El día más largo del siglo.

Jorge Ortiz.

Edición 445 – junio 2019.

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Hace 75 años empezó la invasión que modeló el mundo actual.

 

La orden llegó a las 5.45 de la mañana del lunes 5 de junio: un millón de soldados y cinco mil barcos, la mayor armada jamás reunida, debían ponerse en marcha de inmediato para empezar veinte horas después una invasión cuyo éxito o fracaso decidiría el resultado de una guerra que ya había durado casi cinco años y en la que habían muerto unos cuarenta millones de personas. Dos horas más tarde, al despuntar el alba, en puertos, muelles, embarcaderos y amarraderos desde el mar de Irlanda y la costa de Gales hasta el estuario del Támesis la actividad ya era frenética.

La orden de movilización había sido resuelta esa madrugada en medio de grandes dudas y preocupaciones. Y es que  después de una semana (la última de mayo) de clima espléndido, con cielos despejados y poco viento, el 1° de junio una tormenta proveniente del extremo oriental del Canadá había atravesado el océano Atlántico hasta llegar al noroccidente de Europa y estaba agitando con fuerza enorme las aguas del canal de la Mancha. Desembarcar en Francia con olas altas y vientos turbulentos sería, casi, una empresa suicida. Pero el domingo 4, al amanecer, la tempestad amainó lo suficiente para que el mando aliado, encabezado por el general Dwight Eisenhower, tomara la decisión de lanzar la invasión. Además, no tenía otra opción: había que ocupar Francia de urgencia.

Había, en efecto, que ocupar Francia antes de que estuvieran listas las nuevas armas, muy poderosas, que el Tercer Reich estaba poniendo a punto. Por entonces, mediados de 1944, las fábricas alemanas estaban produciendo armamento a un ritmo vertiginoso y, según habían averiguado los sagaces y audaces espías británicos, en unas pocas semanas estarían utilizables cohetes, submarinos y aviones capaces de  alterar el equilibrio de la potencia de fuego entre los países aliados y los del Eje. Pero, para utilizarlas en toda su capacidad, Alemania necesitaba retener Francia: ¿cómo podría atacar Inglaterra con sus cohetes V1 y V2 sin sus plataformas de lanzamiento frente al paso de Calais, y cómo se apoderaría del mar su flota de submarinos silenciosos sin sus bases en Brest y Saint Nazaire, y cómo dominarían el cielo sus aviones de combate ME 262 sin sus estaciones de radar repartidas por todo el territorio francés?

Por lo demás, a esas alturas, ya todo estaba preparado para emprender la que debía ser la acción decisiva de la Segunda Guerra Mundial. Era imposible dar marcha atrás. La invasión sería llamada ‘Operación Overlord’, ‘Jefe Supremo’, sería efectuada en las playas de Normandía (no en el paso de Calais, como aconsejaba la técnica militar y como esperaban los generales alemanes), habría cinco puntos de desembarco (las playas ‘Utah’ y ‘Omaha’ para las tropas estadounidenses y las playas ‘Gold’, ‘Juno’ y ‘Sword’ para las británicas y las canadienses), fuerzas aerotransportadas serían lanzadas detrás de las líneas defensivas alemanas dos horas antes del desembarco y los aviones estadounidenses y británicos, 9.200 en total, tendrían la misión de controlar el espacio aéreo. Si todo eso fallaba, la guerra estaría perdida.

UNA PAZ EFÍMERA

La Segunda Guerra Mundial había empezado a gestarse el día mismo en que terminó la Primera Guerra Mundial. O incluso antes. Fue así que el 16 de mayo de 1916, cuando el desenlace del conflicto todavía era incierto, Gran Bretaña y Francia firmaron un acuerdo secreto (del que recién se supo un año y medio más tarde) repartiéndose áreas de control e influencia en Oriente Medio, Asia Menor y la Mesopotamia, hasta las fronteras persas. Ese acuerdo y los cuatro tratados impuestos al final de la guerra (el más recordado de los cuales es el de Versalles) dejaron un mundo geopolíticamente desbalanceado, en que los tres imperios derrotados, el Alemán, el Austro-Húngaro y el Otomano, habían sido desintegrados y, peor aún, sometidos al vasallaje y la humillación.

El final de la Primera Guerra Mundial, el 11 de noviembre de 1918, fue seguido por un cúmulo de pesares y tragedias. Empezó con la ‘Gripe Española’, una epidemia que en medio planeta mató a unos cien millones de personas, y siguió con una crisis económica global, cuya expresión más visible fue el colapso de Wall Street del 29 de octubre de 1929. A esas  calamidades se sumó el pésimo diseño del mundo de la posguerra para precipitar en Europa una radicalización política devastadora, en la que florecieron las ideologías más extremas y feroces, desde el fascismo hasta el comunismo. En Alemania la idea de la revancha se generalizó. Para que estallara un incendio sólo faltaba que alguien encendiera la mecha. Y Hitler lo hizo.

El 19 de agosto de 1939, en Moscú, el Tercer Imperio Alemán y la Unión Soviética firmaron un ‘pacto de no agresión’ que, más allá de las declaraciones formales, era un acuerdo entre Hitler y Stalin para invadir Polonia y repartírsela. Y, en efecto, en septiembre los alemanes entraron en el territorio polaco por el oeste y los soviéticos por el este. Los ejércitos nazis no se detuvieron (los soviéticos tampoco, que en noviembre atacaron Finlandia) y en el siguiente año y medio ocuparon sucesivamente Dinamarca, Noruega, Bélgica, Holanda, Luxemburgo, Francia, Yugoslavia y Grecia. Para entonces Austria ya había sido anexionada y Checoslovaquia había sido desmembrada. La ofensiva nazi parecía indetenible.

Pero en junio de 1941, con la ‘Operación Barbarroja’, la Alemania nazi invadió a su antiguo aliado, la Rusia soviética, y se encontró una resistencia que no esperaba. Ese fue el principio del fin: entre la tenacidad de los ejércitos rusos y la dureza del invierno, Alemania sufrió sus primeras derrotas. Tan sólo en la batalla de Stalingrado, entre julio de 1942 y febrero de 1943, las tropas alemanas tuvieron 873.000 muertos (frente a 730.000 de los soviéticos). Y, al menos en el frente oriental, el avance indetenible se transformó en una cadena de retrocesos. Pero al llegar 1944, el frente occidental permanecía casi intacto. Y la esperanza final era la invasión aliada a Francia.

EL FACTOR SORPRESA

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El lunes 5 de junio de 1944, cuando Eisenhower dio la orden de ataque, el clima había vuelto a ser apacible. Y, así, la invasión comenzó a las 02.30 horas del martes 6 (que pasaría a la historia como el ‘Día D’), cuando las naves de transporte de soldados empezaron su aproximación final a la costa normanda. Desde la medianoche hubo luna llena, sin nubes, por lo que las fuerzas aerotransportadas pudieron localizar los puntos luminosos de referencia en las zonas donde debían lanzarse. Y en las playas, cuando el desembarco se iniciara, la marea estaría alta, con lo que las tropas terrestres tendrían que recorrer menos distancia expuestas al fuego de la artillería alemana. Algo más: la ‘Operación Overlord’ tuvo a su favor, como elemento adicional, la sorpresa.

Fue el encarnizamiento de la tormenta comenzada el jueves 1°, que estuvo a punto de hacer abortar la invasión, lo que hizo que las defensas costeras bajaran la guardia creyendo que, con ese clima, no había ningún riesgo de ataque. Y no hubo un solo submarino o destructor o avión de reconocimiento o radar, que detectara la flota inmensa que navegaba hacia las costas de Francia. Con la claridad de la noche de luna, los vigías alemanes vieron a los barcos aliados cuando ya estaban frente a las playas. Y la sorpresa fue de espanto: eran siete acorazados, veintitrés cruceros, otras doscientas cincuenta naves de combate, casi cuatro mil barcos de transporte de tropas y cientos de buques hospital, de mando, de abastecimiento y de carga. Una flota de cinco mil navíos, de los cuales uno solo se extravió en el trayecto desde Inglaterra.

Para colmo del infortunio alemán, sus generales esperaban la invasión en el paso de Calais y no en las costas de Normandía. Más de doscientos cincuenta kilómetros de error. Su lógica parecía impecable: los aliados debían escoger Calais porque la distancia menor entre las islas británicas y Francia era por allí y, además, porque si rompían la primera línea de defensa tendrían por delante una llanura que se extendía hasta el Rühr, es decir hasta la zona más poblada de Alemania y su corazón industrial. Hitler sí intuyó que el ataque sería más al oeste, por las penínsulas de Bretaña o de Cotentin, pero sus asesores militares terminaron convenciéndolo de que, al menos esa vez, su intuición le estaba fallando. Claro que en ese desacierto del mando alemán también influyó, y de manera decisiva, una cuidadosa operación de desinformación y engaño que los aliados habían montado y que terminó siendo la mayor mentira jamás contada.

EL GRAN ENGAÑO

Tanque inflable, representativo de un tanque Sherman M4, fue parte de la Operación Fortaleza.

Tanque inflable, representativo de un tanque Sherman M4, fue parte de la Operación Fortaleza.

La operación fue llamada ‘Fortitude’, ‘Fortaleza’. Había nacido de una duda que abrumaba al mando militar aliado: ¿podrían las tropas que serían desembarcadas en las playas de Normandía resistir un contragolpe masivo de las divisiones Panzer alemanas, con lo que la invasión a Francia fracasaría apenas empezada? Si eso ocurría, que era una posibilidad cierta, la Segunda Guerra Mundial corría el peligro de prolongarse varios años más, e incluso perderse.

Los militares le transmitieron su inquietud a Winston Churchill, y el primer ministro la llevó a un grupo secreto que él había creado y que tenía un nombre inocuo, para que nadie sospechara nada: London Controlling Section. La LCS, que así era llamada por los pocos que sabían de su existencia, estaba al mando de John Henry Bevan, un coronel del ejército más conocido por sus inquietudes intelectuales que por sus dotes militares.

Bevan y sus hombres habían elaborado una serie de planes de engaño, a los que denominaron Strategic Military Deception, para confundir al enemigo con informaciones falsas, datos contradictorios y maniobras de distracción. Entre otros éxitos, habían desorientado al mariscal Rommel en El Alamein construyendo caminos que no llevaban a ninguna parte, vías férreas por las que nunca pasaría un tren y oleoductos que jamás transportarían petróleo. La misión que les encomendó Churchill al empezar 1944 fue hacer creer a los alemanes que la invasión a Francia no sería por Normandía, sino por el paso de Calais. Una tarea nada fácil.

En los primeros meses de 1944, aparecieron en los condados de Sussex, Kent e East Anglia, en torno a Dover, frente al paso de Calais,  campamentos, con miles de tiendas de campaña, inmensos depósitos de municiones, grandes tanques de combustible y decenas de bodegas para alimentos. En las vecindades se acumulaban cientos de tanques de guerra. La actividad se volvía más intensa con cada día que pasaba: de las cocinas surgían columnas de humo y los telégrafos no paraban de enviar mensajes con instrucciones, órdenes, partes médicos e incluso saludos a novias y madres. Era obvio que esa congregación de soldados y armas anunciaba una acción militar en gran escala.

Pero en los campamentos no había nada: las tiendas no las ocupaba nadie, los depósitos estaban vacíos, las bodegas estaban desiertas. Más aún, los tanques eran de plástico (una idea que a uno de los hombres de Bevan, el comandante Ralph Ingersoll, se le ocurrió viendo el desfile anual de los almacenes Macy’s, en Nueva York, de carrozas inflables del Pato Donald y Blanca Nieves). Era, en efecto, un ejército fantasma, al que le pusieron un nombre sonoro y potente: Primer Grupo de Ejército de los Estados Unidos.

Según quedó constancia escrita en el Informe NR2796/44, denominado “estimación de las intenciones y las fuerzas aliadas”, la agencia alemana de espionaje, la ‘Abwehr’, estimaba que el 15 de mayo de 1944 (tres semanas antes de que empezara la invasión a Francia) había en Inglaterra 78 divisiones aliadas, que estaban siendo concentradas en las cercanías de Dover, “por lo que es cada vez más evidente que el ataque principal se llevará a cabo a ambos lados del paso de Calais…”.

La realidad era que el 15 de mayo había en Inglaterra menos de la mitad de las divisiones que creía la Abwehr, 37, de las que 34 estaban frente a las costas de Normandía. Con ellas fue lanzada la invasión el 6 de junio. Engañados por la ‘Operación Furtitude’, los generales alemanes alinearon el grueso de sus ejércitos, en especial las divisiones motorizadas, a 250 kilómetros de donde desembarcaron los aliados. El tiempo perdido jamás lo recuperaron: cuando el mando alemán reaccionó, los aliados ya habían establecido las cabezas de playa desde las que emprendieron su avance a través de Francia y Bélgica, hasta ocupar Alemania y terminar la guerra. De la sorpresa los generales nunca se recuperaron.

¿CALAIS O NORMANDÍA?

El mariscal de campo Erwin Rommel fue el general más famoso del Tercer Reich.

El mariscal de campo Erwin Rommel fue el general más famoso del Tercer Reich.

El mariscal Erwin Rommel, encargado de impedir un desembarco aliado en Francia, también intuyó que la invasión llegaría por las costas de Normandía. Por eso el lunes 5, confiado en que la tormenta de los días previos habría disuadido cualquier plan de ataque, dejó su puesto de mando en el pequeño pueblo de La Roche-Guyon y, según dijo, se fue a su casa en la ciudad de Herrlingen, cerca de Stuttgart. En realidad, Rommel se dirigía a Berghof, en los Alpes Bávaros, para reunirse con Hitler y pedirle que pusiera bajo sus órdenes, de urgencia, dos  vivisiones blindadas más, una Panzer y otra de las SS, para trasladarlas a Normandía. Estaba convencido de que, con ese refuerzo, el Muro del Atlántico sería inexpugnable. Todo lo que necesitaba eran dos semanas. Lo que el ‘Zorro del Desierto’ no sabía era que, a esa hora, la orden de ataque ya había sido dada.

Cuando Rommel salió de su cuartel general, en la franja atlántica de 1.200 kilómetros que va de los diques de Holanda a los acantilados de Bretaña Occidental, el clima ya era sosegado y suave. La movilización aliada estaba en marcha. Rommel no tendría las dos semanas que requería para reforzar las defensas de Normandía. El primer ministro británico, Winston Churchill, había asumido el control político de la invasión y la dirigía desde su puesto de mando subterráneo en el centro de Londres. Y en Francia, la Resistencia empezaba a ejecutar el ‘Plan Violet’ de sabotaje de las telecomunicaciones alemanas mediante corte de cables y líneas telefónicas y voladura de estaciones de repetición.

A las 5.30 de la mañana comenzó el desembarco. Las tropas terrestres llegaban a las playas con la cobertura de la artillería de seiscientos barcos y las bombas de ocho mil aviones, aprovechando, además, la lenta reacción de las defensas alemanas, que no creían que la invasión sería por Normandía ni menos en esos días de clima revuelto. No obstante, las pérdidas de los aliados fueron grandes, en especial en la playa Omaha, que a media mañana estaba desolada y cubierta de cadáveres. Pero a esa hora, en Berlín, gran parte del alto mando alemán seguía creyendo que lo de Normandía era nada más que una maniobra de distracción y que la invasión verdadera todavía estaba por empezar. Y que sería en el paso de Calais.

Al caer la noche del 6 de junio de 1944 (“el día más largo del siglo”, según el título de la novela de Cornelius Ryan que inspiró la película de Darryl Zanuck de 1962), 155.000 soldados aliados, entre ellos 72.000 estadounidenses y 83.000 británicos y canadienses, habían desembarcado en Francia. Pero al menos 12.000 habían muerto. Casi la mitad de los tanques y los camiones de oruga que debían respaldar el avance de las tropas se habían perdido en las diez primeras horas del ataque, y de las 2.400 toneladas de suministros previstos tan sólo 105 llegaron a las playas. El avance más significativo lo había hecho la 4° división estadounidense de infantería, que desembarcó 22.000 soldados y 1.800 vehículos, con los que penetró diez kilómetros desde la playa Utah. Pero fueron los canadienses quienes, en conjunto, lograron ese día los mayores avances.

Cuando los generales alemanes se dieron cuenta de que no habría un segundo desembarco, de que la de Normandía no era una maniobra de distracción sino la invasión única y definitiva, ya era tarde: los aliados avanzaban con firmeza hacia el este, hacia Berlín. Al mismo tiempo, los soviéticos habían lanzado su ofensiva de verano, desde Rusia hacia el oeste, también con rumbo a Berlín. Los nazis no alcanzaron a usar las nuevas armas que estaban desarrollando cuando empezó la ‘Operación Overlord’. Casi once meses después del ‘Día D’, el 30 de abril de 1945, con Alemania ocupada y arrasada, Adolf Hitler se suicidó en su búnker de la cancillería. Alemania se rindió sin condiciones el 8 de mayo. La guerra en Europa había terminado. La Segunda Guerra Mundial todavía duraría hasta el 15 de agosto, cuando el Japón capituló después de que Hiroshima y Nagasaki fueran pulverizadas por bombas atómicas. El mundo actual había quedado modelado.

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El 6 de junio de 1944, conocido como el “día D”, los aliados iniciaron el desembarco de un ejército de más de 150.000 soldados (73.000 norteamericanos y 83.000 británicos y canadienses) sobre las playas de Normandía. Con la conocida como Operación “Overlord”, la invasión aliada de Francia había empezado. Comandados por el general Eisenhower, las tropas aliadas superaron las defensas organizadas por el mariscal alemán Rommel. El éxito del desembarco permitió el rápido avance de las tropas aliadas hacia el corazón de Francia. El desembarco fue uno de los elementos clave de la derrota del III Reich.

 

 

 


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