Balthus, de niñas y aristogatos.

Por Milagros Aguirre.

Fotografía: Cortesía del Museo Thyssen.

Edición 446 – julio 2019.

Diez mil firmas tuvo la petición de la ciudadanía al Metropolitan Museum de Thyssen de Nueva York, en 2017, para que retirara Thérèse soñando de Balthus, por considerarlo un cuadro con contenido pe­dófilo. El museo rechazó la petición; entre el debate y la censura, escogió el debate. En Alemania una muestra con una serie de cuadros basados en fotografías polaroid, tomadas por Balthus a una niña que fue su modelo durante ocho años, fue cancelada. Se trataba de los últimos trabajos del pintor, ya octogenario, que se exhibirían en el mu­seo Folkwang a inicios del siglo XXI. Pese a la censura, las obras de la serie polaroid de Balthus se vendieron, ese mismo año, a un promedio de veinte mil euros.

Este año la obra del polémico artista se exhibió en el museo Thyssen, de Madrid, en una muestra sin prejuicios sobre la edad de la inocencia: reunió 45 obras de distintas épocas. El legado de Balthus no pasa de 350 obras.

El artista provocó desde sus primeras exposiciones. De 1938, Thérèse soñando es el retrato de Thérèse Blanchard, una niña de once años, vecina del artista y modelo que aparece en varios de sus lienzos en distin­tas posturas. En el de la encendida polémi­ca, la niña está en una banca, con la pierna levantada, la falda corrida, mostrando sus calzones, tiene los ojos y las manos sobre la cabeza, mientras un gato lame leche derra­mada en el piso.

Theresa soñando, 1938.

Theresa soñando, 1938.

El rey de los gatos, 1935.

El rey de los gatos, 1935.

El aseo de Cathy, 1933.

El aseo de Cathy, 1933.

Fiel a los clásicos

¿Quién era Balthus? ¿Y por qué su obra ha sido tan controversial? Su nombre com­pleto era Balthasar Kłossowski de Rola. El artista polaco-francés nació en París, en 1908 y murió en Suiza, en 2001. Hijo de un historiador de arte de la élite cultural fran­cesa y perteneciente a la burguesía, tuvo dos matrimonios, cuatro hijos y una vida enig­mática, más bien reservada pues no solía hacer declaraciones ni hablar con la prensa.

En 1967 la Tate Gallery de Londres or­ganizó una exposición y le pidió que esbo­zara los datos biográficos que deseara incluir en el catálogo. A eso respondió: “La mejor manera de comenzar es diciendo: Balthus es un pintor del cual no se sabe nada. Y, ahora, contemplemos sus obras”.

En sus años de formación tuvo el apo­yo de Rainer María Rilke y Pierre Bonnard. Ya Lección de guitarra, pintado en 1934, fue motivo de controversia pues retrató una escena explícita entre una profesora y su alumna. A diferencia de ese cuadro, que sí es considerado porno, Balthus siempre negó que sus obras tuvieran esa connotación. Sin embargo, fue muchas veces acusado de pe­dofilia, aunque él rechazaba esos términos y definía su trabajo como realismo atemporal: “Las niñas son las únicas criaturas que toda­vía pueden pasar por pequeños seres puros y sin edad. Las jóvenes adolescentes nunca me interesaron más allá de esta idea”, decía Balthus. “Retraté su inocente impudor pro­pio de la infancia. Lo morboso se encuentra en otro lado”.

Su segunda esposa, Setsuko, a quien co­noció en un viaje a Japón en 1967, negaba que Balthus hubiera sido un pintor porno. “Ese cuadro (se refiere a Theresa soñando) es sobre todo una pintura hermosa e invita a mantener una mirada inocente. Si una falda levantada evoca sexo, es un problema de los países cristianos”, dijo en una entrevista.

Una de sus Teresas, Theresa sobre una banqueta, se ha vendido en diecinueve mi­llones de dólares en una subasta en Christie’s de Nueva York, en este año 2019.

Setsuko define a Balthus como “prisio­nero de sus búsquedas” pues siempre estaba insatisfecho con su obra. Lo recuerda como un genio y recuerda de él la mirada feroz, penetrante, que la fulminaba cuando le inte­rrumpía en el taller: “Era una línea roja que no podía atravesar. Contrastaba con la sua­vidad y dulzura con las que usaba el pincel”.

Lo suyo, y lo ha dicho la crítica y los curadores de las exposiciones recientes, fue el realismo poético. Pero su obra ha sido carne de cañón para los fundamentalistas contemporáneos, para los censores del si­glo XXI.

“Considerado como uno de los gran­des maestros del arte del siglo XX, Balthus es sin duda uno de los pintores más sin­gulares de su tiempo. Su obra, diversa, ambigua y tan admirada como rechazada, siguió un camino virtualmente contrario al desarrollo de las vanguardias. El propio artista señaló explícitamente algunas de sus influencias en la tradición histórico-artística: Piero della Francesca a Carava­ggio, Poussin, Géricault o Courbet. En un análisis más detenido, se observan también referencias a movimientos más modernos, como la Neue Sachlichkeit, así como de los recursos de las ilustraciones populares de libros infantiles del siglo XIX”.

“En su desapego de la modernidad, que podría calificarse de ‘posmoderno’, Balthus desarrolló una forma personal y única de arte de vanguardia, un estilo figurativo alejado de cualquier etiqueta. Su personal lenguaje pictórico, de formas contundentes y contornos muy delimitados, combina los procedimientos de los maestros antiguos con determinados aspectos del surrealismo y sus imágenes encarnan una gran cantidad de contradicciones, mezclando tranquilidad con tensión extrema, sueño y misterio con realidad o erotismo con inocencia”, dice la presentación de la muestra del museo Thys­sen, que reunió pinturas clave de todas las etapas de su carrera desde la década de 1920.

Para un recorrido virtual, se puede ingre­sar a: https://www.museothyssen.org/exposi­ciones/balthus.

Las tres hermanas, 1955.

Las tres hermanas, 1955.

La partida de naipes, 1948 - 1950.

La partida de naipes, 1948 – 1950.

Arte y religión

Balthus aprendió a pintar visitando el Louvre y mirando detenidamente lo que hicieron los clásicos. Así renunció a las van­guardias. No solo pintaba niñas en poses atrevidas. Pintaba escenas cotidianas en la que chicas y grandes son protagonistas. Es­cenas casi teatrales en la sala de estar de la casa o en la mesa de juego, con personajes que parecen vivir sin tiempo. En muchas de sus obras está, casi siempre presente, un gato, a decir de la crítica especializada, su alter ego. Y en algunas está también él mismo, como personaje. Picasso, el pri­mer comprador de una de sus obras, le dijo: “Eres el único pintor de tu generación que me interesa”.

Cuentan que su profundo amor por los gatos nació siendo un niño. A los diez años realizó una serie de 40 dibujos que describían su vida y aventuras con el gato Mitsou, al que había recogido de la calle. Rilke, amigo de su madre, quedó fascina­do por los dibujos y escribió el prólogo del libro que se publicó en 1921 y que está editado en España con el título de Mitsou, historia de un gato. En 1935 pintó su auto­rretrato, El rey de los gatos, la figura de un hombre aristocrático con un gato frotán­dose en su pierna derecha. La expresión del hombre y del gato los emparenta. No en vano tuvo hasta treinta gatos viviendo junto a él y su esposa japonesa en la enor­me mansión en Suiza.

La vida de la familia Balthus en el Gran Chalé se desenvolvía de manera distan­te, huyendo de la fama y del contacto con el mundo. “Amo las horas transcurridas mirando la tela y meditando frente a ella. Son horas incomparables en su silencio. En invierno la gran estufa gruñe. Los sonidos familiares del taller. Los pigmentos mezcla­dos de Setsuko, el rasguño del pincel sobre la tela: todo es absorbido por un silencio que prepara el ingreso de las formas sobre la tela en sus secretos (…). Desde los amplios ventanales del taller se contempla la imagen tutelar de las cumbres”.

Setsuko explica que la actividad coti­diana de Balthus era metódica y regular. “Pintaba solo con la luz del día, desde el alba hasta el crepúsculo, rodeado de numerosos gatos que aún hoy se desplazan silenciosos por los corredores del Gran Chalé. Era un apasionado de su trabajo, siempre fue pri­sionero de la búsqueda. Si sus cuadros re­sultaban bien logrados, se convertían en su alegría, objetivo de su existencia”.

“Trabajaba durante todo el día, sin co­mer al mediodía, para poder disfrutar de la luz del norte que para un pintor es im­portante porque es fría y no se mueve. Ter­minaba hacia las cinco de la tarde, comía alguna cosa y volvía al taller para limpiar los pinceles o subía a la habitación a con­sultar sus libros preferidos sobre el Rena­cimiento italiano, en particular sobre Ma­saccio y Piero de la Francesca que no por acaso ejercieron una gran influencia en su arte”, escribió Alexandra Zumthor en 2006, en un retrato del artista en los bosques de Rossinière.

Balthus escribió en sus memorias: “Pin­tar es salir de ti mismo, olvidarte, preferir el anonimato y correr el riesgo, a veces, de no estar de acuerdo con tu siglo y con los tuyos. Siempre empiezo un cuadro rezando, un acto ritual que me da la posibilidad de atravesar, de salir de mí mismo”.

Para él, pintura y religión mantienen la relación estrecha que el arte moderno ha dejado de lado. “Hay que volver a la sabidu­ría de los fresquistas italianos, a su lenta pa­ciencia, a su amor por el oficio y su certeza de alcanzar, pintando, la belleza”. Es este otro de los conceptos que le obsesionaron: captar la belleza como ya lo habían hecho los gran­des maestros clásicos. Y hacerlo de manera pausada, sentándose, si hacía falta, durante horas para dar tan solo una pincelada entre el humo del tabaco, que según dicen, no dejó hasta morir, el 18 de febrero de 2001.

El aristocrático y excéntrico pintor de lolitas y gatos, autor de una pintura realista, misteriosa, seductora y sin tiempo, odiado por unos y admirado por otros, tiene, sin duda, un lugar en la historia del arte con­temporáneo del siglo XX.


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