que se lo llevara a Estados Unidos. De modo ilegal, indocumentado, mi padre fue embarcado en el primer vuelo de American Airlines hacia la ciudad de Miami.

Tras hacer una pausa en su relato, Francisco concluye: Mi padre fue secuestrado en su propio país con la colaboración de agentes de la Policía ecuatoriana y agentes norteamericanos. En 2009 mi familia acudió ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) para iniciar reclamos en contra del Ecuador por esta deportación ilegal. La CIDH emitió un informe en el que concluyó que existió responsabilidad del Estado por las violaciones de derechos humanos en contra de mi padre en virtud del secuestro del que fue objeto en el año 2002.

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En 2005 se inició el juicio. La teoría del fiscal cambió varias veces a lo largo del proceso, pero al final se condenó a mi padre con una sola evidencia: el ticket de parqueo que supuestamente tendría una parte de la huella digital del índice derecho, una prueba circunstancial que lo ubicaba en el aeropuerto de Orlando el mismo día del crimen; es decir, a cien millas del lugar de los hechos. Pero de la manera más extraña, en el juicio no se exhibió una sola prueba que lo pudiera situar en la escena del crimen, ni siquiera cerca de ella; tampoco se presentaron los videos de las cámaras de seguridad de los aeropuertos que habría usado según la teoría del fiscal ni las listas de los pasajeros de los vuelos que habría tomado; o sea, la Fiscalía no aportó una sola evidencia que pudiera inculparlo. Sin embargo, lo que sí logró durante el juicio fue desechar todas las pruebas que favorecían a mi padre o que lo ubicaban a cientos de kilómetros de la escena, entre ellas la prueba clave del testigo ocular que trabajaba frente a las empresas y que confirmó haber visto en la fábrica, a la hora de los asesinatos, a una persona de rasgos asiáticos en un automóvil Cadilac color beige (que no correspondía con el vehículo de alquiler que situaba supuestamente a Serrano en Orlando). Además, se descartó la prueba esencial del guante de látex encontrado debajo de uno de los cuerpos de las víctimas, guante que conservaba el ADN de uno de los criminales y que desvirtuaba la teoría del fiscal de que mi padre fue el autor material de los asesinatos.

Y lo más extraño de todo es que desde el inicio de las investigaciones nuestros abogados exhibieron los dos videos de las cámaras de vigilancia del hotel La Quinta Inn de Atlanta en el que mi padre estuvo hospedado ese día, videos que confirmaban que él se encontraba en el lobby del hotel a las 12:20, y que a las 22:17 del mismo día, volvía a aparecer en el mostrador conversando con la recepcionista. Este hecho es el que utilizó el fiscal para cambiar una vez más su teoría y concluir que en ese lapso de diez horas, mi padre viajó más de mil millas de distancia, pasó por tres aeropuertos, tomó un vehículo alquilado, viajó cien millas más en carretera, cometió el cuádruple crimen y regresó a Atlanta sin haber dejado en todo este trayecto una sola huella ni una sola imagen suya…

El relato de Francisco se interrumpe cerca de las nueve en punto de la mañana, pues estamos aproximándonos a la prisión en medio de una niebla espesa. Es un domingo lluvioso del mes de febrero de 2019. Mientras disminuye la velocidad, Francisco concluye: El jurado declaró culpable a mi padre con nueve votos a favor de la pena de muerte y tres en contra. De conformidad con el caso Hurst vs. Florida, es necesario la unanimidad del jurado para condenar a un procesado a pena de muerte y por esta razón actualmente el caso está pendiente de un recurso de resentencia ante la Corte Suprema de Estados Unidos, pero ese proceso solo podría rebajar su pena a cadena perpetua: la corte no está facultada para revisar el caso a fondo y declararlo inocente en esa instancia.

Apenas entramos en el parqueadero de la Union Correctional Institution, entre la bruma que se disipa lentamente, aparecen los espectrales edificios que conforman el centro penitenciario. Mientras estaciona el vehículo, Francisco nos comenta que viene a este lugar al menos dos veces al mes. Al bajar del automóvil nos protegemos del frío y dejamos en la guantera todos nuestros efectos personales, teléfonos incluidos, pues no se puede entrar en la prisión sino con la ropa que llevas puesta y un poco de dinero para comprar víveres en el bar de la sala de visitas.

Lo primero que nos llaman la atención son las construcciones del complejo, rectangulares y lúgubres, pintadas de gris en su mayoría y de un amarillo pálido la sección de máxima seguridad. Y, por supuesto, nos impactan las enmarañadas alambradas que rodean el lugar entre dos cercas metálicas paralelas rematadas en la parte alta con varias líneas disuasivas de cables de alta tensión.

Nuestra presencia en el corredor de la  muerte ha sido autorizada con varias semanas de anticipación, de modo que en el primer filtro los guardias tan solo verifican las identidades de cada uno. Francisco es un visitante asiduo y conoce el procedimiento, pero para mi esposa y para mí esta es la primera visita a una prisión estadounidense y, aunque hemos seguido este caso de cerca, es también la primera ocasión que veremos en persona a Nelson Serrano.

Tras cruzar las primeras puertas de acceso, atravesamos un corredor exterior cubierto completamente por rejas hasta llegar al ala de los convictos con pena muerte. En los patios de la prisión, a cierta distancia, distinguimos un grupo de prisioneros vestidos con trajes azules. Son los convictos por delitos comunes que se mantienen separados del corredor de la muerte.

Finalmente llegamos al pabellón de máxima seguridad. En su apariencia exterior no es muy distinto a los otros, aunque allí dentro se encuentran solo quienes han cometido delitos atroces, en su mayoría homicidios en primer grado. En esos días la población del corredor de la muerte es de algo más de 220 prisioneros, pero esta sección está habilitada para albergar 400, en celdas unipersonales.

En la sala de visitas nos encontramos con catorce presidiarios vestidos con llamativos uniformes de color naranja, acompañados de sus familiares. Nelson tarda unos minutos en salir. Apenas lo
vemos entrar en la sala, nos levantamos para recibirlo. Luego de las presentaciones, más bien breves y en voz baja (todo lo que allí se dice está siendo grabado, según nos han prevenido), los cuatro tomamos asiento. Nelson rompe el hielo al preguntarnos cómo estuvo el viaje y cuántos días más nos quedaremos en Estados Unidos. La charla empieza de forma distendida: hablamos del frío intenso que ha caído esos días en Florida. Francisco lo interroga cariñosamente por su salud, uno de los temas invariables en sus visitas. Nelson nos cuenta que los aparatos del oído le sirven bien y que la última dentadura que le hicieron está funcionando a la perfección.

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Nadie pensaría que ese hombre acaba de cumplir 82 años. Su aspecto es bueno a pesar de las circunstancias: lleva la barba recién hecha y el cabello corto. Comenta que se pueden bañar pasando un día y que tienen quince minutos para hacerlo. El resto del tiempo los presos pasan encerrados en sus celdas, un espacio de dos metros por tres en el que hay una cama con un colchón delgado, una frazada, un lavabo pequeño, un servicio higiénico y una caja metálica en la que guardan los objetos personales permitidos: cepillos, dentífrico, jabón, alguna fotografía familiar y cuatro libros por persona como máximo. Justamente empezamos a hablar de esos cuatro libros que Nelson tiene actualmente en su celda. Durante el tiempo que ha estado encerrado, asegura que ha leído más de mil novelas.

Las dos primeras horas de la visita transcurren volando, pues Nelson es un notable conversador: ameno, inteligente, dotado de una amplia cultura. Hablamos también de la situación política del Ecuador y de Estados Unidos. Además de ser un hombre interesado en la lectura, está al tanto de las noticias del mundo gracias a que tiene una pequeña televisión en la que puede ver tres canales locales.

La primera impresión en ese corto tiempo que hemos pasado con él nos deja la sensación de que estamos frente a un hombre de gran fortaleza física y moral, además de una aguda inteligencia. Los dieciséis años que ha pasado en una celda no lo han doblegado, por el contrario, se muestra altivo y orgulloso de lo que es y de lo que ha sido su vida, a pesar de la tragedia que lo tiene ahí. No pretende ser una víctima ni tampoco dar lástima, solo busca que su caso sea revisado y que se le conceda la oportunidad de tener un juicio justo, algo que por muchos años le ha sido negado.

A media mañana, mientras conversamos rodeados de los otros convictos que han recibido visitas esa tarde y de cinco guardias de seguridad malencarados, Francisco le cuenta cuáles son los propósitos de nuestra visita. Le dice que, además de estar interesado en escribir su historia en clave de novela de no ficción, estamos revisando su caso e intentando recopilar toda la información necesaria para interponer, con ayuda del Gobierno ecuatoriano, quizá los últimos recursos legales que le quedan, recursos que podrían revisar los errores procesales de fondo de su expediente y lograr su liberación.

Hablar sobre su caso, revestido de cientos de detalles, conjeturas, teorías, actos de corrupción, incriminaciones, delitos atroces en su contra, nos toma el resto del tiempo de visita. Pocos minutos antes de la hora en que debemos abandonar la sala, con cierto aire de resignación, Nelson nos deja claro que él es inocente y que espera salir algún día de esa prisión para disfrutar en libertad del tiempo que le quede de vida. Y nos anticipa a todos, especialmente a su hijo Francisco, que si alguno de esos recursos solo sustituye la pena de muerte por una cadena perpetua, prefiere, sin dudarlo, la inyección letal.


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