Misha Vallejo. La curiosidad ante todo.

Por Milagros Aguirre.

Fotografía: Misha Vallejo.

Edición 448 – septiembre 2019.

Soy curioso, dice Misha Vallejo al preguntarle qué es lo que lo mueve a hacer fotos. Tiene la curiosidad del periodista. Y la formación de artista y diseñador gráfico. Eso es lo que fue a estudiar en Rusia, en la tierra natal de su madre. Empezó tarde en la fotografía, dice él, desde las aulas de diseño. Se inscribió en varios cursos y talleres de fotografía y la balanza se inclinó hacia el fotoperiodismo, así que se fue a Londres para hacer allí su maestría. Hoy tiene varias cámaras —no precisa cuántas— y usa todas pues cada una de ellas tiene su propia personalidad, añade entre risas.

Fue la curiosidad la que lo llevó en 2014 a la candente frontera Ecuador-Colombia y a cruzar el río San Miguel e instalarse unos días en Puerto Nuevo. Con un proyecto fotográfico al que llamó El otro lado, y con la ayuda de Acción Ecológica llegó “al pueblo más aburrido que he conocido”. Quería retratar cómo era la cotidianidad de su gente en medio de ese fuego cruzado que es vivir en una zona de frontera, abandonada por el Estado.

No estuvo bajo el fuego, pero encontró ese abandono en el rostro de su gente. Con sinceridad se dirigió a las autoridades de Puerto Nuevo y a sus habitantes. Les dijo claramente lo que quería hacer: no iba a tomar fotos a escondidas, eso riñe con la ética y con su manera de trabajar, prefiere ser honesto y hablar con las personas de frente sobre sus proyectos artísticos o fotográficos.

Los pobladores le abrieron las puertas de sus casas y sus vidas, le brindaron alimento y hospedaje. Misha volvió varias veces a Puerto Nuevo, cruzando el río San Miguel que divide a los países en dos orillas: a un lado del río, está el conflicto colombiano y, en el otro lado, la zona de descanso de la guerrilla, o al menos eso se dice, aunque hay cosas que es mejor no saber. En sus fotos se percibe la atmósfera de una tensa calma, luces y sombras, y, sobre todo, la soledad de esos pueblos donde el tiempo parece haberse detenido.

Después de disparar miles de fotos, después de escoger las mejores y editarlas para su ensayo fotográfico, volvió a Puerto Nuevo para entregar copias de las fotos a quienes generosamente le abrieron las puertas de sus casas. Su ensayo fue publicado por Editora Madalena. El libro se agotó, pero sus fotos siguen circulando y la prensa cultural sigue hablando de ello: esta publicación fue seleccionada entre los mejores fotolibros de autor por el festival Les Rencontres de la Photographie 2016 en Arles, Francia; el mismo año recibió una mención de honor en el Premio Internacional Felifa-Fola de Argentina, y fue seleccionado como el mejor libro de fotografía en Brasil en el festival Féria Miol.

Resumiendo, en El otro lado la historia de abandono y olvido es narrada desde los colores vivos, desde la belleza de la luz y los contrastes.

Doña Carmen Teresa, la Paisita, descansa en la sala de su casa ubicada en Puerto Nuevo, Sucumbíos, poblado ubicado a orillas del río San Miguel en la frontera con Colombia. Colombianos desplazados por la violencia armada en el sur de su país se asentaron en esta región desde 2001.

Fotografía de la serie y libro Al otro lado, 2014. Doña Carmen Teresa, la Paisita, descansa en la sala de su casa en Puerto Nuevo, Sucumbíos, poblado a orillas del río San Miguel en la frontera con
Colombia, adonde han llegado desde 2001 desplazados por la violencia armada en el vecino país.

Hombres juegan billar en un establecimiento en Puerto Nuevo, Sucumbíos.

Fotografía de la serie y libro Al otro lado, 2014. Hombres juegan billar en un establecimiento en Puerto Nuevo, Sucumbíos.

El rock de la selva

A Misha Vallejo le está yendo bien en la fotografía. No se queja. Trabaja como free lance y ha podido vivir de ello. “No solo de fotoperiodismo… también tomando fotos de bodas, retratos, fotos publicitarias, etc.”. Pero sobre todo le está yendo bien porque se le ha abierto un mundo de posibilidades y reconocimientos: sus fotos han salido publicadas en el New York Times y eso no le pasa a cualquiera.

¿Cosa de suerte? No solo eso, dice. Intuye que tiene ver con la postulación a varias convocatorias. Supo de una convocatoria al New York Times Portafolio Review y envió su portafolio. Uno de los editores lo contactó, lo entrevistó por Skype y publicó sus fotos sobre Sarayaku. 

¿Cómo surgió el proyecto Sarayaku? Por la curiosidad. Había leído sobre la lucha del pueblo sarayaku por mantenerse alejado del petróleo y siguió con entusiasmo la noticia de la sentencia favorable en la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Porque quería conocer esa historia de resistencia armó viaje para esas tierras amazónicas. Fue varias veces y seguirá yendo, según dice, porque ahora tiene un reto: fotografiar aquello que no se ve. Y es que la selva es la abundancia de vida según la cosmovisión kichwa y todas las cosas están animadas y tienen espíritu o samay. Misha Vallejo quiere descubrir ese espíritu que anima a la naturaleza y, si bien en algunas de sus fotografías (como en la que abre el artículo que publica el Times) se puede sentir esa abundancia de vida gracias a la luz, esa es una idea que le da vueltas.

La Amazonía y su gente han sido retratadas por muchos fotógrafos que buscan ese “estado más puro” del hombre y la naturaleza, que pudiera llevar a una idealización o a una falsa promesa del paraíso. En cambio, Misha Vallejo ha plasmado en sus fotos ese mundo de contrastes: el niño cuyo rostro está pintado con la tinta negra del wituk, una semilla con la que se pintan la cara los indígenas amazónicos, pero lo que ha dibujado en su rostro no es un sello precolombino o parte de los diseños tradicionales de su pueblo, sino la máscara de Kiss, una banda de rock cuya camiseta lleva puesta.

También las herramientas de Occidente que la comunidad utiliza para su lucha, como Internet, han llamado su atención. No quiere hacer fotos de la nostalgia de pueblos que fueron y ya no son, sino de la realidad actual donde su fuerza cultural convive y se amalgama con lo que brinda el mundo occidental.

Digo que a los indígenas no les gustaba que les tomaran fotos, decían que les robaban el alma. ¿Cree en los espíritus? El fotógrafo sonríe tímidamente. No cree. Pero una vez, en uno de sus viajes a Sarayaku con una colega periodista, fue al cementerio. Y sufrió de mal aire. Le dio vómito y dolor de cabeza. Ahora quiere volver a Sarayaku para retratar al Sacha Runa, al espíritu de la selva.

“No soy fotoperiodista al cien por ciento ni artista al cien por ciento, pero navego en esas dos aguas”, dice. Cree que estos tiempos son buenos para la fotografía (todo el mundo hace fotos) y no tan buenos para los fotógrafos (todo el mundo hace fotos).

Con el lenguaje de la fotografía se puede hacer poesía, prosa, noticia, documental, incluso se puede hablar de forma burocrática o banal a través de ella porque, hoy, las fotografías casi reemplazan a las palabras.

Fotografía de la serie Manta-Manaus, 2015. Un hombre intenta apaciguar el calor de 40 grados de la ciudad de Manaus, Brasil.

Fotografía de la serie Manta-Manaus, 2015. Un hombre intenta apaciguar el calor de 40 grados de la ciudad de Manaus, Brasil.

Fotografía de la serie Secreto Sarayaku. Dos jóvenes de Sarayaku toman parte en la competencia de lucha en la plaza central del poblado. Durante las fiestas de la Pacha Mama, se hacen distintas actividades deportivas. Estas celebraciones se realizan cada año en agradecimiento a la madre naturaleza por los frutos recibidos durante el año. Sarayaku, Pastaza, 2015.

Fotografía de la serie Secreto Sarayaku. Dos jóvenes de Sarayaku toman parte en la competencia de lucha en la plaza central del poblado. Durante las fiestas de la Pacha Mama, se hacen distintas actividades deportivas. Estas celebraciones se realizan cada año en agradecimiento a la madre naturaleza por los frutos recibidos durante el año. Sarayaku, Pastaza, 2015.

Mensajes del terremoto

Con la idea de documentar, Misha, junto a Isidora Romero, trabajaron en un proyecto sobre el terremoto de abril de 2016 que afectó la Costa ecuatoriana. A los dos les pilló la tembladera de la tierra viendo un thriller, en un tercer piso. Como casi todos los ecuatorianos, luego del desastre, se sumaron a las tareas solidarias de llevar agua y alimentos no perecibles a los puntos de recolección que se abrieron en el parque Bicentenario, pero eso no les pareció suficiente. Decidieron viajar a la zona y lograron hablar con gente en los albergues no oficiales (los oficiales estaban custodiados por militares y se necesitaban salvoconductos y trámites burocráticos).

Entonces se plantearon un proyecto artístico que ayudara a sensibilizar al público acerca de las necesidades de quienes habían resultado afectados por la tragedia. Para ello Misha decidió trabajar con una Polaroid: un minuto duró el terremoto y un minuto dura el revelado de fotos polaroid. Hizo muchos retratos y fotos de familias, pero el proyecto buscaba más: que las personas retratadas pusieran una frase en la fotografía, con sus sentimientos. No queríamos volver a victimizar a nadie, dice, pero queríamos, sí, sensibilizar sobre lo que había ocurrido en este ensayo fotográfico titulado Siete punto ocho, dice el fotógrafo.

Resiliencia. Eso es lo que revelaron los textos, además de las instantáneas. Los mensajes o mínimas historias escritas bajo cada foto no son sino el reflejo de esa fuerza interior, esa esperanza que tienen las gentes en momentos en los que sobrevivir es lo esencial. “Después del terremoto solo alcanzamos a sacar nuestras vidas, nada más”, dice un hombre y el sencillo testimonio aún provoca ganas de llorar. Las historias y las fotos se convirtieron luego en un producto editorial: un libro, tapa dura, impresión con selectivo UV en cada imagen. Un objeto de arte para el cual consiguieron varios auspicios.

Así, la muestra, curada por Claudio Carreras, fue expuesta en el bulevar de la avenida quiteña Naciones Unidas, en FLUZ, una iniciativa del fotógrafo Pablo Corral cuando estuvo a cargo de la Secretaría de Cultura del Municipio. El libro, acota Misha, es una manera de tener memoria, ahora que hasta las fotos son objeto efímero.

Polaroid de la serie y libro Siete punto ocho de Misha Vallejo & Isadora Romero. Manta, abril de 2016.

Polaroid de la serie y libro Siete punto ocho de Misha Vallejo & Isadora Romero.
Manta, abril de 2016.

Escena en un bus urbano de Quito. Fotografía de la serie #TomandoElBus, 2018.

Escena en un bus urbano de Quito. Fotografía de la serie #TomandoElBus, 2018.

Un artista honesto y crítico

El lente de Misha Vallejo continúa poniendo en escena al ser humano y su entorno, el medio ambiente. Un día la selva; otro, el lago Poopo, en Bolivia: imágenes devastadoras de la sequía, en un ensayo titulado Memorias del agua que también está en su página web (www. mishavallejo.com). O Manta-Manaos, un ensayo publicado en Vice y que se exhibió en el festival de fotografía de San José, en 2018.

Misha siguió esa ruta de 2 500 kilómetros del eje multimodal que debía revolucionar el mundo de las comunicaciones sur-sur. Partió de Manta y arribó a Brasil retratando, con humor, a la gente y el entorno, antes de que llegara el huracán devastador. Para este trabajo tuvo el apoyo de Amazon Watch, una oenegé dedicada a los temas de protección ambiental. En este transita incesante entre lo documental y lo artístico, guarda en su carpeta fotos que se parecen más a la poesía que a contar una historia.

“Los proyectos de Misha Vallejo tienen siempre un potencial que hace que dejen de ser únicamente registros de momentos o espacios determinados, para convertirse en herramientas que sirven para tomar el pulso de la vida en la contemporaneidad, con todos sus desafíos y desazones. Sin sensacionalismos ni forzadas posturas radicales, ponen en escena condiciones de vida extremas desde una posición de sensibilidad y respeto, que revela la fuerza de un artista honesto y crítico”, dice Ana María Garzón, curadora de arte, en un texto publicado en el catálogo del salón Mariano Aguilera en el que participó.

Detrás de las virtudes del fotógrafo de 34 años se halla lo que él considera el motor de su trabajo: la curiosidad, que no siempre mata al gato, sino que ayuda a buscar y escudriñar las escenas conmovedoras del mundo, desde una particular mirada que tiene de ruso y de ecuatoriano.

 


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