La extinción de un reino legendario.

Por Jorge Ortiz.

Edición 446 – julio.

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Yemen, la “Arabia Feliz”, es hoy el campo de batalla en la guerra civil del mundo musulmán.

 

Las cifras se perdieron ya en las tinie­blas de la rutina: la guerra en Yemen (parte del conflicto cada día más áspero e inten­so entre Arabia Saudita e Irán) dejó ya de estar en las noticias, por lo que nadie sabe con certeza cuántos muertos, heridos y des­plazados ha causado y de qué magnitud y urgencia es la hambruna que hoy padece la población del legendario país de la reina del Saba, que hace tres mil años enamoró al sa­bio rey Salomón y, tal vez, tuvo un hijo con él. Los datos disponibles son parciales y ate­rradores. Se sabe, por ejemplo, que la única fuente segura de comida son las ayudas del Programa Mundial de Alimentos y que 17,8 de sus 28,2 millones de habitantes carecen de agua potable. Y la situación se agrava con cada día que pasa.

El 11 de junio, un comunicado del Con­sejo de Seguridad de las Naciones Unidas (aprobado sin reparos por los Estados Uni­dos, Rusia y China, lo que no es nada fre­cuente) informó que la epidemia de cólera llegó ya, en 2019, a “340.000 casos compro­bados” y que dos de cada tres yemeníes “no tienen garantizada la comida”. A estas cifras oficiales se suman las estimaciones de orga­nizaciones humanitarias, como Médicos sin Fronteras, de que los muertos por la guerra ya llegaron a 80.000, con 3,3 millones de desplazados y cinco millones de niños con desnutrición crónica. Y no se vislumbra nin­guna posibilidad de que la guerra termine.

Peor aún, la guerra está escalando con una rapidez de vértigo. Y es que detrás de los bandos en pugna en la guerra de Yemen están las potencias del mundo musulmán: Irán, como el país más poderoso del islam chiita, respalda a los rebeldes huthi que en septiembre de 2014 depusieron al gobierno, se apoderaron de la capital, Saná, y todavía hoy controlan una cuarta parte del territo­rio, mientras que Arabia Saudita, como lí­der del islam sunita, encabeza una coalición internacional que está tratando de desalojar por la fuerza a los huthi, reestablecer al pre­sidente Abd al-Rab Mansur al-Hadi y, so­bre todo, suprimir la influencia iraní. En el choque entre las dos grandes vertientes del mundo musulmán, cada día más enfrenta­das, Yemen está siendo arrasado.

Según la representación de las Nacio­nes Unidas en Yemen, “estamos en una carrera contra el reloj para llevar comida, medicinas, combustibles y otro productos vitales a millones de personas que depen­den de la asistencia humanitaria”. Pero no es fácil hacerlo, porque los huthi controlan la ciudad portuaria de Hodeida, sobre el mar Rojo, por donde entra el 70 por ciento de las mercancías que ingresan en Yemen y que ha sufrido los bombardeos constantes de la aviación saudita. Las treguas acorda­das para permitir la llegada de ayuda hu­manitaria han sido siempre frágiles y efí­meras, por lo que la escasez de todo llegó ya a niveles de catástrofe.

Una larga historia

En ese arenal inmenso y despiadado que es la península arábiga, con oasis dis­persos y soles agobiantes, los valles con las mejores tierras y el aire húmedo están en el extremo sur, a orillas del mar Rojo y del golfo de Adén. Allí surgió uno de los centros de civilización más antiguos del Oriente Medio, al que Claudio Ptolomeo, acaso el mayor geógrafo de la Antigüedad, llamó la “Arabia Feliz”. Y es que por enton­ces, siglo II de la era cristiana, a los puertos de todo el Mediterráneo llegaban del sur peninsular unos grandes barcos mercan­tes cargados de oro, ébano, marfil, seda, incienso, mirra, casia, canela, cinamomo y láudano, lo que hizo surgir un sinnúmero de leyendas sobre un reino de fábula, lumi­noso y desbordante de riquezas.

Mucho antes, doce o trece siglos, en esa franja fértil hubo un país de enorme esplendor, el Reino de Saba, cuya ubica­ción de privilegio entre la India y el Medi­terráneo le dio el control del comercio de especias. Allí, alrededor del año 950 antes de Cristo, hubo una reina de encanto irre­sistible (mencionada, aunque sin citar su nombre, en la Biblia y el Corán), que ha­bría viajado a Jerusalén, atraída por la sa­biduría legendaria del rey Salomón, donde se convirtió al monoteísmo y tuvo un hijo que llegó a ser rey de Etiopía. La leyenda dice, incluso, que ese rey, Menelik I, sacó de Israel para llevarse a su reino el Arca de la Alianza, con las Tablas de la Ley que Dios le había entregado a Moisés.

Ese reino yemenita, controlado por di­versas dinastías, terminó siendo conquista­do en el año 572 por Persia, el Irán actual, y más tarde, ya en el siglo VII, por los califas de Damasco y Bagdad, que implantaron la religión musulmana. Más adelante, du­rante unos siete siglos, sucesivos reinos de Yemen tuvieron épocas cortas de inde­pendencia y períodos prolongados de su­misión a los califas árabes o a los sultanes turcos. Al llegar la era de los navegantes, en el siglo XV, los reyes de Portugal esta­blecieron enclaves en el sur de la península arábiga, que duraron hasta que, en el siglo XVIII, toda la región fue incorporada al reino, llamado Arabia Saudita, que había fundado Ibn Saúd.

Ya en el siglo XIX, tras un transitorio regreso al control egipcio, la parte sur de Yemen fue ocupada por el Imperio Britá­nico, mientras que la parte norte fue in­corporada al Imperio Otomano. En 1916, en plena Primera Guerra Mundial, el país obtuvo su independencia y se convirtió en reino. En 1945, al terminar la Segunda Guerra Mundial, la contienda civil entre monárquicos y republicanos y, en especial, la influencia de la disputa planetaria entre los Estados Unidos y la Unión Soviética lle­varon a la ruptura del país en dos: Yemen del Norte, con capital en Saná, de ideología panarabista, que existió desde 1962, y Ye­men del Sur, con capital en Adén, de ideo­logía marxista-leninista, creado en 1967. Una expresión vívida de la Guerra Fría. En 1990, una vez caído el Muro de Berlín por el colapso político y económico del socia­lismo, las dos mitades se reunificaron en la actual República de Yemen.

Después, el caos

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El retorno a la unidad fue más compli­cado de lo previsto, porque el sur, que se había rezagado mucho durante sus años socialistas, se sintió postergado frente al norte, por lo que brotaron intentos secesio­nistas agrios y reiterados. Además, el largo gobierno del presidente Ali Abdullah Saleh —quien desde 1978 había sido el gober­nante de Yemen del Norte y que siguió con el poder absoluto tras la reunificación en 1990— creó un ambiente de exasperación y rebeldía, que fue reprimido con dureza extrema. En junio de 2011, como parte de la Primavera Árabe, estalló una rebelión popular tumultuosa y violenta, cuya culmi­nación fue un ataque con bombas contra el palacio presidencial, en el que Saleh fue herido de extrema gravedad. Las versiones iniciales aseguraron que había muerto.

Pero Saleh no había muerto, sino que había sido llevado de urgencia a Arabia Saudita y había encargado la presidencia de Yemen a su vicepresidente Mansur al-Hadi. Un mes más tarde, en julio, con la rebelión callejera en su punto más alto, Saleh reapa­reció en un video, con la cara desfigurada y el cuerpo vendado, para asegurar que a su retorno a Saná abriría un diálogo amplio para solucionar la crisis política. En noviem­bre, muy frágil en lo físico y lo político, Saleh anunció que estaba dispuesto a dejar la pre­sidencia, pero antes de hacerlo se fue a los Estados Unidos para seguir su tratamiento médico. Volvió a Saná en febrero de 2012, cuando oficializó el traspaso del poder. Para entonces, Hadi ya era el nuevo hombre fuer­te de Yemen. Pero Saleh seguía activo.

Tres años después, en septiembre de 2014, los huthi del Partido de Dios (un grupo musulmán chiita de la rama de los zaidí, originario del norte montañoso yemení fronterizo con Arabia Saudita) se rebelaron contra el gobierno, depusieron a Hadi y tomaron la capital del país, Saná, apoyados por el expresidente Saleh. La alianza duró tres años, hasta diciembre de 2017, cuando las fuerzas de los antiguos aliados se enfrentaron durante tres días, en los que murieron 252 personas. La batalla terminó cuando los huthi asaltaron el cuartel general de Saleh y lo lin­charon sin contemplaciones. Ese momento ya en Yemen había estallado la guerra, que aún perdura.

En efecto, detrás de los huthi estaba la potencia mayor del mundo musulmán chiita, Irán, y eso resultaba intolerable para el país líder de los sunitas, Arabia Saudita. Fue por eso que en marzo de 2015, seis meses después de que los huthi depu­sieran a Hadi y se apoderaran de Saná, los sauditas formaron una coalición con otros países de predominio sunita (Emira­tos Árabes Unidos, Qatar, Kuwait, Bahréin, Egipto, Jordania, Marruecos, Sudán y Senegal, con apoyo logístico de Estados Unidos, Reino Unido y Francia) e iniciaron una campaña intensa de ataques aéreos contra las posiciones de los huthi, mientras tropas leales a Hadi, reforzadas con combatientes tribales sunitas, expulsaban a los rebeldes de Adén y de gran parte del sur del país.

Aprovechando el caos y la división del país, que en la prác­tica está fragmentado y repartido en varias zonas, tanto la red Al Qaeda como milicianos adscritos al Estado Islámico en­traron en Yemen y se apoderaron de amplias áreas en el sur, con lo que la guerra se volvió a tres bandas y su intensidad se multiplicó. Desde entonces, Irán, con el apoyo de Rusia, siguió involucrándose en el conflicto y ya tiene asesores militares respaldando en el terreno a los combatientes huthi. También intervinieron los Estados Unidos y sus principales aliados oc­cidentales, que reconocieron haber desplegado un “pequeño contingente de apoyo” al gobierno del presidente Mansur al- Hadi. Con todo lo cual la guerra en Yemen se internacionalizó y, claro, está complicándose un poco más cada día.

El problema es Irán

La guerra entre la coalición saudita y los rebeldes huthi apoyados por irán provoca una de las peores crisis alimentarias de la década.

La guerra entre la coalición saudita y los rebeldes huthi apoyados por irán provoca una de las peores crisis alimentarias de la década.

La guerra, en efecto, dejó ya de ser un problema interno de Yemen para convertirse en una disputa geopolítica y estratégi­ca entre las dos grandes potencias del mundo musulmán, Ara­bia Saudita e Irán, cuyo enfrentamiento por poderes e influen­cias es cada día más abierto y agresivo. “Los huthi son parte integral de la Guardia Revolucionaria iraní y siguen al pie de la letra sus instrucciones”, según aseguró el príncipe Khalid bin Salmán, hermano del príncipe heredero y hombre fuerte saudita, Mohamed bin Salmán. “Esas milicias —añadió— son nada más que un instrumento que el régimen de Irán utiliza para ejecutar su agenda expansionista”.

En realidad, hay pistas suficientes —y las ha habido desde hace varios años— para suponer que los nexos entre el gobier­no revolucionario de Irán y los huthi son amplios y directos, a pesar de que los dos grupos chiitas tienen ciertas diferencias teológicas: los iraníes son seguidores del décimo segundo Imán, mientras que los huthi zaidíes siguen al quinto Imán. Nada muy de fondo. Tanto los Estados Unidos como los integrantes de la coalición sunita han informado de capturas de cargamentos de armas provenientes de Irán y dirigidos a los combatientes huthi, aunque de la escala­da armamentista hay que responsabilizar a todos los involucrados en la guerra.

Incluso, la imagen internacional de Arabia Saudita, afectada de manera muy severa tanto por los ataques de su aviación contra zonas civiles en Yemen como por el escándalo del “caso Khashoggi”, podría obligar al ‘Reino del Desierto’ a hacer el pri­mer movimiento hacia la terminación del conflicto. Y es que, a pesar de su aplastante superioridad militar, la coalición árabe no ha podido ganar la guerra que ya dura más de cuatro años y, por el contrario, es notoria la mejoría gradual en la capacidad de com­bate de los huthi, por lo que la lucha podría prolongarse mucho tiempo más. Esa pro­longación significaría la extinción del país que, ya antes de la guerra, era el más pobre e indefenso del mundo árabe.

El “caso Khashoggi” (el periodista críti­co con el gobierno saudita que en octubre de 2018 entró al consulado de su país en Estambul y nunca más salió: lo golpearon, lo estrangularon, lo descuartizaron y lo di­solvieron en ácido) afectó más que a nadie al prestigio del heredero del trono saudita, Mohamed bin Salmán, a quien el mundo entero percibe como el responsable primero del brutal asesinato. Él es, aun antes de ser rey, el hombre más poderoso de su país, el que concentra todos los poderes, por lo que un gesto conciliador de su parte, por ejem­plo cancelando los bombardeos en Yemen, podría abrir la puerta a un proceso de ne­gociación para terminar la guerra, que está siendo muy contraproducente para los inte­reses estratégicos no sólo de Arabia Saudita, sino también de los Estados Unidos.

La imagen de la “Arabia Feliz” descrita por Ptolomeo en el siglo II resurgió en el si­glo XVII, cuando los navegantes europeos que surcaban los siete mares (portugueses, españoles, franceses, holandeses e ingleses) oyeron hablar de una bebida obscura, de buen sabor, tonificante y muy aromática, que era exportada a medio mundo a través del puerto yemení de Moka. Era el café, por supuesto, que muy pronto llegaría a ser la bebida más consumida en el planeta. Des­pués, entre las luchas tribales y la creciente adición popular al qat (una droga que causa euforia y bienestar y cuyos cultivos han re­emplazado a los de café y ocupan cerca de un tercio de las pocas tierras cultivables), Yemen se empobreció, retrocedió y se volvió un país fragmentado y lleno de disputas in­ternas. Ahora, con sus contiendas civiles, el terrorismo islámico y la intervención arma­da de potencias extranjeras, el país se acerca a la disolución. Es la extinción de un reino milenario y legendario, que alguna vez fue poderoso y que hoy se debate en la miseria, la enfermedad y la guerra.


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