El príncipe de las tinieblas.

Por Huilo Ruales.

Ilustración: Miguel Andrade.

Edición 447 – agosto 2019.

Firmas---Huilo

El Extra tuvo la primicia, como siempre. Con todo gusto dedicó una doble página a colores y con un enorme título que por poco no alcanza en el formato tabloide: “Satanás nace en El Triunfo”. El diario La Tarde, siguiendo el buen ejemplo, tituló “Luzbel ve la luz en el Guayas”. Un diario manabita más modesto, y no por ello menos imaginativo, tituló “El Diablo viene, prepárate”.

Por su lado, las lenguas viperinas de las radios pusieron en juego toda su mitomanía narrativa. Lo habían encontrado tirado en medio de un charco, desnudo, casi vivo y fosforescente. Las ratas muertas de hambre en lugar de zampárselo le habían mostrado un respeto en nada propio de este mundo. Un trío de borrachos trasnochados, al ver su bulto flotando en el lodo y rodeado de ratas que más bien parecían estar adorándole, se pusieron en su sano juicio. Intentaron huir pero una fuerza inexplicable, como un hechizo, no solo los detuvo sino que los conminó a recogerlo. Eso había ocurrido antes del amanecer, y al ocaso, después de pasar de mano en mano y por algunas pilas de agua bendita, había ingresado al hospital Luis Vernaza. Era allí en donde se encontraba Satanás, queridos radioescuchas.

Lo cierto es que, gracias a la prensa y la radio y el boca a oreja, una inmensa ola de curiosos, ávidos por conocer en vivo y en directo al mismísimo diablo, taponaron las siete entradas del hospital. Fue indispensable el garrote policial para disolver la avalancha que impedía el ingreso de un equipo de curas exorcistas. Con toda la parafernalia que exigía tremendo oficio y estorbados por reporteros y camarógrafos, los curas se embelesaron en el súcubo. Pero bastaron algunos exámenes y el criterio unánime de una junta de médicos para que se terminara el cuento. Un cura, que no aceptaba la derrota, lo volteó con sus propias manos en busca del mítico rabo. Pero aquella criatura casi no tenía ni trasero. Desilusionados, los curas se borraron, no sin maldecir a los periodiqueros y a los loros de las radios por el paquetazo. Igualmente, y casi con la misma velocidad que irrumpió, el gentío se esfumó, mandando todo al diablo.

En cuanto a los médicos, habituados al desfile de fenómenos, no les llamó la atención sus cuatro aletas simétricas, ni su cráneo hidrocefálico ni su doble giba, sino la evidente solidaridad con la que sus órganos vitales trataban de juntarse a la altura del diafragma. Solamente así se explicaba el milagro de que no hubiera nacido muerto. De que, cada vez menos por cierto, su corazón continuara latiendo. Un par de médicos lo aprovecharon para dar unas tres clases magistrales sobre los escabrosos límites de la vida. Pero, a la final, todos terminaron olvidándolo y el engendro quedó arrumado en un habitáculo, enredado de sondas. Solamente alguna abúlica enfermera cada mañana tenía la responsabilidad de verificar si seguía vivo y, en ese caso, de cambiarle el suero. Por supuesto, no dejaban de merodearlo algunos empleados de limpieza, los convalecientes y sus visitas, y uno que otro novelero en busca de milagros. Incluso algunos, cuya lascivia era más fuerte que el miedo, se permitieron selfis posando, como pescadores junto a su trofeo, al lado del diablo. ¿Qué podría hacer esa cosa si por mala pata siguiera viva?, se preguntaban santiguándose.

Hasta que, dos noches más tarde, una sombra se escabulló hacia la cuna del esperpento. Se trataba del profesor Nosferatu, un megalómano charlatán de feria. Con el corazón pateándole en todo el pecho, desconectó el suero y el oxígeno, lo envolvió en la sábana, lo tomó con una mano abierta como a un desmesurado tamal y lo deslizó en su maleta. Cinco minutos más tarde, estaba en la calle respirando la humedad cargada del aire y con el diablo en el maletín latiendo como una bomba.


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