El valle sin retorno.

Por Huilo Ruales.

Ilustración: Miguel Andrade.

Edición 446 – julio 2019.

Firma---Huilo

Hace unos tres meses encontré en mi buzón un correo en el que me proponían una lectura poética en la región de la Bretaña francesa. Era evidente que quienes me invitaban desconocían de mi muerte literaria. A menos que se tratase de una invitación póstuma, me dije y continué con mis tareas que no son muchas ni hacen mucho ruido. Ocupo apenas un habitáculo de veinte metros que incluye baño, rincón de cocina y el suficiente espacio para mi camastro que al plegarlo se convierte en un sofá y el habitáculo en estudio donde se arruman mis libros, la mesita que ocupo para comer y escribir y la silla. Además, tengo una ancha puerta de entrada que es la misma para salir, y una ventana que curiosamente se halla cerca del piso como si con el tiempo se fuera resbalando hacia abajo. Otra cosa curiosa es que este habitáculo tiene, aparte del techo, solamente tres paredes. Al principio, esa singularidad me impedía dormir y hasta escribir sin distracciones, porque despertaba o emergía de algún arrebato escritural con la sensación de ser un convicto en altamar. Ya todo me da lo mismo a estas horas. Y me distraigo en cualquier cosa y sin mucho esfuerzo. Estos días, por ejemplo, me ha bastado atisbar por la ventana el lento trabajo de la grúa más grande del planeta. Un colosal insecto amarillo con la cresta metida en las nubes y en cuyas fauces poderosas los edificios del fondo se han ido deshaciendo como papitas chips entre los dientes de un niño. En menos de una semana el conjunto habitacional de la avenida Faubourg ha quedado como un barrio bombardeado, aunque sin derramamiento de sangre.

Quince días más tarde recibí un nuevo correo en el que reiteraban la invitación, adjuntando una hermosa brochure. Además de un detallado programa del evento, contenía una generosa información sobre su sede, que era Brocelandia. Más exactamente, el mítico Val-sans-retour. Aquel de las leyendas del rey Arturo y su espada matadragones, la fuente de Barneton donde el mago Merlín conoció al hada Viviane y su prisión llena de marineros infieles. Además, sería hospedado no en un hotel sino en una demeure del siglo XII, en medio del bosque y cerca del estanque del Espejo de las Hadas, cuyas aguas para siempre dormidas solían curar la tiña y aplacar a los locos. Podría visitar incluso la tumba del mago al pie del árbol gigantesco, donde fue encantado por la implacable hada. Seducido por ese contexto, más que por el texto, contesté el correo aceptando la invitación.

El último jueves de marzo tomé el avión que me dejó en Rennes. Allí me recibió un vampiro largo y antiguo, con un tatuaje de Bael encaramándose por el cuello hasta el mentón. Soltándome un tufo a éter en la oreja, me dijo al disimulo: aún tienes tiempo para salvarte y, con su aspecto de Nosferatu envuelto en su capa, se escabulló entre la multitud. Me quedé clavado en medio del gentío, súbitamente la boca se me llenó de tierra y se me paró el corazón. Te lo advertí, imbécil, me dije, esta invitación huele a responsos: no la aceptes. Y allí estaba, sintiendo que mis pies se iban hundiendo en el piso. De pronto, como parte de la misma pesadilla, un coro de risillas irrumpieron y se convirtieron en abrazos y rezongos, en buqué de flores color cuervo, en preciosas creaturas neogóticas que me dieron la bienvenida.

Sin ninguna duda, el encuentro literario de Brocelandia ha sido el mejor de mi periplo. Por su ambiente de ininterrumpida misa negra en un bosque legendario. Y por la sensación de haberme perfusionado en sobredosis la mejor poesía de ultratumba.


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