Tarsila o los colores de Brasil.

Por Milagros Aguirre.

Fotografía: Cortesía del MASP.

Edición 445 – junio 2019.

Tarsila popular es el nombre de la exposición que el Museo de Arte de São Paulo (MASP) acaba de inaugurar con la obra de una de las más grandes artistas de Brasil. Tarsila do Amaral es figura central del modernismo, una de las mayores artistas brasileñas del siglo XX y, hoy por
hoy, de las más cotizadas a nivel mundial, con grandes exposiciones en Europa y América. No en vano el MoMA de Nueva York adquirió A lua (La luna) en veinte millones de dólares, luego de una gigantesca muestra organizada junto con el Instituto de Arte de Chicago.

A lua, pintada al óleo en 1928, es de esas obras que resultan conmovedoras para el espectador: un cactus solitario, ¿o es la silueta de un hombre solo?, cobijado por una perfecta luna menguante en una noche de azules y negros. El tono onírico —un surrealismo a la brasileña— en el que también destacan los colores fuertes y un elemento nacional, un mandacaru, que mezcla lo animal y vegetal en una sola figura.

¿Por qué Tarsila do Amaral es ahora tan valorada? De ella se dice que inventó el modernismo en Brasil y que su obra es el retrato de ese país de colores, del verde profundo de su selva y de la alegría de su gente negra, del color del carnaval y sus favelas. Es el rostro de su gente, su paisaje, su música, sus alegrías y tristezas.

Su obra es también ruptura y nacimiento abuelo era un hacendado conocido como El Millonario. La posición de su familia le permitió ir a Europa en donde se nutrió de los estilos modernos como el cubismo, al que reinterpretó. Estudió en París con André Lhote y Fernand Léger y fue llenando cuadernos de dibujos y bocetos.

En segundo matrimonio, Tarsila do Amaral se casó con el famoso Oswald de Andrade, poeta, ensayista y dramaturgo brasileño. Andrade estableció la noción de antropofagia, un programa poético a través del cual intelectuales brasileños canibalizarían referencias culturales europeas con el objetivo de digerirlas y crear algo único e híbrido, además de incluir elementos locales, indígenas y afroatlánticos. Eso es lo que hizo también Tarsila: se nutrió de referencias europeas para crear algo propio. Justamente A lua es una de las obras más importantes de ese período de antropofagia; al MoMA le costó mucho encontrarlo, según contó la curadora Ann Temking, añadiendo que: “Con A Lua, Tarsila logró el matrimonio definitivo entre las vanguardias artísticas europeas con la tradición del país latinoamericano”.

“Soy profundamente brasileña y voy a estudiar el gusto y el arte de nuestros campesinos. Espero, en el interior, apr ender de los que aún no han sido corrompidos por las academias”, dijo Tarsila do Amaral cuando regresó a Brasil luego de sus experiencias parisinas. “Me siento cada vez más brasileña: quiero ser la pintora de mi tierra. Cómo agradezco mi infancia en una hacienda, las reminiscencias de ese tiempo se van tornando preciosas para mí”, escribió en una carta familiar.

París, la capital de las vanguardias, le había dado el cubismo, el descubrimiento de la obra de Cézanne, el surrealismo. El París de los años veinte tenía los ojos puestos en el rostro exótico de África, en el jazz y en el mundo negro. Pero Tarsila e ra Brasil. Devoraba los estilos que había aprendido en sus viajes, clases y aventuras, para volcarlos hacia la tierra en la que nació y a los recuerdos de la hacienda cafetalera de su abuelo en escenas que plasmaba en sus lienzos; volver a casa era volver a los orígenes y ver con otros ojos a su país y a su gente. Así pintó La negra, una mujer recortada sobre un fondo geométrico que remite a Mondrian. Así pintó una réplica en madera de la torre Eiffel construida en unas festividades del carnaval como remembranza de sus raíces y también de sus influencias.

Galería---2

A Cuca, 1924.

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Cartao postal, 1929.

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Antropofagia, 1929.

MÁS ACTUAL QUE NUNCA

La muestra del MASP exhibe 93 obras de la artista, tanto de su colección como de otras. Tarsila popular muestra cómo la artista exploró de diferentes maneras el término popular en sus obras, que está asociado a los debates sobre arte y la invención o construcción de una brasileñidad. Pero, dicen los curadores, en Tarsila lo popular se manifiesta a través de los paisajes del interior o del suburbio, de la hacienda o de la favela, poblados por indígenas o negros, personajes de leyendas y mitos, repletos de animales y plantas, reales o fantásticos. La paleta de Tarsila también es popular: azul purísimo, rosa violáceo, amarillo vivo, verde cantante.

Fernando Oliva y Adriano Pedrosa, los curadores de la exposición, explican que esta es una muestra de una serie de exposiciones en torno a los artistas modernistas brasileños que trabajan con referencias populares en su obra, entre los que se hallan Cándido Portinati, cuya obra se exhibió en 2016, Agostinho Batista de Freitas en 2017 y María Auxiliadora en 2018.

“Recién llegada de Europa e impregnada del cubismo, me sentí deslumbrada por las decoraciones populares de las pequeñas ciudades de Minas, llenas de poesía popular. El retorno a la tradición, a la simplicidad, a los murales de un modesto corredor de hotel o a las pinturas de las iglesias, simples y conmovedoras, ejecutadas con amor y devoción por artistas anónimos”, contará Tarsila mucho después.

Tarsila do Amaral se encuentra ante el dilema de lo tradicional del pueblo brasileño frente a lo moderno y estilizado que significa Europa. En lo tradicional y popular está el paisaje, los rasgos físicos de su gente y la religiosidad tan propia y particular de Brasil, y eso lleva a una discusión sobre la identidad brasileña y la preocupación de lo nacional, propias de la época.

La mayoría de la crítica en torno a Tarsila enfatizó sus filiaciones y genealogías francesas, posiblemente en busca de la legitimación internacional de la artista. Hoy, después de exitosas muestras en Estados Unidos y Europa y del valor que se ha dado a su obra, en el mismo Brasil se ha reivindicado su figura y descubierto el rostro y el color nacional en cada uno de sus cuadros. Debieron correr el tiempo y las aguas para que los críticos e historiadores de su país prestaran debida atención a las narrativas populares, a la presencia de indígenas y afroatlánticas.

El contacto con las visualidades vernáculas de la gente, con la religiosidad brasileña, los altares domésticos, con el folclor, los carnavales, vuelven a su obra particular. Tarsila popular no busca agotar las discusiones que abordan también cuestiones de raza, clase y colonialismo, sino apuntar a la necesidad de estudiar esa artista tan fundamental en la historia del arte de Brasil a partir de nuevos enfoques, entre ellos el feminista, pues el MASP ha dedicado este año a las historias de mujeres, historias feministas.

La negra, uno de los cuadros que fue un suceso cuando se expuso en Europa, es la reminiscencia de las esclavas de la hacienda de su abuelo, que ella conoció cuando tenía cinco o seis años. Labios gruesos y caídos, ojos tristes, senos hinchados para amamantar a los niños del patrón.

Y está su famoso Abaporu (hombre antropófago, hombre que come carne humana), que es parte del acervo del Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires. Pero Abaporu es una figura (lo mismo hombre que mujer) distorsionada, de cabeza pequeñita, piernas dobladas, pie enorme, junto a un cactus. Y sobre ellos un sol redondo, perfecto y amarillo, de trazo casi infantil. Le sigue Antropofagia, óleo
con dos personajes de cabeza minúscula y pies gigantes, con cactus que se multiplican y el mismo sol redondo y perfecto. Son esas obras las que inspiraron a Oswald de Andrade el Manifiesto antropófago, que fue publicado en 1928 con un diseño de ese dibujo como ilustración central. De esta serie de cuadros y personajes incluso se han publicado versiones para colorear.

Los cactus y palmeras son protagonistas de muchos de los cuadros. También aparecen sapos, roedores o perros. Y crepúsculos pintados como medias lunas en los paisajes de la floresta, además de ciudades y casitas blancas con tejados ocres. La artista tiene también una serie de autorretratos y de retratos. Con vestido naranja o con pañuelo rojo o con vestido elegante para una noche en París o vestida de española, son obras con las que inicia su carrera y donde ya se ven rasgos de lo que será su pintura luego de alimentarse de las vanguardias. Caras sin rostros, pies grandes y gordos, figuras geométricas forman parte de esos ejercicios realizados en 1923.

En conclusión, la obra de Tarsila do Amaral, quien falleció en 1973, se vuelve más actual que nunca: busca desafiar cronologías, se rebela contra el eurocentrismo, muestra el territorio de Brasil desde una mirada descolonizadora, reivindica a la mujer, a la negritud, a lo popular; es lo que hace que hoy una obra suya pueda costar millones y hacer justicia a una mujer que pintó los colores de Brasil.

Galería---1

Abaporú, 1928.

Galería---5

La negra, 1923.

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A lua (La luna), 1928.


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