¿Oportunidad o fracaso? Tu divorcio es el termómetro de mi matrimonio.

Por Paulina Simon.

Ilustración: Paco Puente.

Edición 448 – septiembre 2019.

Divorcio---1Hace poco me encontré con un amigo al que no había visto en algún tiempo. Estaba sentado, tomando café, se había afeitado desde la última vez que lo vi, se rebajó un poco el cabello y había cambiado la montura de los lentes por una más colorida. Nos saludamos efusivamente. Él se puso de pie y nos dimos un abrazo, en el que lo sentí más fuerte que de costumbre. No dudé en hacerle un comentario al respecto. Nos sostuvimos de los antebrazos —yo a él de unos bien torneados y ejercitados y él a mí de unos bien flácidos— como para echarnos una buena mirada de frente y le dije: “¿Qué has hecho?, estás guapísimo”. Riéndose sonoramente me contestó: “Me divorcié” . Yo también me reí, pero me quedé bastante sorprendida, porque pensaba que hace poco se había separado y en mi inocencia siempre he creído que las parejas se separan para no divorciarse sino para arreglar lo que anda mal. No había sido el caso de estos amigos. Él me dijo: “Divorcio, separación, da lo mismo, lo importante es no seguir amargándose la vida mutuamente”. Poco a poco me sentí cada vez más incómoda en la conversación, pero me puse en mi papel de frívola a preguntar si salía con alguien y por eso hacía tanto ejercicio, cuando de casado no hacía casi nada; si ya se había acostumbrado a vivir solo de nuevo; y lo más importante, qué harían con sus hijos. Se reía con mis preguntas y no me dio ningún detalle, aunque parecía disfrutar de mi interrogatorio porque era como haber vuelto a nacer, pero soltero. De pronto me di cuenta que de algún modo extraño la conversación tendía a parecer un leve flirteo. Tuve que acordarme rápidamente que el divorciado era él, no yo, y volver al tema de los hijos. “Se acostumbran, me dijo, poco a poco, van a terapia, se quedan conmigo los fines de semana”. ¿Será que estar disponible le había hecho de pronto más interesante de lo que había sido cuando estaba en pareja, y además bastante más guapo? Seguro. Me despedí deseándole lo mejor y me fui volando a contarle el chisme a mi marido, refugio de todo tipo de historias, incluyendo las que implican a hombres guapos cuyos antebrazos acababa de sentir con cierto grado de culpa.

Yo he vivido, como la mayor parte de mi generación, rodeada de divorcios. Cuando estaba en la escuela había un par de niños “suertudos” que tenían dos cuartos. Yo me imaginaba que eso implicaba todo por dos, juguetes, atenciones, incluso padres por dos. Ya en la adolescencia hubo muchos más casos y ya no eran los afortunados de los dos cuartos, sino algunos de los que sacaban de clases justo antes de dar el examen, porque el papá, que era el que pagaba la pensión, no aparecía hace meses. Los inspectores les interrogaban sin piedad, como si ellos supieran el paradero de sus fugitivos padres, cuando apenas se lo estaban preguntando. No había tal cosa como dos cuartos con el doble de juguetes, sino uno solo, sin pensión alimenticia; una madre enojada que también, como el inspector del colegio, tenía en la punta de la lengua cosas cómo “Cuando hables con tu taita (haciendo mucho énfasis en el taita, como si fuera lo más despectivo que podían decir en voz alta) avísale que me debe del arriendo”.

Yo no me sentía inmune a los divorcios. Mis padres parecían una pareja estable, pero por el modo en que peleaban, uno podía imaginarse que no estaban corriendo la maratón del matrimonio, sino los 500 m o una 15k. Mis abuelos, en cambio, habían corrido un triatlón durante la guerra. Tenían una vida funcional en apariencia, pero cuando pasabas tiempo junto a ellos parecía que estabas presenciado un protocolo de desarme de bomba, que siempre salía mal.

Hace poco le pregunté a mi abuela si se acordaba de cuánto tiempo estuvo casada y me dijo: “De esas cosas no se lleva la cuenta”. Lo que sí recordaba con bastante exactitud era el tiempo que “vivía libre”: el que había pasado desde que finalmente logró divorciarse. Ella pertenece a una generación que no contemplaba el divorcio como una opción, ninguna de sus amigas estaba divorciada, vivía en un ciudad pequeña en la que el menor movimiento te volvía la comidilla del pueblo, tenía hijas en edad escolar y así una larga lista de razones por las que debió mantenerse atada a un régimen de maltrato, violencia e infidelidad de modo estable, pero en negación, como las dos terceras partes de los matrimonios en el mundo.

Mucha gente le habrá dicho: “A esta edad ya para qué se va a divorciar”. Pero eso no era nada para ella, la edad nunca significó que el suplicio tuviera que mantenerse hasta la muerte. Tenía hermosos planes para una vida retirada de la infamia que había tolerado tanto. Mi abuelo le había jurado que nunca le firmaría el divorcio, pero no fue muy hábil al querer esconder a la nueva familia que había iniciado paralelamente. Así fue como, reuniendo la suficiente evidencia y con una leve actitud de chantaje, al final firmó (el divorcio por adulterio en el Ecuador es legal desde 1902). Ella, mi abuela, se mudó de ciudad y nunca volvió sobre sus pasos, salvo por unas horas para despedir a mi abuelo cuando murió, luego de padecer largamente una enfermedad horrible. “En la salud y la enfermedad, en la prosperidad y en la adversidad”. Mi abuela soportó la salud y la adversidad en exceso; luego, la enfermedad debió cargarla en sus hombros otra leal esposa, quien tampoco vería días de prosperidad.

Ese fue el primer divorcio cercano de mi vida. Era adolescente y que mis abuelos se divorciaran parecía la gran cosa. Pero no hubo demasiado tiempo para analizar la cuestión, poco después se divorciarían también mis padres, no sin drama, por supuesto. No tuve el privilegio de los dos cuartos con el doble de juguetes, sino más bien el: “Cuando hables con tu taita…”.

Por todo lo que viví en esa época siento que sobreactué durante casi toda la década de mis veintes: el tema de la adolescente frágil y necesitada de afecto, que al mismo tiempo se traducía en mi pérdida de fe en el amor, mi desprecio por las relaciones de pareja estables y, por supuesto, mi desconfianza en todos los hombres. Es posible que este sea el gran cliché de los veintes, de mis veintes, que además incluía: “No tendré hijos nunca”. Aparentemente, como hijo, nunca tienes la edad correcta para enfrentar el divorcio de tus padres. Estaban los niños rotos, pero también los adolescentes rotos, todos acarreando la sensación del fracaso del matrimonio de los padres a cuestas.

Quizá a partir del encuentro con mi amigo, el guapo nuevo soltero, uno de los primeros divorciados que conocía más de cerca, de mi generación y ya convertido en adulto y en padre, empecé a regresar en el tiempo para pensar en todas esas historias melodramáticas de intolerancias y odios. Y me pareció que no había considerado la idea de un divorcio como un proceso civilizado de “no amargarse la vida mutuamente”. Ya no se trataba de un fracaso, sino de una oportunidad, eso es lo que aparentemente ha cambiado en todos estos años.

Así han ido aumentando los procesos civilizados. Cada vez más frecuentes, cada vez más cercanos en parentesco y afinidad, cada vez menos claras las razones: no que una tenga derecho de preguntar sobre esas cosas, pero no deja de ser una intriga, como cuando en Hollywood anuncian “Diferencias irreconciliables”. Algo como para romperse la cabeza. Ahora bien, ¿por qué romperse la cabeza con los divorcios ajenos? La respuesta está en el matrimonio de una. La relación de los otros puede ser un espejo de la mía, o más bien cada divorcio puede convertirse en un termómetro de mi relación.

Finalmente, después de una década de no creer en el matrimonio, me casé convencida de lo que estaba haciendo y han pasado once años desde entonces. Y aunque el matrimonio es una unión extraña, que no siempre se siente natural y que además demanda mucho más que amor para sostenerse diariamente, digamos que funciona. A mí me ha funcionado.

Sin embargo, frente al encuentro frontal con los divorcios cercanos, es inevitable pensar en ese reflejo que nos devuelven y cuestionarse intensamente: ¿Será que me siento realizada como individua o soy una extensión de mi pareja? ¿Será que he depositado mucho en mi vida de pareja y muy poco en mí? ¿Será que la convivencia puede ser menos rutinaria y agobiante? ¿Es posible que la monogamia realmente sea un modo de vida para siempre? ¿Cuánto tiempo es para siempre? ¿Hay amor, dónde está?

Después de haber tratado de madurar rodeada de divorcios, y de haber escuchado mil veces “Dirasle a tu taita que necesitas pagar la cuota del colegio…”, yo lo único que he pensado en once años de matrimonio es: “Por favor, no nos divorciemos nunca”. Tengo una tendencia al fatalismo y frente al mínimo conflicto sentimental o de convivencia puedo ponerme un poco frenética y empezar a pensar: ¿Dónde viviríamos, cómo nos organizaríamos, quién se quedaría con la hipoteca?, ¿soportaré la idea de no ver a mis hijos a diario, será que me alcanza la plata, será que me vuelvo a enamorar? Luego, mi marido ronca a mi lado y, en lugar de pensar en separarnos, mi paranoia (creciente con la edad) se desvía a eso de las cuatro de la mañana y pienso cosas como ¿y si me quedo viuda, será que la hipoteca tiene seguro de desgravamen?, creo que nunca me volvería a casar, tal vez mis hijos tengan que dormir conmigo para siempre… Entonces asumo que no son temas reales, sino solo divagaciones de mi cabeza, y continúo casada con un marido vivo.

Sin embargo, frente a la rutina propia del matrimonio, los nuevos divorcios, los acuerdos civilizados y las oportunidades de vivir una vida mejor, si bien suelen generar unos minutos de pena y reflexión, casi de inmediato se vuelven espejismos con los que es fácil fantasear: se vuelven una tentación, se envidian. Los nuevos divorciados renacen, recuperan sus carreras y sus pasatiempos abandonados, o recuperan su vida social, que había quedado en segundo plano porque el ex era antisocial, aburrido y celoso. Las personas que dejan de vivir en pareja pueden volver a vivir a su gusto, en casas lindas diseñadas como siempre las habían querido; se desprenden de las cosas, las muchas cosas que a veces se acumulan y pierden sentido en la convivencia; se dividen el peso de las obligaciones y responsabilidades, sobre todo cuando hay hijos de por medio. Ir solo a la mitad de las fiestas infantiles, ir a la mitad de las evaluaciones, ir a la mitad de todo sin sentirse mal, sino como parte de un acuerdo perfectamente racional y funcional. Y la otra mitad del tiempo vuelve a ser tuya para abrir los ojos a un mundo que te estabas perdiendo, el mundo interior, el yo, el mundo de afuera que se sentía censurado por los gustos, los prejuicios y los mandatos del otro.

¿Será que nadie habla de las cosas que duelen? ¿De la nostalgia frente a la huella del otro en la vida, de las deslealtades, de la incomprensión, de los gestos violentos y las formas absurdas que han tomado las palabras hirientes para minimizar la autoestima? Nadie habla del fin del amor.

Volví a encontrarme con mi amigo el divorciado y volví a hacerle preguntas sobre su rutina, sus escapadas y viajes; pero algo había cambiado, ya no tenía ese brillo inicial, había perdido la euforia. Posiblemente estaba más establecido ahora, pero también menos entusiasmado. No es que se hubiera arrepentido, pero esa alegría temprana que se parece a la de la libertad luego de una temporada en la cárcel, se había desvanecido. Hablamos largo, le conté que había sentido un poco de envidia de todas las cosas positivas que escuchaba últimamente sobre las personas separadas, y me dijo un poco molesto: “Estás romantizando el divorcio”.

En realidad no era yo la que lo había romantizado, pero sí me había dejado llevar por estas historias de libertad, redescubrimiento, tiempo libre y nuevos deseos de amar, que me habían hecho sentir poco menos que una esclava, más aburrida y con el amor un poco en desuso; como si fuera una práctica obsoleta.

En la investigación sobre los cómos y los paraqués de las separaciones me encuentro con ideas de lo más divertidas, como empezar a hacer bienvenidas de soltera y soltero a quienes han retornado al privilegiado estado civil. Pero también me encuentro con la opresión de otros que con las separaciones han perdido no solo a una persona, sino una considerable cantidad de autoestima, dura de recuperar, la seguridad en sí mismas, la confianza en los demás. Oigo historias de progenitores viviendo la vida alegremente y colocando en quinto plano a los hijos, faltando a sus acuerdos, acostumbrándose a verlos menos, a perder el contacto. Veo personas que en lugar de tener este tiempo romantizado de la soltería, ahora tienen a su cargo ambos roles a tiempo completo por la desaparición latente del otro. Veo juicios de pensiones alimenticias por veinte dólares, y padres que gestionan el cambio de sus propiedades a otro nombre para pagar cada vez menos. Veo difamación a posteriori, inculpamientos, alienación parental y pienso que en el fondo el divorcio no ha cambiado tanto después de todo.

Si el matrimonio es una empresa jodida, el divorcio no es ningún paraíso. Quizá por eso en algunos países, como Dinamarca, te obligan a seguir casado al menos tres meses más, tutelado por un asesor matrimonial, antes de disolver la relación.

No me queda claro si nuestras relaciones son más o menos desechables que las de la época de nuestros padres, si resistimos o nos comprometemos menos, si nuestras historias de amor tienen fecha de caducidad desde que nacen; o sí en realidad siempre fue así, pero antes había mucha más necesidad de guardar las apariencias, esperar a que los hijos crecieran, perdonar o fingir el perdón, hacerse de la vista gorda, olvidarse de uno mismo.

¿Oportunidad o fracaso? Hay pocas certezas, son muchos los matices. Nadie puede decir cuál es el mejor modo de vivir nuestro estado civil, cuál será el que dolerá menos, el que nos hará libres. Qué de la convivencia nos engrandecerá y qué nos hará sentir perdidos. A ratos solo regreso en el tiempo a un grafiti que leí a propósito de la lucha por el matrimonio civil igualitario, al margen de una pared decía: “No al matrimonio para ninguna persona”. Quién sabe si esa consigna sea la que resuelva todo el misterio.


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