Romanticismo y fracaso.

Por Ana Cristina Franco.

Ilustración: Luis Eduardo Toapanta.

Edición 447 – agosto 2019.

Firmas---Franco

Había una vez dos amigos. El uno era robusto, el otro flaco. El uno prefería el café, el otro el té de manzanilla. El uno tomaba vino, el otro agua. El uno era bueno en matemáticas, el otro en sociales. Digamos que el uno, el artista, se llamaba Z, y digamos que el otro, el robusto, el pragmático, se llamaba A. Z había leído muchísimo (quizá demasiado) pero cuando le preguntaban por sus propios textos, decía, un poco para hacerse el interesante, un poco en serio, que el mejor escritor es el que no escribe. A lo admiraba en silencio y, después de que Z le leyera en voz alta fragmentos de libros que jamás había escuchado, se iba a la biblioteca y averiguaba sobre las teorías y los autores que Z mencionaba.

Pasaron los años, y Z, al que no le importaba el tiempo, se dejó llevar por su flujo. En cambio A se convirtió en un escritor famoso. Lo invitaban a congresos, viajaba a ferias del libro, firmaba ejemplares. El nombre de A resonaba mientras Z se hacía invisible. Se había alejado del mundo porque le resultaba difícil llevar facturas y opinar sobre el cambio climático: su naturaleza le devolvía al caos. Su barba había crecido y ya casi no tenía amigos. Z se había transformado en una estrella lejana, quizá más brillante que cualquiera, pero a la que nadie observaba. Muchos de sus “amigos” del pasado se preguntaban qué había pasado con esa luz que en la adolescencia prometía una “Gran obra”, pero lo cierto es que su lema parecía haberse hecho realidad: aunque escribía en su cabeza, su “obra” no existía. Y quizá su vida tampoco, pues más que una persona parecía un fantasma. A Z le gustaban las cafeterías y los aeropuertos porque eran lugares en los que la gente estaba pero no estaba. A veces iba a una sala de embarque aunque no tenía ningún viaje, y otras, se instalaba en alguna cafetería e iba cambiando de mesa durante el día entero. Ahí miraba pájaros y vagabundos, y escribía en servilletas que luego olvidaba. A veces sentía que sus ideas se desprendían de su cerebro (o de las servilletas) y volaban, dispersas, por el aire, como pedazos de cristal o mariposas. Entonces alguien, por lo general A, las encontraba, y luego Z se enteraba en la radio, una mañana cualquiera, que alguien, por lo general A, se había hecho millonario gracias a una idea que había llegado a él volando desde el cielo.

Registra tus ideas, ponles tu firma, valora tu trabajo, le decían con frecuencia a Z, pero él no sabía hacer trámites y, sobre todo, sospechaba que al empezar a cobrar por sus relatos se le acabarían las ganas de escribir, igual que a los amantes se les acaba el deseo cuando formalizan su relación. A pensaba que si Z no hacía nada con sus ideas, sería incluso irresponsable dejarlas morir, y ese pensamiento lo liberaba de la culpa cada vez que alguien lo felicitaba por sus libros.

Alguna vez Z había pensado que A le había traicionado, pero enseguida había llegado a la conclusión de que el único traidor era él mismo. A un paso de poner el último ladrillo, la torre se desmoronaba, quizá por una falla de raíz, pensaba Z; todo parecía sólido pero no era así, había una piecita, muy pequeña pero imprescindible, que tambaleaba y terminaba por destruirlo todo. Pero no era así, ninguna pieza fallaba, lo que en realidad pasaba era que algo, muy adentro suyo, quizá su sombra, no quería que terminase nada. Cuando estaba a punto de poner el punto final, otra idea le coqueteaba, entonces Z abandonaba su posible libro y regresaba a ver a esta nueva idea, igual que Orfeo regresa a ver atrás y pierde para siempre a Eurídice. Le decían vago, escritor sin obra, loco. Pero en el fondo de su corazón, que a veces se parecía a una laguna, estaba escondido su libro, ese que nunca escribiría, quizá porque sabía que empezar a nombrarlo era empezar a perderlo.


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