De la timidez a la excelencia. Setenta años de la Sinfónica Nacional.

Por Gonzalo Ortiz Crespo.

Fotografías: OSNE:

Edición 446 – julio 2019.

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La orquesta ha evolucionado hasta lograr niveles internacionales de calidad. Y también lo ha hecho el público, que acude masivamente a sus conciertos.

 

La Orquesta Sinfónica Nacional del Ecuador (OSNE) fue creada por decreto legislativo el 26 de noviembre de 1949 y desde entonces empezaron las gestiones para buscar presupuesto, músicos y director. Conformados en torno a un núcleo central —un cuarteto de músicos españoles que se trasladaron a Quito en 1955—, 40 ejecutantes integraron la primera orquesta estable de música académica del Ecuador, bajo la dirección de Ernesto Xancó. El primer concierto se ejecutó en 1956.

Al llegar a sus 70 años, la OSNE “ha evolucionado muchísimo y de eso estoy muy contento”, dice el maestro Álvaro Manzano, quien, en la historia de la orquesta es, de lejos, el que más tiempo ha tenido la batuta, pues está veintitrés años de director titular, sumando sus tres períodos distintos: de 1985 a 2001, el año 2006 completo y desde junio de 2013 hasta ahora. En el 85 regresó al país luego de especializarse como director de orquesta sinfónica y ópera en el Conservatorio Tchaikovsky de Moscú.

“Cuando llegué la orquesta era tímida. Aunque había algunos buenos músicos, la gran mayoría estaba allí porque no había más instrumentistas… Ahora ya hay competencia por los puestos y podemos escoger a los mejores”, explica. No son los músicos que egresan del Conservatorio Nacional o de conservatorios privados de Quito. “Se requiere que estudien más, que salgan al exterior, que se formen para la excelencia. Tenemos también buenos músicos extranjeros”.

La facilidad con que hoy se montan las obras es una demostración de los estándares profesionales de nivel internacional que ha alcanzado la OSNE. “Las obras que antes nos tomaban dos semanas, hoy se montan en dos, tres días”, dice el maestro. No es que haya apuro, pero la programación anual, que implica, a veces, dos conciertos en la misma semana, aprieta un poco al alistar piezas complejas.

La OSNE se presenta en escenarios muy variados. Aunque la Casa de la Música “es uno de nuestros favoritos” y el teatro Sucre es el oficial, “tocamos mucho en iglesias, en especial La Compañía. Quizá este año se ha tocado más allí que en ninguna otra parte”, dice Manzano. Y todos esos escenarios suelen estar llenos, lo que contrasta también con los ochenta, cuando a veces “había más músicos en el escenario que en la platea”, como recuerda Hernán Vásquez, director ejecutivo y antiguo violonchelista de la OSNE.

El público no solo se incrementó en número en los 34 años que han pasado desde la primera vez que Manzano dirigió la orquesta: “conoce más, está mejor preparado”, dice, aunque acepta que no es muy exigente. “Se pone en pie por cualquier cosa”, se ríe. “Pero ese entusiasmo se agradece. Está bien. Con el tiempo, todo llegará… Y comparado con lo que era antes, que tenía miedo de aplaudir, es mejor que peque por exceso”.

El público que ama la música clásica tiene hoy una variedad de posibilidades de escucharla: sitios web, radios por Internet, YouTube, podcasts, Spotify… pero nada se compara con un concierto en vivo. El maestro lo confirma: “La persona que escucha por medios electrónicos sabe que la música grabada es música embotellada, como una conserva… La música en vivo permite vivirla, como su nombre lo indica. Está allí y se va creando, o recreando mejor dicho, delante del espectador. Generalmente hay errores, muchos de ellos no perceptibles para el público, aunque sí para los músicos. Y eso es parte de oír música en vivo: el nerviosismo de los intérpretes, la emoción de los presentes, la interacción entre los dos, compartir el momento en que se hace arte, mientras traemos a la vida obras que estaban guardadas. En cambio, en una grabación todo está perfecto, porque una grabación no se hace toda de una vez y, si el director es demasiado exigente, puede tomar un mes”.

Cuando se le pregunta a Álvaro Manzano cuál es su mejor concierto, responde “El próximo. Estoy a la espera de que venga algo más”. Pero, presionado, acierta a decir que los estrenos de las sinfonías uno, dos, cinco de Mahler han sido hitos importantes (y, en este tren, en julio se estrena la séptima), “y sinfonías enormes como las de Shostakovich”, de las que se han estrenado cinco.

Respecto de los artistas que han venido a presentarse con la OSNE (Mstislav Rostropovich, José Carreras, Ryuhei Kobayashi, Roberto Bravo, Joan Manuel Serrat, Pepe Romero, Shlomo Mintz, Natalia Goodman, Renée Fleming, Juan Carlos Flórez y decenas de otros), él destaca la experiencia del año pasado con la violinista japonesa Midori, en la Casa de la Música. “Salí de ese concierto exultante. Ella fue una niña prodigio y ha hecho una carrera extraordinaria. Ahora ya está en sus sesenta años, y ha adquirido tal finura en su manera de manejar el violín que nos dejó simplemente sin palabras, a mí, a la orquesta y al público. Yo dirigía, y ver cómo interpretaba, cómo movía sus dedos, cómo movía el arco, me encandiló, no podía desprenderme de ella. De los últimos años, eso es lo mejor”. Se detiene un momento e insiste: “Definitivamente”.

La OSNE se define como “una institución musical profesional que forma parte del circuito sinfónico nacional”, no como la rectora del sistema, que ha pasado a ser el Ministerio de Cultura. Su principal misión, y en esto ha logrado ser referente nacional y latinoamericano, es “promover la democratización del acceso a la música sinfónica, escénica y cameral, tanto nacional como universal, a través de la creación, investigación, difusión y preservación”. Por eso acomete repertorios académicos, populares y de diferente generación, como dice Vásquez. “Forma públicos en la cultura de escuchar, apreciar y criticar las músicas, incentivando un mayor acercamiento y disfrute de la comunidad”.

La democratización del acceso, a través de sus conciertos didácticos, y las presentaciones que hacen grupos de sus instrumentistas en los colegios de la capital todas las semanas, se amplía ahora con la Orquesta Sinfónica Juvenil, un espacio para que los jóvenes sepan lo que es integrar una orquesta, las interacciones que se generan, los aprendizajes que se dan.

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Manzano y Vásquez destacan que el trabajo de la OSNE fortalece la identidad cultural de nuestra sociedad, tanto al difundir la música universal como al reforzar el repertorio de música académica ecuatoriana, estrenando las creaciones de sus compositores y presentando a solistas nacionales (Beatriz Parra, Leslie Wright, Boris Cepeda, Washington García, Luciano Carrera, Ecuador Pillajo, Pablo Valarezo, Jonathan Floril) y muchos músicos populares en versiones sinfónicas.

Manzano cree que “es muy importante que la orquesta se refresque y no esté siempre con el mismo director. Que tenga otra mano que la dirija, otra manera de hacer las cosas, otras ideas. Por eso es bueno que haya directores invitados”. Hay tres caminos para que vengan: por pedido de las embajadas extranjeras, propuestos por agencias que representan a artistas o por invitación activa de la OSNE a directores que conoce o está interesada en conocer.

Vásquez dice que la OSNE “ha tenido muchos bemoles y muchos sostenidos”. Él también ha tenido una larga vinculación con la orquesta, treinta años, desde integrante del cuerpo de músicos hasta director ejecutivo. Tiene estudios en gestión cultural y marketing. Entre sus logros destacan realizar la primera gira internacional de las orquestas sinfónicas del país; llevar a la orquesta a Chile, Argentina, Colombia, Venezuela, República Dominicana, entre otros países.

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Por fin, una sala de ensayos

Los discordantes sonidos de instrumentos de viento, que afinan algunos músicos, dificultan el diálogo con el maestro Álvaro Manzano, quien habla quedo y con los ojos tan entornados que apenas deja una línea visible entre los párpados. Y aunque Hernán Vásquez, director ejecutivo de la OSNE, se expresa con entusiasmo y voz más alta, los trombones y trompetas también interfieren en la entrevista.

Eso de que atruenen los instrumentos sucede casi todos los días, desde hace años, en las oficinas de la OSNE y, francamente, aunque los funcionarios administrativos se muestran estoicos, en el fondo están hartos. Es que la orquesta más importante del país no tiene sala de ensayos propia, por lo que hay músicos que, cuando les toca repasos individuales de sus partituras, lo hacen en alguna habitación de la sede administrativa. Esta es, desde 1992, un chalet presuntuoso de La Mariscal, con pórtico de columnas y tímpano que, según la Guía de la Arquitectura de Quito, de Alfonso Ortiz, fue construida entre 1941 y 1943 por la familia Grijalva Tamayo. Los directivos de la OSNE se entusiasmaron cuando se pudo comprar la casa en 1992, con fondos que había apartado el Gobierno de Borja y que se desembolsaron en el de Durán Ballén, porque era la primera sede propia y por estar situada a pocos metros de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, institución que, a lo largo del tiempo, es la que más ha prestado sus salas para los ensayos.

Pero no es siempre posible contar con salas en la CCE, aparte de que no están adecuadas para lo que una orquesta requiere. Hubo años en que ensayó en el teatro Sucre, el cual, a pesar de ser la sede oficial, no puede acoger a la orquesta de lunes a viernes, dado que se hacen montajes para otras obras que se presentan a lo largo de la semana. En los últimos tiempos ensaya en el auditorio del Conservatorio Nacional de Música.

Pero al fin parece que la OSNE tendrá, por primera vez en la historia, sala propia en noviembre, coincidiendo con los 70 años del decreto que la creó. Una sala o varias que es, en realidad, lo que necesita, ya que, a veces, diferentes grupos de instrumentos (cuerdas o vientos de metal o vientos de madera, por ejemplo) deben ensayar por separado, o que un conjunto de cámara, que queda libre, ensaye por su parte, mientras la orquesta en pleno ensaya en otro ambiente.

Por eso, todos en la orquesta están poniendo empeño en concretar este proyecto. ¿Dónde? En las antiguas bodegas del Banco Central del Ecuador, en la Gaspar de Villarroel y 6 de Diciembre. Allí se está adecuando el primero de cuatro hangares que el exinstituto emisor ha cedido a la OSNE. Convertir un hangar en una sala de ensayos es una operación compleja: se necesita, por supuesto, mejorar la acústica interior e insonorizarla hacia el exterior pero, además, baños, salas de estar, un pequeño bar, bodegas de instrumentos, seguridad.

Por supuesto, no es lo único que se planifica para celebrar los 70 años de la OSNE, porque va a haber grandes conciertos en salas cerradas y al aire libre, como la reposición de Carmina Burana y la Novena sinfonía de Beethoven. Pero para la institución musical contar con una sala de ensayos propia es fundamental: “El mejor regalo de los 70 años”, dice Vásquez. Contenidos, como todos aquellos a quienes le cuesta mucho conseguir algo, los directivos sueñan con poder contar con varias salas de ensayos: una, la mayor, en que pueda ensayar la OSNE al completo con coros y ballet; otra para la Orquesta Sinfónica Juvenil, otras para grupos de instrumentos y, poco a poco, andando el tiempo, convertir a este complejo en un nuevo centro cultural para esa zona de Quito.

Manzano y Vásquez destacan que el trabajo de la OSNE fortalece la identidad cultural de nuestra sociedad, tanto al difundir la música universal como al reforzar el repertorio de música académica ecuatoriana, estrenando las creaciones de sus compositores y presentando a solistas nacionales.


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