El amor en Chernóbil.

Por María Fernanda Ampuero.

Ilustración: Maggiorini.

Edición 447 – agosto 2019.

Firmas---Ampuero

Lo que más me impactó del libro de Svetlana Alexiévich Voces de Chernóbil y de la serie de HBO Chernobyl fue lo de la pareja de recién casados. Ludmila y Vasili eran una chica y un chico jóvenes, aún flotando en la eternidad del enamoramiento y en el deseo sexual cuando hay amor, eso que tanto se parece al paraíso, cuando él, bombero de la pequeña localidad de Prípiat, recibió una llamada de urgencia para apagar un fuego en la central nuclear cercana, Chernóbil.

Lo que en verdad estaba pasando lo saben ustedes y lo sé yo, pero él, esa noche en la que se cambió su pijama todavía caliente por un mono de trabajo, no lo sabía. Tampoco su amada que, con ese mal cuerpo que nos dejan las cosas que pasan de madrugada, se quedó despierta mirando por la ventana el humo rosa y naranja que empezaba a adueñarse del cielo y de la tierra.

Era casi hermoso, dicen, lo del humo transformando la madrugada en un atardecer.

Tampoco sabía ninguno que eso no era humo.

Lo siguiente fue el espanto, la historia desgarradora en la que se convierten sin quererlo ciertas vidas, ciertas pobres vidas que no tienen más opción que la obediencia, que están, pues, en manos de un puñado de desgraciados. Vasili, como tantos chicos de Prípiat, entró como carnecita tierna a la boca hambrienta del infierno. La radiación no se ve, así que los muchachos pelearon con cosas de este mundo: agua, arena, contra el fuego, ese enemigo conocido. Mientras lo hacían, es decir, mientras dirigían las mangueras a las llamaradas, algo furioso, ciego, asesino estaba entrando en sus cuerpos.

Quinientas bombas de Hiroshima sobre sus cabezas.

Más les hubiese convenido morir en ese instante.

Vasili nunca volvió a su casa. Se los llevaron directamente a un hospital. Ludmila, que estaba embarazada, salió a la calle a buscar noticias sobre su marido y, según le contó a la periodista Alexiévich, encontró esto:

“Nadie hablaba de la radiación… Solo los militares iban con caretas. La gente de la ciudad llevaba su pan de las tiendas, las bolsas abiertas con los bollos. En los estantes había pasteles… La vida seguía como de costumbre. Solo… lavaban las calles con un polvo…”.

Lo que sigue es una historia más grande que Romeo y Julieta. El periplo de esa muchacha rusa, recién casada y esperando a su primer hijo, loca de amor por su marido, peleándose contra l a burocracia y el secretismo de esa gente que por evitar la vergüenza internacional —¿cómo iba a permitirse la gran Rusia hacer el ridículo frente a sus enemigos?— mandaron miles y miles de sus ciudadanos a la muerte más terrorífica que se pueda imaginar. No los mandaron a morir, no, los mandaron al infierno.

La increíblemente valiente Ludmila llegó hasta un hospital de Moscú donde habían mandado entre gran silencio a esos chiquillos moribundos. Les tenían miedo —y con razón— y el personal sanitario evitaba contacto con ellos. Estaban aislados, con dolores pavorosos, dando alaridos de terror y solos, solísimos.

Con sobornos y ruegos, Ludmila consiguió cuidar a su amado —ya hecho una sola llaga, como un ser al que le han dado la vuelta a la piel, como un monstruo sanguinolento salido de una película de terror—. Vasili murió como nadie debería morir. La radiación licuó sus órganos y desde dentro hacia fuera todo él, una papilla de ser humano, la vida imposible, fue muriéndose. Su chica no se movió de su lado e hizo por él, dios, cosas como limpiar con delicadeza infinita pedazos de su hígado que iban saliéndosele por la boca ya sin labios.

Ludmila no era tonta: sabía que estar ahí era peligroso para ella y para su bebé, pero no iba a dejar que su marido, su amor, se muriera como un perro tras una cortina plástica, aullando, abandonado. Le dio leche, sopa, ternura, hasta que la vida abandonó ese cuerpo que era una sola llaga inmensa.

Hoy, más de treinta años después de Chernóbil, la ropa que llevaban Vasili y sus compañeros sigue encerrada tras plomo en el sótano de ese hospital. Entrar a ese cuarto significaría la muerte.

El bebé de Ludmila y Vasili, por supuesto, no vivió. Dicen, creen, que el feto absorbió toda la radiación que emanaba su padre y así salvó la vida de su mamá. El amor antes del amor.

Pocas veces he llorado tanto con una historia como con la de Vasili y Ludmila, personas reales con historias reales, y con un nivel de amor y sufrimiento que desafía lo que conozco sobre el corazón humano. El dolor es aún más grande al pensar que lo que les pasó se hubiese podido evitar si los encargados de la central y los políticos hubiesen sido honestos respecto a lo que estaba pasando —quinientas bombas de Hiroshima— y hubieran evacuado de inmediato la ciudad. La muerte de Vasili y de miles de vasilis era evitable, pero no se hizo simplemente porque alguien allá arriba —siempre hay un allá arriba— consideró más importante el buen nombre del país que la vida de sus habitantes.

Hoy estamos asistiendo a un Chernóbil lento pero seguro. Dicen que a este planeta tal como lo conocemos le quedan treinta años. ¿Qué hacemos? Tomar fotos. Nunca ha hecho tanto calor, los glaciares se derriten, desaparecen las selvas, se extinguen los animales, el océano se plastifica. Los terremotos y los mares nos comerán si es que no nos morimos primero de sed.

“Nadie hablaba de la radiación… Solo los militares iban con caretas. La gente de la ciudad llevaba su pan de las tiendas, las bolsas abiertas con los bollos. En los estantes había pasteles… La vida seguía como de costumbre”.

Todos nosotros estamos viviendo en Prípiat y, ¿saben qué es lo peor?: que la gente que está allá arriba sigue negando que esto es real y que nos va a destruir. ¿Saben qué es lo peor?: que la gente como Vasili murió en vano.

Y eso, amigos, amigas, es lo más triste del mundo.


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