Desde el balcón mayor.

Por Jorge Ortiz.

Edición 447 – agosto 2019.

Mundo

El olor de multitudes lo enardecía, lo excitaba, le alborotaba las neuronas y hasta las hormonas. Y, claro, ante las masas sus discursos eran vibrantes, atronadores. Y ese día, 21 de diciembre de 1989, se sentía más estimulado y resuelto que nunca: una semana de protestas callejeras, en que las turbas se habían tomado las plazas, indignadas por una situación económica desesperante y una represión política feroz, lo obligaban a él, al líder, al ‘conducator’, a recurrir a sus mejores dotes de orador, de domador de muchedumbres. Además, ese día iba a hacerle al pueblo, a ‘su’ pueblo, un regalo convincente: anunciaría el aumento del salario mínimo, la creación de un subsidio para los niños y el alza de las pensiones para los jubilados.

Las aclamaciones que recibiría serían estruendosas. Nicolae Ceaucescu había empezado muy joven su actividad política: en 1932, con catorce años recién cumplidos, se afilió al partido Comunista, por entonces clandestino e ilegal, y se lanzó a la pelea y la sedición. A los dieciocho años ya tenía tres arrestos, fama de violento y una ficha policial como “agitador peligroso”. En 1940, preso otra vez, conoció en la cárcel a Elena Petrescu, comunista y facciosa como él, con quien se casó en 1946. Antes, en 1943, estuvo internado en un campo de concentración, donde compartió rigores y desdichas con quien desde entonces sería su líder y mentor político, Gheorghe Gheorghiu-Dej.

En efecto, cuando los comunistas tomaron el poder, en 1947 (la Unión Soviética había recibido, en el reparto de poderes e influencias de la posguerra, el control total de Europa Oriental), Ceaucescu fue designado ministro de Agricultura y viceministro de Defensa por Gheorghiu-Dej, quien se había convertido en primer ministro de Rumania. En 1950 le dio el rango militar de mayor general, en 1952 lo llevó al comité central, en 1954 lo integró al politburó y en 1959 lo hizo su segundo en la jerarquía comunista. Ceaucescu quedó a sólo un paso de la cima del poder.

Ese paso lo dio en 1967, tras la muerte de Gheorghiu-Dej, cuando asumió como presidente del Consejo de Estado. Ceaucescu se conectó sin tardanza con las masas: él encarnó, en su país, el auge y el prestigio que por entonces el socialismo tenía en el mundo y, más aún, su alejamiento de la órbita soviética lo proyectó como un dirigente autónomo y no alineado, que incluso llegó a criticar la invasión soviética de Checoslovaquia. Pero, azuzado  por su mujer, trastornado por el poder e impulsado por su ideología, pronto se convirtió en un dictador despiadado, de puño de hierro y corazón de piedra. Para financiar su plan de industrialización acelerada, de inspiración estalinista, se dedicó a exportar gran parte de la producción agrícola rumana, lo que deterioró el nivel de vida de la población. El fracaso del modelo económico, similar en todos los países del este europeo, hizo que los decepcionados se multiplicaran con rapidez, a lo que se sumó la constatación, que era diaria, del nivel de vida opulento y ostentoso de Ceaucescu y su mujer, quienes en el paroxismo del culto a la personalidad ordenaron construir el Palacio del Pueblo, un edificio insolente y desmesurado, que es, después del Pentágono, en Washington, el más grande del mundo.

Y desde ahí, desde el balcón mayor del Palacio, el 21 de diciembre de 1989 Ceaucescu hizo su anuncio de salarios, bonos y pensiones. Pero, extrañamente, la multitud no lo aclamó. Hubo, primero, un silencio helado y, después, un murmullo ronco que fue creciendo, extendiéndose por la plaza y subiendo al balcón, donde la plana mayor del partido, la vanguardia de la revolución proletaria, reaccionó desconcertada a lo que ya era un rugido de la muchedumbre. El régimen socialista estaba caído.

Seis semanas antes, el 9 de noviembre, el Muro de Berlín se había desplomado. En todo el este europeo la gente perdió el miedo: había, al fin, esperanza. El 16 de diciembre empezaron las protestas en Rumania. De Timisoara, a pesar de la represión y la matanza, el descontento se propagó. Ceaucescu, instalado con pose imperial en su balcón, quiso calmar las quejas y volver a ser el líder de siempre, el ‘conducator’ indiscutido. Pero ya era tarde: 42 años de régimen socialista, 22 de ellos bajo su mando, estaban terminados. Cuatro días después, el 25 de diciembre de 1989, Ceaucescu fue apresado, sometido a juicio y condenado a muerte. En pocos minutos, cuando se supo de la sentencia, decenas de voluntarios se ofrecieron a integrar el pelotón de fusilamiento: querían apretar el gatillo para asegurarse de que el dictador muriera. Los cadáveres de Nicolae y Elena fueron exhibidos esa noche por la televisión. Dicen que nunca se vio una Navidad tan jubilosa en Rumania…


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