Leonardo Valencia. El novelista nómada.

Por Pablo Cuvi.

Fotografía: Juan Reyes y archivo de L. Valencia.

Edición 448 – septiembre 2019.

Entrevista---1

Cuando me entero de que el escritor guayaquileño Leonardo Valencia es hijo del abogado cuencano Manuel Valencia, que se casó en Roma con Luciana Assogna Evangelisti y volvieron a vivir en Guayaquil, empiezo a entender el porqué de esa sensación de desarraigo que atraviesa su obra, cuyos personajes deambulan entre el desierto peruano y las vecindades de Roma, pasando por Quito, Bogotá y la Costa Brava.

Luego de releer varios cuentos de La luna nómada y aplicarme con gusto a su monumental novela La escalera de Bramante, vengo a charlar con él en la Universidad Andina Simón Bolívar de Quito, donde es profesor de Letras y Estudios Culturales desde que volvió de un autoexilio de veinte años en Barcelona. Debajo de la chaqueta cosmopolita, persiste el aire mono y desenfadado de su adolescencia. Enhorabuena, pero…

—Guayaquil aparece poco en tu obra. Como si dijeras: me voy a alejar.

—Salvo en El libro flotante, que es una novela fuertemente asentada en Guayaquil; de hecho, Guayaquil se inunda. Me tomó años poder acercarme a mi propia ciudad. Para no caer en la evidencia de un mero testimonio, de una mera crónica, necesitaba tomar distancia de eso.

—¿Cómo fue tu infancia en Guayaquil?

—En la escuela estuve hasta quinto grado y vine a vivir a Quito, dos años y medio, estuve en el colegio San Gabriel. Cuando volví a Guayaquil, estuve con los jesuitas en el Javier. Después, como no había especialidad en Humanidades, me cambié al Cristóbal Colón.

No tengo raíces en Guayaquil porque mi padre era cuencano, mi madre era italiana, crecí en un Guayaquil en el que me sentía medianamente extranjero, eso siempre me generó una especie de dificultad identitaria; es decir, ¿a dónde pertenecía? Al principio fue un problema hasta que, ya terminando el colegio, me di cuenta que era más bien una ventaja, sumar identidades.

—Antes de que terminaras el colegio murió tu mamá.

—Ese es el acontecimiento más dramático de mi vida, me trastocó todo porque mi madre ya sabía de mi vocación por la literatura, ella me apoyaba, de ella era la idea que yo me fuera a estudiar la universidad a Roma, mi padre no quería, él era muy adverso a mi carrera literaria.

—¿Qué quería que estudies: Leyes?

—Sí, y terminé estudiando Derecho y me licencié. Aunque era un hombre muy culto, muy lector, tenía la idea propia de un padre, ahora con los años lo entiendo, muy preocupado de cómo iba a vivir en el Ecuador de la literatura.

—¿A la familia de tu madre cuándo la conociste?

—Desde siempre, porque íbamos a Italia a verlos. Roma es mi ciudad familiar, ahí tengo más de cincuenta primos, llegar a Roma era la alegría, la felicidad. Cuando me fui a vivir a Barcelona, todo el mundo me reclamaba por qué no había ido a Roma.

—¿Escribiste en El Universo que habías sido alumno de Rafael Correa?

—Lo tuve de profesor en el Cristóbal Colón, en quinto año; me pareció un profesor muy malo. Cuando pasaron los años y vi que estaba de candidato presidencial, pregunté a mis amigos qué asignatura nos daba, me había olvidado completamente: era geografía económica. Mi recuerdo era pésimo porque era un profesor sumamente agresivo.

—Tal como fue de presidente.

—Tanto así que esa famosa escena del 30S, cuando se saca la corbata y dice ¡mátenme! y se le salta una vena por aquí (se apunta al cuello), ya la hizo sin sacarse la corbata, porque mis compañeros eran muy alborotadores: insultó a toda la clase. Yo me quedé sorprendido porque dio un golpe en la banca de adelante y se le saltaba la misma vena. Eso para mí fue una impronta de que iba a ser un pésimo presidente.

—¿Ya escribías en El Telégrafo mientras estudiabas en la Católica?

—Sí, en un suplemento que se llamaba Matapalo. Siempre me ha fascinado el periodismo y las columnas y los artículos; me encanta poder plantear un diálogo, compartir lecturas y la verdad es que fue una muy buena experiencia.

En brazos de su padre, Manuel Valencia, a la izquierda su madre, Luciana Assogna, Guayaquil,1969.

En brazos de su padre, Manuel Valencia, a la izquierda su madre, Luciana Assogna, Guayaquil,1969.

UNA BARCELONA FASCINANTE

—¿Cómo así entraste a trabajar en publicidad?

—No quería seguir en Derecho y mi padre no me quería apoyar con los estudios literarios. Para poder mantenerme busqué trabajo y la casualidad quiso que hubiera una cosa en publicidad, yo no tenía ni idea, necesitaban un redactor en McCann Erickson.

Fue una gran experiencia porque me sacó de la torre de marfil literaria, me colocó a entender el mundo contemporáneo de la retórica publicitaria y conocer gente interesante. Hubo toda una generación de publicistas peruanos que eran también artistas, escritores, que vinieron al Ecuador por la crisis peruana y tuvimos diálogos muy interesantes, tanto así que terminé yéndome al Perú porque uno de ellos me contrató.

—A veces pienso que la publicidad refleja mejor la situación de finales del siglo XX que el arte conceptual. Ahí estuvieron los mejores cerebros, los más creativos. Para reducirlo todo a un logo, a una frase, se necesita mucho talento.

—En cierta parte sí es verdad, son manifestaciones, pero en realidad es una retórica muy peligrosa. Una de las cosas que más me incomodaba era la manipulación del lenguaje para inducir a las personas a consumos a veces innecesarios. Lo que sí me resultó muy grato fue hacer campañas sociales. Pero me pareció un mundo muy frívolo: esa idea de que pueden dirigir el mundo es absolutamente falsa.

—Entonces llegaste a la Lima de Fujimori dictador.

—Al principio no fue vista así la cosa, se fue agravando con los años. Cuando llegué todo el mundo estaba a favor de Fujimori, resultaba como el momento de diversión de ese Perú que había vivido la época de Alan García y los atentados. De pronto eso se apagó, pararon los toques de queda, la gente estaba muy a favor de Fujimori y eso fue muy peligroso porque le dieron una especie de carta blanca y después vinieron todos los abusos del poder y todas las persecuciones y todos los atentados terribles contra la humanidad, porque fue una barbaridad.

—¿Ahí escribes La luna nómada?

—No, ya estaba escrita en el Ecuador; ahí escribí un par de cuentitos más. Lima fue para mí una experiencia muy importante porque me discipliné como escritor, viví solo, y me tocó una generación muy interesante de jóvenes escritores peruanos que tenían una visión muy exigente de la literatura y eso me animó mucho. Aparte estaban los grandes modelos, Ribeyro vivía, le llegué a entrevistar una vez en Lima; obviamente Vargas Llosa, Bryce Echenique. Había una actitud muy generosa de diálogo.

Ahí publiqué La luna nómada y escribí mi primera novela: El desterrado. Cuando me fui a España en 1998 llevé el manuscrito conmigo y lo mandé a muchísimas editoriales y hubo un punto en que ya estaba deprimiéndome porque me la rechazaban. Pero hay que persistir, hay que mejorar los textos y finalmente el camino se abre.

El ojo del cíclope es un cuento importante ubicado en La Habana. ¿Cómo surgió?

—Nunca he estado en Cuba, pero siempre he sido un gran admirador de la literatura cubana, de Lezama Lima en particular.

—De hecho, un personaje es muy parecido a Lezama Lima.

—Es totalmente inspirado, hasta el juego con sus iniciales. Cuando vivía en Guayaquil, una amiga que había ido a Cuba me estuvo contando la situación de precariedad económica, y que un amigo cubano le había dado a vender un reloj. Entonces abrió un pañuelo y mostró el reloj y el cuento nació casi de inmediato, no me preguntes cómo, un poco de la fatalidad, de alguien que quería marcharse y no podía, estaba como condenado. Es el cuento más inmóvil de mis cuentos nómadas porque los personajes no salen de su ciudad.

—Como Lezama Lima, que nunca salió. Año 1998, ¿qué pasaba en Barcelona, por qué te fuiste allá?

—Porque me cansé de la publicidad, quería dejar ese mundo, me absorbía demasiado tiempo y no había horario. Eso me sirvió para adquirir una disciplina muy estricta, pero me terminó descalabrando todo el ritmo vital porque era trabajar hasta muy tarde y los fines de semana, romper con novias… Entonces opté por ir a hacer mi doctorado en Literatura en Barcelona. Me fui con mis ahorros, hice también un máster en Edición, pero se me fue acabando el dinero y tuve que hacer todo tipo de trabajos para sobrevivir.

Era una Barcelona fascinante, sumamente abierta y generosa. El año 2000 mi director de tesis se iba a unos viajes académicos y me invitó a que lo reemplazara como profesor en teoría de la narrativa, teoría de la literatura, teoría de la crítica. Empecé como profesor asistente y eso me abrió las puertas. También trabajé como jefe de redacción de una revista.

En esos primeros años le dieron el premio a Roberto Bolaños por Los detectives salvajes, era un momento espectacular.

—Él vivió un tiempo ahí, ¿no?

—Sí, lo llegué a conocer. También se dieron a conocer Vila-Matas, Javier Cercas, era una efervescencia riquísima, una ciudad que vivía una dulce esquizofrenia entre su raíz española y su raíz catalana.

—¿Qué pasó para que desembocaron en el independentismo?

—El problema empezó con la crisis económica de 2008, cuando Artur Mas, el heredero de Puyol, que era un novato en la política, tenía que aplicar medidas económicas restrictivas y cometió la peor cosa que puede hacer un político irresponsable: culpar a otros. Dijo que era culpa del Gobierno de España; eso fue el polvorín, escaparon todos los fantasmas, todas las exageraciones y se llegó a una polarización, tanto así que el nacionalismo catalán favoreció el resurgimiento del nacionalismo español y ahí tienes a Vox.

—¿Cómo eran los contactos con tu familia?

—Mi hermana se fue a vivir un tiempo a Londres y ahora vive en Suiza porque era una ejecutiva internacional en una de estas grandes empresas. Mi relación con ella es una de las más entrañables de la vida.

—¿El proyecto de El libro flotante cuándo y cómo surge?

—El último año de escritura de la novela El libro flotante conocí a un artista digital mexicano que vivía en Barcelona, Eugenio Tisselli, y le planteé de qué manera la literatura podía pasar a Internet, no solamente un PDF o reproducir textos, sino entender esta dinámica combinatoria.

Ahí salió la página web y te confieso que fue muy discreto, había recelo desde el punto de vista literario de lo que se podía hacer en Internet en literatura, una especie de  menosprecio. Eso cambió con los años, ahora ya se entiende que la dinámica de Internet permite muchas posibilidades literarias y hay más interacción.

Me fascina la tecnología, pero me fascinan los libros también, son muy cálidos, me encanta rayar los libros, vivir los libros.

Entrevistando a Julio Ramón Ribeyro en Lima, 1993.

Entrevistando a Julio Ramón Ribeyro en Lima, 1993.

EL PESO DE LA POLÍTICA

—¿Por qué volviste finalmente de Barcelona?

—Llegó un momento en que extrañaba mucho el país, pero también por la situación tan tensa que se desarrolló en Cataluña con el proceso independentista. Me cansó la retórica agobiante, machacante, que ya rondaba con lo fascista, o sea, de negación del otro, inclusive contra los mismos catalanes que no están a favor del independentismo. Se volvió insufrible. Tengo dos niños pequeños y no quería que se vieran abocados a elegir una identidad por la presión masiva. Y como venía con mucha frecuencia, me daba cuenta de que hay mucho por compartir acá, me transmiten mucha energía los alumnos ecuatorianos.

—Tanto dar clases, ¿ya sabes para qué sirve la literatura?

—(Ríe). Para mí sirve para todo. Cada uno lo vive a su manera: tienes desde los lectores que buscan un pasatiempo hasta personas que tratan de entender un poco el mundo que les ha tocado vivir.

—Pero escritores que han estado años de años en eso, por ejemplo Javier Ponce y Raúl Vallejo, que saben de qué se trata, saben del populismo y tal, se entregan al correísmo y uno se pregunta para qué sirvió la literatura.

—Ese es uno de los riesgos: la política. Yo nunca he participado en política ni quiero participar, lo mío es escribir y vivir de mis clases, mis artículos. La literatura para mí es una manera de relacionarme con el mundo, de dialogar, de tener experiencias. La lectura tiene un valor tan importante como la experiencia vital. Y es una forma de orden dentro de una fascinación que tengo por el caos, por el desorden de la vida.

—Pero tú eres muy racional, tu escritura es muy erudita, muy pensada…

—Pero muchas cosas que escribo no las domino racionalmente, es como una exploración, me lanzo a escribir sin planificar previamente, mientras voy escribiendo voy entendiendo de qué trata el libro. Me considero una persona ordenada, pero me fascina profundamente el caos y me acerco a eso para entender qué pasa con el ser humano, con las personas.

—En La escalera de bramante lo más inesperado del mundo fue que tuviera un happy end.

—(Sorprendido). ¿Tú crees que hay un happy end? Para mí no existe un happy end. La escalera de bramante tiene dos finales y si me apuras hasta tres, la situación de Álvaro al final de la novela no es precisamente una situación feliz sino de absoluta incertidumbre, aunque obviamente tiene esa historia de amor. Y el final de Landor es un final duro; o sea, los protocolos de la descomposición de ese museo que está creado para ser destruido no es happy end. Desde mi punto de vista, hay una situación un poco melancólica y amarga, el arte entra en caminos de destrucción y de supervivencias alargadas, pero no es eterno, se va a destruir.

—También es un happy end. Te libraste del arte, qué alivio.

—Tienes un humor muy raro, me alegro que lo veas así, a mí me dolió escribir esos finales.

—¿Cómo trabajaste esa novela?

—Tuve que investigar muchas cosas y meterme con la materia de la pintura, no  solamente ver cuadros, entender cómo se hacen los colores, cómo es la dinámica de un pintor con su arte, tanto así que yo mismo estuve pintando como alrededor de ocho meses para justamente sentir eso, porque las partes que yo investigaba, biografías o novelas, la gran mayoría eran biopics, historias, anécdotas, quería entender la relación del artista con el proceso creativo.

—Solo para hablar del caso ecuatoriano: Adoum escribe una novela, Ciudad sin ángel, sobre un pintor; Ubidia escribe La madriguera sobre un pintor. Como que los escritores, para no hablar del proceso creativo de la literatura, lo más a mano que tienen es al pintor.

—Esas son novelas ecuatorianas que obviamente leí, pero la que hizo John Berger, Un pintor de hoy, me parece la más grande porque él mismo era pintor. Eso que señalas tú es una cosa que ya han hecho los poetas, empezando por Baudelaire, pasando por Octavio Paz y Paul Valery, tantos poetas que les ha interesado escribir sobre pintura, trabajar con la pintura; la pintura y la poesía son dos artes que siempre han estado dialogando.

—La política ecuatoriana es otro tema clave de La escalera de Bramante. ¿Cómo así?

—¡Ah, la política! Ahí necesité llenar un vacío. Cuando secuestraron a Nahím Isaías, yo tenía unos dieciséis años y me empecé a enterar que hay algo llamado subversión en el Ecuador. Para mí era más bien la afectación que tuvo un compañero en el Cristóbal Colón, era a su tío a quien habían secuestrado. (Habla de los libros, documentos y películas que salieron, sobre todo en Colombia, y del papel subordinado de las mujeres en la guerrilla). Hubo otra investigación, esta la hice en Francia, sobre la influencia de la inteligencia militar francesa en las técnicas antiguerrilleras.

—Había oído eso pero me pareció un poco exagerado porque los militares de aquí iban a estudiar a la Escuela de las Américas en Panamá.

—Cuando Francia terminó derrotada en la Segunda Guerra Mundial, lo cual significaba un desprestigio enorme para el ejército, los frentes de batalla que quedaron fueron Indochina y Argelia, ellos desarrollaron el concepto de guerra irregular y desarrollaron tratados de cómo afrontar la guerra de guerrillas, porque no había sistemas o estrategias para hacerlo. Es ahí donde estudiaron los militares argentinos, y los norteamericanos aprendieron también de esas escuelas con profesores franceses, militares franceses, los principales tratados de la guerra irregular vienen de Francia.

Otro elemento que me interesó mucho fue ver las conexiones profundas que hay entre la posguerra europea y el surgimiento de movimientos guerrilleros en América Latina. Todos los combatientes que venían de Francia, de Europa oriental, de España, educaron a las guerrillas tanto en Argentina como en Cuba… hay un nexo muy profundo, esos heridos de la Segunda Guerra Mundial continuaron la guerra acá.

—También hablas sobre el fanatismo en la pintura y en la política…

—Sí, son dos ejes que me interesaron porque en el siglo XX, así como hubo fanatismos políticos, llámalo partido, integrismo musulmán, lo que tú quieras, también en el arte hubo todo un proceso de vanguardias sucesivas que pretendían sentenciar que con ellas se acababa el arte, que después de ellas no había más.

—Octavio Paz en el año 72 ya hablaba de la tradición de la ruptura y el fin de las vanguardias. Eso ya estaba terminado.

—Pero es algo que caracterizó el siglo XX y me interesaba entender por qué también en el arte hay esta idea de un absoluto que me incomoda, ese absoluto que pretende sentenciar que el mundo es así y que la historia cultural es así y no es así. Soy muy afín a la idea de Octavio Paz en Los hijos del limo, de la tradición de la ruptura, pero los movimientos vanguardistas y los movimientos artísticos desde dentro se consideraban límites finales. Me interesaba ver de qué manera, inclusive los artistas, planteaban una visión del mundo que lo cerraba y que resultaba peligrosa, falsa, irreal.

—La búsqueda del absoluto tiene la misma edad que el ser humano en el planeta, el absoluto máximo se llama Dios.

—Así es. Yo soy agnóstico, no creo en un dios con especificidad cultural, con nombre y biografía, creo que no es cognoscible y me preocupa ese dios como una idea de  absoluto. Precisamente en eso no hemos evolucionado y seguimos obstinados irracionalmente en encontrar una causa y alguien que responda.

Con Roberto Bolaño (izq.), Javier Cerca (centro) y Manuel Portas (der.) Barcelona, 2001.

Con Roberto Bolaño (izq.), Javier Cerca (centro) y Manuel Portas (der.) Barcelona, 2001.

¿QUÉ LES DIERON DE COMER?

El síndrome de Falcón, tu libro de ensayos, toma el nombre del hombre que le cargaba a Gallegos Lara. ¿Por qué usas esta figura, cuál es ese síndrome?

—Eso ya tiene veinte años, Pablo. Es una imagen muy ecuatoriana que me explicaba ese peso que existía en la literatura ecuatoriana de estar obligada a dar cuenta de la sociedad y del propio país. En la película Entre Marx y una mujer desnuda hay un momento en que le preguntan a Juan Falcón por qué carga un hombre encima. “Porque me siento importante”. Claro, un intelectual. Con un poco de buen humor pensé: eso está pasando con muchos escritores ecuatorianos, cargan la cosa de sentirse escritores representando al Ecuador, cumpliendo con un proyecto político, utilizando la literatura para defender distintas cosas.

El escritor se preocupa por escribir. Si en ese mundo hay una preocupación, perfecto, pero sentirse presionado a, o sentir que debe cumplir con, me resultaba profundamente irritante. Pasaron los años y esa imagen ecuatoriana me ayudó a explicarme lo que vi en Catalunya, el tema de cargarse encima el discurso nacionalista, la presión a los escritores por el mercado: hay que hacer libros para vender. Falso. O cargarse la defensa de la religión. Si la literatura es sometida a ideologías o sometida a propósitos o proyectos de partido, la matan.

No digo que un escritor no pueda tener una preocupación cívica o de discusión de temas sociales, yo puedo escribir un artículo sobre temas políticos o puedo criticar un mal manejo del Gobierno, pero la literatura va mucho más allá de eso.

—¿Tú dices que a Montalvo el exceso de política le dañó como novelista?

—Más bien todo lo contrario, él quiso escribir una novela porque ya quería librarse un poco de todo eso, él era un buen articulista político, pero a su novela Los capítulos que se le olvidaron a Cervantes la guardó casi como un jardín privado, la llevó consigo casi veinte años, no la publicó porque se dio cuenta de que con la literatura tenía que estar alejado de la política, cosa que siempre pesa en los escritores y pasa lo que tú decías de escritores ecuatorianos que terminaron ciegos, rendidos al correísmo, como que hubieran perdido su capacidad de crítica.

Uno de los grandes afectados del síndrome de Falcón fue Humberto Salvador, que empezó como un escritor de vanguardia, con novelas muy potentes, pero se metió en el terreno político porque respondía a una moda en ese momento y le tocó corregir mucho y dar grandes giros. El peso político anula la libertad del escritor, somete su palabra irracional, inspirada, a una palabra dirigida.

—¿Por qué se da este boom de la literatura guayaquileña donde estás tú y cuatro mujeres? ¿Qué pasó, qué les dieron de comer en Guayaquil?

—Hay más: Adolfo Macías Huerta, Ernesto Carrión, Marcelo Báez, somos como veinte y pico. ¿Qué nos dieron de comer? Una sociedad muy opresiva y conservadora.

—¿Más que la quiteña?

—Mucho más, una sociedad donde el arte se manifiesta con toda su libertad porque son válvulas de escape. Pero también el alimento ha sido una sociedad muy burguesa, con muchos recursos, que se acostumbró a viajar por el mundo, esto viene desde los Gran Cacao, un puerto que trae mercancías nuevas y está acostumbrada a exportar, pero que también es muy controlador del poder y hay tensión. La riqueza del arte guayaquileño, no te olvides de los pintores, Araceli Gilbert, Jorge Velarde, incluso Rendón, viene un poco de combinar esa dinámica de puerto abierto al mundo con una sociedad tremendamente conservadora que expulsa o anula el talento creativo.

—Por eso es también la cuna de los líderes populistas. En la forma de hacer política, hay pequeñas diferencias entre Nebot, Correa y Bucaram. Por eso un Alexis Mera navega plácidamente del socialcristianismo a la revolución ciudadana.

—Si damos una mirada dialéctica, Correa es la suma de León Febres Cordero con Bucaram. La figura de Correa achicó un montón la dureza del Gobierno de Febres Cordero, la idea de mano dura en el poder, donde parecía que Febres Cordero era el más terrible, no, el terrible terminó siendo Correa. La dimensión del daño que hizo Correa a la sociedad ecuatoriana, quebrando instituciones, quebrando individuos, quebrando periodistas, quebrando a la intelectualidad, fue devastadora.

—¿En qué proyecto andas ahora?

—Todavía no entro en ningún libro concreto de ficción, fueron muchos años con el anterior y es importante tomar distancia porque, si no, uno termina repitiéndose, ya me pasó con otros proyectos, así que prefiero esperar un tiempo.

—¿Tu familia se ha adaptado bien a Quito?

—Mi hijo de ocho años se ha adaptado tanto que en pocos meses ya habla con expresiones quiteñas; mi mujer también está muy a gusto trabajando para la fundación Telefónica. A mí me recuerda esos años gratos que viví acá, de un adolescente que empezaba a descubrir su libertad.

—¿Cómo te entretienes cuando no estás escribiendo?

—Absolutamente con la familia. Nos dedicamos a hacer actividades con los niños. Nos gusta mucho salir a exposiciones, museos y paseos. Ahora, lo que más le entretiene a mi hija de dos años es subirse a un columpio y yo estoy ahí detrás, columpiándola.


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