Quiteños en la playa.

Por Ana Cristina Franco.

Ilustración: Luis Eduardo Toapanta.

Edición 445 – junio 2019.

Firma--Franco

Mi mamá me contaba que en los setenta sus idas a la playa eran bellas y catastróficas. Después de viajar alrededor de diez horas por tierra, llegaban a una casa de madera en el entonces casi desértico Atacames. Se ponían sus trajes de baño y se iban corriendo a la playa, emocionadísimos; se daban su chapuzón en el mar y luego se echaban en la arena a “tomar el sol”, por supuesto, sin bloqueador y, menos aún, bronceador. De hecho, desconocían la existencia de estos mágicos menjurjes (mi tío descubrió el bloqueador por ahí en los noventa). Cuando llegaba la noche estaban morados, con ampollas, con insolación y hasta fiebre. Creo que mi mamá una vez se desmayó. Los días que seguían los pasaban dentro de casa matando chicharras y sanando sus quemaduras de casi tercer grado. No crean que la pasaban mal, todo lo contrario. Digamos que sin chicharras, sin insolación, no se podía decir que hubo paseo. El siguiente verano viajaban otra vez las diez horas y, otra vez, emocionadísimos, se embriagaban de sol, arena y mar, agotando en un día las posibilidades de todo el verano.

En los noventa mis vacaciones eran carreteras largas y dañadas, la cara del Diablo, parar en el “Miravalle” de Santo Domingo, las vomitadas de mi hermana, mi mamá diciéndome que me tocara la quijada con la punta de la lengua para sentir la sal del mar, la curva del “Elé” y ese escalofrío en el alma al ver esa delgada línea azul que se confundía con el cielo; el olor del repelente en la piel mojada, Silvio Rodriguez en la guitarra, escuchar las voces de los adultos desde la habitación oscura de los niños, ese mundo ajeno que solo se alcanzaba a ver desde esa franja de luz que emergía por la hendija de la puerta, los vasos con restos de ron que alguien se tomaba al otro día pensando que era solo Coca-Cola.

La playa también era ese olor a útiles escolares que ya imaginaba en la carretera de regreso, esa sensación de que algo nuevo empezaba y se mezclaba con la sal, con las trencitas en todo el pelo, con las conchas y los caracoles que recogía para seguir escuchando el mar en Quito, la arena que quedaba en las libretas en las que escribía promesas para el siguiente año.

Decía Cortázar que cuando los famas van de viaje hacen un itinerario para cada cosa, pero cuando los cronopios van de viaje, los hoteles están llenos y siempre llueve. Ya saben de qué lado estamos. Ahora yo soy la adulta y no puedo escapar al caos. Que gastamos demasiado, que queríamos salir a las cinco de la mañana pero salimos a las once y media, que las cuentas no cuadran. Pero el Lucas dice caracol. El Lucas mira  el mar. Sus ojos negros y el infinito. Y yo miro las piedras y pienso que los caracoles son piedras que se hicieron animales. El caracol es como un oído y también como un útero.

Pienso en mis primos. En mi infancia. En la condición irremediable del serrano bobo. A veces con el Mario nos sentimos como dos niños jugando a ser mayores. Pienso que mis padres cuando eran adultos seguían siendo niños. Y aún siendo la mamá y conociendo perfectamente la existencia del bloqueador y su buen uso, me quemo como buena serrana, hasta el punto de la vergüenza. Ya no son los años setenta ni los noventa, pero regresamos hecho Cristos, tal vez más cansados de lo que nos fuimos, medio enfermos, medio histéricos, medio felices. Llegamos rojos, con picaduras de mosquitos. Hicimos dos o tres horas más de lo esperado, nos equivocamos de camino, el Lucas me vomitó encima, la neblina y la lluvia nos hicieron pensar por momentos que todo era un sueño. De todas formas tenemos un caracol en la mochila, de todas formas el Lucas vio el mar, de todas formas terminamos riéndonos a carcajadas de todo esto.


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