La búsqueda de El Dorado.

Por Fernando Hidalgo Nistri.

Edición 447 – agosto 2019.

La muerte de Atahualpa (dibujo de Guamán Poma de Ayala) significó la premura por esconder los tesoros incas.

La muerte de Atahualpa (dibujo de Guamán Poma de Ayala) significó la premura por esconder los tesoros incas.

Tal como han venido destacando los historiadores, el descubrimiento de Amé­rica fue un gran excitante de la fantasía de los hombres de la época. El acontecimiento hizo que todo resultara más creíble, incluso aquello que resultaba francamente invero­símil. Una buena prueba de ello fue la reac­tualización de leyendas que durante siglos habían circulado por Europa. Mitos tales como la prometida Edad de Oro, el País de la Cucaña, Ofir, la Ciudad de los Césares, la Fuente de la Eterna Juventud, etc., empe­zaron a ser vistos como realidades plausi­bles. A tal punto se excitó la imaginación que incluso hubo quienes creyeron que en las tierras recién descubiertas yacía ese Pa­raíso Terrenal sobre cuya localización tanto habían disputado los doctores medievales. Para colmo, no pocos intelectuales de fines del siglo XV y comienzos del siguiente lle­garon a concluir que la hazaña colombina estaba abriendo las puertas a una nueva etapa de la humanidad. El clima de opti­mismo que se forjó en torno a la aventura colombina permitió identificar a Améri­ca como un lugar geográficamente hecho para que los hombres alcanzaran la dicha y la felicidad. Lo divulgado por los pri­meros testigos acerca de los portentos que habían visto tuvo un impacto descomunal entre una población poco alfabetizada y ya de por sí muy propensa a imaginar más de la cuenta. Las novedades americanas ade­rezadas con el componente de la mitología clásica y medieval crearon las condiciones perfectas que abrieron de par en par las puertas de la credibilidad. En realidad el entusiasmo que generaron las “maravillas” del Nuevo Mundo no hizo sino poner en evidencia la necesidad de solventar viejas demandas que desde hace mucho tiempo se mantenían represadas y sin solución aparente. Las noticias, verdaderas o falsas, acerca de las riquezas que allí podían en­contrarse movilizaron a centenares de cam­pesinos, viejos soldados y hasta convictos por la justicia. América se convirtió, pues, en una poderosa fuente de optimismo y a la larga en un lugar apto para realizar fan­tasías de todo tipo. Los significados que se atribuyeron al descubrimiento dieron pie a que se escribiera eso que bien podemos llamar como el primer capítulo de la gran Enciclopedia de la esperanza americana. De una manera resumida, este fue el universo mental que envolvió a la Europa de la época y particularmente a España.

Felipe Guamán Poma de Ayala

Fue un cronista indígena de la época del virreinato del Perú. Guamán se dedicó a recorrer durante varios años todo el virreinato y a escribir su Primer nueva corónica y buen gobierno, uno de los libros más originales de la historiografía mundial. Esta obra de 1180 páginas y 397 grabados, que terminó de escribir en 1615. Tenía como destinatario al rey Felipe III y fue enviada a España, sin embargo, se extravió en el camino. Hoy se conserva en la Biblioteca Real de Dinamarca y es posible consultarla en línea.

Fuente: www.taringa.net

Mitología doradista

De entre todas las leyendas que tratan sobre lugares maravillosos, la de El Dora­do estuvo entre las más populares. Lejos de lo que puede creerse, el origen de este mito no procede del todo de fuentes americanas. Si bien es cierto que una de las patas que sostuvieron la fábula fueron las noticias que proporcionaron los propios indígenas, no es menos cierto que su credibilidad vino reforzada por la autoridad de la mitología europea. El relato de El Dorado confirmó las especulaciones que en Europa se venían vertiendo desde muchos siglos atrás. Los que más han profundizado en el tema han sugerido que la primera versión del mito puede encontrarse en la Argonáutica de Valerio Flaco, un poeta romano del siglo primero. La tesis que enunció el vate hizo mucha fortuna y fue muy acogida por los eruditos medievales y más tarde por los hu­manistas italianos del siglo XV. Aquí la cla­ve de todo fue la localización de una parte del continente bajo la línea ecuatorial. Muy influidos por la alquimia, la teoría en cues­tión afirmaba cómo una de las propiedades de la equinoccial era la de engendrar vetas de oro en el suelo. Allí, decían, los “metales se criaban como plantas”. La razón de este prodigio había que encontrarla en la acción benéfica del sol y de los planetas. Los poten­tes rayos del astro rey, desde siempre repre­sentado en tonos dorados, eran los que lo­graban, no se sabe bien cómo, transmutarse en ricas vetas auríferas. Todo un ejemplo de cómo el saber geográfico solía estar con­taminado de mitología. Como decían, “en esta línea (la equinoccial) hallamos tantas y tan admirables propiedades que con razón despiertan y avivan los entendimientos”. El mito estuvo muy presente en los cuatro viajes de Colón ya que él seguía el consejo de su valedor florentino que le había re­comendado navegar hasta la equinoccial en donde “son las cosas grandes y de gran precio”. Para abundar en más detalles sobre los orígenes europeos de la mitología dora­dista los eruditos también han sugerido la existencia de un estrecho parentesco con la historia del Vellocino de Oro. Por último, hubo algunos que tuvieron la ocurrencia de relacionar los monstruos guardianes de te­soros, un motivo muy típico de la literatura clásica y medieval, con la boas americanas. En resumidas cuentas, todo esto nos indi­ca que los hombres de la conquista habían venido con ideas más o menos precisas de lo que iban a encontrar en el interior de las selvas americanas. Como bien dijo en al­gún momento Levy-Strauss, “los españoles no trataron de adquirir nuevas nociones en América, sino más bien de verificar leyen­das antiguas”.

Diego de Almagro, Francisco Pizarro y Vicente de Valverde.

Diego de Almagro, Francisco Pizarro y Vicente de Valverde.

Expresiones de la fantasía

Lo que resulta más fascinante de los ciclos doradistas es ver cómo lograron per­durar en el imaginario americano hasta fe­chas muy recientes. Es que si algo tienen los mitos es su tozudez, esto es su gran capaci­dad para mutar y adaptarse a las nuevas cir­cunstancias. Ciertamente la versión inicial de la leyenda no permaneció tal cual, más bien adquirió nuevos ropajes. Su compor­tamiento es comparable al de Proteo, ese personaje de la mitología clásica que tenía la capacidad de mutar de rostro cuando le apetecía. Digamos que la fantasía, siempre ansiosa por hacer travesuras, ha tendido a buscar múltiples cauces de expresión. Esta operación no revistió mayores dificultades, si se tiene en cuenta que el hombre ameri­cano desde siempre ha estado muy habi­tuado a soñar y a embarcarse en empresas arriesgadas en busca de imaginarios teso­ros. Curiosamente uno de los momentos donde El Dorado revivió con fuerza fue en los albores del siglo XIX, una época en la que la fantasía se hallaba en franca retirada. El gran acontecimiento de la Independen­cia resultó ser tierra fértil para avivar una vez más la credibilidad. Un buen ejemplo de estas continuas reactualizaciones del mito es el conocido tropo de Olmedo que aparece en su poema épico La victoria de Junín y que describe la geología de los An­des en términos de una estructura sosteni­da por enormes columnas de oro macizo. Aunque es evidente que solo se trata de un mero ejercicio retórico, no es menos cierto que la metáfora transluce la convicción de que el país albergaba un enorme emporio de riquezas que debían ser aprovechadas. ¡Una vez más el mito con pretensiones de convertirse en saber geográfico!

Los Llanganatis

Pero aún hubo más, otros resabios de El Dorado quedaron plasmados en esa obse­sión muy ecuatoriana por descubrir teso­ros escondidos y que ha llegado a superar lo esperpéntico. Hay muchos ejemplos de ello, tal como es el caso de los buscadores de huacas, que hasta ayer nomás pululaban por el país. Pero sin lugar a dudas el caso más paradigmático fue el del famoso tesoro de los Llanganatis que tanto ha dado que hablar hasta nuestros días. A tal punto llegó a concitar la atención que, incluso, cientí­ficos escrupulosos cayeron presa de sus hechizos. Richard Spruce, el famoso botá­nico inglés que recorrió el Amazonas y que finalmente recaló en el Ecuador, se interesó en el tema. De hecho llegó a conseguir una copia del Derrotero de Valverde, el supuesto plano que conducía al tesoro. Pero no solo esto, se permitió publicar un artículo sobre el tema en la revista de la Royal Geographic Society. Un análisis pormenorizado de la historia muestra una serie de elementos muy característicos de los ciclos doradistas. Uno de ellos salta a la vista: la existencia de fabulosos depósitos de oro. Pero también estuvo el deseo de un enriquecimiento fácil y sin esfuerzo a costa de hacerse con tonela­das de metales preciosos. Incluso desde una óptica freudiana, hay estudios que encuen­tran en El Dorado un tejido mitológico que gira en torno al simbolismo de lo acuático. Desde tiempos de la conquista, el imagina­rio criollo estableció un vínculo entre agua y tesoros. Si en la leyenda la laguna de Gua­tavita tuvo un gran protagonismo, lo mis­mo ocurrió con los Llanganatis que, como se sabe, decía que el tesoro de Atahualpa podría estar sumergido en alguna de las tantas lagunas que salpican la cordillera.

Gonzalo Pizarro (al centro) recibiendo a Francisco de Carvajal (a la derecha).

Gonzalo Pizarro (al centro) recibiendo a Francisco de Carvajal (a la derecha).

Fascinación por la selva

Pero sin lugar a dudas cuando mejor quedaron plasmadas las nuevas versiones del mito fue en el momento en que los ame­ricanos empezaron el redescubrimiento de la región Amazónica. Un recuento de las descripciones que hicieron los explorado­res del siglo XIX y del siguiente muestran claramente cómo El Dorado se reactualizó y alcanzó máximos de popularidad. Como ocurrió con la hazaña colombina, allí los modernos viajeros y colonos sufrieron au­ténticas alucinaciones. Siguiendo la tóni­ca, una vez más la geografía real tendió a confundirse con una geografía imaginaria. “El Oriente —decía un explorador de la región— ha sido para nosotros un mundo fantástico en donde habitan náyades, sílfi­des y hadas”. El padre Vacas Galindo, situa­do en el mirador de Macas, veía “maravillas y bellezas que jamás había soñado”. No es por lo tanto una casualidad la cantidad de veces que el término fue empleado para hacer alusión a la cuenca amazónica. Lo más extraordinario de todo es que el poder de fascinación que ejerció la selva también hizo fantasear a científicos consumados y programados para discriminar lo que era y lo que no era.

A primera vista parecía evidente que las planicies de la gran hoya estaban pro­videncialmente predispuestas a ser las más ricas del planeta. La asombrosa fecundidad de su suelo y la enorme variedad de pro­ducciones auguraban el próximo adveni­miento de una era marcada por el signo de la opulencia. Las playas de los ríos estaban repletas de granos de oro, solo faltaba la mano laboriosa que se dignara recogerlos. El siguiente relato de un soñador utópico que exploró la Amazonía explicita muy bien hasta qué punto allí la fantasía hacía estragos. “Cuando quiero descansar de mis trabajos agrícolas me vengo a la playa a la­var oro… estas son mis distracciones”. ¡Qué más se podía pedir! La gran fertilidad del suelo y las ventajas climatológicas por su parte generaron unas imágenes en las que se puede reconocer la mítica Jauja o el País de la Cucaña, en donde todo se daba en abundancia y de manera espontánea. “Lo primero que se me presentó a la vista fue un extenso piñal… luego un cañaveral… más allá había yucales, tabacales, cafetales y maizales…”. Estas visiones de la Amazo­nía, sin embargo, adquirieron más senti­do dentro del contexto de una economía como la capitalista y de un industrialismo galopante que valoraron lo amplio, lo ex­tenso y lo descomunal. Los recursos infi­nitos que podían proveer los fértiles valles orientales permitirían que se cumpliera ese gran deseo de los economistas modernos que consistía en satisfacer las necesidades más apremiantes del hombre y erradicar definitivamente la pobreza. En la Amazo­nía sería posible abolir la escasez, ese gran obstáculo que había impedido a la huma­nidad suplir sus necesidades más urgentes. Allí, en definitiva, era posible el milagro de lograr que la riqueza no solo fuera pa­trimonio de unos pocos sino de todos. La eliminación del factor rareza augura el fin de esa vieja cultura económica basada en el expolio de los unos sobre los demás. En definitiva, bajo estas condiciones tan favo­rables, parecía cercano el día en que la po­breza sería una excepción más que la regla.

Historia----4

Un país inédito

La Amazonía, sin embargo, no solo pasó a representar El Dorado en su vertien­te meramente económica. Igual que ocu­rrió con los campesinos pobres de la Espa­ña del descubrimiento, esta también repre­sentó un espacio de liberación plena. No en vano, detrás de los discursos se escondía una feroz crítica a la política que había su­mido al país en el caos. En la selva había señales positivas que indicaban cómo allí viejas frustraciones y la resistencia al cam­bio finalmente iban a dejar de ser operati­vas. Los pioneros que se asomaban a los últimos riscos de las cordilleras para con­templar el grandioso espectáculo de la “Provincia de Oriente” no veían otra cosa que un territorio en donde era factible lle­var a cabo todas sus fantasías. Y es que un nuevo orden demandaba tierras vírgenes. Atrás quedaba el viejo tiempo y los oscuros días en donde solo habían dominado las estrecheces del espíritu gótico. Atrás tam­bién quedaban los pobres y erosionados suelos serranos. El horizonte infinito, a la vez que evocaba la libertad, invitaba a so­ñar y a pensar en grandes emprendimien­tos. Muy influidos por las ideas liberales, los desheredados pioneros encontraron en las selvas el futuro reino de la propiedad. Aquí no estaban los viejos terratenientes que habían acaparado las tierras. La propia geografía sufrió un importante proceso de resemantización de modo que a todo se le confirió un nuevo significado. La Sierra, plomiza y llena de “antros cavernosos”, se convirtió en una metáfora del fanatismo, de la miseria y del estancamiento. Por el contrario, los “horizontes azules, diáfanos e ilimitados” del Oriente evocaban optimis­mo, cambio, movimiento, liberación y una vida desahogada. Todo indicaba que en las vastas planicies situadas al este de los An­des era posible refundar esa república que los caudillos de turno habían traicionado. Por último, algunos iluminados, en su de­seo de romper más drásticamente con el pasado, llegaron a cavilar la posibilidad de crear un país totalmente inédito al cual in­cluso le dieron un nombre: República del Amazonas. La propuesta, vale la pena re­calcarlo, no fue una ocurrencia propia de intelectuales de segundo rango sino de toda una figura: la del mexicano José Vas­concelos. Sus ideas y mensajes ejercieron una influencia determinante en medios in­telectuales sudamericanos y particular­mente ecuatorianos. Pero los conceptos que enunció en sus obras se inspiraban a su vez en otro mito muy de la época: la de que América estaba en vísperas de convertirse en el nuevo centro gravitatorio del planeta. Con el convencimiento de que el fenóme­no de la civilización migraba de este a oes­te, no dudaron en pensar que estaba a pun­to de cruzar el Atlántico y sentar sus reales en los trópicos sudamericanos. En este mundo virgen y sin historia, ya no solo iban a renacer las repúblicas americanas sino la propia cultura occidental. Tal fue el músculo que exhibió toda esta mitología que, en la década de 1930, Pío Jaramillo Al­varado todavía seguía sosteniendo que la Amazonía era una especie de depósito de “energías nuevas” hechas ad hoc para dar nueva vida al espíritu de la civilización. Así, pues, como sostuvo un grupo de francisca­nos de la rama observante en tiempos de Colón, todo parecía indicar que allí estaba previsto que tuviera lugar un nuevo co­mienzo de la historia de la humanidad.

“Según la tradición, allá en los días de la Colonia hubo en Latacunga un español de apellido Valverde, que siendo muy pobre se transformó en un hombre riquísimo de la noche a la mañana […] La riqueza de este individuo se atribuye a que habiéndose casado con una chiquilla in­dia, el padre de ella, cacique de Píllaro según dicen, llevó muchas veces a Valverde a unos agrestes parajes de los Llanganatis, mostrándole el sitio en que estaba escondi­da una parte de oro acumulado por los indios de Quito para el rescate del inca Atahualpa. Antes de morir y en su lecho fatal, Valverde reveló el secreto del escondite de tales tesoros, en un escrito destinado al rey de España. Este escrito es su Guía o Derrotero”.

(Llanganati, Luciano Andrade Marín)


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