Cómo me enamoré de la señora Maisel.

Por Juan Fernando Andrade.

Edición 445 – junio 2019.

 

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Con solo dos temporadas, La maravillosa señora Maisel, disponible en Amazon Prime Video, se ha convertido en una de las comedias más vistas de los últimos años. La gente la ve y la sigue por el en­canto de una trama que avanza con rapidez, pero sobre todo por el personaje principal, motivo de amor y culto.

El amor que a mí me sirve, el que me afecta de verdad, es el que me sorprende desarmado, me atrapa y hace conmigo lo que se le da la gana. Pasa de una, como un rayo que cae del cielo y te revienta en la cabeza y te parte en dos o en un millón de pedazos: bastan una sola mirada, un único suspiro abandonado en el aire o un solo capítulo. Así, a primera vista, con el primer acercamiento, al primer roce pla­tónico, me enamoré de la señora Miriam Midge Maisel.

La señora Maisel vive en Nueva York y, en los años cincuenta, se está separando de su marido después de haber descubier­to que él la engañaba con su secretaria; durante el día trabaja en un almacén de cosméticos y por las noches hace rutinas de comedia en bares, cafés, clubes, donde sea que pueda subirse a un escenario, afe­rrarse a un micrófono con las dos manos y hablar así como habla ella, rápido, rapi­dísimo, como si las palabras que le salen del corazón o del estómago no tuvieran tiempo para detenerse en su cabeza y ser procesadas antes de salir por la boca.

El amor invade y ocupa; de pronto eres un esclavo que presta su espalda a los latigazos y los recibe contento, con una sonrisa babosa para cada nuevo azote. Y piensas, ¿cómo pude vivir sin ella todo este tiempo?, ¿cómo es que todo lo que dice es lo que había querido escuchar?, ¿cómo le digo que se quede conmigo para siempre? Y resuelves, apenas empezando a intoxicarte, que la seguirás hasta el fin del mundo aunque en ese camino haya espinas y charcos de lava y cuyo destino final quizá sea el infierno que se merecen los enamorados.

TV---0-3Cuando está en el escenario, la se­ñora Maisel habla de ella, de su vida, de su familia, de sus amigos, de su trabajo, habla en público y muchas veces a gritos de lo que otros ocultamos porque senti­mos que nadie puede caer tan bajo como nosotros, aunque sepamos, muy adentro, que no estamos solos, que es allí, abajo, donde nos abrazamos con los demás y podemos comprendernos todos juntos. Lo suyo no es hacer bromas ni comentar la actualidad, es mirar la vida y aumentar con esa mirada las posibilidades de vivir­la. Lo suyo es hacer que nos demos cuenta de que también nosotros vivimos en una no tan divina comedia y que a veces solo hace falta decir las cosas en voz alta para entenderlas y saber que, mal que mal, casi siempre podemos reírnos.

Al principio, el amor llena todos los espacios, es lo único en lo que podemos pensar, lo único que podemos sentir, lo único que consideramos importante, y yo a la señora Maisel le abrí un espacio en mi vida que ella abarcó enseguida y en su totalidad. Pensaba en ella todo el día (en rigor, en nosotros, aunque para ella yo no exista, pero nosotros sí existamos), en que llegara el momento de la noche en que ya desconectado del mundo pudiera verla de nuevo y hasta entrada la madrugada porque un capítulo nunca es suficiente, porque cuando has conocido el éxtasis no tiene sentido vivir sin él. O sin ella.

Los problemas de la señora Maisel pa­recen poca cosa, los caprichos de una niña engreída, si nos ponemos a mirar. Su fami­lia, judía, como su familia política, tiene dinero y vive cómodamente, rodeada de sirvientes; bien podría ella seguir dedicada a esos vestidos y a esos sombreros y a esos guantes que la hacen ver como una esquina del paraíso, mientras espera a que aparezca un pretendiente a su altura y, de paso, que cumpla con las expectativas de la familia. Su vida podría ser normal y tranquila, pero esa no es la vida que ella quiere tener por­que eso, la chica linda que está sentada es­perando a que la vida le pase, no es lo que ella quiere ser: ahora que hace comedia lo sabe, sabe que lo que verdaderamente está esperando no es eso que le llega sino eso que sale a buscar poniendo los pechos, siempre en alto, a lo que venga.

El amor, aun el que dura unas po­cas horas o, para ser más precisos, dos temporadas vistas en noches de pasión, va cambiando segundo a segundo. Uno dice eso, precisamente eso, es lo que ne­cesito, una mujer que le inyecte vida a la vida, que no pierda tiempo ni en la tris­teza ni en el despecho, que no se moleste en mirar atrás sino siempre hacia delante. Y después uno concluye que no podría vivir así, por lo menos no yo, que nece­sito también dosis de amargura a la vena para seguir percibiendo la felicidad. A la señora Maisel, entonces, le faltan a veces baldazos de agua fría, pero, eh, esto toda­vía no ha terminado, al contrario, recién comienza. Así que hay esperanza.

La señora Maisel tiene otra casa, el Gaslight Café, en el Greenwich Village, el primer lugar donde soltó sus monólogos como perros rabiosos que se ríen y dejan ver la espuma entre los dientes. Ahí conoció a Susie, una mujer a la que todo el mundo confunde con un hombre y que ahora es su mánager, la primera que vio con claridad lo que la señora Maisel tiene adentro pero traía confundido, y sin duda el personaje más entrañable y extraño de todos los que la rodean, su cable a tierra (Susie vive lejos del lujo y entre las dos confluyen dos mun­dos opuestos), la única capaz de hacerla seguir golpeando con la frente las puertas que se le cierran en las narices. Juntas, la señora Maisel y Susie se abren trecho en un oficio de hombres, en una época de hombres, en una historia en la que los hombres toman un papel más bien secundario porque, se nota, ninguno sabe muy bien lo que está haciendo.

La desgraciada realidad convertida en monólogo entre lágrimas e ira arranca las carcajadas del público

La desgraciada realidad convertida en monólogo entre lágrimas e ira arranca las carcajadas del público.

¿Qué hago ahora que he termina­do las dos temporadas y ya no tengo excu­sas para verla todas las noches? ¿Mirar sus fotos en Internet y suspirar? ¿Escuchar las canciones de la serie en Spotify y suspi­rar? ¿Esperar, como un tonto, que alguien como ella aparezca caminando por mi calle y luego, decepcionado, suspirar? El vacío que te dejan ciertas personas, cier­tos personajes, no es fácil de llenar, y casi puedo sentir cómo ese vacío va crecien­do entre mis costillas a medida que trato de encontrarla en otras series, como ese borracho que busca lo que nunca encon­trará cambiando de vaso. No es lo mismo. Nunca lo será. Aquí voy a aguantar. Fir­me. Hasta la próxima temporada.

La señora Miriam Midge Maisel, tam­bién conocida como la actriz Rachel Bros­nahan, se ha llevado, a año seguido, 2018 y 2019, el Globo de Oro como mejor actriz de comedia, aunque ese no es el premio que deberían darle. Para ella deberían in­ventarse algo distinto, un galardón que re­conozca no el valor en la interpretación de un personaje, sino la aventura impredeci­ble de inventar una persona, una persona real, capaz de conmover, enamorar, cauti­var y, claro, quizá lo más importante: hacer que te cagues de la risa. Si yo fuera un meme, si me tomara una selfi viendo uno de los episodios, escribiría en la leyenda: quédate con la que te haga reír como la se­ñora Maisel me hace reír a mí.

 


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